CICLO-B
Domingo 1 Tiempo de ADVIENTO
No olvidemos lo esencial
Primer domingo de Adviento
"Dijo Jesús: Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento. No sabéis cuando vendrá el dueño de la casa. Que no os encuentre dormidos". San Marcos, cap. 13.
En nuestro lenguaje religioso le insistimos a Dios que venga pronto, que no retarde su venida, que no prolongue más su ausencia. Con el salmo 70 le rogamos: "Apresúrate, Señor, a socorrernos". Sin embargo, conviene recordar que los almanaques del Señor son muy distintos a los nuestros. Lo mismo, sus relojes. Por lo tanto hemos de mantenernos en continua actitud de espera.
Y este tiempo entre nuestro deseo y la llegada de Dios, entre nuestros anhelos y su presencia salvadora, lo hemos llamado Adviento.
Para los antiguos esta palabra significó la primera visita oficial de un personaje. En Corinto se han encontrado monedas que conmemoran el adviento de César Augusto a esa ciudad.
Hacia el siglo IV, las Iglesias de España y de las Galias, instituyeron un tiempo de penitencia, como preparación a la Natividad del Señor. Los fieles ayunaban durante algunos días y se leían en comunidad los textos de Isaías relacionados con el Emmanuel.
Hoy vivimos en otras circunstancias socio religiosas. Pero el Adviento puede permanecer como un fino aroma que nos perfuma. Como un hilo conductor que anuda nuestra vida cristiana.
La venida de Dios a la tierra tuvo lugar históricamente allá en Belén, "bajo el emperador Cesar Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria". Fecha que corresponde aproximadamente al año 753 después de la fundación de Roma.
Pero el Señor también vendrá a encontrarnos el último día de nuestra vida terrena. Se da también un Adviento continuado, que se teje con todos esos encuentros entre Dios y nosotros, en el recinto del corazón.
Quienes redactaron la última parte del profeta Isaías, le señalan al pueblo que se había apartado en muchas ocasiones de Dios. Pero a la vez invitan a invocarlo con entrañables títulos de Padre, Redentor, Alfarero. Y añaden: "Somos tus hijos, tu heredad, tu arcilla". Sentimientos éstos muy propios cuando nos preparamos a celebrar la Navidad: Darnos cuenta de que le hemos fallado a Dios y regresar a Él con ilusión de hijos muy amados.
Tal actitud se enmarca en esa "vigilante espera", sobre la cual insiste san Marcos. Vigilaban los criados esperando a su amo, en las casas de los judíos ricos de entonces. Y era amable ese encuentro con el dueño de casa, si los siervos habían cumplido su tarea.
Llega la Navidad como una inmensa feria que a todos nos envuelve. Que todo lo transforma: Símbolos, luces y atavíos. Música, ruido, celebraciones. Regalos y abrazos. Encuentros y despedidas.
No hemos de satanizar estas expresiones navideñas. Nuestra condición de seres racionales nos lleva a expresar mediante signos, todo cuando guardamos en el alma. Realizando así un itinerario hacia una meta superior. Hacia un mañana más promisorio.
Pero que no olvidemos que Dios se hizo hombre, para hacernos patente que nos ama. Que a cada momento nos expresa su cercanía. Que desea en toda circunstancia que nosotros, personas y familias, mantengamos una cálida y fuerte amistad con Él.
Para este encuentro gozoso del Adviento, el Señor ya ha recorrido la mitad del trayecto. Nosotros, por la fe y el compartir con los más necesitados, estamos recorriendo el camino restante
Domingo 2 Tiempo de ADVIENTO
Es posible hilvanar un sueño
Segundo domingo de Adviento
“Juan bautizaba en el desierto. Predicaba que se convirtieran y proclamaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo”. San Marcos, cap. 1.
Valdría la pena que el Bautista se hiciera presente en muchos escenarios actuales. Debiera ir a los simposios, seminarios, convenciones, asambleas, juntas directivas donde se orienta la marcha del mundo.
Allí podría conservar su parco menú de langostas y miel silvestre. Y en cuanto a su vestido, le ayudaríamos a mudar la áspera piel de camello por algo más moderno y confortable. Aunque su mensaje sería el mismo: “Convertíos, porque ha llegado el Reino de los Cielos”.
Muchos siglos atrás, el profeta Isaías repetía un idéntico encargo al pueblo escogido: “Preparad los caminos del Señor, allanadle los caminos”.
Los discípulos de Cristo necesitamos convertirnos para que el reinado de Dios avance y se consolide. Aunque conversión es un término que hoy puede sonar extraño. Sin embargo señala una tarea que muchos realizamos a diario: En el área económica, en nuestras relaciones sociales, en nuestras costumbres, si queremos conservar la salud.
Para un cristiano de hoy conversión significa transparencia interior y proyección a los demás. Entonces el Reino de los Cielos comenzará a brotar entre nosotros.
El bautismo que Juan ofrecía a sus seguidores en el río Jordán, no era obviamente un sacramento. Pero significaba esa vida nueva que aquellos discípulos del Precursor iniciaban, dejando atrás un pasado oscuro y oneroso.
El Adviento es ocasión privilegiada para empezar a ser hombres nuevos. Porque a muchos nos pesa este año que termina, durante el cual hemos luchado, sufrido y quizás pecado en demasía. Pero es posible hilvanar un sueño. Iniciar, apoyados por Dios, una etapa nueva, llena de esperanza. Para ello tenemos a la mano la Palabra de Dios, la oración, los Sacramentos.
Podemos convertir este diciembre en un tiempo de salvación. Si limitamos tanto exceso, para llevar pan y vestido y alegría a muchos de nuestros hermanos.
Cuando decimos Navidad decimos regocijo, ilusión, sueños, luz, asombro. A nuestra casa llegan todas estas maravillas por la magia del calendario. Por el amor de quienes nos rodean. Por el esfuerzo continuado del año, que ahora rinde sus frutos. Pero es necesario mirar a nuestro alrededor. Somos los mensajeros de esta gran noticia de la Encarnación de Dios, para los más necesitados.
No basta entonces acudir a los templos, participar en una bonita liturgia y regresar a casa en paz, porque integramos el grupo de los buenos y Dios nos ha favorecido con sus dones. No. El Reino de los cielos espera nuestra conversión y nuestro esfuerzo.
Mientras la familia reunida alrededor del pesebre reza con devoción la Novena de Navidad, suenan aquellas palabras del apóstol san Pedro: “Esperad y apresurad la venida del Señor. Porque, confiados en sus promesas, aguardamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en donde habite la justicia”.
Cada uno de nosotros pudiera en estas fechas hilvanar un sueño: Imaginar, bajo la luz del Señor que mañana será mejor creyente y más correcto ciudadano. Podría soñar que desde hoy habrá más justicia sobre nuestro planeta. Que muchos tendrán pan y techo y estudio por nuestro compromiso fraterno. Que otros tantos comprenderán que Dios los ama porque han descubierto su amable rostro en nuestro gesto solidario.
Domingo 3 Tiempo de ADVIENTO
Mejor que Santa Claus
Tercer domingo de Adviento
“Preguntaron a Juan: ¿Y tú quién eres. Él confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías. Al que viene detrás de mí yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. San Juan, cap. 1.
Santa Claus nuestro Viejo Noel, aunque contaminado de muchas maneras, tiene un remoto origen cristiano en un obispo del siglo IV, san Nicolás de Mira. Y si lo comparamos con el Bautista, éste le supera sobre el escenario navideño, en la tarea de señalar que Dios se ha hecho hombre.
En el prólogo de su evangelio, san Juan nos presenta al hijo de Zacarías como el testigo de la luz. Es la voz que clama en el desierto, anunciando que el Salvador está próximo. Pero además el evangelista nos describe la personalidad del Precursor: Es alguien que sabe quién es. San Bernardo de Claraval le escribía a su amigo el papa Eugenio: “No serás sabio si no te conoces a ti mismo”.
Igualmente el Bautista comprende su misión. Terminada la cual, empieza a desdibujarse en el entorno, sin amarguras ni reproches: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya”. Es consciente además de sus propios límites: “Detrás de mí viene alguien, a quien yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.
Por aquellos días, sobre todo a causa de la opresión romana, aparecieron entre el pueblo judío diversos profetas, que enseguida mostraron su frágil condición. Buscaban un protagonismo político y algunos de ellos convocaban a la sublevación armada. Muy pronto el pueblo los abandonó.
En cambio Juan era distinto. Hablaba de una conversión interior, para la cual no había que atacar al enemigo, sino rendir a Dios el corazón. Proponía un cambio que habría de mostrarse al compartir con los necesitados. Su dialéctica era clara y tajante: Dividía a su auditorio en trigo para el granero de Dios y paja que se quema en el horno. Comparaba a sus discípulos con un bosque, donde hay árboles que dan buenos frutos y otros más que aguardan el golpe del hacha.
El discurso del Bautista está calcado sobre los textos de Isaías: “Allanad el camino del Señor, enderezad sus sendas”. Una tarea que hemos de realizar sobre la geografía del alma, para que Dios pueda venir hasta nosotros.
El mismo Juan afirmaría ante sus discípulos: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren. Para proclamar el año de gracia del Señor”.
Si fuéramos conscientes de la cercanía de Dios, nuestra vida sería muy distinta. Entonces, a ejemplo de Precursor, lograríamos: Realizar nuestra propia misión de una manera responsable y perseverante. Y además aprender a ocupar segundos puestos. Todos los esquemas educativos nos proyectan a ser siempre los primeros. Pero en el proyecto cristiano, el primero es siempre el Señor. Nosotros somos apenas siervos, indignos de desatarle la correa su sandalia.
Por estas fechas Santa Claus nos insiste febrilmente: Compren, compren, que en ello consiste la felicidad. San Juan Bautista nos motiva: El amor de Dios se ha hecho visible entre nosotros. Santa Claus nos invita decorar suntuosamente los exteriores. San Juan, a mejorar sinceramente nuestro interior. Santa Claus nos convoca a numerosos santuarios comerciales. San Juan nos guía de la mano hasta el portal de Belén.
Domingo 4 Tiempo de ADVIENTO
A nivel del corazón
Cuarto domingo de Adviento
“El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José. La virgen se llamaba María”. San Lucas, cap. 1.
El núcleo de nuestra fe en los primeros tiempos, se centraba en Jesús muerto y resucitado. Más tarde aparecieron los evangelios de la infancia del Señor, ya en los textos canónicos, como también en comentarios apócrifos.
Al hablar de Nuestra Señora se presentaba, ante todo, el pasaje de la Anunciación, que luego san Lucas pondría por escrito con exactos detalles:
“Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David y el nombre de la Virgen era María”.
Comienza el evangelista situando el hecho sobre un marco histórico. Al relatar la visión de Zacarías había hecho referencia a los mandatarios civiles de entonces. Ahora señala sencillamente “el sexto mes”, donde avanza el embarazo de Isabel, la que antes era estéril.
En muchas basílicas cristianas la puerta principal se adornaba con las imágenes de María y el ángel Gabriel. Para significar que todo el cristianismo tuvo inicio cuando un mensajero celestial saluda a una joven nazaretana: “Alégrate, llena de gracia”. Y la virgen responde: “Hágase en mí según su palabra”.
Algunos teólogos y muchos artistas se preocupan de situar este acontecimiento sobre un lujoso escenario. Pero no fue así. La Virgen estaría en su casa, si así podemos llamar aquella cueva que las modernas excavaciones nos muestran, donde sus moradores compartían con los animales domésticos. En vez de mobiliario habría algunas esteras sobre el piso de tierra. “La Anunciación tuvo lugar sin otra riqueza, dice Martín Descalzo, que las manos limpias de una muchacha, sin otra luz que el discreto resplandor de un arcángel”.
Todo ocurrió entonces a nivel del corazón de Dios, a nivel de la fe y la obediencia de María. Ella tendría catorce años, pero se atreve a preguntar si es posible cumplir el encargo del cielo, pues no conoce varón. El mensajero le responde con un argumento que puede iluminar nuestras perplejidades: “Porque para Dios nada hay imposible”.
El ángel acumula sobre los hombros de la joven todas las bondades que Dios le ha obsequiado: “Llena de gracia, el Señor está contigo”. “Darás a luz un hijo que reinará por los siglos”. “El Altísimo te cubrirá con su sombra”.
