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                      CICLO -C-                        

 

tiempo ordinario

 

6º Domingo T. Ordinario

 

 EVANGELIO
                                  "Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 6,17.20-26.)
 

    En aquel tiempo bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
El, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
 

Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

    Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre!

¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

                                                                                                                                      Palabra de Dios.

VI Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo C.  Lc 6,17.20-26

    Una vez más Jesús se dirige al gentío con intención de enseñar, puesto que para eso había venido al mundo, con esa misión fue ungido por Dios y por ello recibió la fuerza del Espíritu. Gente de los pueblos de alrededor se agolpaban para recibir las palabras que eran una buena noticia y que llenaban de alegría los corazones.

    Alegría y felicidad para aquellos que están dispuestos a seguir el camino que Jesús les propone; tristeza y oscuridad para los que se apartan de su camino. Así lo resume Lucas en su evangelio.

    Ante nosotros se nos abren dos caminos, tal y como nos hablaban los textos primitivos cristianos: la luz y la tiniebla, la alegría y la tristeza, bien y mal. La dicha reside en seguir los pasos de Cristo, buen pastor. Dichosos los que ahora pasan hambre y lloran, porque suyo es el Reino de los Cielos. O felices los que son perseguidos a causa del nombre de Cristo, porque su recompensa será grande en el cielo.

    No estamos acostumbrados a mirar al futuro y quizá estas palabras parecen dirigidas a otro tipo de personas. Pero no, hoy Jesús nos las dirige a nosotros; nos muestra con su mano el camino de la dicha y la felicidad. Nos abre entre la maleza la senda de la alegría y nos invita a caminar por ella. Una invitación que nos asegura un final feliz y eterno junto al Dios en el que creemos.

    Y al lado otro camino, mucho más sencillo, alejado del compromiso y de la escucha de la Palabra de Dios. El camino que tantas veces seguimos cuando agachamos nuestra cabeza ante el pecado del mundo, del hombre y el nuestro mismo. Una senda que se tornará escabrosa y torcida en la recta final, pues veremos cómo se aleja de la felicidad.

    A aquellos discípulos que había llamado para estar con él, y a todos los que vinieron de oda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, van dirigidas estas palabras. Hoy somos nosotros los que estamos en el llano escuchando su mensaje. Dichosos o pobres en alegría. De nosotros depende.

 

 

tiempo DE CUARESMA

 

Miércoles de ceniza

EVANGELIO Mt 6,1-6.16-18.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.

    Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

    Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.

    Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

    Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.

    Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

                                                                                                          Palabra del Señor

Miércoles de Ceniza. Ciclo C. Mt 6, 1-6.16-18

El ritmo litúrgico de la Iglesia nos inicia en un nuevo tiempo de gracia y de conversión: la cuaresma; el tiempo de preparación para la Pascua desde una renovación profunda que nace del corazón poniendo nuestra mirada en Cristo. Es la oportunidad que nos da Dios, una vez más, de volver nuestra mirada al amor salvador de Cristo manifestado en la cruz.

Y las tradicionales herramientas, que no por ello anticuadas, para convertir nuestro corazón son la limosna, la oración y el ayuno; realizadas y vividas al estilo evangélico, tal y como nos las propone Jesús en el evangelio de este miércoles de ceniza, deben iniciarnos en el proceso de renovación y cambio.

Estamos muy acostumbrados a buscar recompensas en lo que hacemos; nos pagan merecidamente por realizar nuestro trabajo, nos agradecen los favores, elogian nuestras virtudes… Cuando hagas limosna que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; ¡cuánto distan estas palabras evangélicas de nuestro modo de vivir! La limosna no es sólo regalar a alguien que lo necesita parte de nuestros bienes, sino compartir lo que es de todos. Limosna es gratuidad, es donación, es regalo, es generosidad con los hermanos que no han tenido la suerte de vivir en un mundo de bienestar y opulencia.

