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                      CICLO -C-                        

 

 

 

 

- TIEMPO ORDINARIO -

 

DOMINGO 11 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

   EVANGELIO
                                    "Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor."
 

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 7,36-8,3.)
   

    En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: -Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.
 

    Jesús tomó la palabra y le dijo: -Simón, tengo algo que decirte.
El respondió: -Dímelo, Maestro.
Jesús le dijo: -Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
Simón contestó: -Supongo que aquel a quien le perdonó más.
 

    Jesús le dijo: -Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: -¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.
Y a ella le dijo: -Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
-¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?
Pero Jesús dijo a la mujer: -Tu fe te ha salvado, vete en paz.
[Más tarde iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo predicando la Buena Noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de C:usa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.]
                                                                                        Palabra del Señor.

 

Domingo XI. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 7,36-8,3

Ningún gesto pasa desapercibido a los ojos del Maestro, ni desaprovecha ninguna oportunidad para mostrar la misericordia divina a los que le escuchan. Este evangelio de Lucas es un claro ejemplo con el que percibir el modo de actuar de Cristo.

Seguramente aquél fariseo no tenía ninguna oculta intención cuando criticaba que el Maestro se dejara tocar por una mujer de dudosa reputación; sin embargo el corazón del hombre pone por delante los prejuicios a las obras; en este caso, y queriéndose justificar o ponerse como bueno delante de sí mismo, el fariseo desaprobaba la acción de Jesús que se dejaba tocar por aquella mujer.

No tardó en llegar la parábola del Maestro para Simón: un ejemplo que manifestaba claramente que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos, que es mayor el agradecimiento de los que se sienten pecadores y así se reconocen humildemente ante Dios, que aquellos que como el fariseo del templo pavonean su confundida santidad.

Con una mirada de cariño hacia la mujer, Jesús perdona sus pecados; su llanto derramado y su postración ante los pies del Mesías hizo posible que la misericordia divina se acercaran a ella y borraran totalmente su pecado. Aquellas lágrimas de arrepentimiento se volvían agradecidas al perdón recibido. Se iba en paz, su corazón y su alma quedaban reconciliadas de nuevo con Dios.

Y cuánto nos queda por aprender a nosotros que tenemos siempre la lengua afilada y el dedo acusador levantado hacia todo aquél que tropieza, siendo incapaces de descubrir nuestros propios defectos. Estamos más pendientes de lo que hacen los demás que de llorar por nuestros errores e inclinarnos ante Dios para pedir perdón. Tal vez es que nos abruman tanto y nos avergüenzan de tal modo que ni siquiera somos capaces de volver nuestra mirada hacia el propio corazón.

No importa; si de verdad creemos que lo necesitamos allí estará la misericordia de Dios; sin preguntas, sin echar nada en cara, sin acusarnos; sólo una mirada tierna, como la de Jesús hacia aquella mujer, que nos dirá levántate y camina de nuevo con la alegría de la reconciliación. Y en adelante no peques más.

 

DOMINGO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                                     "Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 9,18-24.)
 

    Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: -¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron: -Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Pedro tomó la palabra y dijo: -El Mesías de Dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: -El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacar dotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo: -El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.
 

                                              Palabra del Señor.

 

Domingo XII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 9,18-24

 

    Quizá la intención de la pregunta que Jesús lanza a sus discípulos no era exclusivamente la de averiguar qué pensaba la gente sobre Él o con quién lo comparaban. Elías, el Bautista, uno de los antiguos profetas… Disparidad de respuestas, todas ellas relacionadas con grandes personajes bíblicos que mostraban la salvación de Dios.

En este momento crucial de la vida de Jesús, antes de comenzar su viaje hacia Jerusalén, lugar de su crucifixión, Él da un paso más en el desvelamiento de su vida y de su persona. Jesús da un paso más; dirigiéndose a los que le seguían por el camino personaliza su pregunta: ¿quién decís vosotros que soy yo? Quedaba atrás las opiniones de los demás, quizá porque ellos le habían conocido personalmente y lo habían conocido más de cerca. Aquellos discípulos iban descubriendo a través de los milagros, de los discursos, de la forma de actuar de Jesús quién era realmente.

Y entonces Pedro lo señala como el Mesías, el Ungido de Dios. Para los que desde hacía siglos esperaban al libertador de Israel, esta respuesta de Pedro no era sino la ratificación de que la promesa se cumplía en Jesús. Había llegado, ya estaba en el mundo el esperado, el enviado por Dios para mostrar a todos la salvación.

Sin embargo aún quedaba algo, por eso les mandó callar y que no se lo dijeran a nadie; como si les faltara por aprender parte del camino: el Mesías debe padecer, ser contado entre los malhechores, ser ejecutado y resucitar. Los discípulos habían sido testigos de milagros; más tarde verían de lejos la crucifixión de su Mesías y se encontrarían de nuevo con el Resucitado.

Es necesario renunciar a todo, cargar con la cruz y seguirle. El que quiera salvar su vida debe perderla por Jesús y por el evangelio. El camino del discípulo no se queda solamente en lo amable de la figura de Jesús, en sus milagros y curaciones. Hay que dar un paso más: hay que negarse a sí mismo, morir, como el grano de trigo para ser fecundo y dar fruto abundante.

Como aquellos discípulos nosotros le señalamos como el Mesías, el Salvador de la humanidad; pero qué poco aprendemos de su cruz, del negar nuestro yo y nuestros intereses a favor del Reino de Dios. El que quiera seguirle que cargue con su cruz y le siga. Un camino con tropiezos en el que siempre encontramos la mano amiga de Cristo dispuesta a levantarnos.

Pedro le señaló como el Mesías, nosotros como nuestro Dios y Señor. Pero la vida de Cristo, no olvidemos, se entiende sólo a la luz de su muerte y resurrección.

 

 

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
 

                           "Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré a donde vayas."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 9,51-62.)
 

    Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: -Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: -Te seguiré a donde vayas.
Jesús le respondió: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
A otro le dijo: -Sígueme.
El respondió: -Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: -Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó: -El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.
 

                                                              Palabra del Señor.

 

Domingo XIII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 9,51-62

Leemos hoy un evangelio cuanto menos desconcertante; por varias razones. Encontramos, en primer lugar una situación paradójica: no todo el mundo recibía a Jesús, a pesar de la fama que le precedía. Habría que entender que los samaritanos no se llevaban muy bien con los jerosolimitanos, y tal vez por eso impidieron que el Maestro se quedara allí. Pero lo que llama la atención es el ímpetu de Santiago y Juan por querer eliminar a toda aquella gente. No acababan de entender quién era Jesús y cómo actuaba.

