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                      CICLO -B-                        

 

 

 

 

 

- TIEMPO ORDINARIO -

2º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
                                           "Vieron dónde vivía y se quedaron con él."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 1,35-42.)
 

        En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: -Este es el Cordero de Dios.
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y, al ver que lo seguían, les preguntó: -¿Qué buscáis?
Ellos le contestaron: -Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
El les dijo: -Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: -Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús.
Jesús se le quedó mirando y le dijo: -Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).
 

                                                                  Palabra del Señor.

 

    Resulta curioso observar cómo a través de mediaciones también se puede llegar a conocer quién es Cristo. Fue el Bautista, siempre dispuesto a señalar al Cordero, quien hizo las presentaciones formales a sus dos discípulos. “Éste es el Cordero de Dios”, ya lo había anunciado en su Bautismo, ahora lo presentaba a sus futuros seguidores. Y éstos, quizá por una simple curiosidad se preocupan por el lugar donde vivía Jesús. Tras la invitación de Jesús “venid y lo veréis” se abría todo un camino a recorrer, el camino del discípulo.

    Lo siguieron por el testimonio de Juan, por una mediación; escribía al principio que resulta curioso ver cómo a través de mediaciones se puede llegar a Jesús, porque quizá estamos esperando una gran manifestación divina para ponernos en camino y seguirle; fue Juan el Bautista de quien se sirvió Dios para promover dos discípulos, para que lo conocieran; sería después Andrés quien se dirigió a su hermano Simón para presentarle al Mesías.

    El diccionario define mediación como la acción de mediar, es decir, llegar a la mitad de algo; llama la atención como una mediación sólo es la mitad de un camino; es como si faltara otra parte por recorrer. Y es que lo que hizo el Bautista en un primer momento y luego Andrés con su hermano Simón, no fue más que empujar y guiar hacia el Mesías, pero sólo era la mitad del camino. La otra mitad debían recorrerlo personalmente.

    En esa mitad del camino se encuentran con Jesús, una verdadera experiencia personal que les cambió la vida, que quedó grabado en su mente hasta tal punto de recordar la hora: las cuatro de la tarde; incluso a Simón esa experiencia le cambió de nombre, con todo lo que eso significaba para la cultura judía.

    A partir de esos momentos les quedaba recorrer la otra mitad: la mediación había hecho su parte, ahora era la persona, el discípulo quien debía seguir las huellas de Jesús y disfrutar de su presencia.

    Ser discípulo de Jesús, ser su seguidor, conlleva en muchos casos la actuación de una mediación, personas que nos han acercado a Jesús y nos lo han señalado como el Mesías, como el Dios en el que creen y que les ha reportado felicidad plena. Gracias a tantas personas como se han cruzado en nuestra vida y nos han mostrado una experiencia plena religiosa nosotros hemos llegado a conocer al Hijo de Dios.

    Pero esa mediación se queda coja si no se finaliza el camino, si no se tiene la valentía de seguir las huellas de Jesús hasta su morada, para quedarse con Él. ¡Qué hermosa labor la de los mediadores que han hecho posible que muchos otros seamos cristianos!

 

 

3º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
                                              "Convertíos y creed la Buena Noticia."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 1,14-20.)
 

    Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia.
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: -Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo del Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.
 

                                                     Palabra del Señor.

   

    La lectura continuada del evangelio de Marcos nos acompañará en los próximos domingos; una narración que está llena de detalles desde su título programático: Comienzo del evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Lleno de detalles y muy bien diseñado: toda esta primera parte nos va a presentar a Jesús como el Cristo, el Ungido, el Mesías, es decir, el que estaban esperando los israelitas como el salvador. Y así, Marcos nos presentará la figura de Jesús como la esperanza cumplida de los profetas.

    Y Jesús comienza la predicación en Galilea, precisamente el lugar donde al final del evangelio volvería, ya resucitado, para encontrarse de nuevo con sus discípulos. Y allí anuncia lo esperado: se ha cumplido el tiempo: El Reino está cerca. Seguramente daría un vuelco el corazón de todos aquellos que le escuchaban; la promesa se iba a cumplir: el Mesías venía a reinar tal y como lo había anunciado los profetas.

    El Mesías iba calando en lo hondo de los que le escuchaban; y ahora tocaba llamar a sus discípulos para ser pescadores de hombres. Dirigiéndose a Simón y a Andrés les pide que lo dejen todo, que abandonen sus redes para convertirse en apóstoles, en mensajeros de la misma noticia que Él proclamaba.

    No hubo excusas, ni se pararon a pensar en lo que vendría detrás; no tardaron en darle una respuesta, ni pusieron impedimento a la llamada de aquél que les pedía que se fueran con Él. Inmediatamente lo dejaron todo y le siguieron. Lo mismo sucedió con Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo; dejando a los trabajadores, dejando a su mismo padre allí plantado, se fueron tras Él.

    Aquellos hombres no sabría lo que vendría después; solamente siguieron la llamada de Cristo; algo debía tener su mirada, o su voz, o sus gestos, para que inmediatamente soltaran lo que estaban haciendo y se fueran tras las huellas de aquél hombre. O quizá estaban sedientos de una buena noticia, su corazón estaba esperanzado y dispuesto a escuchar la voz de Jesús.

    Nos falta a nosotros hoy en día un oído que sepa escuchar ese tipo de llamadas, que esté atento al paso de Jesús a nuestro lado que nos llama por nuestro nombre y nos pide que vayamos tras él; para ser pescadores de hombres, para ser padres y madres de familias, para ser jóvenes testigos veraces de Su Palabra, para ser, en definitiva, sus discípulos.

    Hay que crear esperanza en el corazón de las personas que nos rodean, una esperanza en la que pueda tener cabida esa Buena Noticia: ¡El Reino está cerca, el Reino ya está entre nosotros! En ese estado sí tiene cabida la conversión, el cambio de vida.

