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                      CICLO -B-                        

 

 

 

CORPUS CHRISTI

 

EVANGELIO
 

    Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 14,12-16.27-26.)
 

    El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
El envió a dos discípulos, diciéndoles: -Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?»
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: -Tomad, esto es mi cuerpo.
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio-y todos bebieron.
Y les dijo: -Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.
 

                                                             Palabra del Señor.

 

Domingo del Corpus Christi. Ciclo B. Mc 14,12-16.27-26

         Como cada año, Jesús se dispone a celebrar la gran fiesta judía de la Pascua; y quiere hacerlo con los que más cerca tenía: sus seguidores y discípulos, aquellos que habían contemplado todos los signos preparatorios para lo que habría de venir: su sacrificio definitivo en la cruz.

        Ésta sería la última que celebraría con ellos hasta el encuentro definitivo y personal en el Reino de Dios que tanto había proclamado el Maestro. Su final estaba cerca y quería hacerles uno de los regalos más preciados que conservamos hasta nuestros días: la Eucaristía, la gran acción de gracias.

        Había realizado grandes signos y prodigios en medio del pueblo; sus palabras eran distintas al resto de los rabinos, puesto que hablaba con autoridad; multitud de personas le escuchaban con el corazón abierto; enfermos y paralíticos salían curados del encuentro con su persona... Esto no era más que el preludio de unos acontecimientos que se sucederían a partir de esta fiesta de Pascua.

        Sentados a la mesa, y probablemente hablando y recordando todo lo que había sucedido en aquellos años, Jesús toma un poco de pan y se lo ofrece a sus amigos; no era una fiesta cualquiera: de nuevo Jesús “pasaba” en medio de ellos, era la Pascua actualizada y revivida por aquellos discípulos. Jesús se quedaba para siempre en el pan y en el vino.

        Pan partido para comer y vino ofrecido para beber; aquella comida que compartieron con Jesús debería recordarse, actualizarse cada vez que se reunieran en su nombre; así sabrían también que el Reino de los cielos es ese banquete ansiado que preside el mismo Jesús.

        También nosotros nos sentamos a la mesa con Jesús y nos alimentamos de su propio cuerpo y sangre; la celebración del Corpus hoy es la de la Iglesia que se siente agradecida por tan hermoso don. La Iglesia vive de la Eucaristía y la Eucaristía construye la Iglesia, escribía Juan Pablo II; necesitamos revivir y ser conscientes de lo que verdaderamente significa este banquete en el que Jesús es sacerdote, víctima y altar; comida compartida que crea en nosotros vínculos de unidad y fraternidad; alimento eterno que nos fortalece y nos anticipa el Reino de Dios.

Domingo XII. Tiempo Ordinario. Ciclo B.

EVANGELIO
                                "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 4,35-40.)
 

        Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: -Vamos a la otra orilla.
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: -Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: -¡Silencio, cállate!
El viento cesó y vino una gran calma. El les dijo: -¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
Se quedaron espantados y se decían unos a otros: -Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!
 

                                                                                                        Palabra del Señor.                            

 (Mc 4,35-40.)    Agotado de tanto gentío, Jesús decide marcharse a la otra orilla; quizá buscando la tranquilidad y el sosiego que tantas veces necesitaba después de predicar el Reino de Dios; pero en el trayecto sucede algo que perturbó a los apóstoles; de repente el viento sopla con más fuerza de lo normal y las olas atemorizan a los que le habían visto realizar ya algunos signos y milagros en medio del pueblo.

        Dirigiéndose al Maestro, como echándole en cara que no hiciera nada, le despiertan inquietos: ¿acaso no te importa que nos hundamos? Imagino, por un lado, la cara de asombro de los apóstoles cuando Jesús increpó al viento y lo mandó callar; pero más llamativa sería la expresión de Cristo al dirigirse a ellos y preguntarles si no tenían fe aún.

        Poco a poco se va manifestando como el Ungido, el Cristo, el Mesías, el esperado desde los tiempos remotos; ya había realizado curaciones delante de aquellos cobardes apóstoles; y aún no confiaban en Él; les quedaba mucho por aprender.

        Y es que el ser apóstoles es seguir un camino; un camino que va marcando el mismo Jesús y en el que se va descubriendo poco a poco la importancia de escuchar su Palabra y hacer caso a sus mandamientos, que no es otro que el amor. Sus compañeros iban a contemplar grandes signos a lo largo de los años que le acompañarían.

        Pero en este momento su Palabra cobra mayor relieve. Habla con autoridad; hasta el viento le obedece; sus gestos, su forma de dirigirse a los demás y la coherencia con su propia forma de vida, hacen aún más creíble lo que predicaba. No es un maestro más entre los rabinos de su época; hablaba con la autoridad propia que más tarde asociarían a la del Hijo de Dios.

        Hoy, discípulos del siglo XXI, aún ponemos nuestra mirada atenta y nuestros oídos abiertos al mensaje de Jesús; y quizá nos sucede como a los temerosos discípulos, al parecernos que todo se nos hunde, que la “barca” se llena de agua; no tengamos miedo, mientras dejemos que Cristo camine a nuestro lado y sea el guía de nuestra Iglesia. A nada podemos temer.

Domingo XIII. Tiempo  Ordinario. Ciclo B.

EVANGELIO
                                         "Contigo hablo, niña, levántate."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 5,21-43.)
 

        En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: -Mi niña está en las ultimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. [Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que, con solo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: -¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron: -Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»
El seguía mirando alrededor para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa; al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo: -Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando] llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: -Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: -No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, mas que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: -¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entro donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña; levántate»).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones.
Les insistió en que nadie se enterase, y les dijo que dieran de comer a la niña.
 

                                                                                                                           Palabra del Señor.
       

(Mc 5,21-43.)        La fama de Jesús iba extendiéndose por todas las regiones; hasta los jefes de las sinagogas, como era el caso de Jairo, habían escuchado del nuevo Maestro; mucha gente lo apretujaba porque querían llenarse del mensaje que proclamaba. Y en estas líneas evangélicas encontramos dos hechos excepcionales que muestran la fe de personas muy diferentes.

        Jairo, por una parte, quizá como último recurso y sabiendo que Jesús había realizado ya grandes curaciones, se dirigió a Él para implorarle por su hija; con la esperanza de que su hija sería curada de la enfermedad, se lleva del gentío al Maestro. Su insistencia mostraba la respuesta de un creyente que escucha la voz de Dios.

        La mujer que, con miedo a ser rechazada, se acerca a Jesús para tocarle solo el manto, es el otro ejemplo de fe y confianza que descubrimos. Había gastado toda su fortuna en médicos y sólo había hecho empeorar; pero ahora tenía cerca de sí a Jesús; podía tocarlo, podía dirigirse a Él, podía llamarle la atención… Pero sólo quiso tocarle el manto, pensando que así sanaría. Y así sucedió.

        Ninguno de los dos exige nada, solo ruegan la intervención de Cristo; ninguno ofrece nada, solo se ponen en sus manos. Eso es fe, confiar plenamente en aquél con el que uno se encuentra. Confiar en su palabra, en lo que otros habían hablado de Él y esperar que, con sólo rozar su manto, podamos convertirnos.

        La mujer quedó sana al instante con la fuerza que salió de Jesús. Jairo parece que tuvo peor suerte en un primer momento, puesto que cuando hablaba con la mujer sanada vinieron a decirle que su hija había fallecido.

        A ambos les remarca Jesús la importancia de la fe: tu fe te ha salvado y basta con que tengas fe. Sólo era necesario que confiaran en él; así lo hizo la mujer y así lo esperó también Jairo cuando se dirigió a su casa para ver qué podía hacer el Maestro. En efecto, su hija volvió a la vida, tal y como lo había dicho Jesús.

        La vida de aquellas personas cambió; y es que el encuentro con Jesús transforma la forma de ver el mundo, la vida y las personas que nos rodean; un ejemplo de intercesión por los demás el de Jairo y un ejemplo de confianza plena y humilde el de la mujer. Sólo un granito de la fe de aquellas personas bastaría para que muchos de nosotros cambiásemos y nos encontráramos definitivamente con el Mesías. Fe es igual a encuentro personal con Cristo, y sin este encuentro no puede existir el milagro de una nueva vida.

Domingo XIV. Tiempo Ordinario. Ciclo B

EVANGELIO
                                         "No desprecian a un profeta más que en su tierra."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 6,1-6.)
 

        En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: -¿De dónde saca todo eso? ¿Que sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: -No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.
 