Luego Lucas nos narra  el caso de tres jóvenes que pudieron ser discípulos de Jesús, y que quedaron en vocaciones frustradas por la respuesta dada por el Señor. Quien no lo conoce, podría tildarlo de duro, tajante, e incluso de intolerante. Pero la radicalidad del evangelio, en ocasiones, es así

A cada uno de ellos una respuesta que desconcierta: Leídas literalmente podrían resultar hasta intransigentes y radicales. Al primero le anuncia que no tendrá nada, ni siquiera cobijo. Era como decirle que se lo pensara muy bien, que no era fácil su seguimiento, que habría muchas dificultades y renuncias, y que no cualquiera podía ir por ese camino.

Al segundo le queda claro que no admite dilaciones; Él llama y quiere una respuesta; no espera a que se lo piense, ni a que entierre su pasado o sus parientes muertos.

Al tercero le hace ver que el pasado es sólo historia si hubiera decidido seguirle. El Señor no es intolerante, pero sí es exigente. Pide coherencia de vida, y en los tiempos que corren esto no resulta fácil.

Desconcertante el evangelio y paradójicas las respuestas que el Señor da a cada uno de los que se encuentra por el camino; pero esto es lo que conlleva encontrarse con Jesús. Cuando lo descubres tu vida o cambia por completo, o sigues tu camino. No hay vuelta de hoja. La mirada de Jesús es penetrante y desconcertante; te lleva a un mundo nuevo, te pide servicialidad y coherencia; necesita discípulos valientes que estén dispuestos a cargar con la cruz y seguirlo.

Evidentemente somos humanos y todos caemos una y otra vez; no es eso lo que le importa a Jesús, puesto que Él murió por todos nuestros pecados para llevarnos a Dios. No es la Iglesia un grupo de seres perfectos, pero sí una comunidad de personas creyentes en Cristo como Hijo de Dios y Salvador que intenta seguirle por el camino de la vida con la mayor coherencia posible.

 

 

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO

   EVANGELIO
                                "Vuestra paz descansará sobre ellos."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 10,1-12.17-20.)
 

    En aquel tiempo designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: -La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios». [Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros». «De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios». Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
El les contestó: -Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.
 

                                                          Palabra del Señor.

Domingo XIV. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 10,1-12.17-20

     Vino Jesús a predicar el Reino de de Dios, a hacerlo presente en medio del mundo, a reconciliara toda la humanidad con su Padre; y para ello se rodeó de un pequeño grupo de discípulos que lo seguían por el camino y que fueron transmitiendo todo lo que vieron y escucharon de su Maestro y Señor. Así lo podemos leer en este evangelio de Lucas.

    Designo a setenta y dos y los envió a los lugares donde quería ir Él. De dos en dos, anunciando en su nombre que el Reino de Dios ya está entre nosotros; que vino al mundo la paz y que Dios es amor. Pero también era muy consciente de que la tarea no les iba a resultar fácil. Les enviaba como corderos en medio de lobos.

    Se ponían en camino; seguramente con la ilusión y la alegría de que llevaban un gran mensaje a todos; un mensaje que era la buena noticia de la salvación que tanto ansiaba el pueblo de Israel; llevarían la paz por los lugares que pasarían; como equipaje sólo la Palabra que habían recibido y de la que estaban convencidos plenamente.

    La mies es mucha y los obreros pocos; no han cambiado mucho las cosas desde entonces; sigue siendo ardua la tarea de la predicación y de la extensión del Reino de Dios a la que todos estamos llamados. Pocos los que quieren dedicar su vida fielmente a esta tarea. E igualmente existen los lobos que deboran todo aquello que huele a cristianismo. Pero a nada hay que temer. La Iglesia no es dueña del mensaje, debe transmitirlo.

    Aunque las circunstancias no hayan cambiado mucho, los cristianos sí vivimos de otro modo. Tal vez no nos sentimos llamados por Jesús a formar parte de esos setenta y dos. Tal vez nos cuesta ponernos en camino por el miedo y las dificultades que se nos presentarán. No tengamos miedo. Cristo está con nosotros. Y seamos conscientes de que si nosotros somos cristianos es porque Él nos ha llamado y alguien nos ha transmitido su Evangelio.

    Ahora es nuestra la tarea de la evangelización; no podemos mirar a otro lado; nos corresponde a cada uno de nosotros llevar la Buena Noticia de la salvación a los que nos rodean. Y no tengamos miedo. Sólo predicamos la salvación.

 

 

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                             "¿Quién es mi prójimo?"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 10,25-37.)
 

    En aquel tiempo se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:-Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
El le dijo: -¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó: -Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.
El le dijo: -Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino, y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y dándoselos al posadero, le dijo:-Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó: -El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús: -Anda, haz tú lo mismo.
                                                                                                                                      Palabra del Señor.

Domingo XV. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 10,25-37

     ¿Qué haré para heredar la vida eterna? Esta pregunta le sirvió a Jesús para presentar la hermosa lección del buen samaritano. Aquél letrado buscaba su propia salvación y encontró a miles de hermanos necesitados de ayuda. Jesús conoce bien el corazón del hombre y une el amor a Dios con el amor al prójimo.

    Continuamente repetían la oración del shemá los israelitas; tanto si iban de viaje como si estaban en casa; una oración que recordaba el amor a Dios en primer lugar y por encima de todo, no guardándose nada para uno mismo, sino entregando todo lo que uno es y tiene al que es principio y fin del universo. Junto al amor a Dios, Jesús une otro mandamiento judío (no olvidado en el Antiguo Testamento): amar al prójimo como a ti mismo.

    Quien dice amar a Dios, al que no ve, y no ama al prójimo, que sí ve, es un mentiroso. Por eso la parábola que propone Jesús al letrado no pretende sino aclarar la necesidad del amor al que lo necesita. El sacerdote y el levita deberían haber socorrido oficialmente a aquél herido. Y digo oficialmente porque a los ojos del pueblo eran los justos, los que se dedicaban al culto y a la oración. Sin embargo tuvo que ser un samaritano, alguien casi despreciado por los judíos, el que amó como se debe.

    Practicar la misericordia, el amor, el perdón, la ayuda generosa, la gratuidad, no está de moda. No porque siempre buscamos recompensa, reconocimiento, compensación y agradecimiento. Y al mismo tiempo decimos que amamos a Dios y que creemos en Él. Hoy nos queda muy claro, amor a Dios y amor al prójimo están unidos.

    Pero ¿para qué sirve todo esto? La pregunta del letrado iba entorno a la vida eterna. Quizá ha desaparecido de nuestro horizonte esta meta. Tendremos que recordar que nuestra vida es caduca, que nacemos y morimos, que estamos de paso en esta vida y que nos espera toda una eternidad junto a Dios… si es que lo hemos amado. En el amor a Dios y al prójimo nos jugamos nuestra felicidad, porque nuestra vida no descansará hasta que esté junto a quien nos ha creado.