Brota de nuestro corazón en este tiempo de cuaresma la oración profunda, el diálogo intenso y diario con nuestro Creador y con el que sabemos que nos ama. Orar es hablar con Dios; ¡qué afortunados somos de poder mantener estos momentos de nuestra vida con quien sabemos que derrama su amor por nosotros! La oración nos acerca a un estilo de vida propiamente evangélico fundamentado en Cristo, fuente de vida.

La privación de alimento en determinados momentos nos recuerda que esta vida tiene su límite; que no vivimos sólo del alimento corporal que nos mantiene; hay algo más allá. Sentir necesidad y hambre es también ser solidarios con todos aquellos que la sufren involuntariamente y cada día. Nosotros podemos escoger cuándo hacer ayuno y cuándo dejar de hacerlo. Hay millones de personas en este mundo que no tienen esa posibilidad. Nuestro ayuno, desde una perspectiva solidaria en este caso, nos acerca aún más a la realidad de la pobreza y, espiritualmente, nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre.

Comencemos la cuaresma poniendo nuestra mirada en Aquél al que traspasaron y que nuestra conversión nazca de un verdadero arrepentimiento que nace del corazón y no de los ritos externos que otros puedan ver en nosotros.

 

1º Domingo de Cuaresma

 

EVANGELIO Lc 4,1,13.

El Espíritu le iba llevando por el desierto. Y era tentado.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.

    En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y a final sintió hambre.

    Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo dile a esta piedra que se convierta en pan.

    Jesús le contestó: -Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre».

    Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y e dijo: -Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mi me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tu te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.  Jesús le contestó: -Está escrito: «Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto».

    Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, tírate e aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras».  Jesús le contesto: - Está mandado: «No tentarás al Señor tu Dios».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Palabra del Señor.

I Domingo de Cuaresma. Ciclo C. Lc 4,1-13

Es tradicional esta lectura evangélica al comienzo de la Cuaresma; sobre todo porque nos recuerda que en Cristo hemos vencido al pecado. Él nos ha quedado un ejemplo claro de cómo debemos vivir y a qué debemos dar importancia.

Durante cuarenta días vive Jesús en el desierto; no olvidemos que el desierto es un lugar de manifestación de Dios por excelencia; echando la vista al éxodo recordaremos cómo Dios guía a su pueblo y lo sostiene con el maná en aquel periodo de tiempo. En el desierto muchos profetas escucharon la voz de Dios y llevaron al pueblo un mensaje denunciante, en unas ocasiones, y alentador en otras.

En ese marco incomparable Jesús, al final sintió hambre. Y se presenta la tentación en forma de riqueza, opulencia y fama. Pero el corazón de Cristo no estaba puesto en lo mundano, es decir, en aquello que era reconocido por el resto de las personas. Al contrario, se sabía sostenido por el Padre y en Él confiaba.

Hoy podríamos imaginarnos nosotros en el puesto de Jesús y tratar de descubrir cuales serían nuestras respuestas a estas tentaciones. Riqueza, fama, poder, gloria, honor… Resulta todo muy atrayente; y no pensemos que eso está muy lejos de nuestra vida, que no somos ricos, o que rechazaríamos la fama; no seamos ingenuos. A todos nos gusta que nos valoren lo que hacemos y ocupar los primeros puestos en nuestra sociedad.

¿En qué ocupamos nuestro tiempo? Tal vez en acumular tesoros aquí en la tierra, donde la polilla lo corroe y donde el límite del tiempo acabará por reducirlos a ceniza. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. ¿Qué es lo que ocupa el puesto más importante en nuestro corazón? Recordemos que sólo a Dios debemos dar culto, y a nadie más.

La cuaresma nos llama urgentemente a cambiar todas estas actitudes que no son más que esquivar la llamada de Dios a la Pascua, al paso hacia una nueva vida. Debemos convertir nuestro corazón, el Reino de Dios está muy cerca de nosotros; debemos cambiar de vida, dejando a un lado tantas vanidades que nos apartan del Dios que arde en deseos de vivir en nuestro corazón.