¿Qué no daría un periodista por averiguar qué sucedió aquel día por la tarde en la ignorada Nazaret? La Virgen volvería a la fuente, retomaría la rueca y el huso, como tantas veces. Compartiría con sus padres aquellos temas grises y ordinarios de familia. Pero en su interior llevaba a cuestas el gran misterio de los siglos: “Dios se ha hecho hombre”. Nueve meses de infinita y silenciosa espera. De pronto algún apunte que su esposo José no alcanzaría a entender.
Mantengamos entonces la Navidad a nivel del corazón. Más arriba de todas las celebraciones sociales, del hermoso folclor que nos envuelve. Más arriba incluso de todas la teologías, sintiéndonos amados por Dios y derrochando todo nuestro cariño hacia los prójimos. Lo máximo que ha hecho el Señor por nosotros, es haber nacido en Belén, “sobre unas pobres y humildes pajas”.
La Sagrada Familia TIEMPO DE NAVIDAD
Los centinelas de la luz
“Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor y entregar la ofrenda”. San Lucas, cap. 2.
Muchos pueblos vecinos a Israel creyeron que la soberanía de sus dioses les exigía inmolar los primogénitos de sus hijos y de los animales. El pueblo escogido retomó esta costumbre, pero adaptándola a la fe monoteísta de Abraham y a un nivel superior de humanidad.
Así nació la ceremonia del rescate, en la cual se ofrecía a Dios un cordero, un par de tórtolas, o dos pichones de paloma. Entonces el niño podría regresar a su hogar.
Este rito se unía frecuentemente a la purificación de la madre. Enseguida del parto, ésta permanecía aislada durante cuarenta días si había alumbrado un hijo. Ochenta, si había dado a luz una niña. Subiría luego a Jerusalén, para que el sacerdote ofreciera por ella un sacrificio y la bendijera. Esto hizo María al ofrecer con José su Niño en el templo.
Vemos aquí a la Sagrada Familia, como tantas familias de su tiempo y de hoy, comprometidas en la vida corriente, - aquí Jesús se inserta en la religión de su pueblo- y procurando ser fieles a Dios.
Sabemos además la veneración que los pueblos antiguos han profesado a los mayores. San Lucas entonces nos presenta en los atrios del templo, a Simeón. Un personaje a quien califica de “hombre honrado y piadoso que aguardaba la consolación de Israel”.
El himno que recita este anciano, con el Niño en sus brazos, está tejido a la par que el Magníficat, con frases del Antiguo Testamento. Pudo ser algún texto litúrgico acostumbrado en las primeras comunidades, donde se nos presenta al Niño como luz de todas las gentes.
El evangelista pone a la vez en escena a una mujer de muchos años, a la cual llama profetisa. No porque ejerciera ese cargo de manera oficial. Más bien porque el ejemplo y las virtudes de Ana se proyectaban entre los suyos.
De ella sólo dice el texto que “daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. En estos dos ancianos se conjugaba la acción de Dios y aquellas maravillosas intuiciones que alumbra la experiencia.
José y María debieron estar dichosos, con esa alegría suave y callada de los humildes. El proyecto de Dios hacia el Niño, que ellos dos habían paladeado en silencio y de pronto discutido, se veía ahora confirmado. Ese hijo era indiscutiblemente el Mesías prometido. Ya no eran necesarios los ángeles, cánticos celestiales y luces de lo alto. El Señor cumplía su palabra.
Descubrimos que estos dos ancianos saben mirar hacia adelante. No hacia atrás como la mayoría de los viejos, buscando seguridad y satisfacción en el pasado. Al comprobar que su esperanza se realiza, empujan el mundo hacia el futuro, hacia esa comunión con Dios esencial en nuestra fe cristiana. Eran ellos entonces los centinelas de la Luz.
Hoy todos nuestros hogares necesitan un profetismo igual. Que padres y abuelos promuevan la presentación amable, sencilla, desinteresada, de la persona de Jesús y sus valores. Una labor que se hace de palabra, pero ante todo por el contagio del amor y la verdad en todo lo cotidiano.
Santa María, Madre de Dios
Es tiempo de esperanza
"En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre”. San Lucas, cap. 2.
“Santa María, Madre de Dios”...una súplica que hemos repetido miles de veces, desde la más remota infancia. Y ahora volvemos a invocar a la Madre de Jesús, en el dintel de este Año Nuevo. Porque nosotros, al igual que los pastores hemos ido corriendo hasta el pesebre, para encontrarla a ella con el Niño y su esposo.
Es enero. Despunta un nuevo año. Tenemos en la mano un calendario recién estrenado, para escribir en él nuestros aciertos y nuestros fracasos. Es tiempo de proyectos, de propósitos y expectativas. Después vendrá el fluir de los días, con su rutina y sus desengaños.
Nació el calendario por el deseo de ubicar en el tiempo las siembras y las cosechas. Así empezaron los antiguos a dividir el tiempo en días, meses y años.
El antiguo calendario romano fue reformado por el emperador Julio César en el año 45 a. C. Más tarde, en Italia, un monje llamado Dionisio el Exiguo, lo adaptó a la fecha del nacimiento de Cristo. Luego, en 1582 bajo el papa Gregorio XIII, se modificó nuevamente, de acuerdo con los descubrimientos astronómicos de la época.
Para los cristianos el tiempo es una sucesión de días, marcada siempre por el amor de Dios a sus hijos. Nosotros no vivimos únicamente en la historia. Todo lo nuestro es Historia de Salvación: Un programa en el cual Dios sigue creando el mundo, y transformando con cariño y esmero a todos sus hijos.
Despunta un nuevo año: El niño empieza a descubrir el mundo. El adolescente se encuentra consigo mismo. El adulto se embarca en sus proyectos. Hombre y mujer confían en el amor. El anciano prosigue acariciando nostalgias.
Es tiempo de siembra: El niño hace amistad con los libros. El adolescente entierra en su interior una ilusión. El adulto colecciona sus crisis. Los esposos profundizan en su relación. El anciano poda sus recuerdos.
Es tiempo de abono y regadío: El niño aprende de ausencia y de dolores. El adolescente, de soledad y desconcierto. El adulto, de golpes e ingratitudes. La pareja se problematiza. El anciano añora tiempos mejores. No siempre la cosecha tiene igual medida que la esperanza.
Porque la incertidumbre alcanza a deslucir toda utopía: Lo económico, lo social, lo político, la salud, la familia, el trabajo, los estudios.
Sin embargo, nosotros los creyentes hemos contemplado, al igual que los pastores, al Salvador del mundo, recostado en un pesebre. Entonces regresemos a los nuestro, alabando al Señor y contando a todos lo que hemos visto y oído. Que Dios se hizo hombre para que, a cada paso, tengamos fuerza y luz. Para que nunca nos dejemos ahogar por los dolores.
San Pablo les escribe a los gálatas: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley”. Lo cual ha producido un cambio estructural en las relaciones con el Señor. Ya no somos meramente siervos del Señor, sino sus hijos y como hijos, también herederos.
Volvamos hoy a invocar María, por quien nos han llegado estas maravillas. Repitamos con el alma en los labios: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
EPIFANÍA DEL SEÑOR
Nosotros ¿qué buscamos?
“Entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella”. San Mateo, cap. 2.
Miqueas, un profeta del Antiguo Testamento, le debe a San Mateo el haberlo sacado del anonimato: “Habiendo nacido Jesús en Belén - dice el evangelista - unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntado: ¿Dónde está el Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella”. Herodes pide ayuda a sus áulicos. La pregunta era extraña, y además despertaba la sospecha del temeroso rey: ¿Alguien conspiraría en su contra? ¿Serían estos viajeros colaboracionistas del líder rebelde?
Los letrados judíos responden a Herodes con un texto de Miqueas: “Y tú Belén, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá el pastor de mi pueblo”. Como si este vidente, contemporáneo de Isaías, hubiera compuesto el primer villancico de la historia.
Que estos extranjeros, mercaderes talvez, supieran del Mesías, que lo imaginaran como rey, se explica por la comunicación entre Israel y los pueblos vecinos. Al ser personas de categoría, pudieron relacionarse con los funcionarios de la corte. De otro lado, su religión oriental, muy ligada con la observación de los astros, les hizo ver una especial estrella.
Entonces la imaginación de los primeros cristianos se desbordó, y aparecieron los escritos apócrifos. Estos nos presentan por las estrechas calles de Jerusalén, la vistosa caravana de poderosos caballeros (los artistas los pintaron como reyes), entre enjaezados camellos y una turba de pajes y curiosos.
Más tarde, algunos pretendieron identificar sobre el firmamento, aquel astro que guió a los magos. Santo Tomás de Aquino señala que quizás Dios creó una estrella peculiar, para aquel solemne momento. Pero Kepler, astrónomo del siglo XVII, afirma que entonces tuvo lugar la conjunción de Marte, Júpiter, y Saturno, fenómeno que ocurre cada 805 años.
Todo esto nos invita a distinguir, como en otros pasajes de la Biblia, el hecho histórico, la forma como el autor sagrado lo cuenta, y el mensaje que quiere transmitirnos.
San Mateo escribe para los judíos, mostrando en repetidas ocasiones que ese Niño nacido en Belén era el Hijo de Dios. Una teología que se elaboró paso a paso, en los primeros años de la Iglesia. Pero a la vez, el primer evangelista resalta que la venida de Dios a la tierra no es privilegio exclusivo de Israel. Cristo es el Salvador de todos los hombres.
En un primer momento aquellos pastores, aunque ignorantes, pero criados en el judaísmo, se acercan a Jesús. Ahora unos paganos extranjeros también lo descubren.
¿Serían reyes? ¿Serían sabios y ricos?. No eran magos en el sentido actual de la palabra. Pero sí consta que fueron buscadores. ¿Buscadores de qué? De algo que luego se convirtió en Alguien. Detrás de la luz de una estrella, encontraron el rostro de un Niño.
¿Nosotros qué buscamos? Muchos se esfuerzan día y noche por la justicia social o el progreso de los pueblos. Otros ansiamos la paz del corazón, la salud, una estabilidad económica. Buscamos que alguien nos mire con ternura. Esperamos un abrazo, un lecho tibio, un poco de alimento para sobrevivir hasta mañana.
Cosas todas que, miradas desde la fe, son guiños que Dios hace. Destellos. Apenas comparables con el tímido parpadear de una estrella.
El Bautismo del Señor
Cristianos de segunda
“Llegó
Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
Y entonces se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado”. San
Marcos, cap. 1.
Los peregrinos quieren bajar hasta el río para tocar el agua.
También para mojarse todo el cuerpo, mientras el Jordán avanza hacia
el Mar Muerto, escoltado por retamas, juncos y palmeras. A ese
lugar, donde el Precursor bautizaba, acudió Jesús según cuenta san
Marcos.
El relato se enriquece con la fe de las primeras comunidades, que ya
confesaban a Cristo como el Hijo de Dios. Por lo cual el
evangelista enlaza los signos propios de los judíos para significar
la presencia divina: Se abre el cielo, baja el Espíritu en forma de
paloma. Se oye una voz: “Este es mi Hijo amado”.
Juan habría tomado ese rito bautismal quizás de los monjes esenios,
o bien de algunos pueblos vecinos a Israel. Sin embargo lo explicaba
como un bautismo de agua únicamente. Detrás de él vendría Alguien
que bautizaría en Espíritu. Es decir daría algo mayor, capaz de
transformar al creyente desde su corazón.
En todas las culturas el agua ha significado purificación y
fecundidad. Con estos sentidos la Iglesia inició la costumbre de
bautizar a quienes, ya instruidos en la fe, deseaban iniciar una
vida cristiana.
También muchos de nosotros fuimos llevados un día al templo, donde
un sacerdote o un diácono repitió esta ceremonia lustral: Nos llamó
por el nombre diciéndonos: “Yo te bautizo”…
San Mateo, al final de su evangelio había recogido este mandato del
Señor: “Haced discípulos de todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Y al reburujar viejos archivos, hallaremos un documento que
atestigua el proyecto religioso que aquel día iniciamos, con el aval
de nuestros padres y padrinos: Vivir al estilo de Jesús. A la vez se
nos matriculó en la escuela de la comunidad creyente, donde enseñan
las artes del amor: A Dios y al prójimo.