    Tengamos los ojos bien abiertos para que, al menos, podamos considerarnos como ese samaritano que hizo lo que debía con misericordia. No volvamos la mirada ni demos un rodeo. Dios puede estar en cada esquina que doblemos.

 

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                                   "Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 10,38-42.)
 

    En aquel tiempo entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitaran.
 

                                                                      Palabra del Señor.

 

Domingo XVI. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 10,38-42

     Aquella familia de Betania fue, seguramente, lugar de descanso para el Señor en muchas ocasiones; allí disfrutaría de la compañía de sus amigos y seguro que hablaría mucho de lo que le iba sucediendo y de lo que había venido a predicar; Marta y María hoy aprendían una lección que, como otras muchas, nunca olvidarían.

    Me imagino a Marta andando de acá para allá para que el Maestro se sintiera a gusto; como cualquier madre que recibe a alguien en su casa; todos los destalles preparados, desviviéndose para que el invitado se sintiera como en su propia casa, cocinando sus mejores guisos para agradarle. De un sitio a otro para hacer de su casa, el hogar de Jesús.

    Y por otro lado María, disfrutando de la compañía de Jesús; escuchando lo que hablaba, embelesada y fijos los ojos en quien le hablaba, preguntando, comentando, interiorizando el mensaje que le transmitía su Señor. Y estando así las cosas, ya Marta no pudo callarse. ¿Por qué María se quedaba allí tranquilamente sentada mientras ella no paraba de un sitio a otro?

    Personalmente me parece que todos tenemos un poco de Marta y otro tanto de María; corremos de acá para allá intentando hacer las cosas lo mejor posible, hasta con buena intención y procurando que todo salga bien, con sentido cristiano. En otras ocasiones nos sentamos para disfrutar de la presencia de Jesús, escuchar su palabra y alimentarnos de su Cuerpo.

    Tendremos que saber encontrar el equilibrio entre Marta y María; quizá el periodo vacacional nos propicia el poder respirar de las tareas cotidianas que tanto nos hacen estresarnos y poder reclinar nuestro pecho en el Maestro para escucharle con más tranquilidad. ¡Ya habrá tiempo de ponerse manos a la obra y comenzar de nuevo la tarea que se nos ha encomendado!

    María y Marta son unas hermanas que nos quedan un ejemplo de acogida, en primer lugar: hicieron de su casa el hogar de Jesús; actitud que recuerda a nuestras familias la necesidad de no olvidar esa presencia importante de Dios en nuestras vidas y nuestros hogares. Por otro lado, Betania es para nosotros escuela de oración, porque nos anima a pararnos en la vida y hacer un pequeño reposo, atendiendo a la voz del Maestro.

    Que nuestras vidas sean un equilibrio entre la escucha y la acción, entre la oración y la vida compartida.

 

 

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                                 "Pedid y se os dará."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 11,1-13.)
 

    Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
El les dijo: -Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación».
Y les dijo: -Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la media noche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle». Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos».
Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?
 

                                                                Palabra del Señor.

 

Domingo XVII. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 11,1-13

    Enséñanos a orar: ¡cuántas veces hemos pronunciado esta petición! Tal y como aquellos discípulos también nosotros queremos hablar con Dios, necesitamos dialogar con Él, suplicarle, alabarle, pedirle y agradecerle. La oración que hoy nos presenta Jesús, el Padre nuestro, engloba en sí misma la vida cristiana.

    De pequeños nuestras padres y abuelos nos enseñaron a rezar; con el paso de los años, nuestra oración ha ido creciendo a la par que nuestra fe; pero siempre tenemos la tentación de dudar que nuestra oración sea tal o que sea escuchada por Dios. El ejemplo del evangelio nos asegura que siempre que hablemos con Él, Dios nos escuchará. Por muy tarde que sea, o por muy impertinentes que parezcamos.

    Dios siempre nos escucha, como un Padre, dispuesto a sentarse un rato al sofá con su hijo para entablar un diálogo cariñoso y atenderle en lo que necesite, darle un fuerte abrazo y estar un rato juntos. Dios siempre nos acompaña y no es complicado ponerse en contacto con Él. Pero sí hemos de tener un corazón abierto y una fe firme para ser conscientes de que nos escucha.

    La oración es a la vez algo fácil y difícil. Fácil porque hablar con Dios es algo que podemos hacer en cualquier momento, prácticamente en cualquier circunstancia. Y es difícil porque a veces no sabemos exactamente qué es hacer oración, porque las ocupaciones diarias nos absorben o simplemente porque hay una gran resistencia a sentarse un rato para hablar con Dios.

    Pero tampoco debemos pensar que es un imposible; del mismo modo que Dios nos habla en la Biblia, y a través de su Hijo y los sacramentos de la Iglesia, nosotros podemos acceder a Él; es más, arde en deseos de hacerse el encontradizo con nosotros.

    Orar es hablar con Dios, de tú a tú, como le habla un hijo a un padre. Y a Dios podemos decirle cualquier cosa: lo que vivimos, nuestras preocupaciones, lo que hemos logrado, en lo que necesitamos su ayuda, incluso contarle nuestro día tal y como lo haríamos con la gente a la que le tenemos confianza y queremos.

    La oración es un dirigirse a Dios para alabarlo, agradecerle, reconocerlo y pedirle cosas que sean para nuestro bien. Es solamente hablar con Él. Qué hermoso podernos sentar tranquilamente a charlar con el Dios en el que creemos. Seguro que disfrutaremos con nuestro Padre.

 

DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                      "Lo que has acumulado, ¿de quién será?"

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 11,13-21.)
 

    En aquel tiempo dijo uno del público a Jesús: -Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
El le contestó: -Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y dijo a la gente: -Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola: -Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha. Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?» Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.
 

                                                        Palabra del Señor.

XVIII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 11,13-21

Vivimos en la sociedad de la opulencia y del derroche; deseamos todo, incluso hasta lo que ni siquiera nos hace falta; queremos tener más cada día basándonos en esa sociedad del bienestar que nos rodea. Sin embargo, ¿para qué nos sirve? Sólo para crear falsas ilusiones que llenan temporalmente nuestro corazón y satisfacen nuestras ansias de poder.

El evangelio de este domingo nos queda las cosas muy claras: nada nos vamos a llevar a la otra vida. Amasamos riquezas en este mundo y somos pobres delante de Dios, que quiere un corazón contrito y humilde.

Aquél hombre que vino pidiendo del maestro una sentencia firme para que su hermano repartiera la herencia se marchó con la lección aprendida: los bienes terrenos son sólo pasajeros; ¿de qué vale al hombre acumular tesoros en la tierra? Todo pasa, como dice Qohelet, nada queda; a veces se nos olvida la vida eterna a la que hemos sido llamados por Dios y parece que vivamos como si la vida aquí en la tierra fuera la única.