Ahora es el tiempo oportuno; ahora es el momento en el que podemos comenzar una nueva vida; y es ahora… o nunca; así de radical es la cuaresma. Pero no estamos solos, Cristo nos ha abierto el camino y nos anima; Él venció la tentación, agarrados a su misericordia y a su cruz también nosotros podemos vencerla.

 

2º Domingo de Cuaresma

 

EVANGELIO
                                   "Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 9,28b-36.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: -Maestro, ¡qué hermoso es estar aquí! Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

                                                                                    Palabra de Dios

 

II Domingo de cuaresma. Ciclo C. Lc 9,28b-36

Este evangelio que narra la Transfiguración de Cristo en el monte, nos sitúa en la esfera de la manifestación divina; el Padre ratifica la misión del Hijo y lo muestra ante aquellos asombrados discípulos y la presencia de Moisés y Elías. No resulta complicado imaginarse semejante escena.

Ya conocemos la importancia que tiene la montaña como lugar privilegiado para la manifestación de Dios; había llegado el momento oportuno para unir lo divino y lo humano; era preciso, casi a mitad del recorrido de la vida de Cristo, que se mostrara al Hijo de Dios como nexo de unión entre el Creador y la criatura.

En medio de la oración, herramienta fundamental para este tiempo de cuaresma que vivimos, el rostro del Mesías cambia; y Moisés y Elías hablan con Él sobre su futuro, sobre su muerte en Jerusalén; durante mucho tiempo se había preparado la llegada del Mesías; los profetas lo habían anunciado como salvador y como libertador; la Ley era el camino para acercarse a Dios; y la oración el camino privilegiado para escuchar su Palabra.

Ahora todo un cúmulo de tradiciones se juntaban en el monte: la promesa hecha carne en Cristo, unido a la gran tradición del Antiguo Testamento; lo nuevo daba paso a la promesa realizada. Cristo es la plenitud de la ley y los profetas.

Ninguno de los discípulos sabía lo que estaba pasando; pero fue Pedro el que se atrevió a proponer hacer unas tiendas en aquel lugar sagrado; confundidos, alucinados, asustados por semejante acontecimiento escuchan la voz del Padre que ratifica a Jesús como su Hijo, el único al que debemos escuchar y seguir. Y durante un tiempo aquellos discípulos guardaron silencio, porque tal vez era necesario seguir el camino marcado por Dios para reconciliar lo humano y lo divino.

Pero ahora es el tiempo favorable: ya conocemos que Él ha dado la vida por nosotros; sabemos lo que sucedió en Jerusalén y cómo aconteció nuestra salvación definitiva. Ahora es el tiempo del anuncio, de narrar con fe y con obras lo que en aquel monte sucedió. Cristo es el verdadero Hijo de Dios. Se ha manifestado la gloria del Padre en su Hijo predilecto. Nada hay que callar.

La cuaresma es un tiempo de preparación a la Pascua; y este evangelio de la transfiguración nos muestra lo que está por venir: el paso de Dios por nuestras vidas. Pero ya no debemos ser como aquellos discípulos temerosos y asustadizos; ahora nos toca anunciar con gozo la salvación realizada en Cristo. Pero una salvación que pasa también por una verdadera conversión del corazón. Convertid vuestra vida, volved la mirada al que traspasaron y reconoced la voz que nos señala a Jesús como el Hijo único al que debemos escuchar. Abramos nuestro corazón.

 

 

3º Domingo de Cuaresma

 

EVANGELIO
                               "Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 13,1-9)
 

    En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: -¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.
 

                                                                               Palabra del Señor.

 

 III Domingo de cuaresma. Ciclo C. Lc 13,1-9

Relacionamos frecuentemente la viña con el pueblo de Dios, el pueblo escogido, y con la Iglesia. Y estas palabras de Lucas nos lo vuelven a recordar, aunque ciertamente exigen de nosotros una auténtica conversión, puesto que son una llamada a dar fruto abundante, aún más dentro del tiempo de la Cuaresma.La conversión es ciertamente un proceso por el cual algo o alguien se transforma, cambia a un estado nuevo. La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua; y mediante el ayuno, la oración y la limosna los cristianos nos disponemos a vivir los misterios de nuestra salvación.