                                                         Palabra del Señor.       

 (Mc 6,1-6.) El modo de enseñar de Jesús y su forma de actuar estaban causando un gran interés y sorpresa en medio de sus paisanos. Hoy se dirigió a una sinagoga para predicar, para enseñar el Reino de Dios pues para eso había venido, para proclamar el año de gracia del Señor.

        En aquel tiempo la autoridad estaba relacionada, en gran medida, con el prestigio que aquella persona merecía y la valía que representaba ante los demás; por eso asombraba, ante todo, que la autoridad no le viniera por la rama familiar; conocían a María, a José, a Santiago, José y Judas y Simón. Ellos no venían de una casta sacerdotal que revertiera en la persona de Jesús.

        ¿De dónde venían entonces aquellos milagros y aquel modo de hablar? ¿De dónde sacaba todo? De su familia no, era evidente. Si su autoridad no era familiar, alguien debería apoyar lo que afirmaba; poco a poco se va descubriendo la figura del Hijo de Dios. Jesús no sólo es el Cristo, un Ungido en medio del pueblo que destacaba por su modo de presentar a Dios.

        Era el Hijo de Dios, hablaba con el poder que le venía del mismo Dios, y Él garantizaba lo que afirmaba del Reino de los cielos. La fuente de su autoridad residía en el Padre, que lo había enviado como mensajero último, después de todos los profetas. A su propio Hijo envió para que el mundo creyera. Y sin embargo no hacían caso a su mensaje.

        Jesús se sintió despreciado en su propia tierra, en cumplimiento del famoso dicho; sólo pudo curar algunos enfermos y se extrañaba de su falta de fe; parece como si los mismos paisanos que lo habían visto crecer desconfiaran de Él; y no sólo lo parece, sino que en este relato se ve con claridad. Todo porque no descubren que la autoridad le proviene del mismo Dios.

        La palabra de Jesús era muy distinta a la de tantos otros doctores y rabinos que había en aquella época, o demagogos que encontramos en la nuestra; su Palabra libera, no tiene ningún tipo de atadura, sino que se fundamenta sólo en el amor de Dios. Su Palabra da vida, puesto que en ella encontramos el camino de la eterna salvación. Su Palabra compromete, puesto que el que se encuentra personalmente con ella necesariamente cambia sus esquemas de vida para seguir el mandamiento del amor.

        En definitiva la Palabra de Jesús es la única que llena el corazón del creyente; encontrarnos con ella diariamente, rumiar su trasfondo y saciarnos de ella hace que Dios esté más dentro de nosotros mismos.

Domingo XV. Tiempo Ordinario. Ciclo B

  EVANGELIO
                                     "Los fue enviando."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 6,7-13.)
 

        En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
 

                                                                    Palabra del Señor.

  (Mc 6,7-13.)    La palabra apóstol significa enviado, mensajero; y mejor que estas líneas evangélicas para darnos cuenta de que aquellos doce fueron los enviados por el mismo Jesús, con su autoridad y su mandato, a predicar el Reino de Dios. Al modo de las doce tribus de Israel que fueron las receptoras del mensaje de Yahve y que guardaron en medio de su pueblo el Arca de la alianza, aquellos doce hombres eran ahora enviados de dos en dos para predicar.

        Sin embargo resulta curioso detenerse en algunos detalles que no se nos pueden pasar por alto; en primer lugar el apóstol es un enviado; esto significa que ha sido llamado por alguien, en este caso Jesús, para una misión concreta; no anuncia nada que no haya escuchado y de lo que no esté convencido, puesto que entonces su mensaje no sería creíble.

        Por otra parte Cristo les da su autoridad; no predicaban por sí mismos, ni a sí mismos, sino lo que habían visto; con la autoridad propia del Maestro irían de dos en dos, no solos, sino acompañados en la fe, y con el respaldo de la fuerza que sólo Jesús podía ofrecerles. Para la misión que les había encomendado, Jesús quería darles unas pequeñas notas: ni pan, ni alforja, ni dinero. Nada les iba a hacer falta para anunciar la justicia, la paz y el amor.

        Iban a continuar y a extender el mensaje que el Hijo de Dios había venido a anunciar; que el Reino de Dios ya estaba entre nosotros y que había que llevarlo a plenitud también con nuestra pequeña aportación; en algunos lugares serían bien recibidos, en otros no.

        También actuaban con signos en medio del pueblo, expulsando demonios y curando enfermos con aceite; signos que avalaban aún más lo que iban anunciando a los demás. Y es que la Palabra, muchas veces necesita ser refrendada con gestos visibles que hagan más creíble el contenido.

        También hoy, como entonces, envía Jesús, con la fuerza del Espíritu, a muchos testigos y apóstoles para que anuncien y proclamen su Reino. Los tiempos han cambiado, quizá los medios y modos de predicar; pero lo que sigue vivo y operante es su Palabra, su mensaje y, sobre todo, la autoridad con la que Él mismo envía a sus discípulos en medio del mundo.

        También hoy, como entonces, el mundo necesita no sólo palabras, sino gestos y acciones significativas que sean coherentes con el Reino de Dios que se está predicando; el mundo necesita testigos fieles de Jesús, y personas enamoradas completamente de Él, que se sientan llamados y enviados a continuar su labor con fidelidad y alegría.

Domingo XVI. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                    "Andaban como ovejas sin pastor."


Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 6,30-34.)
 

    En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: -Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces, de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.
 

                                             Palabra del Señor.

 

Domingo XVI Tiempo Ordinario. Ciclo B

        Aquellos que el mismo Jesús había enviado de dos en dos, los mensajeros del evangelio de la vida, regresaban junto al Maestro para contarle lo que habían enseñado. Es necesario releer las líneas anteriores a este evangelio del domingo para entender que la misión que les fue conferida por manos de Jesús consistía en anunciar la conversión, el cambio de vida.

        Ahora se sentaban junto al que les había encomendado la misión de predicar el Reino de Dios y seguramente emocionados por las experiencias vividas, detallan al Maestro cada una de las experiencias vividas. Sin embargo, lo único que quiere Jesús en estos momentos para ellos es estar en un sitio tranquilo junto a Él.

        Sin nada para el camino, así habían realizado su misión aquellos doce escogidos; ahora disfrutaban de nuevo de las enseñanzas del que es para siempre su Señor; y es que el modo de hablar de Jesús era muy distinto al resto de los rabinos de su época, porque hablaba con autoridad; hasta tal punto que gente de todos los alrededores acudían a Él para escucharle.

        Sólo la Palabra que procede de Jesús puede salvar y dar vida; así lo experimentan los doce apóstoles cada vez que se quedan con Él a solas; así lo viven también la multitud de personas que le siguen vaya donde vaya; Cristo, el Ungido por Dios, anuncia el Reino de la paz y de la justicia; unas palabras que llenaban de esperanza el corazón de los creyentes.

        A nosotros también nos toca sentarnos en la tranquilidad de nuestra propia vida para descansar en Cristo, para disfrutar de su mensaje, para rumiarlo en profundidad y para captar el verdadero sentido de sus palabras; Jesús no podía hacer otra cosa, para eso había venido, para anunciar el año de gracia del Señor.

        Sentirnos profundamente enamorados de Cristo para poder sentir su envío y su mandato de anunciar lo que hemos experimentado en nuestra propia vida; así nos sentiremos discípulos suyos, y así seremos ante el mundo los testigos que el Evangelio de la vida necesita para hacerse carne de nuevo en el mundo.

 

Domingo XVII. Tiempo Ordinario. Ciclo B

EVANGELIO
                                          "Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron."


Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 6,1-15.)
 

    En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente dijo a Felipe: -¿Con qué compraremos panes para que coman éstos? (lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer).
Felipe le contestó: -Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: -Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es eso para tantos?
Jesús dijo: -Decid a la gente que se siente en el suelo.
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo, todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: -Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: -Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.
Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.
 

                                                Palabra del Señor.

 

Domingo XVII. Tiempo Ordinario. Ciclo B

        De nuevo la gente sigue los pasos de Jesús, porque habían visto los signos que había realizado y porque encontraban en sus palabras un aliento de esperanza que llenaba sus corazones vacíos. Rodeado de los suyos, de los que Él mismo había escogido anteriormente para que estuvieran con Él, Cristo se dirige a Felipe haciéndole una pregunta singular: ¿de dónde va a comer tanta gente? Parece como si quisiera ponerle a prueba, pues bien sabía Él lo que iba a hacer después.