Desde remotos tiempos, el profeta Isaías imaginó la identidad de un
cristiano de hoy como alguien a quien el Señor sostiene en todo
momento. El que se siente privilegiado, porque Él lo lleva de la
mano. Es su tarea aplicar el bien y la justicia. Abrir los ojos del
ciego y redimir a los cautivos.
Sobre ese
texto podríamos verificar si verdaderamente el bautismo nos ha
transformado.
Un grupo de creyentes rodea la pila bautismal de la parroquia. Allí
va ocurrir un acontecimiento que ofrece tres niveles: La comunidad,
presidida por el sacerdote realiza unos signos, recita unas
plegarias. Pero Dios hace además algo invisible: A ese niño, a esa
niña que estrenan su vida terrenal, los proyecta a un nivel más
excelente, reconociéndolos como sus hijos verdaderos. Enseguida ha
de empezar una auténtica educación en la fe. De lo contrario crecen
las estadísticas de hombres y mujeres mojados con agua. Pero no de
bautizados en el Espíritu.
- Yo no
puedo recibir el bautismo, le decía un anciano musulmán al
misionero. ¿Será cuando hayan muerto tres de mis cuatro esposas?.
Pero admiro mucho a tus cristianos. Son honrados, generosos,
constantes. Oran también todos los días al Dios del cielo.
Por fortuna el viejo Abdel Salam no se había encontrado con
nosotros, cristianos de baja calidad.
Segundo Domingo Tiempo Ordinario
Eureka, lo
encontré
“Entonces
Andrés, uno de los que siguieron a Jesús, encontró a su hermano Simón, y le
dijo: Hemos encontrado al Mesías. Y lo llevó al Señor”. San
Juan, cap. 1.
Desnudo y gritando
como un loco, vieron sus paisanos a Arquímedes por las calles de Siracusa:
“Eureka, lo encontré”. El sabio geómetra había identificado un principio
fundamental de la hidrostática: “Todo cuerpo sumergido en un fluido
experimenta un empuje vertical, igual al peso del fluido desalojado”.
Una inmensa
alegría, igual asombro y mucho más sentiría Andrés, al descubrir a Jesús.
Buscó enseguida a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías”.
San Juan nos
cuenta: El Bautista, al ver al hijo del carpintero de Nazaret que se
acercaba, les dice a sus discípulos: “Éste es el Cordero de Dios”.
La expresión hacía
referencia a un texto de Isaías: “Yahvé descargó sobre él la culpa de todos
nosotros…como cordero llevado al degüello”. Una enseñanza que Jesús
ampliaría luego. Su presencia en el mundo nos purifica del mal, como
personas y como
sociedad.
La indicación del
Bautista hace eco en dos de sus discípulos, que se quedan mirando a Jesús.
Éste para romper el hielo, les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Ellos a su vez
le replican: “¿Dónde vives?”. Jesús les dice: “Venid y lo veréis”. “Ellos
fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día”.
Según los biblistas
el lugar donde esto ocurrió fue “Betabara”, también llamado Betania del
Jordán. Un sitio cuya frontera Yahvé ordenó franquear en tiempos Josué.
Aquí, señalan los
comentaristas, se venía abajo la frontera entre el cielo y la tierra.
Comenzaba Jesús a edificar el Reino de Dios con doce pescadores.
¿Qué vivienda
tendría el Señor por aquellas soledades? Probablemente alguna gruta, que no
escaseaban en los contornos. O bien una choza construida con ramas, albergue
suficiente para un judío de entonces, habituado a peregrinar.
De aquel encuentro
nació una amistad indisoluble entre Andrés, Juan y el Señor. Fueron ellos
sus primeros publicistas. Invitaron a parientes y paisanos a conocer al
Maestro.
La enseñanza
cristiana insiste muchas veces en la urgencia de buscar al Señor. “Buscad a
Dios, mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca”, nos dice
Isaías.
Pero a veces
olvidamos que en esta tarea, Dios realiza un trabajo semejante: Buscar a
cada uno de sus hijos.
El Evangelio nos
habla de un pastor a quien se le extravió una ovejita. Dejó entonces las
otras noventa y nueve en el desierto y fue en busca de la perdida. Y san
Juan consigna aquel pasaje, donde Jesús fatigado del camino, se sienta junto
al pozo de Sicar, esperando a la mujer samaritana.
Paul Claudel,
político y escritor francés, nos relata su historia: “Yo era el desgraciado
muchacho que el 25 de diciembre de 1886 se dirigía a Notre Dame de París,
para asistir a la Misa. Me encontraba entre la muchedumbre y en un instante
mi corazón fue tocado y creí. Con tal fuerza de adhesión, con una total
conmoción de todo mi ser.
Dios me había
encontrado, pudiera decir que por asalto. Pero también yo lo encontré”.
Tercer domingo ordinario
Según otro
cristal
“Pasando Jesús
junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que eran
pescadores y les dijo: Venid conmigo. Y ellos dejando las redes, lo
siguieron”. San Marcos cap, 1.
Creer en un sino
inmutable, en un destino, fabricado quizás por las estrellas que se impone a
cada mortal, trae sus problemas. De un lado, ¿dónde queda la libertad
humana, la cual a pesar de sus muchos condicionamientos, nos distingue de
los animales?. Y además ¿cómo entender la voluntad de un Dios que quiere
siempre el bien de sus hijos?.
En consecuencia,
los cristianos hablamos más bien de vocación. De un llamado, como tantos que
la Biblia nos cuenta. Los cuales se repiten en nuestra historia personal, si
bien desde otras circunstancias.
Los evangelistas
guardaron en sus textos el llamamiento del Señor a sus primeros discípulos.
Un día Jesús invitó a Pedro y a su hermano Andrés. Luego a Santiago y Juan,
todos ellos obreros del Tiberíades. Les prometió que conservarían su
habilidad para la pesca, pero mudando el objetivo: En adelante recogerían a
muchos hombres y mujeres para el Reino de Dios.
En la mayoría de
los llamados que conocemos dentro de un contexto cristiano, se da una
inclinación, un deseo. Sin embargo el libro de Jonás nos presenta un
maravilloso personaje, un profeta muy a su pesar. Un relato que pudiera
entenderse como una breve novela ejemplar. Jonás se resiste al encargo del
Señor que le envía a Nínive. Pero al final se siente vencido por ese Dios
amable, que perdona generosamente a los ninivitas.
En uno de su
poemas, nos dice el padre Ramón Cué que el Señor acostumbra guiar y
acariciar a sus hijos con la mano derecha. Pero en ocasiones emplea la
izquierda. Y no debe ser muy suave ese golpe, que nos hace comprender sus
proyectos.
Más adelante san
Marcos nos indica qué pretendió el Maestro al escoger a los Doce: “Llamó
Jesús a los que quiso, para que estuvieran más cerca de él y para enviarlos
a predicar”.
De entrada, Jesús
toma la iniciativa cuando nos llama a algún servicio. Y esta vocación tiene
como objetivo mantenernos más cerca de Él y servirle como sus mensajeros. En
cierta novela, un personaje le replicaba a un sacerdote egoísta: “Nadie se
ordena para ser capellán de sí mismo”.
Los discípulos de
Cristo hablamos entonces de carismas, de ministerios, de estados. Miramos
esa ubicación que cada uno tiene sobre el ajedrez de la historia: Padre de
familia, líder social, dirigente, profesional, comunicador, político, obrero
o artesano etc., pero según otro cristal, el de la fe. No solamente como un
servicio cívico, o un escenario al cual nos condujo la corriente de la
vida.
El sepulturero de
aquel pueblo olvidado así lo comprendió. Mantenía impecable y colmado de
flores su cementerio. Se sentía colaborador cercano del párroco en el
servicio a los difuntos y orgulloso todos los días de su oficio. Se definía
a sí mismo como “un ángel vestido de civil. A uno le toca llevar a todos
estos amigos hasta la puerta del cielo”.
Cuarto domingo ordinario
Palabrería y
palabra
“Entonces todos se preguntaron asombrados: ¿Qué es esto? Este enseñar
con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le
obedecen”. San Marcos, cap. 1.
Al viento lo culpamos de llevarse de inmediato nuestras palabras. Y es
cierto, cuando ellas no son constructivas, sólidas, cordiales.
San Juan dice en el prólogo de su Evangelio: “Todo se hizo por ella y
sin ella no se hizo nada”. Se refiere a la Palabra de Dios y a su fuerza
creativa en la historia. Comprendemos entonces que una cosa es vana
palabrería y otra muy distinta palabra de verdad y de bien.
El Señor apenas comenzaba por aquellos días su vida pública. Acudió a la
sinagoga de Cafarnaúm, como nos dice san Marcos, y encontró allí a un
hombre que tenía un espíritu inmundo.
Cuando el Evangelio nos presenta personas endemoniadas, un fenómeno
donde lo sicológico y lo religioso se mezclan, hemos de ser cautos. No
siempre esto significa la presencia de un agente externo, personal y
maligno. En muchos casos Jesús se amolda a la mentalidad de su pueblo,
no exenta a veces de superstición. Pero sana bondadosamente a quienes
padecen estos males.
Moisés había anunciado al pueblo que Dios le enviaría profetas, en cuya
boca pondría sus palabras. Una escritura que se cumple en Jesús, quien
aparece ante los suyos como alguien que tiene verdadera autoridad: “Este
modo de enseñar es nuevo”. En otra ocasión el apóstol Pedro lo declaró
también desde su fe: “Tú, Señor, tienes palabras de vida eterna”.
Podríamos decir que el mundo actual ha estallado, a la par del Big Bang
originario, arrollándolo todo mediante una desbordada comunicación.
Infinitos lenguajes arropan el universo. Aparte de la palabra
gramatical pululan los mensajes visuales y simbólicos. Nos encontramos
sobresaturados de ruidos, de sensaciones y de colores. Lo cual nos ha
llevado a banalizar la palabra. A bloquear el corazón para defenderlo
de tantos y tan continuados impactos.
La mayoría entonces de nuestras palabras carecen de autoridad. Si
autoridad viene de autor, nuestros mensajes ya no tienen poder creador.
Es necesario
entonces devolverles su peso y su crédito.
Los abuelos enseñaban con mucha sabiduría: “El que mucho habla mucho
yerra”. Si decrece la oferta de nuestras palabras, como en el campo del
mercadeo, asciende entonces su valor.
De otro lado, si al hablar mis labios concuerdan con mi conciencia y mi
corazón, tengo poder, tengo autoridad.
“Cuando tú abres la boca, dice un proverbio oriental, la gente alcanza a
mirar a tu interior”.
Nos preguntamos entonces si en nuestro entorno familiar, empresarial,
social, político, tenemos autoridad. Vale aquí distinguir entre ser
autoridad y tener autoridad. No es lo mimo. Lo primero se nos da por
número de votos, o por circunstancias aleatorias. Lo segundo nace de la
bondad, la transparencia, la firmeza.
“Toda autoridad viene de Dios”, escribió san Pablo a los romanos. Detrás
de todo nuestro esfuerzo de comunicación está el poder del Señor, que
convierte nuestra autoridad en eficaz herramienta. No importa entonces
que nuestras palabras vuelen, si los ejemplos nos arrastran hacia un
mundo mejor.
Quinto domingo ordinario
Y mi
circunstancia
“La suegra de
Simón estaba en cama con fiebre. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la
levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. San Marcos, cap. 1.
Don José Ortega y
Gasset, un pensador español, nos definió la persona humana de manera
acertada y novedosa: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Porque cada situación
nos condiciona, nos modifica, nos transforma.
Jesús viene a la
tierra no solamente a redimir los espíritus, a salvar las almas. Llega a
sanar todas las circunstancias en las cuales los hijos de Dios nos
encontramos.
Un día el Maestro,
quien ha estado durante la mañana en la sinagoga de Cafarnaúm, se dirige a
la casa de Simón, cuya suegra está en cama con fiebre. No especifica el
evangelista el mal que la aqueja. Pero debió ser grave su enfermedad, pues
conocemos la resistencia de las mamás ante los propios achaques.
Llega el Señor,
acompañado de Santiago y de Juan, como en otras ocasiones importantes. Toma
de la mano a la enferma y la cura. Ella se pone de inmediato a atender a
los huéspedes.
Algunos han
imaginado que la fe cristiana nos exige aislarnos dentro de una campana de
cristal, donde nada ni nadie nos impida el encuentro con Dios. Nada más
descabellado. Cuando Él se hizo hombre tomó para sí todo lo nuestro, todas
nuestras circunstancias y comenzó a sanarlas. Una tarea que los creyentes
hemos de continuar con la levadura del Evangelio.