Año tras año, ciclo tras ciclo, se nos invita a actualizar el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo; pero para ello es necesario prepararse dignamente; y en ello estamos al vivir intensamente este tiempo cuaresmal. Pero ¿qué sentido tiene hacer todas estas prácticas, todos estos ritos, todos estos mandamientos de ayuno, abstinencia, limosna si no convertimos nuestra vida? ¿Para qué vivir la cuaresma si no cambiamos a un estado nuevo? Pereceremos de la misma manera que los de la torre de Siloé.

Estas palabras evangélicas de Cristo nos urgen a la conversión, al cambio de vida; muchos años han pasado desde que se instauró la Cuaresma en la Iglesia, y tal vez no hemos dado el fruto que se esperaba de nosotros; somos la viña del Señor; ha puesto todo su cuidado en plantarnos, abonarnos y regarnos… ¿no sucederá con nosotros lo mismo que la viña del evangelio? Se espera un fruto permanente en los cristianos, y sin embargo aun seguimos esperando, aun seguimos realizando ritos que pasan por nuestras vidas sin cambiar lo fundamental: el corazón.

Tendremos que despertar de nuestro letargo; no podemos hacer oídos sordos a la llamada que se realiza en este tiempo favorable; ahora es el tiempo de la conversión; esta es la oportunidad que Dios nos brinda para que volvamos nuestra mirada hacia Él con un corazón entregado, generoso y también arrepentido por las veces que le hemos sido infieles. Somos la viña del Señor, hemos de dar fruto abundante, porque en nosotros se ha puesto mucha esperanza.

¿Y si el año que viene, después de haber sido bien abonados ahora, el dueño de la viña decidiera cortarla? ¿Qué responsabilidad tendríamos? En nuestras manos está un mensaje de salvación y de esperanza que hemos de llevar al mundo, convencidos de que hemos sido salvados en la cruz de Cristo y que desde aquel instante nuestras vidas han cambiado, o deberían haberlo hecho. Miremos al que atravesaron y pongamos en Él nuestra esperanza y confianza, porque sólo en Dios deben descansar nuestras fatigas, esperanzas, alegrías y tristezas.

 

 

4º Domingo de Cuaresma

 

 EVANGELIO
                                                   Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 15,1-3.11-32)
 

    En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola: -Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: -Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Este le contestó: -Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: -Mira: en tantos anos como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo: -Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.
                                                                                       Palabra del Señor.

IV Domingo de cuaresma. Ciclo C. Lc 15,1-3.11-32

De sobras es conocido este evangelio, estas palabras que recuerdan el ansia que tiene Dios de encontrarse con cada uno de nosotros. Pero no por eso dejan de ser novedosas cada vez que las leemos, pues podemos vislumbrar aliento y esperanza, consuelo y fortaleza para ponernos en camino hacia la casa del Padre.

Cada vez que oímos: “un hombre tenía dos hijos…”, en seguida pensamos, me la sé, la parábola del hijo pródigo, o del padre misericordioso, como la queramos llamar. Nos sabemos de memoria, en muchas ocasiones, parábolas tan significativas; pero me parece oportuno fijarme ahora en un pequeño detalle: ¿quién estaba escuchando aquella parábola?

Las primeras líneas de este evangelio nos muestran a publicanos y pecadores; gente mal vista por la sociedad judía; gente incluso considerada al margen del resto del pueblo, bien por el trabajo que realizaban, bien por su pecado público. A ellos les dirige esta parábola, después de los comentarios hipócritas que realizaban los fariseos, aquellos que se consideraban justos delante de Dios.

Imaginemos a toda aquella gente que era despreciada públicamente por su condición de pecadores, delante de Jesús, puesto que acudían frecuentemente a escucharle. Quizá los demás habían hecho que perdieran la esperanza, les habían cerrado las puertas del paraíso; los habían juzgado y condenado; atrapados por su pecado, ya no había una salida para encontrarse de nuevo con Dios.