        Y es que la palabra que pronuncia Jesús en esta ocasión también va a acompañada por el alimento. No sólo quería que su gente escuchara su mensaje, sino que tuvieran fuerza necesaria para continuar en el camino. Y esa fuerza sólo podría tenerse con el alimento, tanto espiritual como corporal.

        Como preludio de la última cena, pronuncia la bendición sobre aquellos panes y peces que el muchacho quiso compartir con toda la multitud; un milagro que asombraría más tarde a los que allí estaban y que fue iluminado a la luz de la resurrección.

        Unos pocos panes y un par de peces repartidos entre los cinco mil hombres, hicieron recobrar fuerzas tras la predicación a los que le habían escuchado atentamente y le habían seguido por multitud de lugares con el corazón esperanzado en el Mesías que estaban descubriendo.

        Lo llamativo del texto no es solamente el milagro de la multiplicación, o las sobras que recogieron, esos doce cestos, número tan conocido bíblicamente. Lo curioso de todo es que Jesús se retira al final, porque querían proclamarlo rey. Pero el reino que había venido a instaurar se alejaba de las expectativas de aquella gente.

        Milagros, curaciones, dichos y gestos que habían captado el corazón de muchas personas; todo ello ayudaría a proclamar un rey judío de entre los judíos; pero Jesús no quería ser rey al modo humano; no buscaba corona, ni territorios sobre los que gobernar; su reino se basaba en la libertad y la justicia, en la victoria sobre la muerte, derrotada en el madero de la cruz.

        Había venido a proclamar un reino, pero no quería ser rey como los hombres; llamativo y contradictorio al mismo tiempo; pero así es Cristo. Se retira a la montaña sólo, abandonando la fama que le había procurado esa última multiplicación. A rezar, a pedirle a su Padre que se cumpla su voluntad y no la suya propia.

Domingo XVIII. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                       "El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mi no pasará nunca sed."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 6,24-35.)
 

    En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. AL encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
Jesús les contestó: -Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna; el que os dará el Hijo del hombre, pues a éste lo ha se liado el Padre, Dios.
Ellos le preguntaron: -¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?
Respondió Jesús: -Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado.
Ellos le replicaron: -¿Y qué signo vemos que haces tú para que creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».
Jesús les replicó: -Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
Entonces le dijeron: -Señor, danos siempre de ese pan.
Jesús les contestó:-Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.
 

                                                                  Palabra del Señor.

 

XVIII Tiempo Ordinario. Ciclo B. Jn 6,24-35

Muchas personas buscaban al Maestro e iban detrás de Él por diversas razones; Jesús les hace caer en la cuenta de la principal en este evangelio. No sólo lo buscaban por su Palabra, que daba vida, sino porque les alimentaba humanamente. Pero no debe ser esa la razón que moviera a sus seguidores a ir tras sus huellas, sino el ansia del alimento que da la vida eterna.

Difícil de entender estas palabras para los que no reconocen en Jesús al Hijo de Dios. Sus signos eran claros, los ciegos veían, los cojos andaban y a los pobres se les anunciaba el reino de Dios; más allá del alimento terrenal, Jesús también ofrecía un pan eterno, una palabra que resonaría en el corazón de todos aquellos que le aceptan como el enviado, el nuevo Moisés.

Señalando a su Padre, como quien regala el verdadero pan del cielo, Jesús quiere mostrarse al pueblo como un nuevo Moisés que viene a dar el verdadero cumplimiento a la Ley y los profetas; se presenta como el verdadero pan que salta hasta la vida eterna, queriendo anticipar así el auténtico sentido de su última cena y de la Eucaristía.

Las líneas de este evangelio pueden plantearnos muchas cuestiones; entre ellas la misma que Jesús hizo a los que le buscaban: ¿por qué acudimos a Él? Mucha gente seguía a aquél nuevo maestro por la cantidad de milagros que hacía, porque hablaba de un modo distinto, por su personalidad, incluso, porque alimentaba su cuerpo, y no sólo su espíritu.

¿Por qué buscamos a Dios? Decía San Agustín que nuestro corazón no descansa hasta que nos encontremos cara a cara con el que nos ha dado la vida; buscamos respuestas al origen del mundo, de la vida; o quizá sólo levantamos nuestra mirada al cielo cuando nos encontramos en dificultades.

Jesús es el verdadero pan del cielo, quien nos da la verdadera vida y quien hace de nosotros hombres y mujeres en plenitud; nuestro corazón no descansa hasta que nos encontremos cara a cara con Él y entendamos que Dios no es solo un tapa-agujeros que está aquí para solucionarnos nuestros problemas. Él es mucho más; Él nos ha regalado todo un camino para descubrir el amor aquí en la tierra, anticipando el banquete eterno en el que nos quiere sentar como invitados.

¿Queremos volver a tener hambre o sed? ¿O preferimos sentarnos a la mesa de la vida y alimentarnos del verdadero pan del cielo? Cristo una vez más se hace el encontradizo con nosotros. Vivamos nuestra fe en la esperanza de esta vida eterna.

Domingo XIX. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 6,41-52.)
 

    En aquel tiempo criticaban los judíos a Jesús porque había dicho «yo soy el pan bajado del cielo», y decían: -¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?
Jesús tomó la palabra y les dijo: -No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios». Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; éste es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
 

                                            Palabra del Señor.

 

Domingo XIX. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Jn 6,41-52

Blasfemas resultaban a los oídos de los judíos las palabras pronunciadas por Jesús asemejándose a Dios y superior a Moisés; de ahí la crítica que salía de la boca de los que le habían escuchado. Conocían a su familia, su procedencia, su casa… ¿cómo decía que era el pan bajado del cielo? Jesús había usado la expresión “yo soy” que recordaba al nombre de Dios, y esa comparación escandalizaba a sus paisanos.

Jesús sale al paso de estas críticas y afirma que sólo el que escucha a su Padre puede conocerlo a Él. El Padre y Él son uno, comparten una misma naturaleza, viven en el mismo Amor. Pero para entender todo esto era necesario alimentarse del mismo Cristo, sentir que es el alimento que salta hasta la vida eterna, un alimento muy superior al ofrecido en el desierto, al maná que cada mañana Dios regalaba al pueblo por intercesión de Moisés.

El que cree tiene vida eterna, porque se habrá encontrada cara a cara con Cristo, y por tanto con Dios; necesaria es la fe y la confianza en el Hijo para llegar a conocer al Padre en la fuerza del Espíritu Santo. Sólo su Palabra tiene la fuerza para adentrarnos en la vida eterna que nos ha sido preparada.

El pan que Jesús nos da es vida del mundo; por eso acercarnos al sacramento de la vida, que es la Eucaristía, siendo partícipes activos de este banquete en el que nos sentamos como invitados, es disfrutar del mismo Dios, sintiéndonos amados de una manera tan especial que el alma se nos llena de alegría.

Viendo a Jesús nos encontramos con su Padre; y Él desea ardientemente que lo conozcamos, porque para eso vino al mundo, para mostrarnos su Reino de paz, justicia y amor.

A nosotros no nos resultan blasfemas estas palabras de Jesús asemejándose a Dios, o superior a Moisés, o presentándose como el pan vivo bajado del cielo; pero quizá sí deberíamos sorprendernos, porque estamos tan acostumbrados a saber que se ha quedado en un poco de pan y de vino, que ni siquiera se nos conmueve el alma.

El discurso del pan de vida del evangelio de Juan nos sitúa en la esfera del amor, porque la Eucaristía no es otra cosa que el Dios que se nos regala gratuitamente y se nos ofrece hecho alimento para que lo reconozcamos al partir el pan y le adoremos como nuestro Dios y Señor.

Domingo XX. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                               "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 6,51-59)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi come y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.
 

                                                    Palabra del Señor.

 

Domingo XX. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Jn 6,51-59

Continúa el discurso del pan de vida este domingo; y aumenta la sorpresa de aquellos que escucharon en aquel tiempo estas palabras pronunciadas por Jesús; yo soy el pan vivo y este pan es mi carne para la vida del mundo. Difícil de entender y asumir si nos ajustamos a su literalidad.

Al igual que aquellos judíos que no alcanzaban a entender el profundo significado de las palabras del Señor, los cristianos de hoy en día no nos convencemos de la necesidad de alimentarnos de su cuerpo y sangre. Recibimos una tradición que a la vez transmitimos de generación en generación. Pero esa tradición no debe quedarse en meras palabras vacías de contenido y de experiencia.