Muchas cosas
entonces que parecían lejanas del plan de Dios, cobran vigor y brillo ante
esa presencia salvadora de Jesús, “nacido de mujer, nacido bajo la ley”,
como dice san Pablo. Así la familia, la economía, el arte, la ciencia, la
tecnología. Igualmente el ocio, el deporte.
San Pablo en su
carta los filipenses nos dejó este hermoso párrafo: “Por lo demás hermanos,
todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de
honorable, todo cuanto sea virtud y valor, tenedlo en cuenta… y el Dios de
la paz estará con vosotros”.
Pero ocurrió que
una señora salió muy desconsolada de la misa dominical. La gente joven, por
su parte, había quedado motivada y contenta. “En resumidas cuentas, decía la
dama, el padre ya no cree en el pecado”.
La visión griega
del universo le ha hecho mucho mal al Evangelio. No todo en nuestro mundo es
tan negativo y tenebroso. Cuando el libro de Job resalta la miseria de esta
vida presente, sólo muestra una cara de la moneda. El pecado sí existe, pero
no en la medida que tantos pesimistas ponderan.
Conviene verificar
cómo se ha transformado el universo desde la venida de Cristo. Cómo avanza
el Reino de Dios, sanando y embelleciendo todas nuestras circunstancias.
Valdría entonces
una reedición de aquel Cántico de los tres jóvenes que leemos en el libro de
Daniel: “Criaturas del todas del Señor, bendecid al Señor”. Para incluir
allí todas las maravillas del mundo contemporáneo. Y el amor, la verdad y
la bondad que difunden por doquiera hombres y mujeres de buena voluntad.
Sexto domingo ordinario
Un querer
modulado
Hacia el año 600 antes de Cristo, ya un texto hindú mencionaba la lepra como
una terrible enfermedad. Los judíos además la entendieron como un castigo de
Dios. Por lo cual las autoridades del templo debían señalar cuándo alguien
padecía esta dolencia y cuándo, por excepción, se había curado. La
deformación física del doliente y el considerar este mal contagioso e
incurable, marginaba a los leprosos de la comunidad.
Sin embargo, aquel enfermo que había oído hablar de Jesús, se le acercó para
suplicarle de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y el Maestro
superando todos los tabúes, “sintió lástima, extendió su mano, lo tocó y le
dijo: Quiero, queda limpio”.
Más allá de los textos evangélicos, cabrían otras páginas que nos contaran
cuál era el nombre y la aldea natal de este hombre sanado. Qué pudo sentir
durante el breve encuentro con Jesús. Cómo fue su vida en adelante. ¿Se
enteraría luego de la muerte y resurrección del Maestro?
La fe de cada uno de nosotros se ubica sobre un escenario, donde aparecen
siempre dos personajes: Dios y el creyente.
San Marcos describe en un renglón las actitudes de aquel leproso: Se acercó
a Jesús, cayó de rodillas y le suplicó, apelando al poder de Jesús. Pero hay
un matiz de hermoso respeto en la petición de este enfermo: “Si quieres”…
El querer del Señor es siempre el mismo. Su proyecto, como dice el evangelio
de san Juan, es “amarnos a todos hasta el extremo”. Pero mantiene en sus
labios un “quiero”, que llamaríamos modulado. Adecuado a una y otra
situación de quienes nos acercamos a Él.
El bien que nos desea no siempre coincide con aquel que nosotros
identificamos y perseguimos.
Para un enfermo bien pudiera no ser su salud, sino la vida eterna. Para
alguien que le ruega dinero, el Señor sabe que ahora no le conviene. Para un
creyente que sufre, la voluntad de Dios permite que el dolor agregue
quilates a su fe.
Nuestra gente sencilla repite una expresión muy sabia: “No le pongamos
cartilla a mi Dios”. Es decir, no le escribamos un libreto, exigiéndole que
se ajuste a él en todo momento.
Aquel día, el
ruego del leproso coincidió exactamente con el deseo de Jesús. En
otras ocasiones no es así. Y por esto el Señor no deja de ser bueno y
misericordioso. Ni tampoco se eclipsa su condición de Padre tierno y
compasivo. Quienes mostramos una mente y un corazón pequeños somos
nosotros.
Aprendamos entonces a leer entre líneas sobre este jeroglífico de la
historia, la cual Dios nunca deja de su mano. Aunque permita que muchos
otros factores aparezcan de paso.
Todo esto por una razón muy simple. Porque este entorno movedizo sobre el
cual avanzamos no es ninguna sucursal del cielo. Y porque nosotros, no
obstante la buena voluntad de muchos, somos todavía peregrinos.
Sin embargo,
coincidan o no nuestros ruegos con la actual voluntad del Señor, lo
fundamental es mantenernos cerca a Él.
Séptimo domingo ordinario
Los malabares de
la fe
"Cuatro hombres llevando un paralítico, no podían acercarse a Jesús.
Entonces levantaron unas tejas encima de la casa donde estaba el Señor,
abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el enfermo”. San Marcos,
cap. 2.
Cuando los evangelistas anotan que “Jesús estaba en casa”, parecen indicar
que el Señor se encontraba en Cafarnaum, probablemente como huésped de
Pedro.
Ciertas casas judías ofrecían una habitación más amplia de lo ordinario,
capaz de acoger a un grupo, aunque su arquitectura no fuera muy exquisita.
Vigas de madera, entrelazadas con ramas y barro seco formaban su techumbre.
La cual a veces se cubría con cerámicas, o lajas de piedra. Así entendemos
mejor aquel destrozo que hicieron unos forasteros, para acercar al Señor la
camilla en que yacía un paralítico.
“Levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, nos dice el
evangelista, abrieron un boquete y descolgaron al enfermo”.
No
encontramos en ninguna página del Evangelio una fe tan recursiva, ni
análogos malabares para aproximarse al Maestro, como los realizados por
estos amigos del tullido.
Ante esa inesperada visita, literalmente caída del cielo, Jesús le dice al
enfermo con cariñosa actitud: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”.
Es
la primera vez que el Evangelio usa este apelativo. En el original griego es
el mismo que emplea Nuestra Señora, al recuperar a su Niño entre los
doctores del templo.
Aceptaba entonces el Maestro la visión de su pueblo: Enfermedad equivalía
siempre a castigo de Dios por los pecados.
Pero crecía el desconcierto del pobre paralítico. En su historial tal vez no
encontraba culpas graves. Sus amigos lo habían traído en busca de salud y
este profeta respondía de forma muy extraña.
Además ante sus ojos
se desataba un conflicto que él no había buscado, con los escribas y
fariseos: ““Este blasfema, replicaban. ¿Quién puede perdonar los pecados
fuera de Dios”.
¿No sería mejor, pensaba el enfermo, que sus amigos lo regresaran a casa,
donde seguiría con su enfermedad a cuestas, pero en paz?
El Señor responde enseguida a sus enemigos: “¿Qué es más fácil?”´... En
otras palabras: Para mí es igual cosa perdonar pecados o sanar enfermos.
Así resaltaba el
Maestro su condición divina.
Luego se vuelve al tullido y le dice: Tengo poder para ambas cosas. “Contigo
hablo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. El enfermo obedeció
enseguida pues estaba curado.
Salió entonces con
sus camilleros por la puerta de la casa, ante el asombro de todos los
presentes. Y el evangelista no cuenta quién se encargó de reparar los daños
en el techo de la vivienda.
Los catecismos tradicionales nos enseñaron a distinguir con exactitud la fe,
la esperanza y la caridad. Tres actitudes del creyente hacia el Señor,
llamadas por esta razón las Tres Virtudes Teologales. Pero hoy nos
explican que todas tres se integran en una maravillosa mixtura, que
perfecciona al creyente en relación con Dios.
Creer es entonces sentirse necesitado, buscar, tratar de ver en la penumbra,
pedir ayuda al prójimo. Aceptar una aventura con tal de encontrarse con el
Señor. Nos lo enseña aquel paralítico.
Primer domingo de
Cuaresma
Viviendo
entre alimañas
"En aquel tiempo
el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó allí cuarenta días,
dejándose tentar por Satanás”. San Marcos, cap. 1.
Es fácil verificar que nuestro entorno está contaminado por el mal. Pero
además sus fuerzas oscuras se agitan en nuestro corazón. Sin embargo
hay algo más preocupante todavía. A veces nos enamoramos de ese mal,
que se nos presenta acicalado y maquillado. Entonces se activa en
nuestro interior un mecanismo de querer probarlo todo. Mucho más si este
ensayo tiene mucho de suspenso y de aventura.
Todo esto equivale a decir que las tentaciones nos acechan a
diariamente.
Aunque detrás de
esta verificación descubrimos que somos libres, pero a la vez que somos
frágiles y el mal nos vence muchas veces.
Nos cuentan los evangelistas que Jesús también fue tentado. San Marcos
señala de paso que se dejó tentar por Satanás en el desierto. San Mateo
y san Lucas presentan todo un drama, donde se describen con detalles las
tentaciones que asaltaron al Maestro, durante esos cuarenta días de
soledad.
Es un texto donde se enlaza lo simbólico con una lección catequística
para las primeras comunidades: Jesús de Nazaret, el mismo que fue muerto
en Jerusalén la víspera de Pascua y cuya resurrección de entre los
muertos muchos creían firmemente, era un hombre verdadero. No solamente
por su cuerpo mortal sino también por su alma humana, capaz de sentirse
atraída por el mal. Sin embargo los evangelistas resaltan con creces
cómo el Señor venció todos los halagos del maligno, reafirmando su
decisión de obedecer al Padre de los Cielos.
Vale hoy recordar que el Génesis relata cómo Noé al salir del arca,
escuchó de Dios la promesa de no enviar otro diluvio sobre la tierra. Y
de forma muy hermosa el autor del libro simboliza ese compromiso del
Señor en el arco iris, que iluminó el paisaje quizás sobre el monte
Ararat, donde la tradición judía afirma que se detuvo el arca.
Este texto nos enseña también que cuando vencemos la tentación hay una
respuesta de Dios, que se traduce en alegría interior, en fortaleza, en
confianza para seguir adelante por las sendas del bien.
San Marcos al contarnos que Jesús fue tentado, lo sitúa entre las
alimañas del desierto. Así también nos sucede a nosotros.
No porque tildemos de alimañas
a algunos de nuestros prójimos. Aunque pudieran parecerlo ciertas
veces. Pero las principales sabandijas se aposentan dentro de nosotros.
En nuestros instintos vitales, en nuestros mecanismos de defensa.
Cuando Pier
Paolo Pasolini estrenó en 1964 su película “El Evangelio según san
Mateo”, muchos se sintieron desconcertados. El autor presentaba un
Jesús demasiado real, unos apóstoles plenamente comunes dentro del
contexto judío vulgar y ordinario.
El pasaje
de las tentaciones de Cristo nos indica que Dios se hizo hombre
verdadero, sin tapujos ni ardides. Pero a la vez nos ayuda a entender
que con su presencia, cada uno de nosotros puedo subir de este lugar de
alimañas, al Reino de los Cielos, donde todo es paz y armonía. También
nos lo dice san Marcos: “Entonces los ángeles le servían”.
Segundo
Y no es mero
sueño
"En aquel tiempo,
Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan, subió con ellos a una montaña alta
y se transfiguró ante ellos”. San Marcos, cap.9.
Todos queremos ser mejores, o por lo menos aparecer mejores. Para ello nos
ayudan las modas, los variados tratamientos de belleza, las cirugías
plásticas y otros mil artificios que perfeccionan la imagen corporal. Pero
también es necesario perfeccionar nuestro interior. Cuerpo y espíritu
conforman una sola unidad. Íntimamente se relacionan.
Los evangelistas nos cuentan la transfiguración del Señor, la cual tuvo
lugar sobre un monte alto. Allí invitó Jesús a sus tres discípulos más
cercanos: Pedro, Santiago y Juan. El Evangelio no identifica aquella cima,
pero tradicionalmente se ha creído que se trata del Tabor, una montaña de
Galilea, a 588 metros sobre el nivel del mar.
Desde tiempos antiguos, en algunas iglesias de Oriente y de Occidente se
conmemoró este acontecimiento con una fiesta litúrgica, que más adelante, en
1457, el papa Calixto III la extendió a toda la cristiandad.