 

 

 

4º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                                                             "
Les enseñaba con autoridad."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 1,21-28.)
 

    Llegó Jesús a Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: -¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno ? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.
Jesús lo increpó: -Cállate y sal de él.
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: -¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
 

                                                                                                   Palabra del Señor. 

 

    La buena noticia que predicaba Jesús se extendía a todo el ambiente judío; y ¡qué lugar mejor para explicarla y proclamarla que en la sinagoga, lugar de encuentro y de experiencias religiosas! Sus palabras se diferenciaban de los demás rabinos; Cristo hablaba con autoridad, no como los maestros de la Ley. Había algo especial en su mensaje, en su manera de proclamarlo; lo hacía con  legitimidad, con facultades; sus palabras eran dignas de crédito. Y así lo afirmaban los que le escuchaban.

    Frente a sus palabras y a la autoridad que manifestaban, los gritos de los demonios que también conocían a Jesús. “Sé que eres el Santo de Dios”. Jesús le ordena silencio, que se callara. No había lugar para las palabras cuando estaba hablando Él. Dos polos opuestos en un mismo lugar: las palabras que pronunciaba Jesús con autoridad y el silencio impuesto por el Cristo a aquél espíritu inmundo.

    Cuando sale de aquél hombre el espíritu maligno, todos murmuran, comentan entre sí, se extrañan, pero nadie dice nada; solo observaban lo que pasaba ante sus ojos; y en voz baja se preguntaban quién era aquél hombre que hacía callar hasta los espíritus inmundos.

    La Palabra, de la que escribía Juan en su evangelio, se había hecho carne; y ahora se pronunciaba públicamente. Jesús hablaba, su modo era distinto al resto de maestros que había en Cafarnaún. Ofrecía una Buena Noticia, exponía el camino de la salvación a aquellos que le escuchaban, y todo lo acompañaba con signos, manifestando así que era el Ungido de Dios, el Cristo.

    Hasta los espíritus inmundos le obedecían, hasta lo más anti-sagrado de este mundo le reconocía como el Santo de Dios; la fama de Jesús se iba extendiendo allá por donde iba, y más importante que su fama… su mensaje.

    Tal y como están los medios de comunicación, la información nos satura por todos lados; imágenes, textos, sonidos… envuelven nuestro ambiente hasta tal punto que nos cuesta llegar a lo hondo de nuestro corazón para hacer silencio. Un silencio necesario para poder escuchar esas palabras que pronunciaba Jesús con autoridad.

    Sólo desde un corazón pobre y humilde, que se sorprende ante el amor, se puede entender un mensaje como el de Jesús: los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia el reino de Dios; el silencio ante la Palabra nos permite descubrir la presencia del Ungido en nuestras vidas.

 

5º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

EVANGELIO
                                     "Curó a muchos enfermos de diversos males."

 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 1,29-39.)
 

    En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. AL anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: -Todo el mundo te busca.
El les respondió: -Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
 

                           Palabra del Señor.

   

        A Jesús se le va criando una fama de sanador, y ¡bien ganada la tenía después de lo que había hecho! Curaba enfermos, expulsaba demonios, hablaba con autoridad… Una fama que le precedía allá donde iba. Después de haber anunciado el Reino de Dios en la sinagoga, continúa su camino con Santiago y Juan. Entrando en la casa, se encuentra enferma a la suegra de Simón.

    Sin embargo resulta llamativo cómo hay alguien que intercede por ella; “se lo dijeron a Jesús”; como si fuera necesario que alguien se acercara al Mesías para pedirle que curara su enfermedad. Y así lo hizo; tal y como se lo habían pedido, tal y como le habían intercedido, tomó de la mano a aquella mujer y se le pasó la fiebre.

    Y seguía extendiéndose su fama por la región; poco a poco la gente iba escuchando lo que se decía de aquel hombre tan especial; hasta tal punto que le llevaban a la puerta a los enfermos y a los endemoniados para que los curara. Y una vez más cura a los que estaban aquejados de cualquier mal; pero a los endemoniados no les deja hablar.

    Una nueva contraposición entre la Palabra y lo demoníaco, entre Jesús y los poseídos por espíritus inmundos; cuando Jesús habla, todo alrededor se vuelve silencio para poder acoger su mensaje. Los demonios sabían quién era: el Hijo de Dios; pero aún no había llegado la hora de manifestarse; todavía debía guardarse ese silencio, ese pequeño secreto que se descubriría más adelante, con su muerte y resurrección.

    Su fama le precedía, pero también era necesaria la oración y el recogimiento; por eso se retira solo, a un lugar apartado del ruido, de la gente, de los que le buscaban; todos querían al sanador, al taumaturgo, lo buscaban con la intención de que siguiera su misión allí, entre ellos, que continuara liberando de enfermedades a sus familias…       

    Pero Jesús debe continuar su camino; ahora a los pueblos cercanos, ahora iría por toda Galilea predicando, pues para eso había venido, para anunciar la presencia real de Dios en este mundo, para comenzar su Reino.

    Jesús se nos está mostrando como el Mesías esperado; los signos avalan su misión y todo apunta a que el Reino comenzaba a germinar; los ciegos ven, los cojos andan, a los demonios se les expulsa y se les ordena guardar silencio ante la Palabra hecha carne.

 

 

6º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

EVANGELIO
                                      "Le desapareció la lepra y quedó limpio."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.   (Mc 1,40-45.)
 

    En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: -Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: -Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
El lo despidió, encargándole severamente: -No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
                                                                         Palabra del Señor.

 

   La lectura continuada del evangelio de Marcos nos ayuda a ir descubriendo progresivamente la figura del Mesías, y cómo Él se muestra con gestos y palabras como el verdadero Ungido para ser salvador de la humanidad. Resulta llamativo ver la cantidad de milagros que refleja el evangelio, pero sobre todo los que se refieren a las personas más necesitadas.