Alimentarse de Cristo va mucho más allá del cumplimiento de ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Es vivir de la Eucaristía y dejarnos construir por ella. El que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna, porque se transforma en aquél del que se alimenta. La Eucaristía es el don más preciado que nos ha querido legar Jesús. Un poco de pan y vino transformados en alimento que salta hasta la vida eterna.

Un pan distinto al que comieron nuestros padres, un pan que da la vida; ¿quién rechazaría semejante regalo? Pues aún no caemos en la cuenta de este milagro tan al alcance de nuestra mano. Valorar la vida que se nos regala en cada Eucaristía y unirnos a la ofrenda elevada al Padre por manos del mismo Jesús es unirnos en cuerpo y alma al Señor de la vida, al enviado.

La Iglesia vive de la Eucaristía, nos recordaba Juan Pablo II; y es cierto que sin ella no existiría nuestra fe; sólo sería un mero recuerdo de acontecimientos sucedidos en el tiempo; actualizar esa entrega de Jesús en la cruz, y su resurrección, viviendo en profundidad el misterio central de nuestra fe es el modo más eficaz para sentirnos agradecidos delante de Dios.

La Eucaristía no es sólo recuerdo de la cena del Señor; no solamente hace presente aquí y ahora el misterio de nuestra fe, sino que también nos adelanta lo que viviremos en el reino de los cielos: el banquete eterno en el que Dios se comporta como nuestro anfitrión y nos regala la eternidad.

Él es el pan vivo bajado del cielo, sólo su cuerpo y su sangre nos dan verdadera vida; sorprendámonos de este milagro y vivamos en la novedad de la vida eterna.

Domingo XXI. Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 EVANGELIO
                                    "¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna."


Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 6,61-70.)
 

    En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y, con todo, algunos de vosotros no creen.
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: -Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede.
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: -¿También vosotros queréis marcharos?
Simón Pedro le contestó: -Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios.
 

                                                             Palabra del Señor. 

 

Domingo XXI Tiempo Ordinario. Ciclo B Jn 6,61-70

 

    Las palabras pronunciadas por Jesús en este largo discurso del pan de vida, anonadan a sus oyentes; tomado por loco y blasfemo, resultaba difícil entender sus palabras, y en aquellos momentos muchos dejaron de seguirle y escucharle. ¿Quién podía hacerle caso?

                                En estos momentos anuncia ya su glorificación a la derecha del Padre; su vuelta al lugar de donde venía y de un modo radicalmente nuevo; si vierais al Hijo del hombre subir donde estaba antes… Por si parecía poco todo lo que había anunciado ya y los milagros que había realizado, aun les anunciaba que quedaba mucho por contemplar.

                    Sólo desde la experiencia profunda que nace en el interior del hombre por medio de la llama del Espíritu Santo puede entenderse todo este discurso. Más allá de la literalidad de sus palabras, Jesús había anunciado un nuevo modo de acercarse a Dios; quizá el único: a través de Él mismo. Sólo el que conoce al Hijo puede llegar al Padre y sólo el que se alimenta del pan de la vida puede tener vida eterna.

Muchos de aquellos discípulos que habían seguido sus discursos hasta entonces se echaron atrás, porque resultaban duras al oído de un judío piadoso: asemejarse a Dios, superior a Moisés, un alimento que traspasaba las fronteras del maná del desierto con el que se había alimentado Israel. No resultaba fácil asimilar todo lo que Jesús estaba predicando en aquellos momentos; pero sus palabras son espíritu y vida y sólo desde un corazón abierto podían entenderse.

La misma pregunta que dirigía a los que allí quedaron también resuena hoy en nuestros oídos; ¿también nosotros queremos abandonarle? Sus palabras nos dan la vida, pero también pueden resultar incomprensibles si no las miramos desde un corazón creyente.

 

        Cuando están a la orden del día las mediocridades y la falta de compromiso, Jesús nos mira al corazón y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirle y contemplar su glorificación plena en la cruz y la resurrección.

 

        Pedir constantemente que aumente nuestra fe y nuestra confianza en el Espíritu para llegar a conocer profundamente a Cristo es una tarea que urge en los tiempos que corren; no porque sean mejores ni peores, sino porque hacen falta testigos coherentes con el evangelio de la vida que hemos recibido y del que se nos ha constituido mensajeros.

                                Para ello es necesario alimentarnos de su Cuerpo, de su propia vida, tomar el pan vivo bajado del cielo que es la vida del mundo. Una experiencia así transformará nuestro interior y hará que nos unamos a la respuesta de Pedro: ¿adónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.

 

 

Domingo XXII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

 

EVANGELIO
                                 Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 7,1,8a.14,15.21-23.)
 

    En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavarse las manos). (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús: -¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?
El les contestó: -Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. EL culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos».
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. En otra ocasión llamó Jesús a la gente y les dijo: -Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.
Palabra del Señor.

 

 

Domingo XXII. Tiempo Ordinario. Ciclo B Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

    Aferrados a las tradiciones antiguas recogidas en la Torah, los judíos que se acercaron a Jesús no daban crédito a lo que veían: sus discípulos no estaban guardando las tradiciones de los mayores. Parece un simple hecho anecdótico el que Marcos recoja en su evangelio este pasaje, sin embargo, nada se recoge sin un porqué o sin una enseñanza, puesto que los evangelios están perfectamente redactados con una profunda intención.

     El culto al Dios vivo ha de tributarse con el corazón y no con los labios; los preceptos humanos son sólo eso: normas recogidas para el buen funcionamiento de la sociedad; sin embargo, la adoración que elevamos a Dios va muchos más allá de simples normas o comportamientos que podrían estar vacías de contenido vivencial.

    Para los que intentamos seguir las huellas de Jesús hoy en día, este evangelio nos viene como anillo al dedo; estamos demasiado acostumbrados a seguir tradiciones y hemos separado el símbolo del significado. Podríamos recurrir a muchos ejemplos, pero cada cual sabe a qué nos podemos referir. Al separar el  verdadero misterio de los símbolos externos con los que lo representamos, nuestro culto también se vuelve vacío y sinsentido.

    Tan sólo lo que sale del corazón del hombre, del interior, de la auténtica fe, puede ser un testimonio válido del amor que tributamos a nuestro Dios. Por eso es necesario retomar el porqué de nuestras celebraciones, el verdadero sentido de nuestra oración, la lectura creyente de la Biblia, la ayuda fraterna a los más necesitados. Dándole un auténtico y renovado sentido a todas nuestras acciones nuestro culto a Dios se volverá vivo y agradable.

    Los cristianos necesitamos vivir nuestra fe con ilusión y no como una carga; es preciso que le demos sentido a lo que hacemos y que miremos el horizonte de nuestra vida con una carga de esperanza. Si vivimos de este modo nuestra expresión externa de la fe se volverá más creíble y atrayente, de tal modo que sea un culto auténtico y una expresión sincera de lo que creemos.

    Aferrarnos a tradiciones vacías de contenido no nos lleva más que a realizar actos sin sentido. Las tradiciones han de vivirse desde el corazón y siendo coherentes con lo que Jesús ha querido legarnos en su evangelio. Que sus palabras vibren en nuestros corazones y nos hagan despertar del letargo en el que a veces nos imbuimos.

Domingo XXIII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                         "Hace oír a los sordos y hablar a los mudos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 7,31 37.)
 

    En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. EL, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: -Effetá (esto es, «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: -Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
 

                                                                                                Palabra del Señor.

Domingo XXIII. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 7,31-37

Continúan en este evangelio la serie de milagros de Jesús, cargados de un significado profundo para los que habían leído el Antiguo Testamento y eran conocedores de las promesas que iban a ser realizadas en la persona del Mesías; Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos; una frase que anticipaba la llegada del Mesías prometido por Dios.

Sin embargo hay algo que llama la atención en la escena evangélica: apartó a aquél sordomudo de la gente; como si no quisiera que alguien le viera; como pasando desapercibido ante la expectación de la multitud. El Reino de los cielos estaba por llegar, y los signos apuntaban a Cristo.

Apartándolo de los que le rodeaban y mirando al cielo, como si explicara que sus acciones venían de su Padre, Jesús le dice “ábrete”; y al instante escuchaba y hablaba sin dificultad. Lejos de todo bullicio y de cualquier aplauso posible, se había realizado un nuevo gesto milagroso. No quería que nadie lo viera; tal vez porque aún no estaban preparados para entender lo que significaba el verdadero Reino de los cielos.