Y es que nos hemos metido en una dinámica del consumo tal que todo nos parece poco; queremos comodidad, buscamos caprichos, ansiamos poseer… Y lo único que todo ello nos reporta es acumular cosas innecesarias, si tenemos la suerte de obtener lo que queremos, o un deseo frustrado si no llegamos a alcanzarlo.

La felicidad abarca mucho más y tiene miras más altas que los bienes terrenos. La felicidad brota del corazón y reside en aquellos que hacen de la vida un regalo continuo. Mirar al futuro y saber lo que nos espera no viene nunca mal; sobre todo porque nos recuerda que somos caducos y que nada nos llevaremos junto a Dios; es más, tanto deseo inconmensurable puede apartarnos de la vida eterna.

No compliquemos más las cosas y bajémonos del tren express que todo el mundo quiere coger. La vida son dos días, si la comparamos con la eternidad; y la felicidad no reside en lo material, sino en aquello que brota del corazón.

 

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                               "Estad preparados."

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 12,32-48.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: [No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.] Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y les irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. [Pedro le preguntó: -Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?
El Señor le respondió: -¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.
Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.]
 

                                                                                    Palabra del Señor.

XIX Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 12, 32-48

Si pudiéramos hacer una lista de las cosas que son necesarias para vivir, seguro que necesitaríamos mucho papel. Sin embargo, esa lista disminuiría al escribir sólo aquellas que realmente nos proporcionan felicidad. Hoy Jesús nos recuerda que donde está nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón.

Continúa el maestro apuntando la mirada a la vida eterna que se nos ha preparado, como si fuera necesario explicarles a sus discípulos que este mundo es pasajero y que lo que aquí sembremos será lo recogido en el Reino de Dios. De ahí la necesidad de dar limosna, de compartir, de tener claro dónde está nuestro corazón y nuestro tesoro. Acumular riquezas temporales no sirve para el Cielo.

Mucha gente vive al margen de esta realidad y pasa la vida desviviéndose por tener y tener; otra gran mayoría de nuestro mundo muere a causa de las riquezas que nosotros poseemos injustamente, puesto que no han sido compartidas ni repartidas equitativamente entre la humanidad. Y en medio, toda una vida que no alza su mirada al futuro para contemplar lo que está por venir.

Jesús quiere quedar claro a aquellos que quieren oírle que debemos estar preparados, pues no sabemos ni el día ni la hora en que volverá entre nosotros como Rey del Universo. No podemos bajar la guardia, hemos de volver nuestro corazón hacia Dios para ver en qué medida estamos siendo dignos herederos de esa vida eterna.

Y no es cuestión de tener miedo, pero si de estar precavidos, puesto que pueden pasar los años sin que seamos conscientes de esta realidad temporal y finita del mundo y de nuestra propia vida. Se nos han regalado los años para compartirlos, para vivirlos hasta el máximo, pero con un criterio como base: el amor. Y el que ama no tiene miedo, sino que se desvive por los demás y gasta su tiempo y sus recursos en crear ambiente de felicidad entre los que le rodean.

Hay más gracia en dar que en recibir; aunque parezca mentira y a pesar de que resulte imposible creer esta frase en la sociedad del bienestar. Vivamos nuestra vida mirando al futuro y gastemos nuestro presente en amar a los demás.

 

DOMINGO 20 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                            "No he venido a traer paz, sino división."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 12,49-53.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
 

                                                            Palabra del Señor.

 

XX Tiempo Ordinario. Ciclo C

Jesús era consciente de su misión y de lo que había venido a instaurar en el mundo: el Reino de su Padre; sin embargo su tarea no resultaba nada fácil a los ojos de una sociedad marcada por normas y mandamientos que, en ocasiones, pasaban por encima de las personas. Aquellos que le escuchaban no permanecían indiferentes, o bien le tildaban de endemoniado o bien se dejaban seducir por su mensaje y le seguían.

Vino a prender fuego al mundo: un fuego de amor que no todo el mundo se atrevió a entender o aceptar. Fuego porque debe arder nuestro corazón si nos adentramos en su mensaje. Fuego porque la llama del Reino se atisba desde lejos. Fuego que purifica nuestros pecados. Fuego que arrasa con todo aquello que nos separa de Dios.

Pero el mensaje de Jesús también trae división; no todo es fácil ni color de rosas cuando se sigue su Palabra. Al contrario, en muchas ocasiones hay que luchar contra corriente, hasta parecer ingenuos cuando se ama a todos aquellos que te pueden hacer daño. Sus palabras llenan el corazón y crean un estilo de vida distinto en el que quiere oírlas e interiorizarlas poniéndolas en práctica.

Cuando realmente una persona sigue a Jesús parece que todo cambia; desde las relaciones familiares hasta las amistades y el modo de entender la vida. Eso genera discordia, en algunos casos, y burla en otros. No se lleva ser cristiano. Pero Jesús sabía que no lo era. Por eso los ponía en sobreaviso. El evangelio traerá división.

Pero si nuestro Señor pasó por ese bautismo, ¿por qué lo íbamos a rechazar nosotros? Jesús subió al calvario muriendo allí por todos nuestros pecados para reconciliar al hombre con Dios. Ahora nos toca a nosotros ser también testigos de este acontecimiento salvador de la humanidad. Y hemos de armarnos de la valentía suficiente para hacer frente a las dificultades del camino, que no serán tan arduas si caminamos con Cristo a nuestro lado.

 

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                          "Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 13,22-30.)
 

    En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: -Señor, ¿serán pocos los que se salven?
Jesús les dijo: -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar, y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos», y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados».
    Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oliente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
 

                                                                               Palabra del Señor.

 

XXI Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 13,22-30

¿Serán muchos los que se salven? Una pregunta que traía de cabeza a sus discípulos, como la de quién ocuparía el primer puesto en el Reino de Dios. Y es que el maestro quiere quedar muy claras cuáles son las condiciones para entrar en el banquete eterno.

Hay una condición necesaria para encontrar el camino que lleva a la felicidad: entrar por la puerta estrecha. Y no es que estemos muy acostumbrados a entrar por ella. Más bien, buscamos holgura y amplitud en nuestras vidas. Nos incomodan las estrecheces. Queremos comodidad. Es difícil seguir en estas condiciones a Jesús.

No nos gusta complicarnos la vida; y menos en cuestiones religiosas; expresiones como que la religión es parte de la vida privada y debe permanecer al margen de lo público, son síntoma de que relegamos nuestra conciencia y al Dios en el que creemos a un quinto plano. No podemos avergonzarnos de ser lo que somos y de seguir a quien seguimos. Es más debemos estar muy orgullosos de haber sido llamados por Cristo a esta vida nueva.