Sobre aquella montaña Jesús cambió de repente su aspecto exterior, para
explicar a estos apóstoles, en cuanto ellos pudieran comprender, su
condición divina. La cual traducida a nuestros códigos, no alcanza más allá
de un resplandor, unos vestidos blancos, la voz de lo alto, la presencia de
Moisés y Elías y un entusiasmo no exento de miedo, en aquellos invitados.
Quiso el Señor hacerles entender quién era Él, frente a las muchas opiniones
de la gente. Enseguida también del doloroso anuncio de su muerte en
Jerusalén.
Pero al bajar del monte, el Maestro les indica: “No contéis a nadie lo que
habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.
Una advertencia razonable: Esta visión, esta experiencia no alcanza a llegar
a un humano entendimiento sino a la luz de Resurrección.
El año 333 a.C. Alejandro Magno, luego de vencer a los persas conquistaba
luego a Palestina. También cuando Dios se hizo hombre tomó posesión de todo
lo nuestro, potenciando las maravillas que existen sobre la tierra y
venciendo las fuerzas del pecado.
De igual manera, cuando Cristo resucitado avanza hacia nuestro interior
comenzamos a percibir, de forma luminosa, la cercanía del Señor. Y todo lo
nuestro se transforma: Presente y futuro. Mente, corazón, criterios, nuestra
historia diminuta.
Un encuentro que muchas veces se transluce en el área corporal. Se descubre
en un rostro, un tono de voz, una manera de mirar, la agilidad unos brazos
al encuentro de los necesitados.
La transfiguración del Señor también ilumina nuestra hoja de ruta. Llegará
un día en el cual Dios nos tomará para sí definitivamente, “por el prodigio
de un abrazo entre lo humano y lo divino”. Mediante un hecho que comúnmente
llamamos muerte. “La Hermana Muerte Corporal”, bendecida por san Francisco
de Asís.
“Era una llama al viento y el viento la apagó”. Así resume nuestro final
el poeta Barba Jacob. Pero quienes seguimos a Cristo creemos que ese día se
hará realidad todo nuestro empeño en transfigurarnos. Shakespeare tenía
razón cuando aseguró, a través de uno de sus personajes: “Somos de la misma
materia que nuestros sueños”.
Y
san Pablo escribía entusiasmado a los fieles de Filipos: “Nosotros esperamos
al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de
su cuerpo glorioso”.
Tercer domingo de Cuaresma
Teoría de
la relatividad
"Jesús
encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a
los cambistas de moneda. Y haciendo un azote de cordeles a todos los
echó fuera”. San Juan, cap. 2.
Ya el profeta
Jeremías seis siglos atrás, había clamado ante quienes convirtieron el
templo de Dios en “una cueva de ladrones”. Advertencia que seguramente
resonaba en la memoria de muchos contemporáneos de Jesús. Pero la venta
de animales para los sacrificios, y el cambio de dinero por moneda
judía, les reportaba jugosos beneficios a los funcionarios del templo.
El Maestro
había mirado en varias ocasiones este vergonzoso espectáculo: Bueyes,
ovejas y palomas, amontonados entre mercaderes de toda laya y cambistas
malcriados y gritones. Apenas allá lejos podían oírse las plegarias de
los devotos, que venían a adorar a Yahvé, Dios invisible.
Jesús llegaba
ahora a mostrar su autoridad y a explicar su misión. Haciendo entonces
un azote de cordeles, a todos los expulsó y volcó las mesas de los
cambistas. Y les dijo: “No convirtáis en un mercado la casa de mi
Padre”.
Los presentes
nada podían objetar ante quien simple y llanamente, urgía el respeto
debido al lugar santo. Pero el gesto hecho guardaba otras connotaciones:
Este profeta desconocido se arrogaba un poder superior, actuando por su
cuenta y riesgo sin tener en cuenta a las autoridades del templo.
Los
responsables del culto judío habían descuidado lo esencial, dejándose
tentar por las ganancias de aquel mercado. Nos hallamos ante un caso
típico de idolatría. Una flagrante inversión de valores: “No tendrás
otros dioses frente a mí. No te postrarás ante ellos ni les darás
culto”, había dicho el Señor a su pueblo, en tiempos de Moisés.
Entonces
algunos le preguntan a Jesús: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”
Él responde: “Destruid este templo y en tres días lo reedificaré”.
Una expresión
que suena a adivinanza. Aunque imaginamos que al responder, el Señor
habría señalado su propio cuerpo. Pero aún así, sus interlocutores la
tomaron al pie de la letra. Como una ofensa a la dignidad del templo.
“Cuarenta y
seis años, le replican, ha costado construir este templo ¿y tú lo vas a
levantar en tres días?”. Este dato ilumina un poco la cronología de la
vida pública de Jesús. Hacia el año dieciocho de su reinado Herodes
había iniciado la reconstrucción del templo. Si le añadimos los
cuarenta y seis del texto de san Juan, nos situamos en el año 780 desde
la fundación de Roma. Lo cual equivale a los años 26 y 27 de nuestra
era.
El Maestro
enseñaba entonces que el culto judío, ya descalificado por muchos
profetas, no es lo esencial de su proyecto. El mismo templo de
Jerusalén, con toda su magnificencia, pudiera ser o no ser.
El programa
de Cristo, más allá de todos esos elementos visibles, comienza por un
encuentro silencioso con Dios. Continúa por una transformación de la
vida en la sinceridad y en la justicia. Avanza luego hacia un compromiso
con las estructuras visibles, impregnándolas de Evangelio.
Jesús venía a
perfeccionar, pero también a simplificar tantas cosas del Antiguo
Testamento. A enseñarnos que todo es deleznable, todo es secundario,
todo es transitorio. Excepto amar a Dios con todo el corazón y hacer el
bien generosamente a nuestros hermanos.
Cuarto domingo de Cuaresma
Para
estrenar el corazón
El
sanedrín de aquellos tiempos tenía a su cargo fijar la doctrina
religiosa y verificar el cumplimiento de las leyes.
Lo
integraban alrededor de setenta hombres de bien, representantes del
pueblo. Aunque en su interior se agitaban tres beligerantes
partidos: Saduceos, fariseos y zelotes.
A
este cuerpo gubernamental pertenecía Nicodemo. Fariseo, maestro de
la ley y hombre honrado, como lo presenta san Juan. Pero su
condición social le aconsejaba prudencia ante Jesús, cuya persona y
doctrina le atraían.
Escogió
entonces un camino intermedio: Buscarlo alguna noche por las
estrechas calles de la capital.
El
encuentro tiene lugar en casa de algún amigo, de algún pariente del
Señor. A la luz de una lámpara y alrededor quizás de una jarra de
vino, con la cual se obsequiaba comúnmente a los huéspedes.
La
entrevista se desenvuelve sobre tres preguntas del visitante: La
primera: ¿Quién es Jesús?: “Sabemos que has venido de Dios, porque
nadie puede realizar los signos que tú realizas, si Dios no está con
él”. El rabino era un hombre mayor frente a este joven profeta, que
apenas llegaría a los treinta años.
Nicodemo pregunta enseguida sobre el sentido de nacer de nuevo.
También los rabinos hablaban de un renacer espiritual. Pero este
letrado, defensor de las tradiciones de su pueblo, comprende que el
Señor le indica otra forma de nacer. Prefiere entonces aparecer como
ignorante: “¿Puede uno acaso entrar otra vez en el seno de su
madre?”
La tercera
pregunta se refiere al papel del Espíritu en ese nuevo nacimiento.
Jesús hace alusión al viento que acariciaba la ciudad dormida:
“Oyes su voz, pero no sabes de dónde viene”. Y le reprocha a su
interlocutor: “Tú eres maestro en Israel ¿y no sabes estas cosas?”
Enseguida Jesús aborda el tema central de aquel encuentro: “Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca
ninguno de los que creen en él”.
Como
si Jesús dejando su asiento, acercara a Nicodemo a la ventana, para
descubrirle el horizonte ilímite de una noche estrellada. Ya no la
ley, sino el amor. Ya no una tradición envejecida, sino la vida que
revienta en cada uno de los hijos de Dios, por ese amor de Quien
nos ha amado primero.
Sobre
el rostro del rabino se dieron cita entonces apresuradamente el
asombro, la esperanza, la sorpresa, la alegría, la fascinación.
Aludiendo a Nicodemo, Miguel de Unamuno se queja de muchos que
solamente creemos con el cerebro y en el área religiosa nunca hemos
estrenado el corazón. “No son unos principios metafísicos o
teológicos, los que nos acercan a Dios, sino un acto de abandono y
de entrega cordial. Una confianza firme en que al obrar con pureza y
sencillez, servimos a un designio supremo”.
Este
visitante permanece luego en el anonimato. Hasta el final del
evangelio de san Juan, quien lo rescata con un valioso apunte: “Fue
también Nicodemo, el que anteriormente había ido a ver al Jesús por
la noche, trayendo una mezcla de unas cien libras de mirra y áloe,
para embalsamar a Jesús”.
Quinto domingo de Cuaresma
Ese día por
la tarde
El cuarto
evangelista, único que trae este pasaje, lo sitúa el Domingo de Ramos por la
tarde, en las inmediaciones del templo de Jerusalén: Unos griegos quieren
ver a Jesús.
Los judíos de la
diáspora, es decir quienes vivían fuera del territorio palestino, no eran
pocos. Y su presencia entre los paganos había atraído a algunos a la fe de
Israel. Así los “temerosos de Dios” o “los devotos”, que se obligaban a la
observancia del sábado y a otras prescripciones menores, permaneciendo sin
embargo ajenos al pueblo escogido. Pero la clase más numerosa la
conformaban “los prosélitos” quienes, una vez circuncidados, se igualaban en
casi todo a los demás israelitas.
Un grupo de estos
extranjeros desea conocer más de cerca, al profeta triunfador de aquella
mañana. Y para ello le ruegan a Felipe, quien comparte la inquietud con
Andrés. Ambos procedían de Betsaida, una de las pequeñas ciudades cercanas
al lago. Probablemente hablaban griego, pues su región desde los tiempos de
Alejandro Magno, había recibido el influjo de Grecia.
Estos discípulos
trasladan su petición a Jesús. Y san Juan, de acuerdo a su estilo, cuenta el
hecho pero se eleva enseguida a un discurso teológico. En el cual
descubrimos una apretada gavilla de elementos.
El Maestro, ante
la presencia de aquellos extranjeros, contempla cómo su proyecto de
salvación se extiende a todos los pueblos. Y luego, valiéndose de una breve
parábola, explica la condición de sus seguidores aquí en la tierra. Hay que
morir a muchas cosas para alcanzar unos bienes superiores: “Si el grano de
trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho
fruto”.
El Señor además
se muestra angustiado ante su próxima muerte. Pero prolonga su enseñanza
bajo unos signos que ocurren de momento, como una voz del cielo. Para
confirmar que cuando sea elevado en la cruz, a todos los atraerá hacia Él.
Ciertos biblistas
afirman que en este párrafo faltan algunas líneas, extraviadas por obra de
los copistas. No se consigna ningún gesto de acogida, ninguna palabra de
Jesús hacia los extranjeros que quieren verle.
Muchos de
nosotros podríamos también hacer nuestra la frase de aquellos gentiles:
“Queremos ver a Jesús”.
Para algunos,
deseando sentir de un modo más luminoso la presencia del Señor en sus vidas.
De ese Dios al cual siempre han buscado, pero que permanece en la penumbra.
Para otros la
frase podría expresar que ojalá Dios les explicara hasta el convencimiento,
muchas cosas de la fe cristiana que no logran comprender todavía.
Una curiosidad
elemental hacia la dimensión religiosa que exige nuestra naturaleza,
pudiera ser el punto de partida que culminara en un encuentro con el Señor.
En una iluminación de todo lo nuestro, bajo la luz de la fe.
No esperemos que
los golpes de la vida nos pongan algún día contra la pared. Desde el éxito
de una profesión alcanzada, de un bienestar económico logrado, desde la
serenidad de una misión cumplida, tratemos de buscar al Señor. Ese Dios
“cuerpo de bomberos”, “clínica de urgencias” no es propiamente el que nos
presenta Jesús, quien nos habló de un Padre misericordioso
Domingo de Ramos
“Se acercaban a Jerusalén. Entonces los discípulos, llevaron un
borrico y le echaron encima los mantos. Jesús se montó y la
gente gritaba: Bendito el que viene en nombre del Señor”. San
Marcos, cap. 11.