    Hoy se trata de un leproso; en aquel tiempo la lepra era una enfermedad que no tenía cura (podríamos decir que actualmente en algunos países tampoco tiene cura, o no queremos que se pueda curar, porque medios habría en el planeta). Los leprosos estaban expulsados del pueblo, echados a los bordes del camino, marginados de la sociedad y mirados sin compasión.

    Jesús continuaba su camino, el camino hacia Jerusalem, la ciudad santa donde se manifestaría como el Hijo de Dios; y al borde del camino este leproso que se atreve a dirigirse a Él. Se acercó con todo el cariño del mundo, y este leproso le suplicaba que le curase; fue suficiente la palabra de Jesús para que la lepra le abandonara.            

    Quiero, queda limpio, y al instante sucedió tal y como dijo el Mesías.

    El leproso había recobrado su salud, y lo que era más importante, podría de nuevo volver al pueblo, a su gente, a su ciudad, con los suyos; no había sido curado solamente de su enfermedad, sino de todo lo que le marginaba y lo había hecho vivir en las afueras de las ciudades.

    Jesús le ordena que guardara silencio, como tiempo antes a los demonios; aún no era conveniente que la gente supiera qué hacía Jesús. Se lo ordenó severamente; y le pidió que cumpliera con lo prescrito en la Ley, su purificación; sin embargo, el buen hombre sanado no hizo caso: a voces proclamaba el milagro que en él había ocurrido.

    Ya no podía entrar abiertamente en pueblos, se tenía que quedar Jesús fuera para que la gente no le atosigara, y sin embargo, acudían a Él para que les curara de su enfermedad.  

    La hermosa lección que nos queda este pasaje evangélico nos hace despertar nuestro corazón egoísta que margina, a veces sin darnos cuenta, a los más desfavorecidos. El seguidor de Jesús camina tras su maestro y trata de cumplir su mensaje; y el Reino de los cielos es justicia, paz y amor: algo muy diferente al consumo compulsivo en el que estamos inmersos y que nos hace no volver la vista al borde del camino, donde están los más desfavorecidos y marginados de la sociedad.

 

 

7º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

 

EVANGELIO
                                                 "El Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados".
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 2,1-12.)
 

    Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: -¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados», o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entonces le dijo al paralítico: -Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: -Nunca hemos visto una cosa igual.
 

                                                                         Palabra del Señor.

 

 Un paso adelante en la manifestación de Jesús como Mesías a su pueblo: después de haber realizado milagros a favor de la gente, ahora quiere darse a conocer con poder para perdonar pecados. No quería que la gente le conociera como un gran sanador y un gran médico, sino que pretendía unir de nuevo al hombre con Dios en todos los aspectos. Si la enfermedad separaba a aquel paralítico de su propio pueblo, el pecado lo separaba de Dios. Y Jesús vino a restablecer esa primigenia unión de Dios con el hombre.

    Tanta gente se agolpaba a la puerta donde estaba que apenas había sitio; y Jesús les enseñaba la Palabra, les anunciaba el Reino de Dios, pues para eso había venido. El afán de los enfermos y de los que intercedían en su favor era tan entusiasta, que al no poder entrar a aquel paralítico en la casa, abren el tejado y lo descuelgan por allí. El paralítico no podía por sus propios medios alcanzar a Jesús; era necesario que lo ayudaran, como si el propio destino necesitara de personas para que aquel enfermo curase.

    Y en esta ocasión, y con este hombre, Jesús desconcierta a los que le rodeaban: no hizo ningún milagro físico; se dirigió a lo profundo de su corazón, a lo más íntimo de su relación personal con Dios; y le perdona los pecados; no fue una curación física, fue algo más: unió de nuevo el vínculo entre aquel paralítico y su Padre Dios. ¿Decepción en el paralítico? No lo sabemos, pero estas palabras de “tus pecados están perdonados” serán un detonante para desatar la ira de los escribas.

    ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios? ¿Acaso aquél hombre que había curado tantos enfermos se estaba poniendo al mismo nivel que Yahve? Perdonar era algo que pertenecía a Dios; el pecado rompía el nexo de unión entre el hombre y Dios; y sólo Dios podía restablecer ese camino. En aquella habitación, se murmuraba contra Jesús, se le señalaba como blasfemo al haberse comparado con el mismo Dios por perdonar pecados.

    Pero Jesús conocía sus corazones y el interior de sus mentes; por eso no permanece indiferente; quería aclararlo, quería hacerles ver que más importante era perdonar los pecados que curar físicamente a aquel enfermo. Por eso se dirigió de nuevo al paralítico, para que vieran de nuevo el poder el Mesías: y le ordena que tome su camilla y camine. Y así fue. Se levantó y se marchó glorificando a Dios.

    En Jesús, palabras y hechos concuerdan a la perfección: lo que dice, sus palabras, su mensaje, van acompañados de su obra, de su curación, de su perdón de pecados. Iba llegando a plenitud la manifestación de Jesús como el Mesías: los ciegos ven y los cojos andan y los pecados son perdonados.

 

 

8º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

EVANGELIO
                                     "El novio está con ellos."


Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 2,18-22.)
 

    En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: -Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?
Jesús les contestó: -¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día si que ayunarán.
Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.
 

                                               Palabra del Señor.

 

   El ayuno era una buena costumbre religiosa que practicaban los discípulos de Juan y los fariseos; uno de la enorme lista de mandamientos que solían cumplir para servir a Dios. Sin embargo llamaba la atención que los discípulos de Jesús se saltaran esta ley. Y como ya se había ganado a algunos enemigos entre los escribas por asemejarse a Dios perdonando pecados, se dirigen a Él y le preguntan por qué no guardan el mandamiento del ayuno.