Sin embargo, hasta en el cristianismo buscamos la comodidad: si peco, pues me confieso. Pero no tenemos un verdadero arrepentimiento y un buen propósito de enmendar nuestros fallos. Caminamos por la puerta ancha donde todo es fácil y se nos da en bandeja. Todo lo tenemos al alcance de la mano; exigimos sin ofrecer nada a cambio, queremos tener favores divinos sin convertir nuestra vida. El evangelio es otro estilo de vida.

Jesús nos pide radicalidad y exige de nosotros un cambio profundo del corazón que pasa necesariamente por dejar a un lado tantas comodidades y miedos, dejar tantos infidelidades e incoherencias para caminar orgullosos a su lado, sabiéndonos portavoces de un mensaje de salvación para todos.

Ancha es la puerta que nos lleva a la perdición y estrecha la que nos lleva de la mano a Dios. ¿Cuántos se salvarán? Pues aquellos que en esta vida han amado y entregado su vida a favor de los demás.

 

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

EVANGELIO
 

                                 "Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 14,1.7-14.)
 

    Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: -Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: «Cédele el puesto a éste». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Y dijo al que lo había invitado:-Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado.
    Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.
 

                                                      Palabra del Señor.

 

XXII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 14,1.7-14

Como en otras ocasiones Jesús quiere compartir la mesa con los fariseos, quizá pensando que sus enseñanzas les harán entrar en razones y ver la necesidad que ellos también tenían de conversión. Sin embargo, las intenciones de aquellos que pavoneaban su religión y su creencia ante los demás no eran tan puras como el maestro esperaba.

Era grande la fama de Jesús y también Él era consciente de que todo el mundo ponía los ojos en su modo de actuar y en sus enseñanzas. Por eso la lección que hoy daba a aquellos comensales no podía ser otra: la humildad. Sobre todo porque aquellos fariseos buscaban el reconocimiento público de sus actos y los primeros puestos en los banquetes.

La humildad es la virtud  por la que el hombre reconoce todo le es dado y que es nada frente a Dios. Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira, como los fariseos, ni al reconocimiento público de lo que tiene o es. El hombre humilde ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior.

Hay que buscar otros tesoros, otro modo de vida, otro estilo diferente del que quiere sobresalir a costa de todo y por encima de todos. Nos hace falta una buena dosis de esa humildad de la que sí puede alardear Cristo, que a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Todo el que se humilla será ensalzado a los ojos de Dios. No tanto ante los hombres, que siempre buscamos esos primeros puestos, los agradecimientos y honores, pero sí ante quien dio la vida por todos sin esperar nada a cambio.

Es preciso que nos reconozcamos como criatura de Dios y veamos la igual dignidad que existe entre nosotros. Tal vez así desaparecerían tantas diferencias e injusticias como existen en nuestro mundo. Pero para ello debemos renunciar a mucho, es más, tendremos que renunciar a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz de cada día y seguirle sólo a Él.

Un camino que se abre a los cristianos para recorrer y una vida para ser derramada por los demás, teniendo como principal virtud la humildad que no busca el tener, sino el ser.

 

 

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO

 EVANGELIO
 

                              "El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 14,25-33.)
 

    En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús él se volvió y les dijo: -Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla ? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar». ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.
 

                                                         Palabra del Señor.

Domingo XXIII TO. Lc 14,25-33

A la hora de comenzar un nuevo curso académico, todos debemos tomar las fuerzas suficientes y ponernos en manos de Dios para que se cumpla su voluntad. Quizá este evangelio de Lucas pueda servirnos de ayuda y nos sitúe en el camino del discipulado.

Mucha gente seguía a Jesús, tal vez por la fama que iba delante de Él allá donde se dirigía: milagros, curaciones, discursos, parábolas… Todo hacía presagiar un cambio en el pueblo judío; quizá muchos esperaban ese mesías-rey que tanto ansiaban y que creían leer en las Sagradas Escrituras. Sin embargo no se dejó seducir Jesús por el poder que se le ofrecía. Y tampoco quería crear falsas esperanzas en la multitud que iba detrás de Él.

Quien se decida a seguirle en plenitud debe dejar atrás mucho: debe renunciar a su vida y seguir las huellas en un sendero no exento de dificultades. No se lo ponía de color de rosas a sus discípulos; pero es que ser cristiano, con coherencia, conlleva renuncias.

Cargar con la cruz de cada día es asemejarnos a Cristo en su entrega por los demás; todos llevamos alguna cruz; no tan pesada como la de nuestro Maestro, que subió al Calvario para reconciliarnos con Dios y murió a favor de nuestros pecados. Sin embargo hemos de asumirla, saber que con ella renunciamos a nuestro propio yo para vivir en Dios. El madero de la cruz nos salva y nos acerca a Dios; no es solamente un símbolo, sino el lugar donde hemos sido llevados a una nueva vida.

Juntamente con este discurso de renuncia, Jesús recuerda la necesidad de organizar nuestra vida, de echar esos cálculos para saber con qué fuerzas contamos. Por eso decía que en este principio de curso académico, debemos sentarnos de nuevo para saber qué debemos potenciar respecto a tiempos pasados, o en qué debemos cambiar. Hacer un proyecto real de nuestra vida caminando en el Espíritu que debe movernos hacia Dios.

Nunca es tarde para iniciar de nuevo; es más, cada día se nos brinda la oportunidad de cambiar nuestra vida, de amar a los demás como Él nos ha amado. No olvidando qeu la cruz estará presente y que la renuncia a nuestros egoísmos y comodidades es un paso necesario para ser un auténtico discípulo de Jesús.

 

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                  "Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 15,1-37.)
 

    En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola: -Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:-¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: -¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
[También les dijo: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: -Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: -¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó:-Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: -Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo: -Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.]
                                                                                                       Palabra del Señor.

 

Domingo XXIV TO. Lc 15,1-37

No tienen necesidad de curación los sanos, sino los enfermos; ¡y qué patente queda en este evangelio! Se acercaron a escucharle precisamente los publicanos y los pecadores, los que estaban siendo rechazados por sus propios paisanos, los excluidos debido a su trabajo o a los errores que habían cometido en su vida. Necesitaban esperanza, buscaban salvación en las palabras de aquel Maestro que hablaba con una autoridad distinta y superior a la de los demás.

 Y precisamente para aquellos fariseos y letrados que tenían siempre dispuesto el dedo acusador levantado hacia los demás, Jesús dirigió esta serie de parábolas que no muestran otra cosa sino la misericordia y el perdón divinos. Este evangelio nos conforta en nuestra debilidad, por una sencilla razón: Dios siempre está dispuesto a perdonarnos. Arde en deseos de encontrarse con nosotros y de salir en busca nuestra, como el pastor corrió hacia su oveja perdida.