Más allá de ese reino terrenal que esperaban los judíos, Jesús vino a instaurar el reino de la paz y la justicia; el Mesías había de padecer mucho previamente, ser contado entre los malhechores y ejecutado; y esto era incompatible con las esperanzas que tenía el pueblo israelita. Por eso sus signos no venían rodeados de espectacularidad ni de mucho público. Por eso sus manifestaciones estaban enmarcadas en un ámbito de secreto o de misterio.

Todo lo ha hecho bien; aquél hombre se inserta de nuevo en su comunidad de origen; la palabra y la escucha son dos medios necesarios para vivir en comunidad, para compartir lo que somos y tenemos; y aquel sordomudo recibía de nuevo esos regalos. Sin embargo Jesús no quiere darle publicidad y pretende que nadie se entere de lo sucedido; aún faltaba camino por recorrer, aún faltaban enseñanzas por predicar.

Así es nuestro Mesías, nuestro Salvador; nos regala lo más grande que tenemos, la posibilidad de conocer cara a cara a Dios, y sin embargo quiere hacer las cosas bien, poco a poco; nos ha explicado en un camino de discipulado las condiciones para llegar a su Padre, y en ese camino aún falta la mitad: la subida a Jerusalem y el padecimiento en cruz, junto a la resurrección que nos ha dado la vida.

 

14 Septiembre: EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

EVANGELIO
                                     "Tiene que ser elevado el Hijo del hombre."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 3,13-17.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
 

                                                                        Palabra del Señor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Domingo XXIV Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                                         "Tú eres, el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 8,27-35)
 

    En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos le contestaron: -Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, alguno de los profetas.
El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Pedro le contestó: -Tú eres el Mesías.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: -El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.
Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: -¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios.
Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: -El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

 

                                                  Palabra del Señor.  

 

Domingo XXIV. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 8,27-35

Si tuviésemos en un pequeño libro exclusivamente el evangelio de Marcos, y nos fuéramos a la mitad del texto, nos encontraríamos con esta escena evangélica que hoy leemos. Camino de Cesarea de Felipe y tras realizar grandes signos y prodigios en medio del pueblo, Jesús quiere hacer un alto y plantearle a sus discípulos, a sus seguidores una cuestión singular: ¿quién dice la gente que soy yo?

No era simple curiosidad lo que movió al Maestro a realizar esa pregunta; sino el deseo de que aquellos que habían sido testigos de los milagros, conocieran en profundidad su misión. Juan Bautista, Elías, un profeta… diversidad de respuestas a la cuestión de Cristo. Comparado con grandes personajes que influyeron notablemente en la religión judía, que habían transmitido esperanza y habían proclamado la llegada del Mesías.

Más allá de la pregunta impersonal sobre quién era, Jesús pretende conocer lo que ellos pensaban: ¿quién decís que soy yo? Y Pedro, ¡cómo no!, salta airoso y responde señalándole como el Mesías. Era evidente que habían captado la profundidad del mensaje de su Maestro y de los signos que había realizado. Pero al mismo tiempo era acuciante continuar la enseñanza: el hijo del hombre padecerá mucho y será ejecutado y resucitará al tercer día. Se lo explicaba todo con claridad, no les ocultaba lo que les esperaba en Jerusalem.

Pero Pedro no quería o no estaba de acuerdo con lo que su Señor les explicaba, por eso le increpa, como apartando de su mente esos malos presentimientos. No era ningún sueño lo que les había dicho, sino su futuro, la necesidad de su muerte y resurrección. Por eso, dirigiéndose a Pedro, le ordena que vaya detrás de Él, que se aparte, que siga sus huellas, que entienda la necesidad de su camino.

El que quiera seguir tras Él, que coja su cruz; no se abrían a sus pasos ningún camino de rosas, sino de espinas; y era preciso caminar por esas sendas para que el mundo crea en el amor de Dios. Aquél que estuviera dispuesto a perder su vida por el Evangelio, por la Buena noticia, que era el mismo Cristo, ganaría la eternidad.

La pregunta que dirigió Jesús camino de Cesarea a sus discípulos, es la que hoy nos inquieta a nosotros. ¿Quién decimos que es Jesús? Un Maestro, un Profeta, un soñador… Él es el Hijo de Dios que nos enseñó un camino de cruz y resurrección y ser sus discípulos es ir tras sus huellas, no adelantándose en el camino.

Domingo XXV Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                          "El Hijo del hombre va a ser entregado... El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos"
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 9,29-36.)
 

    En aquel tiempo instruía Jesús a sus discípulos. Les decía: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hambres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.
Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa, les preguntó: -¿De qué discutíais por el camino?
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: -Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: -El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.
 

                                               Palabra del Señor.

 

Domingo XXV. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 9,30-37

         Eso de querer sobresalir antes los demás y ocupar los primeros puestos debe ser algo que viene de antiguo, tal y como leemos en este evangelio. Jesús, con sus discípulos, se habían marchado Galilea, como a escondidas para que nadie se enterase; después de haberles revelado que el Hijo del hombre debía ser entregado, tras la confesión de Pedro y hacerles entender que debían seguir sus huellas.

        Hoy tocaba aprender una nueva lección de humildad y de discipulado. Imagino que el camino sería largo y habría mucho de qué hablar; en grupos, o de dos en dos, irían tras el maestro comentando sus palabras y sus acciones; surgió la duda de quién iba a ser el más importante en ese Reino que el Maestro estaba anunciando.

        No acababan de entender que era necesario que el Mesías padeciera y que el Reino al que se refería se alejaba de la lucha armada y de cualquier clase de poder. No era necesario saber quién sería el más importante, o quién iba a tener el cargo de mayor responsabilidad, puesto que su Reino se basa en el amor, y a quien ama, le da igual el puesto que ocupe.

        Por eso aquel niño representó lo más sencillo de la esencia de la predicación de Jesús: el que quiera seguirle debía ser como él. En la infancia encontramos humildad, inocencia, alegría, cariño, ternura… todos esos valores que deben hacer crecer el Reino de Dios.

        Aún nosotros, cristianos del siglo XXI buscamos prevalecer ante los demás; buscamos los primeros puestos, y en ocasiones, hasta nos hacemos las víctimas; el que quiera ser el primero que vaya detrás de las huellas del Maestro y que siga su camino de sacrificio en la cruz por todos los hombres.

        Hace falta que demos un testimonio auténtico y purificado del Reino de Dios que Jesús sembró entre nosotros y que nos encargó regar y cuidar; sólo cuando seamos auténticos y mostremos el verdadero rostro de Dios a los hombres, con un corazón limpio y sincero, nuestro mensaje será creíble; un mensaje que no nos pertenece, sino del cual hemos sido constituidos mensajeros; una buena noticia que debe transmitirse de generación en generación: la buena noticia de la salvación.

 

Domingo XXVI Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                                  "El que no está contra nosotros está a favor nuestro."


Si tu mano te hace caer, córtatela  (Mc 9,37-42.44.46,47.)
 

    Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
En aquel tiempo dijo Juan a Jesús: -Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
Jesús respondió: -No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. El que os dé a beber un vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado al abismo con los dos ojos, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
 

                                             Palabra del Señor.

 

Domingo XXVI. Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 9,38-43.45.47-48

        Sembrar en medio del mundo el Reino de Dios no es tan complicado: buscar la justicia, luchar contra la pobreza, ayudar a los hermanos los hombres… tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros mismos. En eso consiste el Reino de Dios, y cualquier persona que busque y transmita esos valores, estará a favor de Jesús. Quizá esa lección no la aprendieron los discípulos hasta que Juan no se acercó al maestro para informarle que había gente que echaba demonios en su nombre.

        Muchos cristianos anónimos que hacen el bien y que nos han quedado ejemplo a lo largo de la historia, son los que siembran de verdad la paz y la justicia, los que quieren un mundo más solidario y fraterno abierto a todos sin distinción de raza, lengua, nación o religión.

        Aquél que asista a un seguidor de Jesús tendrá también su recompensa; no corren tiempos fáciles para los cristianos de palabra y obra; sin embargo, otras épocas han sido aún peores. Pero lo que no cabe duda es que es digno de admirar la cantidad de personas, conocidas y no, que dedican su vida y su tiempo a predicar el evangelio, a vivir de un modo cristiano, a asistir a las personas más necesitadas, a rezar por los demás. Quien a ellos asiste, al mismo Jesús asiste.

        Tras esta pequeña lección de búsqueda de un mismo objetivo que es el Reino de Dios, Jesús aprieta un poco más las tuercas y pide coherencia de vida: si tu pie te hace caer córtatelo; tomadas en su literalidad resultan crueles, ciertamente; pero es lógico y preferible dejar atrás todo lo que nos hace caer para poder entrar en el Reino de Dios.