La solemne entrada de Jesús en Jerusalén no fue un sólido
triunfo. Aquel entusiasmo, aquellas aclamaciones mesiánicas,
motivadas por la persona del Maestro pero además por la
reciente resurrección de Lázaro, pronto se disolvieron. El
verdadero triunfo del Señor ocurrió luego, según Él mismo había
anunciado: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a
todos hacia mí”.
El Señor y los suyos habían amanecido en Betania. Tomaron luego
el camino de unos tres kilómetros que remontaba hacia el Monte
de los Olivos, para bajar luego hacia la capital. Pero antes
Jesús tomó prestado un borrico, en la vecina aldea de Betfagé.
Mientras avanzaban, se les unieron muchos peregrinos que
llegaban también a celebrar la Pascua. Al encontrar a Jesús, de
quien habían escuchado cosas maravillosas, se creó de inmediato
un clima de alegría y arrebato.
Los discípulos enjaezaron de afán el asnillo y el Maestro se
montó. Otros alfombraban el camino con sus mantos, y gritaban:
“Bendito el que viene en nombre del Señor”.
Ese día Jesús no rechazó aquella ovación y quiso mostrar su
condición de Mesías. El asno era entonces en Palestina la
cabalgadura de las personas notables. Y san Mateo, tan amigo de
relacionar sus relatos con el Antiguo Testamento, añade un texto
de Zacarías: “ Decid a la Hija de Sión: He aquí que tu rey
viene, lleno de mansedumbre y montado en un pollino”.
Esta escena que nos presentan los evangelistas pudiera dibujarse
como la trae el apóstol, escribiendo a los Filipenses: “Al
nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame:
Jesucristo es el Señor”.
Sin
embargo ese himno, al comienzo, describe un Viernes Santo:
“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios. Se despojó de su rango y tomó la condición
de esclavo, pasando por uno de tantos, hasta someterse a una
muerte de Cruz”.
La
verdadera victoria de Jesús, se dio entonces por su muerte y su
resurrección.
La
primeras comunidades guardaban en su memoria y en su corazón el
triunfo del Maestro: “Él mismo se apareció a más de quinientos
hermanos, de los cuales todavía la mayor parte viven”, leemos en
la carta a los corintios.
Pero no convenía permanecer engolosinados con el triunfo del
Maestro. Era necesario recordar ese abismo en el cual Dios se
sumergió, única y exclusivamente para hacernos comprender su
amor.
En consecuencia, todo lo vistoso y hermoso de la Semana Mayor,
todo cuanto oremos y pensemos, ha de mantener una indispensable
música de fondo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.
Nuestra vida es un apretado manojo de tareas, preocupaciones,
proyectos, y esperanzas. También de dolores y fracasos. Y
valdría preguntarnos: ¿Qué espacio ocupa la persona de
Jesucristo, en esa trama que se enmaraña y se disuelve, cuando
menos lo pensamos.?
Si no
encontramos, allá en nuestro interior, ningún espacio donde el
Señor habite, entonces, a pesar del Bautismo, caminamos a solas,
hacia una meta desatinada y absurda. Sin embargo el ritornelo
nos repite: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.
Domingo de Pascua
La
prisa de aquella madrugada
“Salieron entonces Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.
Los dos corrían juntos pero el otro discípulo corría más que Pedro.
Luego entraron al sepulcro vacío, vieron y creyeron”. San Juan, cap.
20.
Todo fue tan veloz que los protagonistas de este acontecimiento
apenas podían asimilarlo. Las piadosas mujeres corrieron al huerto
muy temprano, para completar el embalsamamiento del Señor. La tarde
del viernes, por la proximidad del descanso sabático, todo se había
hecho de afán. Pero quedaron asombradas al ver removida la piedra
del sepulcro. Corrieron entonces a avisarle a Pedro.
El jefe de Los Doce estaría por allí cerca, rumiando la desventura
de su traición. Y el alma en vilo entre la promesas del Maestro y
la catástrofe de su muerte en cruz. Pero también corrió hacia el
huerto, acompañado del otro discípulo que había estado con Jesús
hasta el final.
Los dos
corrieron para asomarse sorprendidos al sepulcro. La vendas que
habían amortajado al Señor estaban por el suelo y aparte el sudario.
Y como dice san Juan, entraron, vieron y creyeron.
Ante la fe de estos apóstoles sólo había entonces un sepulcro vacío,
unas mortajas, la angustia de unas mujeres que no se explicaban
dónde estaría el cuerpo del Señor.
Pero la noticia se divulgó rápidamente por toda la ciudad. Y muy
pronto el mismo Jesús vino a confirmar a quienes creían de veras en
Él: Había resucitado. Se hizo visible ante sus amigos en el
cenáculo. Se les apareció a la orilla del lago. Compartieron con Él
unos desconsolados discípulos que regresaban a Emaús.
Lo vieron. Él les mostró las señales de los clavos y de la lanza.
Invitó a Tomás a comprobar que era Él mismo. Comieron con él.
San Pablo les escribirá más tarde a los corintios: “Cristo se
apareció también a más de quinientos hermanos, de los cuales la
mayoría vive todavía”.
Como quien dice: Pregúntenles y ellos les confirmarán su seguridad
sobre Jesús resucitado.
Una impostura se desvanece muy pronto en el tiempo. Pero esta
afirmación del apóstol tiene lugar hacia el año cincuenta y siete
de nuestra era. Habían pasado casi veinticinco años desde la
muerte del Señor.
El libro de los Hechos nos presenta varios discursos, donde san
Pedro explica la fe de las primeras comunidades. La experiencia de
Cristo resucitado le brota por los poros del alma.
Pocos días después Esteban y Santiago entregarán su vida por el
Maestro. Así comienza una infinita teoría de hombres y mujeres que
con su sangre continúan afirmando: Sí resucitó.
Un día san Pablo fue llevado ante el procurador Festo, quien luego
declaró: “Sobre este hombre no conozco ninguna acusación de crimen,
solamente que predica sobre un tal Jesús, ya muerto de quien afirma
que está vivo”.
Pues bien: De
esos somos nosotros, quienes en este siglo, seguimos afirmando que
Cristo resucitó de entre los muertos.
Aquella primavera que floreció en Jerusalén a finales del mes de
Nizán nos envuelve el alma. Se nos trasluce diariamente en un modo
de amar, un modo de luchar, de sufrir y de esperar.
Es la Pascua
Florida que decían nuestros abuelos, con su derroche de vida,
entusiasmo y colorido: ¡Jesús resucitó!. Estación obligatoria para
todos los discípulos de Cristo. A pesar del pecado, del dolor y de
la muerte.
Segundo domingo de Pascua
Ciegos afortunados
“Pero Tomás les contestó a los otros discípulos: Si no veo
en sus manos la señal de los clavos, si no meto la mano en
su costado, no lo creo”. San Juan, cap. 20.
Los de la oposición estarían radiantes. Por fin hubo alguien
que no se dejó alienar por aquel profeta nazareno. Hasta
habrían pensado en un mitin por las calles de Jerusalén,
liderado por Tomás, para gritar enfebrecidos: “No, no, no
resucitó”.
Pero el apóstol era un hombre honrado, honesto consigo
mismo. La muerte de Jesús le desgarraba el alma. Todas sus
ilusiones y expectativas yacían por el suelo. Mas no por
eso, o precisamente por esa razón, acudió también al
cenáculo, luego de ocho días de tragedia interior.
Sin embargo, no le convencían las afirmaciones de sus
compañeros: “Hemos visto al Señor”. Al fin y al cabo, la fe
es un fenómeno personal, aunque sus expresiones algunas
veces sean grupales. En medio de todo amaba sinceramente al
Señor. Y “el amor es más fuerte que la muerte”.
Mientras tanto, el Maestro se encuentra en otra esfera, en
otra dimensión, que la actual teología actual no alcanza aún
a explicarnos. Pero le urge desde allí, confirmar la fe
incipiente de sus discípulos.
Por lo cual realiza varios signos, para hacerles entender
que la muerte no lo había vencido del todo. Para Él morir
fue un trágico episodio, inicio y prólogo inmediato de algo
más sublime y estable. Por ello el Señor se hace visible
en el cenáculo y en otros escenarios. Por eso come con
ellos, conservando además las cicatrices de los clavos, y
también de la lanza que le traspasó el corazón.
Tomás se atreve a pedir algo más convincente: Tocar a quien
regresa de la muerte, comprobar con sus manos la herida del
costado. Que todo ello no fuera a ser una ilusión óptica.
Jesús parece aceptar la confrontación y al regresar al
cenáculo, se dirige personalmente al discípulo receloso:
“Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela
en mi costado”.
Durante este encuentro del Maestro con los suyos, ha
resonado en el recinto una palabra maravillosa: “Shalom”.
El saludo común
de
los hebreos que contiene un deseo dinámico de serenidad, de
alegría constante, coherencia interior para quienes lo
reciben. “Salam” dicen los árabes. “Shalom alejem”, paz a
vosotros, repiten los judíos.
Es la paz el fruto maduro de la fe. Lo comprobamos en
tantas personas que han pasado por mil tribulaciones y al
fin hallaron, en su encuentro con el Señor esa serena
firmeza, esa firme serenidad. Algo que comienza por una
convicción y avanza hacia una agradable sensación.
“Ciegos afortunados”, llama un autor a los creyentes en
Cristo. ¿Pero qué es lo que no vemos? ¿Las infinitas
tragedias que azotan al mundo?. No propiamente. También
las contemplamos y nos duelen muy hondo. Pero al mirarlas,
les imprimimos otra dimensión y otra luz. Todo ese dolor y
ese mal, toda esa basura que ensombrecen la historia, se
transfiguran por la presencia del Resucitado.
Esto corresponde a la palabra de Cristo en el cenáculo, a un
Tomás trémulo y confuso, que apenas alcanza a balbucir:
“Señor mío y Dios mío”.
Jesús proclama entonces una alabanza que nos arropa a muchos
de nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
Tercer domingo de Pascua
Buen material
didáctico
Según santo Tomás de Aquino, son cuatro las cualidades de los cuerpos
gloriosos: Impasibilidad, pues ya no sufren
dolores ni muerte. Agilidad, para desplazarse de inmediato hacia donde
deseen. Sutileza: Pueden atravesar los cuerpos materiales. Y claridad: Una
belleza radiante, que varía de acuerdo a la santidad de cada mortal.
Agradecemos al Doctor Angélico, pero su explicación nos deja un poco
perplejos. Tal enseñanza parece apenas una intuición relacionada con Jesús
resucitado. Y además nos la presenta desde nuestros esquemas terrenales.
Las
condiciones de un cuerpo resucitado han de ser mucho más de cuanto podamos
ahora imaginar.
Desde
sus comienzos las primeras comunidades cristianas repetían que “Jesús subió
al cielo está sentado a la derecha de Dios”. Lo cual, según muchos teólogos,
ocurrió de forma inmediata a la muerte del Señor. Sólo que hubo de necesidad
de una posterior presentación, más plástica, para que los apóstoles
asimilaran el acontecimiento. De allí el relato de la Ascensión que nos
ofrecen los evangelistas.
Pero el Señor Resucitado necesitaba relacionarse con los suyos para
confirmarlos en la fe. Para esto empleó un valioso material didáctico, que
lo acercara a sus desconcertados discípulos. Ya no estaba por los caminos de
Galilea, a la orilla del lago, por el camino que sube de Jericó a Jerusalén.
Se
hizo entonces visible a María Magdalena, quien lo confundió con el
hortelano. Acompañó a unos viajeros que iban camino hacia Emaús. Se hizo
presente a los apóstoles reunidos en el cenáculo. Pero además los invitó a
comprobar físicamente que era Él mismo, que un fantasma no tiene carne ni
huesos. Les mostró las señales de los clavos, de la lanza en su costado.
San Lucas cuenta además que otro día, les pidió algo de comer y los
discípulos le ofrecieron un trozo de pez asado.
Al correr de los años, el Señor Resucitado fue cambiando su pedagogía, para
ofrecer otros mecanismos de enseñanza.
Aquel método empleado con sus primeros discípulos pudo ser un poco
infantil. A la medida de quienes apenas comenzaban a creer.