La alegría que se produce en el corazón de Dios es inimaginable cuando nos convertimos y nos arrepentimos de nuestros pecados. Semejante a la de esa mujer que perdió parte de su tesoro y que al encontrarlo salió a pregonarlo a sus vecinas. Dios es perdón y misericordia para quien reconoce su pecado.

Ama sin medida y no echa nada en cara; al contrario, hace una fiesta para nosotros si volvemos a su casa, como el padre de la parábola del hijo pródigo. Difícil de entender estos discursos para los fariseos, o para los que tienen un corazón empañado por el odio y el rencor. Y es que estamos acostumbrados a guardar en nuestro interior y apuntar todos los errores que se cometen; todo metido en una olla a presión que explota a nuestro antojo cuando lo creemos conveniente.

El corazón de Dios es totalmente distinto; perdona, ama, olvida. Todo va unido. El modo divino de su amor no es otro que el perdón sin medida. Mucho le hemos ofendido, pues más nos ha perdonado Él y más ha querido acercarse a nosotros.

Este evangelio va dirigido a los fariseos y letrados, a los acusadores; pero quienes lo necesitaban de verdad eran los pecadores y publicanos. Podemos sentirnos agradecidos y llenar nuestro corazón de lágrimas por el amor recibido, como seguro hicieron aquellos pecadores, o podemos recriminar a Dios que sea como es y seguir nuestro modo de vida apuntando al detalle lo que nos han ofendido. Seguro que nuestra vida será más feliz si esbozamos una alegre sonrisa al sentirnos amados y perdonados por Dios.

 

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                              "No podéis servir a Dios y al dinero."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 16,1-13.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -[Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: -¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.
El administrador se puso a echar sus cálculos: -¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: -¿Cuánto debes a mi amo?
Este respondió: -Cien barriles de aceite.
El le dijo: -Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe «cincuenta».
Luego dijo a otro: -Y tú, ¿cuánto debes?
El contestó: -Cien fanegas de trigo.
Le dijo: -Aquí está tu recibo; escribe «ochenta».
Y el amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.]
El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos: porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
                                                        Palabra del Señor.

 

Domingo XXV. T.O. Ciclo C. Lc 16,1-13

Tras la parábola del administrador astuto, que consigue ganarse amigos a costa de engañar a su amo, Jesús quiere fijar la atención de sus discípulos en los pequeños detalles. Llama la atención que aquél que ha realizado grandes signos, habiendo hablado a multitudes, pueda decir ahora que las pequeñas cosas son importantes.

A veces las miradas dicen más que grandes discursos, y estoy plenamente convencido que Jesús miraba de un modo especial. Podemos imaginar la sonrisa tierna cuando acariciaba un niño, la mirada compasiva al tocar a los enfermos, el dolor de su corazón al descubrir la infidelidad de su pueblo, la palabra y gesto oportunos hacia sus discípulos… Son pequeños gestos que no pasan desapercibidos.

El que es honrado en lo poco, también lo será en lo importante. Aunque parezca nimiedad, cada gesto de nuestra vida cotidiana cuenta. Son las pequeñas cosas y los pequeños detalles lo que hacen que nuestra vida sea grande. Y no podemos esperar grandes acciones para ser santos o para ser mejores discípulos de Jesús. Al contrario: son esos detalles lo que hacen del cristiano una persona coherente.

Ciertamente le damos importancia al dinero a nivel social; lo necesitamos para vivir, para crear un ambiente de bienestar. Pero tal vez consideramos que nuestra economía se registra en un libro aparte de nuestra vida y de nuestro ser cristiano. ¿Por qué? Pues tal vez porque hacemos en nuestra vida compartimentos estancos que no tienen nada que ver unos con los otros.

Servir al dinero nos impide servir a Dios. Parece una nimiedad, parece insignificante, pero no lo es; también en esos pequeños detalles económicos nos jugamos nuestra coherencia de vida cristiana. Y cuando vemos que empleamos en dinero en cosas que no nos dan la felicidad, o acumulamos tesoros cuando aún hay gente que muere de hambre… el detalle del dinero se convierte en el dios al que servimos.

Jesús llama hoy la atención sobre esos pequeños detalles; el día a día es lo que construye nuestra propia vida; por eso hemos de caer en la cuenta de si somos esos astutos administradores de los que habla el evangelio, o somos demasiado ingenuos como para pensar que no le damos importancia a nuestro dinero y a compartirlo con los demás.

 

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                            "Tú recibiste bienes, y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras que tú padeces."

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 16,19,31.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: -Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico y lo enterraron. Y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno, y gritó: -Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.
Pero Abrahán le contesto: -Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro a su vez males; por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.
El rico insistió: -Te ruego entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.
Abrahán le dice: -Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.
El rico contestó: -No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
Abrahán le dijo: -Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.
 

                                                                                                              Palabra del Señor.

Domingo XXVI. T.O. Ciclo C. Lc 16,19-31

¡Nadie daba de comer al pobre Lázaro, mientras en la casa del rico sobraba de todo y se vivía espléndidamente! Seguro que nos resulta familiar esta escena; estamos demasiado acostumbrados a vivirla en nuestro mundo. En muchos hogares sobra de todo, mientras que en otros países aún se sufre la lacra del hambre y la enfermedad. Pero todo tiene su repercusión en la otra vida. Y así fue; murieron ambos y cada cual recibió su recompensa. Lázaro fue al seno de Abraham, y el rico al infierno, despojado de todo lo que había disfrutado en vida terrena.

Al escuchar esta parábola, seguro que pensamos que el arrepentimiento de aquél rico llegó demasiado tarde; que se dio cuenta de lo que sufría y fue entonces cuando levantó los ojos y pidió compasión. Sin embargo no se arrepintió ni pidió perdón a aquél mendigo que durante mucho tiempo había suplicado un poco de pan a su puerta.

¿Cuántas veces podemos comer al día? Normalmente todas las que nos apetezca; ¿cuántas veces nos acordamos de aquellos que pasan necesidad? Seguro que cuando escuchamos las noticias y vemos alguna catástrofe puntual. Pero cada día mueren miles de personas debido a la falta de alimento.

Tal vez debemos reflexionar y darnos cuenta de lo que nos asemejamos a ese rico que, vestido de lino, banqueteaba espléndidamente con sus amigos. Cada día tenemos la oportunidad de ser hermano del que tenemos al lado, compartiendo vida y ser con los más necesitados. Jesús hoy nos hace caer en la cuenta de nuestra situación. No es sólo una llamada de atención que conmueva temporalmente nuestro corazón.

Se trata de crear un estilo de vida distinto, regar la semilla del Reino de Dios que es justicia; y, por justicia, todo el mundo tiene derecho a vivir dignamente. Aún nos queda mucho que trabajar por los demás. El evangelio se escucha, se asimila, se vive en plenitud cuando convertimos desde ahora nuestro corazón a la Palabra hecha carne. Dios se acerca a nosotros para darnos un toque de atención a nuestra rica sociedad opulenta.