        La vida del cristiano debe estar marcada por la coherencia; no podemos dejar nuestros criterios o valores dentro del templo, para salir y vivir de un modo radicalmente opuesto; necesitamos valentía y coraje para saber ofrecer al mundo una esperanza y un camino de felicidad.

        Vivamos del mejor modo posible el camino de discípulo que nos ofrece Jesús; no olvidemos nuestro objetivo que es ofrecer al mundo la posibilidad de ver cara a cara al mismo Dios y para siempre; y en todo este camino aprovechemos las manos amigas que se nos ofrecen, sean o no cristianos de renombre, y que abogan por la unidad de los hombres.

Domingo XXVII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                            "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre."


Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,2-16.)
 

    En aquel tiempo se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: -¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
El les replicó: -¿Qué os ha mandado Moisés?
Contestaron: -Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
Jesús les dijo: -Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación, Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. El les dijo: -Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.
[Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: -Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]
 

                               Palabra del Señor.

 

Domingo XXVII Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 10, 2-16

        La pregunta que le hicieron aquellos fariseos a Jesús, con la intención de ponerlo a prueba y ver si contradecía la Ley de Moisés, se torna actual en estos tiempos. ¿Es lícito divorciarse? Acudir a las palabras del Maestro en estos momentos es buscar la fuente de la que emana nuestra fe y actualizar nuestras vidas a la luz de su mensaje.

        Al principio Dios los creó hombre y mujer; si leemos pausadamente el relato de la creación, nos daremos cuenta de un detalle importante: Hemos sido creados a su imagen y semejanza; y somos creatura de Dios; hechos hombre y mujer con el fin de complementarse, llenar la tierra y someterla. Y por eso abandonará el hombre a su padre y su casa y se unirá a su mujer y formarán los dos una sola carne. Unidos para el bien de la familia.

        Leyendo estadísticas nos podemos dar cuenta de la importancia que cobra en nuestra sociedad la familia; se valora notablemente y es una institución fundamental para la mayoría de las personas. Como núcleo de la sociedad, la familia constituye la base sobre la que asienta el resto de instituciones y sobre la que se crea una sociedad digna para todos, con derechos y deberes.

        Sin embargo resulta paradójico que hablar de compromiso y fidelidad para toda la vida resulta anacrónico. Parece como si familia y matrimonio fueran por caminos distintos, cuando la una parte del otro. El matrimonio es la unión fiel entre hombre y mujer, una unión de la que nacen hijos fruto del amor; la pareja se realiza y vive su vida en un proyecto común que se abre al resto de las personas como una comunidad de personas.

        Nadie dijo que fuera fácil vivir en matrimonio; sin embargo, permanecer firmes y luchar juntos en las dificultades hace a la familia aún más fuerte y une sus propios vínculos. Hoy día debemos creer en la institución familiar como esa comunidad de origen y referencia de la que hemos recibido la vida. El matrimonio se convierte así en el pilar fundamental por el que hay que apostar y al cual hay que respetar.

        Creados a imagen y semejanza de Dios, hombre y mujer se unen en un mismo proyecto para toda la vida; el respeto, el cariño, la superación de las dificultades, el diálogo hacen que el amor crezca cada día más; y puesto que Dios es amor, la familia será reflejo del mismo Dios. ¿Es lícito divorciarse? La respuesta a esa pregunta dependerá de nuestro grado de convicción de los valores familiares y del matrimonio como célula fundamental de la vida. Cristo nos ha mostrado el camino, nosotros solo hemos de seguir sus huellas.

 

Domingo XXVIII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                                "Vende lo que tienes y sígueme."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,17-30.)
 

        En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: -Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó: -¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno mas que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
        El replicó: -Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: -Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.
        A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
        Ellos se espantaron y comentaban: -Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.
[Pedro se puso a decirle: -Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
 

        Jesús dijo: -Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas, y hermanos y hermanas, y madres e hijos, y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura vida eterna.
 

                                   Palabra del Señor.

        Aquél hombre que se acercó a Jesús buscaba la eternidad; había cumplido desde pequeño la Ley; su corazón seguramente estaba lleno de Dios y su fe le había movido a un encuentro personal con Cristo. De rodillas, como implorando una respuesta a algo que le faltaba, se coloca frente al maestro y le dirige su pregunta: ¿cómo ganar la vida eterna? Había escuchado mucho ya de lo que decían de Jesús, por eso le llama bueno; ¡y sólo Dios es bueno! tal y como le recuerda el mismo Maestro.

        Jesús se limita a recordarle lo que ya Moisés había recibido de parte de Dios en el monte santo: la Ley; cumple los mandamientos y tendrás la vida eterna; aquél que buscaba una respuesta que satisficiera el vacío de su corazón le insiste: todo eso lo había cumplido desde niño; pero era como si su corazón aún estuviera inquieto, como si faltara algo para llenarlo por completo.

        La mirada cariñosa de Jesús, enternecedora y emotiva por la fidelidad a los mandamientos, se dirige de nuevo a él y le dice que lo deje todo para tener un tesoro en el cielo. Esas palabras probablemente hicieron que el joven entristeciera, bajara su cabeza y se marchara con pesar de su corazón. Pesaban más en su mente las riquezas que poseía que el deseo de ser totalmente para Dios.

        El discurso magistral de Jesús continuó para sus discípulos ante su extrañeza; tal vez ellos poseían muchas riquezas y les asustaba no tener su parte en el Reino que Jesús había proclamado.

        Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y si hay algo que se interpone o que ocupa el lugar de tu corazón para no dejar entrar completamente a Dios… deshazte de ello. Es radical en el planteamiento, pero es necesario desocupar y vaciar nuestro corazón de tantas cosas como nos impiden encontrarnos con Dios.

        Esas palabras que dirigió a aquél que había cumplido desde pequeño los mandamientos son las mismas que hoy resuenan en nuestra mente; déjalo todo, dalo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo. Muchas riquezas ocupan nuestra mente; y no sólo materiales, porque la mayoría no somos ricos como para vivir sin trabajar; pero si nos ponemos a enumerar la cantidad de cosas a las que estamos apegados y a las que no podríamos renunciar, la lista sería larga. Y si miramos nuestro corazón y vemos qué ocupa nuestras ilusiones, esperanzas, nuestro tiempo o nuestros proyectos, caeremos en la cuenta de que Dios está por debajo de lo que pensamos.

        Seguir a Jesús implica renuncia, sacrificio y trabajo por el Reino de Dios; y el que no lo vea así, que se marche entristecido, porque tal vez somos muy ricos.

 

Domingo XXIX Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

EVANGELIO
                              "El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,35 45.)
 

        En aquel tiempo [se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.
Les preguntó: -¿Qué queréis que haga por vosotros?
        Contestaron: -Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús replicó: -No sabéis lo que pedís; ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?
        Contestaron: -Lo somos.
        Jesús les dijo: -El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
        Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.] Jesús, reuniéndolos, les dijo (en la forma abreviada: reuniendo a los Doce...): -Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso; el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.
 

                                                             Palabra del Señor.

 

        ¡Qué hermosa lección para una petición tan atrevida! Los hijos del Trueno se acercan a Jesús después de haber escuchado las palabras de que aquel que deje casa, hermanos o hermanas por Él, recibiría cien veces más.

        Podríamos hasta pensar que era lógico que aquellos hermanos pidieran al Maestro sentarse en su reino, a su lado; obtener un puesto de prestigio en lo que esperaban fuera un reino terrenal. No le habían abandonado cuando muchos sí lo habían hecho; permanecían a su lado, a pesar de que escucharon que el camino aún por recorrer les iba a llevar a la muerte en Jerusalem. Ahí estaban, en los buenos y en los malos momentos, por eso su petición, en principio no parecería tan atrevida.

        Jesús quiere quedarles claro que no iba a ser fácil; quedaba por beber un cáliz amargo en el estómago y en el corazón; quedaba sufrimiento y abandono; por eso les pregunta si estaban dispuestos a seguirle hasta el final: y el final era la cruz y la resurrección.

        Tras esta explicación surge, como no podía ser de otro modo, la envidia y la disputa entre el resto del grupo; ellos también habían dejado casa, padres, hermanos, trabajo… por seguir al Maestro, ¿cómo los Zebedeos se atrevían a pedir semejante puesto para ellos? ¿Qué pasaba con los demás?