Ahora el Maestro dispone de otro variado y rico material pedagógico. Las
ciencias a granel se lo proporcionan. El conocimiento de la naturaleza,
desde los astros hasta los abismos del mar. Una asombrosa maquinaria en
movimiento, bajo estrictas leyes que la equilibran y proyectan. Todas las
dimensiones del arte que son, bien lo sabemos, la acertada y hermosa
combinación de las cosas posibles. La bondad y la verdad que envuelven toda
la tierra, no obstante lo negativo que a veces las opaca.
Una madre de familia elabora, desde la fe cristiana, el suicidio de su hijo.
Un profesional acepta una grave enfermedad con serenidad y esperanza en el
Señor. Un misionero se gasta tres años aprendiendo una abstrusa lengua,
para predicar el evangelio a otros hermanos. Alguien regresa a la fe, luego
de muchos años de amarga lejanía, solamente al leer el Evangelio.
Todo ello nos indica que Jesús vive y actúa entre nosotros. “Decid, si
preguntan dónde,
que Dios está -sin mortaja- en
donde un hombre trabaja y un corazón le responde”.
Cuarto domingo de Pascua
Perfil de
un buen pastor
“Dijo Jesús:
Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Yo
conozco las mías y las mías me conocen a mí”. San Juan, cap. 10.
Entre los
animales domésticos la oveja no es la más inteligente. Tampoco la más
fuerte y veloz. Pero desde tiempo inmemorial se ha criado en nuestro
entorno. Quizás por su mansedumbre. Pero ante todo por los beneficios de
leche, carne y lana que nos aporta.
De otro lado,
cuando el hombre primitivo comenzó tímidamente a hablar de un ser
superior, encontró a la mano una obvia comparación: Dios es como un
Pastor y nosotros somos su ganado.
Según cuenta la
biblia, desde los tiempos de Abraham, los rebaños abundaron en la región
de Mesopotamia. Y cuando la religión judía se fue estructurando al
regreso de Egipto, esta forma de mirar a Dios como un pastor, hizo
carrera en la tradición del pueblo.
Jesús mismo
empleó idéntico símil en varias ocasiones, redimiendo la tosquedad y la
mala fama de los pastores de entonces: “Yo soy el buen Pastor. El buen
pastor da la vida por sus ovejas. Yo conozco las mías y las mías me
conocen a mí”.
Ofrece aquí el
Maestro un modelo de relaciones humanas. El cual podría orientar, de
manera fructuosa, el trato ordinario entre todos los miembros de la
Iglesia. Al fin y al cabo Jesús es el mayoral de toda la grey, como dice
san Pedro en una de sus cartas. Y cuantos tenemos alguna responsabilidad
en la comunidad creyente, también somos pastores.
Jesús sigue
adelante describiendo al pastor ideal: “Da la vida por las ovejas”. La
fe cristiana mantiene como hecho central esa entrega del Señor para
salvarnos. Muerte y resurrección que hemos celebrado durante la Semana
Mayor.
Pero existen
muchas maneras de entregar la vida por los demás. Lo hacemos cada día,
en módicas cuotas, en favor de aquellos a quienes amamos.
Dar la vida es
hacer que el otro surja, que se califique mediante nuestro esfuerzo y
nuestro sacrificio. Dar la vida es aceptar desaparecer, mientras otros
asumen su merecido protagonismo.
El Señor, con
profundo conocimiento de nuestra condición, añade otros rasgos al perfil
de un pastor ideal: Conoce a sus ovejas. Las puede identificar en cada
momento.
En este tiempo
de tantas comunicaciones, vivimos sin embargo incomunicados con quienes
nos rodean. Mucho ruido quizás y pocas nueces.
Sobre aquel
paisaje campesino de Galilea donde pastaban los rebaños, se ofrecían
atajos que podían desorientar a las ovejas. También barrancos detrás
de los cuales se escondían los ladrones, o acechaban los lobos.
El buen pastor,
añade Jesús, no es como el asalariado, que huye ante el peligro, dejando
abandonada la grey.
A este espejo
del Buen Pastor hemos de mirar hoy obispos, sacerdotes, diáconos, padres
de familia, educadores, comunicadores, políticos. Todos cuantos tenemos
la tarea de acompañar al pueblo de Dios.
Y también
muchos jóvenes que desean servir a la comunidad en innumerables tareas.
Entre las cuales se destaca el anuncio del Evangelio, a quienes todavía
no conocen a Jesucristo.
En el “Libro de
la Vida”, del cual nos habla el Apocalipsis, Dios escribe cada día con
letra hermosa y paternal emoción, todo cuanto hacen, aquí y allá, los
buenos pastores. Tantas veces en un glorioso anonimato.
Quinto domingo de Pascua
Así
como una vid
“Dijo
Jesús: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador: Al que no
permanece en mí, lo tiran fuera como al sarmiento seco y lo echan al
fuego”. San Juan, cap. 15.
El cedro ha sido el emblema nacional
para la república del Líbano. De igual manera la vid para Israel,
desde el Antiguo Testamento.
En diversas ocasiones los profetas compararon al pueblo escogido con
una viña, trasplantada por Yahvé desde Egipto. La cual, sin embargo,
decepcionó a su dueño. “Y la viña no dio uvas - dice un poeta
religioso - ni el lagar buena bebida. Sólo racimos amargos y zumos
de amarga tinta”.
El Señor retoma ese mismo símbolo para presentarse ante su
auditorio, haciendo énfasis en el adjetivo: “Yo soy la verdadera
vid”. Es decir, una viña que no defrauda al labrador, que es el
Padre de los cielos.
El Concilio Vaticano II señaló algunas figuras con las cuales la
Iglesia ha sido presentada. La llamaron “Agricultura de Dios”, viña
elegida, de la cual nosotros somos los sarmientos. En cambio a las
ramas secas las aguarda la hoguera.
Jesús nos llama a permanecer unidos a Él y repite seis veces el
verbo. De lo contrario no daremos fruto.
¿Pero cómo podremos perseverar unidos al Señor?
Habría una conexión de tipo intelectual. Algo sabemos de Nuestro
Padre del cielo. Algunas cosas recordamos de lo aprendido en el
hogar, o en el colegio. Es una fe del inconsciente, apenas germinal,
pero que podemos cultivar y proyectarla a la vida.
Se da igualmente una conexión con Dios de tipo
afectivo. “Nada hay amado si antes no fue conocido”, enseñaba la
vieja filosofía. Si algo sabemos de Dios, si logramos comprender un
poco su bondad, su misericordia, su ternura, su amor perseverante,
es del todo imposible que no lo amemos. Con ese amor frágil e
intermitente que alberga nuestro corazón. Pero amor al fin y al
cabo. Y amor que se acrecienta si procuramos cuidarlo, si desde la
intimidad de la conciencia lo activamos hacia el Señor.
Pero viene otra manera, más
expresa y segura, de permanecer en comunión Dios: Mediante las
buenas obras. O mejor dicho, si nos hemos propuesto capitalizar
aquella cuenta corriente allá en el cielo. La cual Jesús llama
tesoro, que no pueden robar los ladrones, ni tampoco la herrumbre y
la polilla logran deteriorar.
Cuando hacemos el bien, y si lo
hacemos reiteradamente, se comprueba que la savia de Dios ha entrado
en nuestras venas. Y exagerando un poco nuestra humilde
experiencia, pudiéramos también afirmar con san Pablo: “Vivo yo,
más no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.
Todo ello es teoría y
elucubración, dirán algunos. Todo ello es inexacto, señalamos
nosotros. Porque al explicar las cosas de Dios solamente alcanzamos
a emplear seudónimos. Sin embargo todo ello es realidad. Una
realidad misteriosa. No en el sentido de algo absurdo, que somos
incapaces de captar. Sino como un hecho - nuestra permanencia en el
Señor - que tiene siempre un más allá. Esto es lo que llamamos
misterio.
¿A qué horas les pone Dios colores
a las rosas? ¿A qué horas endulza las frutas, o les da resplandor a
las estrellas?. ¿A qué horas nos comunica su vida? De día y de
noche. Un amor verdadero nunca padece interrupciones.
Sexto domingo de Pascua
Amor y amores
“Dijo Jesús:
Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he
amado. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”.
San Juan, cap. 15.
A medida que la tierra se desplazaba en su órbita, aquella máquina
infernal y cósmica iba absorbiendo todo el amor que encontraba en el
corazón de los hombres. En algunos hallaba cantidades notables y
gloriosas. En otros, solamente briznas agonizantes. En algunos más,
apenas vestigios de algo que fue y ya no es. Todo ello lo iba
procesando aireadamente aquel artilugio satánico, mezclándolo con
odios y sombras, hasta convertirlo en desechos inútiles que arrojaba
al espacio.
Los efectos no se hicieron
esperar. La violencia arropó en un instante todo el globo terráqueo.
Los suicidios se multiplicaron hasta el infinito. Y la humanidad
agonizó sin motivos ya para vivir ni para esperar.
Así podemos imaginar el
final de la historia humana si el amor no avanza, impulsado por la
presencia de Jesucristo y los esfuerzos de tantos hombres de buena
voluntad, que todavía creemos en un futuro mejor.
Durante la cena de
despedida, Jesús presentó a sus discípulos una amplia gama de
reflexiones, haciendo énfasis en los temas centrales de su
predicación. Uno de ellos, o quizá el más importante: El amor. En
otros lugares el mismo san Juan se esforzará en explicarnos que la
naturaleza de Dios es amor.
Según los pensadores
griegos, naturaleza es aquello por lo cual una cosa es ella misma y
no otra.
Trasladando esta
afirmación hacia Dios, algo podremos comprender de cuanto es Él. De
su presencia amorosa. De su proyección sobre el nosotros.
Desde tiempos antiguos el
amor se manifestó en el corazón del hombre y se proyectó hacia sus
semejantes: “Vivir es amar”, decían los antiguos poetas. Los mismos
dioses del Olimpo dieron repetidas lecciones de amor, aunque en
medio de otras realidades que lo devaluaban.
Pero Jesús viene a
clarificarnos todo esto. A enseñarnos que amar es lo esencial. Para
ello nos presenta una meta y un
El mundo
actual está enfermo de análisis, cuando necesita ante todo un
proceso de síntesis. Nos volvimos demasiado cerebrales al enfocar
nuestros problemas. Muchos de ellos podrían solucionarse si nos
acercamos al prójimo, con el corazón en la mano, para descubrir en
compañía cuántas cosas nos unen.
Entre los
valores que nos propone el cristianismo hay dos fundamentales y
obligatorios, en la exposición magistral de algún teólogo de muchas
campanillas y en la catequesis elemental para unos niños campesinos:
La paternidad de Dios y la fraternidad entre todos nosotros. Esto
nos lo enseñó Jesús, cuando nos dijo que “Dios es amor y quien
permanece en el amor, permanece en Dios”.
Sin embargo
en la vida real se dan muchos amores. Muchos que nunca pasarían un
examen de calidad, porque son egoísmos disfrazados.
Valdría
entonces la pena que algún día examináramos nuestro haber, en aquel
archivo: “Amor y amores”. Quizás nuestra preparación intelectual es
suficiente para optar por muchas tareas de renombre. Que nuestros
bienes económicos nos garanticen una vida digna y segura. Pero
¿cuánto poseemos de amor?. ¿Apenas unas briznas agonizantes?
Fiesta de la Ascensión
¿Cuándo uno es grande?
“Jesús les dijo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a
toda creatura. Después subió al cielo y se sentó a la derecha de
Dios”. San Marcos, cap. 16.
Así
preguntaba un niño a su papá: ¿Cuándo uno es grande? – ¿Por
qué?, le dice el padre. - Para no tener que comulgar.
Muy deficiente la visión de adultez que tenía aquel pequeño,
recogida obviamente en su entorno familiar.
Tampoco eran muy maduros los discípulos del Señor. Un día
discutieron acaloradamente sobre quién de ellos sería el más
importante.
Ahora
cuando se va a los cielos, el Señor pretende que ellos sean
adultos, maduros en la fe. Lo cual no lograron sino después de
un largo proceso.
Dos
líneas apenas ofrece san Marcos para contarnos el hecho de la
Ascensión. Todo lo demás fue preparación y consecuencias. Jesús
se aparece a los Once, como lo había hecho repetidas veces luego
de su resurrección. En aquella ocasión les manda ir por todo el
mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura.