 Muchos profetas han surgido en la historia para recordárnoslo; ojalá no sea demasiado tarde para empezar de nuevo, para vivir con la radicalidad que nos pide Jesús y para que el mundo que debemos crear, sea ese hogar donde todos tengan cabida, puesto que compartimos la misma dignidad de personas y de hijos de Dios.

 

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
                                            "¡Si tuvierais fe...!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 17,5-10.)
 

    En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe.
El Señor contestó: -Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».
                                                       Palabra del Señor.

 

Domingo XXVII Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 17,5-10

Seguramente aquellos apóstoles, después de escuchar y ver lo que Jesús obraba, querían ser como Él; pero claro, a lo grande: querían curar enfermos, echar demonios, que sus nombres fueran pronunciados allá donde iban… Querían fama. Tal vez por eso quiso el Maestro recordarles la importancia de hacer lo que debían. ¡Qué cura de humildad nos da el Señor con estas palabras tan sencillas!

Una persona humilde generalmente ha de ser modesta y vivir sin mayores pretensiones: alguien que no piensa que él o ella es mejor o más importante que otros. Humilde es quien siente pequeño y pobre ante la realidad que lo rodea; se siente pequeño ante los demás hombres, puesto que se sabe parte de un inmenso número de personas con los mismos derechos que él; se siente pobre ante la realidad que lo circunda encontrándose en un inmenso océano de creación; y se siente criatura, es decir, dependiente del Dios que le ha dado la vida.

Somos criaturas, de Dios venimos y hacia Dios caminamos; y a lo largo de nuestra vida ardemos en deseo de verlo cara a cara. Sin embargo a veces nos creemos el ombligo del mundo; nos sentimos importantes cuando hacemos las cosas bien, es más, buscamos el reconocimiento de los otros, queremos ser como Jesús… pero no para entregarnos a los demás, sino para que nos reciban entre cantos y alegrías, como en Jerusalem.

No debemos gloriarnos de otra cosa sino de la cruz de Cristo, y la cruz conlleva entrega y sacrificio; ser cristiano es vivir con la fuerza que brota del madero de la cruz y con la alegría del sepulcro vacío. Y en ese camino de tristezas y alegrías, seguimos las huellas de Dios que se entregó por nosotros.

No hacemos más de lo que debemos: somos siervos inútiles; nos entregamos a los demás porque así lo hizo nuestro Señor; vivimos extendiendo el Reino porque esa es nuestra misión; llamamos a la esperanza porque en nuestro interior está la fuerza del Espíritu. Ese es nuestro modo de vida. No busquemos más recompensas que la propia satisfacción de hacer las cosas como debemos y la alegría que nos proporciona el ser fieles al Evangelio de Cristo.

Jesús sana nuestro orgullo y nuestra ansia de poder. Seamos mansos y humildes de corazón, y así será nuestro el Reino de los cielos.

 

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
                                "¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"

 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 17,11 19.)
 

    Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:-Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros.
Al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:-¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?
Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
 

                                                          Palabra del Señor.

 

Domingo XXVIII. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 17,11-19

Creo que bien conocida es por todos la relación entre samaritanos y galileos; no era muy diplomática, por decirlo de algún modo; cuestiones religiosas en torno a dónde se debía dar culto a Dios, había sido el motivo fundamental que los había separado; y desde siglos atrás, toda una disputa entre pueblos provenientes de una misma raíz, los distanciaba más y más.

Supongo que más significativas resultaron estas palabras para las primitivas comunidades cristianas, puesto que conocían en primera persona estas relaciones tan espinosas; no es anecdótico que aquél que volvió para darle gracias a Dios fuera un samaritano: habían sido rechazados, los de su pueblo, por considerar que se equivocaban en el culto a Dios y ahora Jesús lo ponía como ejemplo de persona agradecida.

Más allá de las referencias históricas, estas palabras del evangelio pueden quedarnos una hermosa lección: la del agradecimiento. Solemos practicar con frecuencia la oración de petición: nos vemos en momentos angustiados y enseguida elevamos nuestros ojos al cielo esperando la misericordia y la ayuda divina. Es bueno elevar nuestras súplicas a Dios, sobre todo, porque sabemos que es nuestro Padre y siempre nos escucha.

Pero también tendremos que ser agradecidos; mucho se nos ha dado y mucho ha sido confiado en nuestras manos; cada día, desde su amanecer, es una nueva oportunidad que se nos brinda para empezar de nuevo y para ser servidores de la Buena Noticia de Dios; cada día se abren caminos a la esperanza y de felicidad.

¿Cómo no vamos a ser agradecidos por todo lo que somos y tenemos? Resulta que en muchas ocasiones nos parecemos a los nueve leprosos que iban tan confiados en su curación que olvidaron volver para agradecerle a Cristo la sanación. Al que mucho se le perdona, mucho ama. Quien ama tiene un corazón lleno de gratitud. Aquellos leprosos se encontraron con Cristo y cambiaron por completo sus vidas. Ese encuentro tendría que haber sido el comienzo de un camino nuevo; para uno sí lo fue; para los restantes la curación fue una anécdota más de sus vidas, importante sí, pero poco significativa, pues no fueron capaces de ver más allá del milagro para encontrarse con Cristo.

 

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                           "Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 18,1-8.)
 

    En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les pro puso esta parábola: -Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».
Y el Señor respondió: -Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
 

                                                   Palabra del Señor.

 

Domingo XXIX. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 18,1-8

Orar es hablar con Dios de nuestra propia vida, con la confianza que pone un hijo en su padre, esperando su respuesta, queriendo ser escuchado y sintiendo el cariño de quien le ama incondicionalmente. Pero dadas las peculiaridades de nuestra relación con Dios, al amarle sin verle, Jesús cree necesario animar a sus discípulos y a todos a seguir orando.

Para entender la escucha constante que Dios nos presta, pone un ejemplo; y como todo ejemplo tiene sus límites y vale solamente para ese momento. Aquel juez injusto, por la insistencia, hizo caso de los ruegos de la pobre viuda que día tras día le pedía justicia. Cambió su duro corazón debido a que día tras día escuchaba los ruegos de aquella mujer, y también por el miedo a que tomara represalias.

Superando el ejemplo, podemos ver el corazón atento de Dios, dispuesto siempre a atender las necesidades de sus hijos. No es, ni mucho menos, un juez al modo que nosotros lo entendemos. Dios reparte justicia, pero su justicia. Y en la Biblia, la palabra justicia hace referencia a santidad y a salvación.

Dios es justo, Dios es santo; habiendo creado el universo entero por pura gratuidad, derrama su amor y su santidad a todos los hombres. Nos muestra el camino de la felicidad y nos regala la fe para que podamos entender sus designios. Podemos llegar a Dios, presentarle nuestras súplicas, escuchar y entender su Palabra, porque ha querido hacerse el encontradizo con nosotros.