        ¡Aún con criterios humanos! Me imagino a Jesús haciendo un gesto de tristeza con la cabeza: no acababan de entender; el primero que sea el servidor de todos. El que quiera estar cerca de mí, que se ponga al servicio de los hombres. Porque Él vino a servirnos a todos y a morir por todos sin distinción, sin vanagloria, sin boato, sin gloria.

        Cuando los cristianos de hoy día aún estamos divididos por criterios humanos; cuando buscamos que nos echen flores por las calles; cuando queremos que reconozcan con títulos la labor que buenamente se realiza… ¿acaso no buscamos esos primeros puestos de los que hablaban los Zebedeos? Somos duros de cerviz; no acabamos de entender a Jesús: El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos. Lo demás, vendrá por añadidura, y si no viene, pues mejor aún, puesto que no necesitamos ningún tipo de reconocimiento, sino la satisfacción de sentirnos siervos inútiles que hemos hecho lo que teníamos que hacer.

        Si queremos ser los primeros, que en el corazón de Dios quede grabado el amor con el que tratamos a nuestros semejantes: ¡ese sí que sería un gran puesto de honor!

 

Domingo XXX Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                                "Maestro, que pueda ver."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 10,46 52.)
 

        En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: -Hijo de David, ten compasión de mí.
        Muchos le regañaban para que se callara. Pero el gritaba más: -Hijo de David, ten compasión de mí.
        Jesús se detuvo y dijo: -Llamadlo.
        Llamaron al ciego diciéndole: -Animo, levántate, que te llama.
        Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
        Jesús le dijo: -¿Qué quieres que haga por ti?
        El ciego le contestó: -Maestro, que pueda ver.
        Jesús le dijo: -Anda, tu fe te ha curado.
        Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
 

                                            Palabra del Señor.

 

        Dicen que la fe es creer lo que no se ve; pues Bartimeo nos demuestra literalmente que esto es así. Sentado al borde del camino, marginado del resto de la gente; esperando que alguien le echara limosna para subsistir. Un ciego que no disfruta de la luz ni del color, del rostro de las personas ni de la belleza de la naturaleza.

        Sin embargo tuvo la suerte de que por el camino en el que estaba sentado pasaba Jesús; quizá se lo dijeron o tal vez el murmullo y el tumulto de la gente que lo seguía le hizo preguntar quién era el que pasaba por allí; y entonces no perdió la oportunidad. Buscó su curación, buscó la posibilidad de entrar de nuevo en el camino como una persona nueva y capaz de contemplar todo lo que le rodeaba.

        Suplicó compasión, que el Maestro, del que ya había oído hablar, se dignara acercarse a él y curara su ceguera; creyó sin ver; esperó sin mirar, no al menos con los ojos de su cuerpo, aunque sí con los de su corazón.

        A pesar de que quisieron acallar sus gritos, insistía, porque en su corazón estaba el deseo de ver al Maestro, al Mesías; no quería dejar pasar la oportunidad; había escuchado que pasaba por allí Jesús; tenía que encontrarse con Él; estaba al borde del camino, pero quería estar de nuevo con los suyos, valiéndose por sí mismo y habiéndose encontrado cara a cara con Cristo.

        Insiste más fuerte hasta que alguien le dice: ánimo, que te llama; no perdió el tiempo; dice el evangelio que dio un salto, dejó el manto, quizá lo único que tenía, y se acercó a Jesús. Todo va a transformarse desde aquél diálogo; el que fue ciego, de nuevo recobrará su vista.

        Fue el encuentro con aquél en quien creyó lo que le cambió la vida; recobró la vista por su fe y entonces lo siguió por el camino. Se hizo su discípulo; no podía ser de otro modo, puesto que quien se encuentra cara a cara con Jesús, quien le conoce, no puede sino amarle, y amándolo se hace su seguidor.

        La fe es creer sin ver; ¡dichosa ceguera, en este caso, que fue necesaria para que aquél hombre se encontrara con Jesús y de nuevo pudiera contemplar lo más hermoso de la vida: el amor de Dios.

 

 

Solemnidad de Todos los Santos. Ciclo B

 

 

EVANGELIO

“Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo”

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo     (5, 1-12a.)

 

     En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar ense­ñándolos:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán mise­ricordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios».

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os ca­lumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y conten­tos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

                                                      Palabra de Dios

 

Solemnidad de Todos los Santos. Mt 5,1-12

         Echar la vista atrás y descubrir que han existido cristianos que se han entregado en cuerpo y alma a vivir en profundidad y coherencia el Evangelio de la verdad, da alegría y esperanza en nuestro caminar. Alegría porque ellos nos demuestran que es posible seguir las huellas de Aquél que nos ha mostrado el rostro amoroso de Dios.

        Los Santos son los realmente felices por escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra; más que nunca este evangelio de las bienaventuranzas cobra un verdadero sentido. Dichosos y felices los que entendieron estas palabras de Jesús en el monte y las llevaron a su vida.

        Quizá sólo se nos va el pensamiento a la cantidad de santos reconocidos y beatificados a lo largo de la historia de la Iglesia al celebrar esta fiesta. Todos ellos nos marcan un camino conocido, un ejemplo para nuestra vida, un modo concreto de vivir el seguimiento de Cristo. Hacer mención de todos ellos, pidiendo su protección e intercesión, es confiar en el mismo amor de Dios.

        Sin embargo, también nuestra celebración en este día, conmemora a todas aquellas personas, de las cuales muchos podríamos hacer mención, que han sido ejemplo de entrega fiel a Jesús; sus vidas fueron para muchos un auténtico testimonio evangélico, o una profunda vivencia de las bienaventuranzas. Poco se sabe de ellos, sin embargo, la lista sería, probablemente, interminable. Fueron fieles y fueron recompensados por Dios.

        “Dichosos”: es la palabra que más repite Jesús en este discurso de la montaña; felicidad, es el camino que nos ofrece nuestro Maestro; alegres, aquellos que quieren vivir de este modo su camino por el mundo. Muchos lo han hecho y han abierto la senda. Esto sólo es posible desde un profundo convencimiento de la salvación ofrecida por Jesús en la cruz y la victoria sobre la muerte con su resurrección.

        ¡Que nuestro mundo pueda reconocer a los cristianos por lo mucho que se aman y por lo dichosos y felices que somos!

 

Domingo XXXI Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                                       "Este es el primer mandamiento. El segundo le es semejante."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 12,28-34.)
 

        En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: -¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús: -El primero es: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que éstos.
El letrado replicó: -Muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se abrevió a hacerle más preguntas.
 

                                            Palabra del Señor.

 

Domingo XXXI. Tiempo ordinario. Ciclo B. Mc 12,28-34

         Alguien que estaba acostumbrado a leer la Torah y a saberse de memoria la multitud de mandamientos que en ella existían, quiere escuchar por boca de Jesús cuál es el principal de entre todos ellos. Parece una pregunta simple, pero si nos pusiéramos en la mentalidad judía y en lo mucho de legalismo que existía en la sociedad, caeremos en la cuenta de que es una pregunta sobre el sentido de la Ley.

        ¿De qué sirven tantos mandamientos? ¿Para qué tantas normas y reglas? ¿A qué debo atender en primer lugar? Quizá el corazón de aquel letrado estaba inquieto con todas estas preguntas y por eso se acerca al Maestro buscando una respuesta que satisficiera sus dudas y sus ansias de ser fiel a Dios, que es lo principal.

        La respuesta es clara: Ama a Dios y ama a tu prójimo. Y es que ya sabemos que ambos mandamientos van tan unidos que uno no tiene sentido sin el otro; aquél que dice amar a Dios, al que no ve, y no ama a su hermano, al que ve… es un mentiroso. Tan sencillo como eso y tan exigente como las palabras que resumían toda la Ley.

        Nuestras mentalidades están cambiando con los tiempos; y a veces es bueno recordar que el amor al prójimo es un acto de amor al mismo Dios; muchas veces se nos ha recordado que no es suficiente con ir a la Iglesia y golpearse el pecho, colocándose en los primeros puestos y luego salir y pisotear al primero que vemos. Ya sabemos que no sería más que pura hipocresía vivir de ese modo.

        Pero también hemos de tener claro que el motor que ha de impulsarnos a vivir la caridad con nuestros hermanos proviene del amor primero de Dios. Nos lo recordaba Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es amor”: Hemos sido amados por Dios con una generosidad sin límites y es la cruz y la resurrección de Cristo lo que nos anima a vivir el amor a nuestros hermanos.