Las palabras de Jesús iban dirigidas hacia ellos y hacia sus carceleros, los fariseos; palabras de esperanza: Dios sale a vuestro encuentro, Dios quiere poneros de nuevo el anillo de hijos, no perdáis la esperanza, Dios os quiere. Palabras de aliento, de esperanza; palabras de amor, cariño y cercanía hacia los que se sienten pecadores y quieren volver a la casa del Padre.

Aquella gente era el hijo pródigo que estaba deseando de encontrar un motivo para convertir su vida, para cambiar radicalmente y volver a sentirse hijos amados de Dios. No necesitan médico los sanos, sino los enfermos; no había venido Cristo a anunciar su Reino a los que se consideraban justos, sino a los que sentían dentro de sí el pecado que les apartaba de Dios.

Ahora nos toca a nosotros situarnos en alguno de los dos bandos: los que habían condenado humanamente; o los que se creían jueces y justos; las palabras de Cristo se dirigen a los pecadores; por mucho que nos sepamos esta parábola de memoria, siempre nos resultará novedosa, agradable, confortante y esperanzadora si nos situamos en el hijo que regresa al regazo del padre. Dios arde en deseos de encontrarse con nosotros. Levantemos nuestra cabeza y veamos la sonrisa misericordiosa de Dios.

 

5º Domingo de Cuaresma

 

 EVANGELIO
                                   "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. ()
 

    En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los letrados y los fariseos le traen una mujer sor prendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.
Jesús se incorporó y le preguntó: -Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó: -Ninguno, Señor.
Jesús dijo: -Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.
 

                                                                                    Palabra del Señor.

V Domingo de Cuaresma. Ciclo C. Jn 8,1-11

Era frecuente que Jesús se retirara solo a orar con su Padre; y las palabras de este evangelio nos sitúan justamente después de un buen tiempo de oración de Cristo. Su fama había crecido sin medida, y la gente acudía a Él, esperando sus enseñanzas y también los signos que realizaba en medio del pueblo.

Pero como casi siempre, los que se consideraban justos ante Dios y por lo tanto con derecho a juzgar a los demás, presentan al Maestro una mujer pecadora; como para quererse justificar y ver si en algo se equivocaba o contradecía a la Ley de Moisés. No hizo caso en un primer momento, y sólo escribía en el suelo; no se sabe realmente qué hacía Jesús, lo cierto es que mucho caso a los jueces de aquella mujer no les hizo.

Pero insistían; no se daban por vencidos, querían tener motivos para poder acusar a aquél nuevo Rabí; y hallaron su respuesta, aunque no la que esperaban oír; el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Una frase lapidaria que hizo que agacharan sus cabezas y se fueran yendo uno a uno, empezando por los más ancianos. Nadie supo qué decir ni qué hacer; seguramente un silencio inundó aquella escena.

Probablemente la ira y la vergüenza llenaría el corazón de los que la llevaban como acusadores y se fueron como acusados. Ira porque no se habían salido con la suya, y vergüenza porque habían sido puestos en evidencia a los que se consideraban maestros de la ley. No fueron con sana intención de saber qué pensaba el Maestro, sino con el pretexto de buscar con qué acusarlo.

La conversión verdadera no siente vergüenza ni ira, sino arrepentimiento y alegría por ser perdonados. La única vida que cambió fue la de aquella mujer; venía como rea y se marchó arrepentida y perdonada por Cristo. Su corazón cambió, le habían dado la oportunidad de empezar de nuevo; había sido acogida con misericordia y no fue señalada inquisitorialmente. Al contrario, yo tampoco te condeno, en adelante no peques más.

Una experiencia de perdón auténtica la que encontramos en la mujer adúltera; y un ejemplo de quererse justificar el de los fariseos; sólo aquél que se siente necesitado del perdón puede hallarlo; va a concluir la cuaresma y aún tenemos la oportunidad de preparar nuestro corazón al Paso de Dios, a la Pascua. Volvamos nuestra mirada al que nos habla con cariño y nos pide que en adelante no pequemos más.

 

 

 

 

 

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