    El ayuno en la Biblia, en ocasiones, es símbolo de esperanza, de querer recibir al Mesías; realizaban ayuno en momentos puntuales y significativos para proclamar que debía venir un gran rey anunciando la salvación; también ayunaban cuando habían cometido algún grave pecado y este ayuno podría ser individual o colectivo… La privación del alimento ayudaba al propio cuerpo a sentirse necesitado, esperando la venida de la fortaleza que administran los alimentos. Ayuno y pobreza iban íntimamente unidos: sólo aquél que se siente necesitado podía hacer un verdadero ayuno, y podría comprender su significado profundo.

    Pero en este momento, en el que el Mesías ya habitaba en la tierra, el ayuno, para sus discípulos, no tenía sentido. Si los judíos esperaban al Mesías desde la creación del mundo, y Él ya estaba aquí, para qué hacer más ayuno; ya no se podía esperar nada más; se había hecho realidad la promesa de Dios.

    ¿Pueden ayunar los amigos del novio cuando están en su boda? ¡No tendría sentido! Llegará el día en el que se les arrebate al novio y entonces sí ayunarán; incluso desde el principio Jesús empieza a dar signos de su futuro, de su pasión. Cuando la Palabra habita entre los hombres, sólo hay lugar para la escucha, y no para el ayuno; sólo se puede disfrutar de la presencia de todo un Dios que se hizo uno de nosotros, un vino nuevo que apunta al banquete de la salvación.

    Jesús quería hacerles entender que algo había cambiado; que venía a dar plenitud a la Ley y los profetas; no se podía echar el vino nuevo en odres viejos, pues se perderían ambos; los esquemas habían cambiado y era preciso entender la misión del Mesías en el mundo: había venido a proclamar el Reino de Dios y la novedad de la salvación realizada en su Persona.

    Aceptar enteramente el evangelio de Jesús es cambiar muchos esquemas preconcebidos; es vivir como su discípulo, como su seguidor, ir tras sus huellas y descubrir su presencia en lo más íntimo de nosotros mismos y en lo más profundo del mundo. Allí saboreamos ese vino nuevo que salta hasta la vida eterna y que nos llena de alegría.

 

 

 

- TIEMPO DE NAVIDAD - 

 

 

 

Misa de Medianoche. 25 de Diciembre.

Natividad del Señor. Ciclo B. Lc 2,1-14

 EVANGELIO
                                                 "Hoy os ha nacido un Salvador."
 

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
 

    En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero
Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
    También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en: Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
    En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor.
El ángel les dijo: -No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
    De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.
                          

                                                                          Palabra del Señor.

 

       Llaman la atención, en primer lugar los datos históricos que Lucas nos quiere presentar intencionadamente en el relato del nacimiento de Jesús: Augusto, Cirino, el censo general que se había ordenado realizar… Todo nos sitúa en un ambiente concreto, en un momento especial de la historia de la humanidad: el día que nació el Sol de justicia, el Mesías esperado por todos.

        Aquél día cambió la historia; se habían cumplido las promesas realizadas en el Antiguo Testamento; una pareja joven se dirigía a la ciudad de Belén para inscribirse allí en el censo; como si fuera una casualidad, pero todo profetizado según las escrituras.

        Aquél primogénito fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre; presagio de lo que sería toda su vida: sencillez, humildad y entrega. No hubo coronas de reyes, ni festejos en honor del recién nacido. Todo ocurría al modo divino: sin espectáculos, sin boato, sin llamar la atención.

        Solo unos pastores que velaban por su rebaño fueron los primeros que recibieron esa buena noticia; un ángel del Señor se les presentaba con gloria y les comunicaba que había nacido el Mesías, que sus expectativas habían sido cumplidas: ¡Qué paradoja que el nacimiento del Buen  Pastor fuese conocido por los que cuidaban de sus rebaños!

        Un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre… La promesa se había cumplido: lo que Dios había prometido desde el pecado de Adán y Eva había tomado en este día carne. Había acampado entre los hombres el Mesías prometido.

        Aquella legión de ángeles entonaba un cántico de alabanza para el recién nacido: ¡Gloria a Dios, paz a los hombres que Dios ama! Comenzaba la Buena Noticia, comenzaba el Evangelio que es Cristo y que quiso hacerse uno de nosotros, para hacernos hijos de Dios.

        ¡Dichosos los ojos que visteis y contemplasteis tanta hermosura! ¡Dichosos nosotros que hemos recibido tal anuncio y lo hemos acogido como nuestra salvación!

 

  Misa del Día. 25 de Diciembre.

EVANGELIO
                               "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros."
 

    Lectura del santo evangelio según san Juan. Jn 1,1-18
 

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz, sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud t
odos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
 

                                                                         Palabra del Señor.

 

        Desde siempre y por siempre existía la Palabra, el Verbo, el que estaba junto al Padre antes de la creación del mundo. Estas hermosas y, a veces, enigmáticas palabras del evangelista Juan, nos recuerdan una vez más la divinidad del Verbo encarnado, del Logos eterno de Dios.

    En esa Palabra había vida, había luz, había verdad; tal irradiación de belleza sólo podía provenir de un Dios que ha querido manifestarse para que lo conociéramos; ninguna necesidad tenía de nosotros, sin embargo nuestro destino era ser partícipes de su presencia. La Luz vino al mundo, quiso iluminarnos en nuestro camino, quiso hacerse presente en medio de la historia de la humanidad.

    Vino a su casa, a su hogar, a su propia creación, a la obra de sus manos… pero ni siquiera fuimos capaces de reconocerlo; no vimos el destello amoroso del Verbo encarnado; pasó desapercibida la brillante estrella que emanaba de su rostro. El mundo no la conoció.

    Pero un pequeño resto de Israel sí supo señalar al Cordero, distinguió entre los hombres al Mesías prometido; nacidos de Dios y despiertos para acoger en sus corazones a un Niño que había nacido y que sería la salvación de la humanidad. A éstos que lo recibieron, Dios los llama sus hijos. ¡Qué mayor título honorífico podríamos esperar que el ser hijos de nuestro Creador!

    Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Quiso poner su morada en medio del mundo, la gloria de su presencia no estaba ya en ningún tabernáculo sagrado e inaccesible; había nacido; se había hecho hombre; semejante en todo, menos en el pecado. Todo un Hijo que quería abrir nuestros ojos a la hermosura de su Padre Dios.

    Y entre líneas, a modo de nota, la presencia del Bautista; el testigo de la luz; bien clara queda su separación entre el Precursor y el Anunciado: no era él la Luz, sino testigo de la Luz. Juan supo señalarlo entre los hombres, como el más importante y el esperado. La Gracia de Dios nos han sido regaladas en Jesús, el Cristo.

    Un pórtico hermoso para comenzar el Evangelio.

 

 

 

SAGRADA FAMILIA

 

EVANGELIO
                                                "El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 2,22 40.)
 

    Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor [(de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor») y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor. «Un par de tórtolas o dos pichones»).
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.
    Cuando entraban con el niño Jesús sus padres (para cumplir con él lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
    «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel».
    José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño.
    Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: -Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.
    Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel].
    Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. EL niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
 

                                                                                                                            Palabra del Señor.

Sagrada Familia  Ciclo B. Lc 2,22-40

Cumpliendo con los requisitos exigidos en la Ley dada a Moisés, María, José  y el Niño se acercan al Templo en Jerusalem para ofrecer al Señor lo debido. En la escena aparecen dos personajes que, al modo del Bautista, señalan al Niño como el Mesías esperado.

Por un lado Simeón; un hombre honrado y piadoso; de esos que confiaban, por la promesa del Espíritu, en ver cara a cara al Cristo; al entrar en el Templo, coge al Niño en brazos y lleno de gozo por acoger en su seno al Salvador proclama una de las hermosas oraciones agradecidas a Dios: Mis ojos han visto a tu Salvador.

¡Cual no sería la alegría de este hombre y sus palabras que María y José se admiraban por lo que decía del Niño! Luz para alumbrar a los que viven en tinieblas, gloria del pueblo de Israel… Más no podría decirse de alguien. Con lágrimas en los ojos, seguramente, Simeón sostenía en sus brazos al mismo Dios. ¡Qué regocijo poder ver cumplidas todas las promesas en aquél bebé.

Al otro lado Ana, la profetisa; anciana y viuda casi desde siempre; de esas mujeres que probablemente muchos conocemos, llenas de bondad y sencillez, de oración y plegarias por todos. Su rostro también resplandecería al verse iluminado por la presencia de aquél Niño; ella, como muchos otros, aguardaban la liberación de Israel, esperaban el cumplimiento de las promesas… y ¡se había hecho realidad! Allí estaba el Esperado de los tiempos. El mismo Mesías, hecho carne.

Todo cumplido según la Ley del Señor; el ritual de purificación y de presentación del Niño se había realizado. Ahora tocaba volver a casa y crear un hogar, una verdadera familia; una escuela de valores para el Niño del que tantos piropos habían echado.

Nazaret se convirtió desde entonces en el modelo a seguir por las familias, células de nuestra sociedad: allí se robustecía y crecía en sabiduría Jesús; el ejemplo de sus padres -no hay duda- fue la primera semilla que recibió el Ungido.

 

 

 

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS:

 

 

EVANGELIO
                                                             "Encontraron a María y a José, y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús."
 

Lectura del santo evangelio según san Lucas. (Lc 2,16-21)
 

    En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

                                                                                                                         Palabra del Señor.

 

Santa María Madre de Dios.  Ciclo B. Lc 2,16-21

Ensalzamos con esta fiesta la dignidad de la Madre del Salvador. María: Madre de Dios, un hermoso titulo para una mujer muy especial. Al acercarse a comprobar la noticia, los pastores lo encuentran todo tal y como se lo había anunciado previamente el ángel de Dios: un niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre; a su lado dos jóvenes: María y José (futuro hogar y escuela de familias creyentes).

Después de la aparición del ángel, seguro que surgirían comentarios de estupefacción y admiración por lo que se había dicho del Niño; había aparecido Gloria de Dios, había nacido el Mesías, el Señor… y estaba delante de aquellos pastores, junto a su Madre, junto a José.

Pero resulta impresionante la actitud de María: guardaba y conservaba todas estas cosas en su corazón; no hubo jactancias ni enorgullecimiento, sólo admiración por lo que se decía. La humildad de María queda patente en esta escena. En ninguna ocasión en las que aparece nuestra Madre en los evangelios quiere hacerse notar. Siempre en un segundo puesto, siempre al lado de su Hijo, pero quedando muy claro su lugar: no es ella la Ungida, sino su Madre, no es tampoco la Luz, sino la Madre de la Luz.

Aquellos pastores que habían sido testigos privilegiados y escogidos por Dios para tal acontecimiento seguro que no cabían en su asombro: El Esperado ya estaba entre nosotros; la Salvación había llegado al mundo… Ante tal acontecimiento sólo les quedaba la adoración a Dios que había hecho realidad sus promesas.

Y nuevamente, como narra el final del evangelio, cumplen con lo prescrito por la Ley de Moisés: la circuncisión, símbolo de la alianza de Dios con su pueblo. Era el momento de ratificar lo que el arcángel les había anunciado: Jesús, sería su nombre; Dios habita y salva a su pueblo: Dios estaba en el mundo.

De toda esta escena, me quedo con el silencio de María, que guarda todo en su corazón; quizá aún sin entender nada de lo que estaba sucediendo, como cuando se le presentó Gabriel. Su humilde oración, su respuesta generosa y sin límites hizo posible que Dios se hiciera uno de nosotros. ¡Cómo no tributar este honor hoy a la Madre de Dios!

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR

EVANGELIO
                                                                                      "Venimos de Oriente para adorar al Rey."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 2,1-12)
 

    Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
 

                                                                                                                                Palabra del Señor.