Sin merecerlo nos dio la vida; y aún apartándonos de sus caminos, envió a su Hijo para reconciliarnos con Él de nuevo. Debemos estarle agradecidos de que se nos manifieste, de que quiera encontrarse con nosotros. Decía Santa Teresa que cuantas más veces le ofendemos, más deseos tiene de perdonarnos y que volvamos a Él. Pero para ello tenemos que pedirle que aumente nuestra pobre fe, que no llega ni siquiera a ser como aquel granito de mostaza.

Fe es don, es regalo, es dádiva que se nos ofrece gratuitamente y sin merecerlo; es el camino que se abre en la vida del hombre y que nos señala nuestro origen y nuestra meta: Dios. Ahí está nuestra vida y Él quiere que le conozcamos. Caminemos por el sendero que tenemos delante. Vivamos esta aventura que Jesús nos ofrece en su Buena Noticia y aprendamos que la santidad y la justicia que provienen de Dios superan con creces la de los hombres.

 

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

  EVANGELIO
 

                             "El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 18,9-14.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás: -Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
 

                                                             Palabra del Señor.

 

Domingo XXX. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 18,9-14

Duras palabras las que dirige Jesús a los religiosamente buenos. Duras pero muy acertadas y actuales hasta tal punto que nos las podríamos aplicar a nosotros mismos en muchas situaciones. Publicano y fariseo se dirigen al templo a orar; tienen algo en común, quieren hablar con Dios. Sin embargo es notoria la actitud de uno y de otro. Mientras el segundo se colocó al final del templo y suplicaba perdón, el fariseo elevaba su acción de gracias a sí mismo por lo bueno que era.

 Me quisiera fijar más en la actitud del fariseo, que erguido elevaba su acción de gracias a Dios por lo bueno que se creía. Ciertamente no era él como los demás; ni ladrón, ni adúltero, ni injusto… o al menos no se consideraba como tal. Pero su acción de gracias seguramente no fue escuchada por Dios, porque Él no acepta corazones orgullosos.

Se equivocaba de actitud aquél fariseo que, teniéndose por justo, despreciaba a los demás. ¿Con qué derecho menospreciaba a aquel pobre publicano que reconocía humildemente su pecado y suplicaba clemencia y misericordia en aquel templo? Seguramente con el derecho que le venía por cumplir fielmente la Ley. Pero todos sabemos que la Ley de Dios se resume en amarlo sobre todas las cosas y en amar al prójimo como a uno mismo. Y dudo que la actitud del fariseo fuera la de amar a aquel publicano como a sí mismo.

Jesús dirigía aquellas duras palabras precisamente para los que se sienten salvados, para los que creen que no necesitan convertir su corazón en nada. Y en ese gran grupo de personas bien podríamos situarnos nosotros de vez en cuando. Como ni robamos ni matamos, pues nos elevamos al mismo peldaño que aquel fariseo. Se nos olvida con frecuencia aquella frase de Jesús de que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

Aquel discurso que planteó Jesús para los que se consideraban justos, seguramente sería un vaso de agua fresca para los publicanos y pecadores que con frecuencia iban a escucharlo. Se sentían salvados, amados por Dios a pesar de sus errores cometidos. No importaba. Dios había venido a visitarlos, precisamente a ellos, a los que la misma sociedad marginaba por su situación social, por su trabajo o por sus pecados conocidos.

¡Ojalá nuestra acción de gracias no sea otra que la de sentirnos amados y perdonados por Dios, que en su infinita misericordia quiso venir a liberar de las ataduras a los que cada día cometemos errores y estamos necesitados de conversión!

 

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

  EVANGELIO
 

                                "El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.  (Lc 19,1-10.)
 

    En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: -Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: -Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: -Mira, la mitad de mis bienes. Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó: -Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
 

                                                     Palabra del Señor.

 

Domingo XXXI. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 19,1-10

En la misma línea de salvación del domingo anterior, se sitúa este evangelio que leemos hoy. Dios ha venido a llamar a los pecadores. Y Zaqueo se sentía pequeño y pobre delante del Maestro, incluso hasta su descripción física así nos lo hace ver. Por eso tuvo que subirse a un árbol para poderle llamar la atención a Jesús.

Y al pasar por allí el Maestro levantó la cabeza. ¡Cuántos encuentros memorables nos narran los evangelios! Pero este está cargado de muchísimo significado para Zaqueo. A partir de aquél instante cambió radicalmente su vida; quizá fue la simple curiosidad lo que movió al jefe de publicanos y rico a querer ver a Jesús. Fuera lo que fuese, el caso es que cuando bajó de la higuera Zaqueo convirtió su vida.

Una profunda conversión que podemos observar en las líneas siguientes cuando pretende dar su mitad a los pobres y en el caso de que hubiera robado a alguno le restituiría hasta cuatro veces más. Se dio cuenta de que la felicidad no residía en las riquezas temporales que pudiera acumular. Le faltaba algo. Quizá la alegría con que recibió a Jesús en su casa.

Aquél hijo de Abraham se había encontrado cara a cara con Dios y su vida no había permanecido de la misma manera. ¡Qué tendría la personalidad de Jesús para embaucar tan maravillosamente a la gente que buscaba la Verdad! Emocionante seguro que sería la comida que ofreció al Maestro, atento a sus explicaciones porque había venido a visitarle y porque le daba la oportunidad de empezar de nuevo. Había colmado sus expectativas y quería seguirle como uno de sus discípulos.

Sin embargo, también levantó las envidias de aquellos que, como el fariseo del templo, se consideraban ya salvados y sin necesidad de conversión. Señalaron a Jesús como pecador al entrar bajo el mismo techo que un publicano, pecador público. Aquel murmullo de “ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”, hizo que Jesús abriera la salvación a la casa de Zaqueo, todo esto unido, claro está, al deseo de conversión que tenía el publicano.

Hoy puede entrar también la salvación a nuestra casa, a nuestra familia, a nuestro hogar y a nuestro entorno, si de verdad buscamos con ansia el rostro de Cristo que camina cerca de nosotros. Su mirada tierna y misericordiosa nos hará descubrir el perdón y la necesidad que tenemos de una profunda conversión del corazón y de nuestras actitudes.

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
                                  "Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos."

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
 

    En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, [y le preguntaron: -Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella].
Jesús les contestó: -En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos.
Palabra del Señor.

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: -Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
El contestó: -Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: «Yo soy», O bien: «El momento está cerca»; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.
Luego les dijo: -Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre; así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Palabra del Señor.

 

DOMINGO 34 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

EVANGELIO
Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: -A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro lo increpaba: -¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús le respondió: -Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.
Palabra del Señor.

 

 

 

 

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