        El amor a Dios y el amor al prójimo están tan unidos que uno no tiene sentido sin el otro; no está cerca del Reino de Dios quien está convencido de esto, y no camina lejos de la senda que va marcando Cristo quien lo vive en serio, aunque a veces tenga que ir contracorriente.

Domingo XXXII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

   EVANGELIO
                                             "Esa pobre viuda ha echado más que nadie."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.  (Mc 12,38-44.)
 

        En aquel tiempo enseñaba Jesús a la multitud y les decía: -¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.]
Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero; muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: -Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.
 

                                           Palabra del Señor.

 

Domingo XXXII  Tiempo Ordinario. Ciclo B. Mc 12,38-44

         ¡Estoy convencido de que si Jesús se paseara hoy día por nuestras iglesias repetiría alguna de las frases de este relato evangélico! Aún nos gusta que la gente nos reconozca lo bien que lo hacemos o lo mucho que nos golpeamos el pecho, o lo generosos que somos a la hora de dar algún donativo a los más pobres.

        El Reino que Jesús vino a predicar, ya se lo había quedado claro a sus discípulos camino de Cesarea, -y ahora vuelve a repetirlo- es un camino de renuncia, de cargar con la cruz y de ponerse al servicio de los más necesitados. Ya sabemos que los grandes oprimen a los pequeños y que se imponen muchas cargas; no seamos así entre nosotros. El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos.

        La escena de hoy resulta cuanto menos curiosa; paseando por el templo se dedica el grupo de los discípulos y Jesús a observar a los que allí estaban; y seguramente habría de todo: ricos, fariseos, cambistas, gente sencilla… Personas que iban allí con la intención de realizar su ofrenda al Dios en el que creían. Entre ellos muchos que alardeaban de cumplir literalmente la Ley.

        Las enseñanzas de Jesús, distan mucho de pavonearse delante de los demás; es cierto que en los tiempos que corren aquél que se reconoce públicamente como cristiano tiene mérito, porque al parecer la religión está al margen de la vida pública. Una cosa es vivir nuestra fe íntegramente, en toda nuestra vida y en todos sus aspectos, incluída la esfera pública, y otra muy distinta querer aparentar y sobresalir.

        Una buena lección de humildad la dio aquella pobre viuda que entregó lo que tenía para sobrevivir en el templo. Sin llamar la atención, sin tocar la campana, sin poner ninguna inscripción ni placa conmemorativa; aquella mujer pasó desapercibida a los ojos de la mayoría de la gente que se hacía pasar por justos en el templo. Sin embargo Jesús se fijó en ella, en su humildad y su generosidad, y fue modelo y ejemplo para los discípulos.

        Hoy día más que maestros necesitamos testigos, ya lo decía Juan Pablo II; y es que no cabe duda que una vida entregada desde la más completa humildad llama la atención y hace preguntarse qué o quién mueve a una persona así a vivir de tal modo. Acerquemos el evangelio de Cristo y la felicidad que comporta vivir según sus palabras a los que nos rodean.

Domingo XXXIII Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                                    "Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos."
 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. (Mc 13,24 32.)
 

        En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo.
Aprended lo que os enseña la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.
 

                                                               Palabra del Señor.

 

Domingo XXXIII. Tiempo Ordinario. Ciclo B Mc 13,24-32

En muy pocas ocasiones nuestro pensamiento se dirige a lo que sucederá en el último día; tal vez porque vivimos en una cultura del presente, en la que sólo importa el hoy y el mañana queda relegado a un segundo plano muy futurible. Pues bien, quería Jesús en esta ocasión dedicar el discurso a sus discípulos del momento final.

El día en que el Hijo del hombre venga de nuevo a nosotros lo hará con poder y gloria; todo se le someterá y ante Él pondremos nuestras vidas; el amor será la medida; frente a Él quedaremos desnudos de todo lo que hemos querido aparentar; sólo la Verdad nos hará libres y nos abrirá el camino a esa vida eterna que se nos ha prometido desde la creación del mundo.

En pocas palabras nos habla Jesús del día que está por venir; no para inculcar en nuestros corazones miedo, sino esperanza, puesto que un corazón abierto al futuro es capaz de amar con una generosidad eterna. Esta esperanza no es fruto de nuestro esfuerzo únicamente, sino también de la Gracia del Espíritu, que enciende en nosotros la capacidad de creer en la vida eterna.

Vivimos en el tiempo del ya y del ahora; olvidamos que el mañana nos aguarda con ansia y que aún no se ha manifestado lo que seremos hasta el día en que nos encontremos cara a cara con Dios, nuestro Señor y Creador. La esperanza debe mover nuestros corazones hacia ese día, mirando el futuro con optimismo, moviendo nuestros brazos en el riego del Reino de Dios que Cristo sembró y amando a los demás con la exigencia del Evangelio.

Junto a esta virtud teologal que es la esperanza, se deriva necesariamente la vigilancia, como una actitud de alerta; entender y comprender los signos de los tiempos, lo que sucede a nuestro alrededor, lo que brota de la Palabra de Dios, es abrir nuestra mirada a lo que está por venir. Los profetas no sólo denunciaban las injusticias, sino que sabían lo que se le venía al pueblo si seguían por ese camino apartado de Dios. Su vigilancia, su mirada atenta y su corazón puesto en las manos de Dios, hizo de aquellos profetas del antiguo testamento bandera insigne de lo que ha de venir.

Vivamos con esperanza nuestra fe, caminemos vigilantes por la senda que nos ha marcado Cristo y pongamos nuestro corazón en ese encuentro definitivo, que colmará todas nuestras ansias, con el Dios que nos ha dado la vida.

 

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario. Ciclo B

 

  EVANGELIO
                               "Tú lo dices: Soy Rey."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 18,33-37.)
 

        En aquel tiempo preguntó Pilato a Jesús: -¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó: -¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilato replicó: -¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos. sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
Jesús le contestó: -Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo: -Conque ¿tú eres rey?
Jesús le contestó: -Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
 

                                                                    Palabra del Señor.

Cristo Rey. Jn 18,33-37

        En este último domingo del tiempo ordinario celebramos la Solemnidad de Cristo Rey del Universo; una fiesta cargada de simbología no al modo humano, sino al típico de Dios. Nunca dejará de sorprendernos el modo de actuar de Cristo, sus palabras y su entrega generosa y fiel hasta las últimas consecuencias.

        Frente a Pilato, aquél que podía salvarlo del patíbulo de la cruz, Jesús es interrogado; poco le faltaba ya para dar el último paso hacia el sufrimiento y la muerte; había sido acusado por sacerdotes y fariseos, condenado de antemano por proclamar el Reino de Dios. Y ahora, era necesario el juicio civil y la condenación por parte del poder romano.

        Él no era rey como lo entendían los representantes del sanedrín, puesto que no aspiraba a ningún poder político en Israel; al contrario, su reino se extendía más allá de Palestina. Todos los que son de la Verdad escucharán su voz y formarán parte de su Reino. No supieron aquellos letrados y entendidos descubrir la profundidad del mensaje y la realeza de Cristo.

        Y sin embargo, pudiendo salvarse de la cruz, delante de Pilato, reafirma: Yo soy Rey, para eso he venido a este mundo, para ser testigo de la Verdad. Jesús sirve a la Verdad, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz, como recuerda San Pablo años más tarde.

        El lugar del ejercicio de su realeza, de su trono, será la cruz del Gólgota; su muerte representaría, para los que le habían condenado, que todo lo que había dicho y enseñado era falso, que no había sido testigo de la Verdad que tanto se gloriaba de profesar aquél Mesías. Y sin embargo, para nosotros cristianos, aquella muerte y sacrificio en cruz se ha convertido en salvación universal.

        En Iglesia hoy celebramos con gozo que Cristo es Rey del universo, que vino a servir la Verdad, que entregó su vida generosamente por todos y que esta muerte ha dado la vida al mundo. Todo el que escucha su voz y cree en su palabra, acogiéndose a su salvación vivirá eternamente con Él. Cristo es Rey y para eso vino al mundo, para reinar, para sembrar la semilla de la paz, la justicia y el amor, para instaurar un nuevo tiempo de salvación.

        Escuchar esta Verdad, acogerla en nuestro interior y vivir de acuerdo a sus exigencias es ser discípulo del Rey; nada más lejos de los reinos de este mundo que buscan los primeros puestos. Una vez más la Palabra nos sorprende y nos deja una hermosa lección y un camino a seguir. Que el año litúrgico que hemos concluído con esta Solemnidad nos haya acercad aún más a Cristo.

 

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