Epifanía.  Ciclo B. Mt 2,1-12

A las puertas de la ciudad santa de Jerusalem se acercan unos personajes buscando al Rey que había nacido; desde muy lejos, de Oriente venían estos magos con la esperanza de conocer y ofrecer sus regalos al gran Rey; habían visto una señal, habían sido capaces de distinguir esa estrella que les dirigía a los pies del Esperado desde los primeros tiempos.

La intención de estos magos no era otra que la de adorar al Dios vivo que había nacido; no pretendían puestos de honor en su reino, ni pedían favores para sí; sólo querían postrarse ante este Rey, y ofrecerle sus más significativos dones.

Frente a la inocencia y a la actitud abierta de los magos, el rey Herodes, junto con toda Jerusalem, la ciudad santa, incluidos sumos pontífices y letrados, se sobresaltan y ven peligrar su poder. Nada más lejos una actitud de la otra: inocencia y adoración frente a corrupción y poder. El Mesías no podía estar aquí ya, estaba todo en peligro; si era verdad la profecía Herodes estaba al borde de su final.

Pero Su Reino no es de este mundo; no vino Dios a formar un ejército contra los que ocupaban su tierra santa, ni a conseguir ningún tipo de corona real; ya había nacido y no lo había hecho en ninguna cuna, sino que yacía acostado en un pesebre y envuelto en pañales, según la señal dada a los pastores.

La malicia y la envidia de Herodes hace que los magos se dirijan a Belén, un pequeño pueblecito donde todos los profetas apuntaban como lugar de nacimiento del Mesías. Y así lo hicieron; los magos, de nuevo guiados por su estrella, caminan hacia la casa donde estaba María con su Niño.

Y en aquél lugar, en aquella tierra de Belén que fue cuna del Salvador, se manifiesta Jesús. Caen de rodillas y lo reconocen como el Ungido; le ofrecen sus dones cargados de símbolos que presagiaban su propia vida: oro, incienso y mirra.

Esta manifestación, esta epifanía de Dios es la apertura a todo el universo de su reinado; no vino a salvar sólo a Israel, el pueblo escogido; vino a manifestarse a todos por igual, a salvar lo que estaba perdido, a entregar su vida a favor de todos los hombres, para que llegásemos al conocimiento de la verdad; en esos magos estamos todos representados.

Junto a la Sagrada Familia, nosotros nos postramos, como en aquél tiempo los magos de Oriente, y le ofrecemos también nuestros dones, nuestros regalos, que no pueden ser otros que una vida entregada y una adoración sincera que reconoce la divinidad del Mesías.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR

EVANGELIO
                                                                                         "Tú eres mi Hijo amado, mi preferido".
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 1,6-11)
 

    En aquel tiempo proclamaba Juan: -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: -Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.
 

                                                                                                             Palabra del Señor.

Bautismo del Señor.  Ciclo B. Mc 1,6-11

 

Una escena evangélica que salta hasta el comienzo de la vida pública de Jesús; no hay pesebre, no hay pastores, no hay magos ni ángeles que pregonen la gloria de Dios. Pero en este momento se muestra todo el esplendor de un Dios que ha venido a salvarnos, que ha querido hacerse uno de nosotros y que la Palabra es ratificada por el Padre en la fuerza del Espíritu Santo.

El evangelista Marcos no es muy proclive en detalles; quizá la comunidad a la que dirigía su relato no lo necesitaba; pero nos sitúa su escena partiendo de la predicación del Bautista. Juan anunciaba que ya estaba el Mesías en la tierra, que había venido a reinar y que su bautismo sería en Espíritu Santo.

Se cura en salud; no quiere que nadie lo confunda con Él, con el Esperado; ni siquiera es digno de desatarle los cordones de las sandalias; ¡qué hermosa lección de humildad la que nos quedan siempre las pocas palabras del Bautista que conservamos. Tenía clara su misión; sabía que no iba a salvar el mundo, sino que iba a señalar entre los hombres al Cordero que quita el pecado del mundo.

Y por entonces llegó al Jordán. Jesús se acerca a Juan para cumplir con aquel ritual judío de purificación: su bautismo. Pero algo sucede en aquél instante: se rasga el cielo y desciende el Espíritu Santo. La fuerza santificadora estaba con Él. Junto al Espíritu, la voz del Padre que ratifica que Jesús es su Hijo, su amado, su preferido.

Todo un Dios uno y trino presente en aquél río; una hermosa manifestación, otra epifanía que daría comienzo a la vida pública del nazareno.

Quizá este texto del bautismo de Jesús nos sirva a nosotros para recordar nuestro propio bautismo, para sentirnos en verdad hijos de Dios, amados por Él, llamados a ser sus seguidores. Un bautismo que comenzó en nosotros una nueva vida, regenerada del pecado y llena del Espíritu del Señor. Avivar hoy en nosotros la fuerza recibida en el Bautismo es sentirnos especiales, queridos en lo más profundo de nuestro corazón y responsables también de la misión que se nos ha confiado: anunciar a todos la Buena Noticia del Evangelio.

 

 

 

 

 

 

 

 

- TIEMPO DE ADVIENTO -

 

Primer Domingo de Adviento:

 

EVANGELIO (Mc 13,33-37.)
                                                      "Velad, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
 

        En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!
                                                                                           Palabra del Señor.

 

I Domingo de Adviento. Ciclo B  (Mc 13,33-37.)

Como bien sabemos, por la pedagogía litúrgica, Adviento significa “venida” y es el inicio del año en la Iglesia. La Iglesia nos propone este tiempo para disponernos al nacimiento de Jesús, para acoger con humildad al Niño Dios que va a nacer entre nosotros.  Ya lo sabemos, pero nunca viene mal recordarlo para retomar fuerzas.

El comienzo del año litúrgico nos pone en sintonía con la espera del Señor;  la vigilancia y la actitud del que espera anhelante la venida de Cristo quedan reflejadas en este evangelio de Marcos. Adviento es el tiempo de la esperanza, es escuela que nos enseña a estar atentos y abrir nuestros ojos. Pero sólo es capaz de esperar aquél que está despierto y vigilante. Hoy suena el despertador en nuestra vida para sacarnos del adormecimiento. ¡Velad!, ¡Vigilad! Porque no sabéis el día que vendrá vuestro Señor.

Ahora es el tiempo propicio, el tiempo de salvación, el momento oportuno para que abramos nuestros ojos a la salvación que ya ha acontecido en nuestras vidas por la muerte y la resurrección de Cristo; es hora de dejarnos guiar por la luz del Mesías; es hora de que vivamos de verdad y en plenitud los valores del Evangelio que Jesús nos ha anunciado.

Hay que crear en nuestros corazones una expectación, un deseo irremediable de encontrarnos con Cristo cara a cara, de saber disfrutar de su presencia en cada momento, aunque parezca insignificante. El adviento no es más que la nueva oportunidad que se nos brinda para remover las ascuas encendidas del corazón.

No es el desasosiego o la intranquilidad, el miedo o temor lo que ha de movernos en esta espera vigilante; todo lo contrario: la alegría debe predominar en este tiempo; porque creemos y esperamos que vendrá de nuevo el Señor como juez de la historia para reinar en plenitud e instaurar la paz y la justicia definitivas. Por eso a nada hay que temer; pero sí debemos estar atentos, con el corazón abierto y el oído fino a la presencia de Cristo, que no sólo se manifestará al final de los tiempos, sino que pasa cada día a nuestro lado.

Y el evangelio es claro: Despertad del sueño; porque parece como si estuviéramos aletargados ante lo que acontece a nuestro alrededor. Tanta imagen, tanta noticia de desastres naturales y humanos, van creando en nuestro corazón un caparazón endurecido que no deja traspasar el sufrimiento real de esas personas. También aquí tenemos que despertar de nuestro sueño y nuestra indiferencia.

Sólo nos queda esperar, pero no con los brazos caídos imaginando que todo se va a solucionar sin mover un solo dedo. El Reino de Dios está entre nosotros, pero ¿quién lo cuidará, quién regará esa semilla? Esa es la actitud del adviento: la espera activa.

 

 

Segundo Domingo de Adviento:

 

EVANGELIO  (Mc 1,1-8.)
                                                  "Preparadle el camino al Señor."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
 

        Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.
Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.
Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
 

                                                                                                          Palabra del Señor.

II Domingo de Adviento. Ciclo B (Mc 1,1-8.)

Una buena noticia anunciada por Jesús, el Hijo de Dios: así comienza Marcos su evangelio; no se trata de un anuncio distinto y diferente a lo proclamado por los profetas en el Antiguo Testamento, sino la plenitud hecha carne, la Palabra ratificada por Dios, la obra de la salvación realizada en Jesús, el Ungido, el Hijo de Dios.

Podríamos incluso decir que para Marcos sólo hay un evangelio, una buena noticia; y esa buena noticia es que Jesús ya está entre nosotros; incluso afirmaríamos que esa buena noticia es Jesús el Cristo, el Hijo de Dios. Todo un título programático para su narración de los hechos.

Y lo primero que aparece en este evangelio es el anuncio del precursor Juan; cumpliendo lo ya anunciado por el profeta Isaías, el Bautista proclama un rito de purificación y de preparación: su llamada a la conversión, al cambio de vida; pero no ponía énfasis en que le creyeran a él, en que escucharan sus palabras; porque detrás de él venía el Esperado desde antiguo.

La voz que proviene del desierto invitaba a la llegada inminente del Mesías; el tiempo se había cumplido, todo estaba preparado, el Antiguo Testamento había cumplido su misión; ahora era el tiempo de la gracia y de la salvación, de la buena noticia; y para eso Juan bautizaba: para que la gente reconociera sus pecados, convirtieran su vida y aceptaran al Ungido.

Descubrir el camino del Señor; quizá a esto nos llama hoy día el precursor; muchos otros han allanado el camino y nos han preparado para saber quién es Jesús; ahora a nosotros nos toca distinguir sus huellas, descubrir por dónde camina ese Mesías, vislumbrar la senda que Él está caminando y seguirlo.

Un verdadero discípulo es quien va detrás de su maestro, escuchando su voz y siguiendo sus consejos; Jesús es una Buena Noticia, es la Salvación hecha carne; ni siquiera somos dignos de desatarle tampoco nosotros las sandalias; pero sí hemos sido llamados a seguirle. Juan lo proclamó ya próximo entre los hombres y realizaba un rito de purificación preparatorio para su venida. Ahora a nosotros nos ha tocado vivir este tiempo de gracia para disponer nuestro corazón y nuestro espíritu en la acogida del Mesías, para abrir nuestros ojos y saber reconocerle en cada circunstancia de nuestra vida.

Realizar en este tiempo el camino del adviento es preparar nuestro corazón para el bautismo en el Espíritu Santo que Jesús nos tiene preparados; una luz y una fuerza santificadora que hará de nosotros testigos creíbles del evangelio.

 

 

 

Tercer Domingo de Adviento:

 

EVANGELIO  (Jn 1,6-8.19-28.)
 

En medio de vosotros hay uno que no conocéis.
 

        Lectura del santo Evangelio según San Juan.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: -¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: -Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: -Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías? El dijo: -No lo soy.-¿Eres tú el Profeta? Respondió: -No. Y le dijeron: -¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? El contestó: -Yo soy «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: -Entonces, ¿Por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: -Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

    

                                                                                                               Palabra del Señor.

 

III Domingo de Adviento. Ciclo B  (Jn 1,6-8.19-28.)

En Betania, futuro lugar de descanso para el Señor, se desarrolla la escena de este relato evangélico; a Juan Bautista se le acercan unos sacerdotes y levitas con la intención de obtener información sobre su persona; pero las primeras líneas del evangelista quedan bien claras quién era el precursor.

Sólo un humilde testigo, por medio del cual todos debían creer en la Luz; nos anticipan estas primeras palabras lo que acontecerá en el diálogo entre el bautista y los fariseos; ¿quién eres tú para que podamos decírselo a los que nos envían? Tenía bien claro Juan que no era el Mesías; no había sido el enviado por Dios para llevar al pueblo a la salvación y eso lo tenía muy claro. Ni siquiera se consideraba digno de desatarle los cordones de la sandalia al Ungido.

No soy el Mesías; su respuesta es clara; no quiere que le confundan con el verdadero Mesías y el Cordero de Dios; la figura de Juan casi siempre se representa señalando con el dedo o la mano a alguien: a un cordero, a alguien que se acerca al Jordán a bautizarse… Y es que esa fue su misión: anunciar y señalar al Hijo del hombre a los demás. No era la luz, sino testigo de la luz; no era el Mesías, sino el que lo reconoció y así lo anunció a los demás.

Es una hermosa misión de la cual tenemos mucho que aprender otros; a veces nos creemos el ombligo del mundo, incluso nos dejamos llamar maestros, o padres… Sólo uno es nuestro Maestro y Señor, Cristo, el Hijo de Dios; Juan es la voz que clama en el desierto, en ese lugar por el que había caminado Israel durante el éxodo. “Preparad el camino del Señor”, dejad que habite en vuestros corazones, abrid de par en par vuestras puertas al Mesías que viene, que ya está entre vosotros.

Juan no es Elías, ni el profeta, ni el Mesías; podríamos decir que es “nadie”, entendiendo que quiere permanecer en el anonimato, en un segundo plano; lo importante no es la señal que nos anuncia algo que va a venir; lo realmente importante es lo que está por llegar; cumplía su misión de mensajero, de precursor, de pregonero de que estaba por llegar el Mesías; y ahí radica su grandeza, a la cual rehusaba humildemente el bautista: preceder en el tiempo y en la predicación al Hijo de Dios.

¡Qué dignidad la de poder ser el telonero de todo un Dios que se había decidido, desde el comienzo de la creación, a hacerse uno de nosotros para mostrarnos la dignidad del hombre y la maravillosa misericordia de Dios!

Supo Juan preparar perfectamente el camino al Señor, enderezar la senda torcida para que todos pudiéramos descubrir a quien señalaba. Ahora, gracias a su mano que muestra al Mesías, todos podemos acercarnos a Jesús, el Cristo.

 

 

 

Cuarto Domingo de Adviento:

 

 EVANGELIO  (Lc 1,26 38.)
                                                     "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.

        A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando a su presencia, dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.
Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: -No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel: -¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
El ángel le contestó: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó: -Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
 

                                                                                                               Palabra del Señor.

 

IV Domingo de Adviento. Ciclo B  (Lc 1,26 38.)

No podía faltar en este último tramo del Adviento, la figura impresionante e imprescindible de María. Dios se sirvió de ella para venir al mundo como uno de nosotros, semejante en todo menos en el pecado. Y las primeras palabras que recibe María por parte del ángel son de transmisión de una gran noticia: Alégrate, el Señor está contigo.

Llena de gracia, así la llama Gabriel; llena del favor de Dios, porque fue escogida entre todas para llevar en su seno al mismo Hijo de Dios. Es fácil de comprender la reacción de María, que en aquellos momentos ni imaginaba lo que se le vendría encima; ser la Madre del Mesías, acompañar en los primeros pasos al Hijo de Dios, tener el honor de llevar en su vientre al esperado por su pueblo durante siglos; ya estaba por venir el Ungido, y María iba a tener parte muy activa en este acontecimiento.

No hay lugar a dudas después de la explicación que le hizo el ángel: sería el Hijo del Altísimo; su reinado no tendrá fin; efectivamente a quien iba a concebir era el Rey de Reyes; por su mente pasarían multitud de frases de la Biblia que hacían referencia al esperado; no hubo excusas, no puso ningún impedimento, como nosotros podríamos haber hecho en un primer momento; no, sólo no llegaba a comprender tal misterio, siendo aun soltera y no teniendo marido. No duda, no se asusta, no se niega: al contrario, se sorprende y se pone a los pies de su Señor: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

María debe ser para los creyentes un modelo de entrega generosa y servicial; en ella descubrimos a la Madre que dijo sí al Mesías, al esperado desde antiguo para nuestra salvación; se convierte así, para nosotros, en corredentora y colaboradora en la historia de la salvación. Su figura nos ha acompañado a lo largo de toda la historia, aunque permaneciendo en un segundo plano, pues debe brillar con luz propia el rostro de su Hijo.

Al final de todo este recorrido de conversión que es el Adviento, ¿quién mejor que María para indicarnos que está a punto de llegar el Mesías? Sólo su Madre sabe lo que es sentir en propia carne la verdadera presencia de Jesús en su vida. Ella lo tuvo nueve meses en su seno; su amor de Madre, se extiende, desde entonces, a todos los hombres. Sólo nos queda agradecer sinceramente a nuestra Madre al Salvador del mundo.

 

 

 

NOVEDAD: CADA SEMANA O BIEN POR TIEMPOS LITÚRGICOS, SEGÚN PUEDA, OS PONDRÉ LOS DIBUJOS ORIGINALES QUE TENEMOS PARA LOS TRES CICLOS  Y TAMBIÉN LAS LECTURAS OFICIALES; PODÉIS USARLOS SIN NINGÚN PROBLEMA SI LOS DEDICÁIS A LA CATEQUESIS O CUALQUIER TIPO DE PASTORAL, QUE ES PARA LO QUE SUS AUTORES LOS HEMOS CREADO, PARA EL SERVICIO DE LA FE. 

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