Unos meses antes los había enviado a una primera excursión
pastoral, pero advirtiéndoles que sólo pisaran las ciudades de
Israel. Ahora les abre un horizonte inmenso y los envía a todos
los hombres, de todos los pueblos.
El libro de Los Hechos explica que los apóstoles no
comprendieron muy bien la intención de Jesús. Al comienzo
rechazaban en sus comunidades a quienes venían del paganismo.
Pero más tarde, por obra y gracia de san Pablo quien tenía a su
favor el contacto con tres culturas, judía, romana y griega,
comenzaron a entender que el Evangelio era una herencia para
toda la humanidad. No solamente un maquillaje del judaísmo.
Este proceso ocasionó frecuentes tensiones en la primitiva
Iglesia. Nos lo cuenta san Lucas en Los Hechos.
El relato de san Marcos sobre la Ascensión del Señor, está
confeccionado dentro de unos esquemas demasiado humanos:
Cristo es llevado al cielo. Una nube lo oculta a los ojos de
sus amigos. Jesús está sentado a la derecha de Dios. Unos
hombres vestidos de blanco aparecen de repente para explicarles
a los discípulos lo sucedido.
Pero lo esencial del acontecimiento es que, desde entonces,
Jesús estrena una nueva manera de estar con nosotros. Ya no lo
hace de una forma visible y sensible. Es algo más estable y
excelente. Una manera que ni el tiempo ni el espacio pueden
obstaculizar. Cabría aquí la palabra de san Pablo a los
atenienses: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”.
Según san Mateo, el Señor había dicho a los discípulos: “Yo
estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los
siglos”.
Algunos comentaristas enfatizan demasiado la orfandad de
discípulos, luego de la Ascensión del Señor. Pudo ocurrir que
ellos se sintieran desamparados, sin un plan de trabajo
definido, frente a la enorme tarea que el Señor les había
encomendado. Pero conviene entender que toda orfandad nos
empuja sin remedio a la madurez. Enterrar a los progenitores,
con todo el dolor que ello implica, es graduarnos de adultos.
Por lo tanto, adulto en la fe es el creyente que descubre todos
los días a un Dios cercano. El que contempla al Señor entre las
sombras. A un Dios que nos habla en el silencio, que nos da luz
y fuerza en cada encrucijada del camino.
Pentecostés
Un poquito de viento
“Jesús exhaló su aliento sobre los discípulos y les dijo:
Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,
les quedan perdonados”. San Juan, cap. 20.
Casi todos los libros de ciencia de ayer y de hoy, pudieran
escribirse bajo este epígrafe: “Para explicar lo
inexplicable”. Una tarea que la teología ha querido
realizar, pero ha fracasado en el intento. No le alcanzan
los ojos ni las alas. Entonces con la mejor voluntad, se
entretiene presentándonos imprecisos bocetos, acercamientos
y comparaciones sobre quién es Dios y su acción salvadora
hacia nosotros.
Aunque suponemos que en aquel momento del Big Bang no sería
una suave brisa solamente. Los científicos aseguran que
nuestro mundo comenzó a existir, luego de una gran explosión
que desparramó la materia por el espacio. Y entonces
comenzaron a conformarse los astros.
En
repetidas ocasiones, Jesús explicó a sus discípulos, que su
Espíritu los acompañaría siempre, mucho más cuando Él se
hubiera ido al cielo. Luego de la resurrección, se hizo
presente en el cenáculo y exhalando su aliento sobre ellos,
les dijo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados”.
De
este modo les explicaba su futura presencia. Les daba poder
para borrar pecados, al impulso de un poco de viento salido
de su boca. También aseguraban los judíos que el aliento
nace del corazón. Ese perdón que gozamos los creyentes nos
llega del corazón de Dios.
Cuarenta días más tarde, según escribe san Lucas, “un ruido
del cielo como el de un viento impetuoso, resonó en la casa
donde se encontraban los discípulos. Unas llamaradas se
repartían sobre la cabeza de cada uno. Y todos se llenaron
del Espíritu Santo”. Estos signos, así les infundieran
miedo, explicaban un poco lo que estaba sucediendo en lo
interior de aquellos discípulos. Dios llegaba a sus vidas de
una forma fuerte y extraordinaria.
El
libro de los Hechos señala que esto ocurrió mientras se
celebraba en Jerusalén la fiesta de Pentecostés. Una
solemnidad judía que tenía lugar al final de la cosecha de
la cebada y antes de comenzar la del trigo. Generalmente por
los meses de mayo y junio en nuestros calendarios. Dicha
celebración tuvo en su origen, un sentido de acción de
gracias por los frutos recogidos. Pero luego se orientó a
conmemorar la Alianza y a agradecer a Yahvé la Ley de
Moisés.
Hay un himno que la Iglesia repite en estos días. Y sSegún
la tradición fue escrito por un monje del siglo IX, llamado
Rabano Mauro, obispo luego de Maguncia.
En el concilio celebrado en Reims en 1049, bajo el papa
León IX, se cantó solemnemente esta plegaria, que comienza:
“Ven, Espíritu Santo”.
Mediante varias comparaciones, el autor nos describe qué
cosas realiza ese Dios en nosotros. A ese Espíritu lo llama
rayo de lumbre, padre de los pobres, luz de los corazones,
consuelo, huésped del alma, descanso, frescura, paz. Una
larga y hermosa letanía que algo puede enseñarnos.
Pero tengamos en cuenta: Para entender un poco las cosas de
Dios vale más sentir serenamente que Él nos envuelve,
cerrando los ojos y escuchando el silencio.
La Santísima Trinidad
El claroscuro del misterio
“Dijo Jesús a los Once
discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo”. San Marcos, cap. 28.
Cierto predicador de
muchas campanillas, iniciaba un curso sobre “La
incidencia del cristianismo en la cultura occidental”.
La mayoría de asistentes eran profesores y alumnos
universitarios. Enseguida de la primera exposición,
vinieron las inquietudes. Un estudiante pidió al
conferencista: ¿Usted me pudiera explicar el misterio de
la Santísima Trinidad?.
El profesor,
sintiéndose bastante incómodo, sólo pudo responder: Pido
disculpas, pero no vine preparado sobre este tema.
Y uno preguntaría: ¿En
cuánto tiempo logrará prepararse? ¿Y cuando lo consiga,
¿sí entenderemos el misterio?. Comprendiendo por
misterio aquello que tiene siempre un más allá. Un
claroscuro que sin embargo nos atrae y fortalece.
Ese día el Señor no
pretendió golpearnos la mente con una fórmula
incomprensible. Nos invitó más bien a levantar los ojos
y el corazón, para que contempláramos la grandeza de un
Dios, que se derrama en Tres Personas distintas.
Según la tradición, fue
Tertuliano
apologista cristiano del siglo III, el primero en usar
el término Trinidad. Sin embargo, la confesión de
fe en Dios Uno y Trino, estaba implícita en los primeros
credos cristianos.
Esta fe trinitaria de
la Iglesia despertó numerosas tensiones y varias
herejías.
Y había cierta razón.
Abraham había enseñado a los israelitas que no hay sino
un solo Dios. Lo leemos en el Deuteronomio: “Reconoce y
medita en tu corazón que el Señor es el único Dios, allá
arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra no hay
otro”. Mientras los pueblos vecinos adoraban muchos
dioses.
Por lo cual a algunos
cristianos del siglo III y IV, esta fe en la Santa
Trinidad les pareció un regreso al antiguo politeísmo.
Intervinieron entonces diversos concilios, entre ellos
Nicea y Constantinopla, sobre todo frente a Arrio y sus
seguidores. Ellos clarificaron ante las comunidades
cristianas que no adoramos tres dioses, sino un solo
Dios en Tres Personas.
Numerosos catequistas
de todos los tiempos gustan de presentarnos a la
Santísima Trinidad, mediante símiles de la naturaleza,
cuyas cualidades explican, acomodándolas a Dios. Y nos
repiten que Dios es Amor, lo cual exige un Amante, un
Amado y un Lazo de amor que los une.
Pero a veces, todo
esto parece el discurso que unas piadosas gaviotas han
tejido, sobre la anchura y la profundidad del mar.
Los rabinos judíos no
se esforzaban en explicar a Yahvé, sino en señalar sus
maravillas. E invitaban al pueblo a alegrarse y a
consolarse por su grandeza y cercanía: “Dichosa la
nación cuyo Dios es el Señor”, reza el salmo 32. Igual
cosa podemos hacer nosotros.
Solemnidad del
Corpus Christi
Alianza
estratégica
“ Mientras comía con sus discípulos, Jesús tomó un pan y
lo partió, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y
cogiendo una copa, les dijo: Esta es mi sangre, sangre
de la nueva alianza”. San Marcos, cap. 14.
Bajo una choza en las afueras del pueblo, agoniza la
señora Aurelia.
El joven párroco enciende de afán su motocicleta y se
pierde entre la calle polvorienta: “El cuerpo de
Cristo”. La anciana apenas puede recibir un fragmento
del Pan consagrado, ayudada de un sorbo de agua.
Enseguida cierra los ojos, para abrirlos unos minutos
más tarde a la luz de la gloria.
Pero ese trozo de pan ázimo, el Santísimo Sacramento del
Altar, tiene una prehistoria. El domingo anterior ante
un grupo de fieles, el sacerdote se había inclinado
sobre el altar, para repetir un texto que nos transmite
el Evangelio. “La víspera de su pasión, estando a la
mesa con sus discípulos, Jesús tomó el pan y les dijo:
“Tomad, esto es mi Cuerpo. Y luego, alzando la copa
llena de vino: “Tomad y bebed, este el cáliz de mi
Sangre”.
Entonces los presentes respondieron: “Cada vez que
comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos
tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”.
Las primeras comunidades cristianas comprendieron que
compartir un poco de pan y un sorbo de vino, era la
mejor forma de hacer presente entre ellos a Jesús,
muerto y resucitado.
Por lo cual se congregaban al amanecer del día primero
de la semana, nuestro actual domingo, para escuchar a
alguno de los apóstoles. Oraban juntos, presentaban
las necesidades de la comunidad y hacían una colecta a
favor de los más pobres. En ciertas ocasiones se enviaba
el Pan consagrado a los enfermos, o a los encarcelados.
De allí nació nuestra Misa, la cual a través del tiempo
ha sido adornada con diversos elementos.
Cada Jueves Santo la Iglesia se recoge en oración, para
conmemorar la institución de la Eucaristía y del
sacerdocio del Nuevo Testamento. Para profundizar en el
mandamiento del amor.
Pero desde la Edad Media, fieles y clérigos propusieron
un modo más solemne para honrar el Sacramento del
Altar. Esta es la festividad del Corpus Christi.
Un aspecto importante de la Eucaristía es también su
condición de Alianza. Desde el tiempo de los patriarcas,
comer en compañía significó corroborar la amistad y los
compromisos. Luego, durante la peregrinación por el
desierto, Dios ratificó el pacto hecho con Israel desde
siglos atrás: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis
mi pueblo”. Cuenta el libro del Éxodo que unos jóvenes
inmolaron entonces víctimas sobre un altar improvisado.
Y Moisés regó con sangre a los presentes, mientras les
decía: “Esta es la alianza de Yahvé”.
Para confirmar un compromiso, nosotros estampamos la
firma al pie de un documento, con nuestra propia mano.
Lo cual para un semita hubiera sido un signo muy pobre.
La Eucaristía es entonces un gesto instituido por el
mismo Cristo, para que cada uno y también la comunidad
creyente, renueve su alianza de amor con el Señor.
Dios ratifica a su vez su pacto hacia nosotros, para
continuar creando y perfeccionando con nuestra ayuda, el
universo.
Participar en la Misa es entonces ratificar una alianza
estratégica entre Dios y nosotros. Así sea en un recinto
incómodo, con cantos muy deficientes, entre signos muy
pobres.
Duodécimo domingo ordinario
Una encuesta imposible
“Se levantó un fuerte huracán y las
olas rompían contra la barca. Los discípulos
despertaron a Jesús, diciéndole: Maestro, ¿no te
importa que nos hundamos?.
San Marcos, cap. 4.
Muchas aldeas que en tiempos de Jesús
rodeaban el lago de Genesaret, ya no existen. Queda
sin embargo Tiberíades, fundada por Herodes Antipas.
Un viajero nos cuenta su experiencia
desde el hotel de esa ciudad: “Lluvias torrenciales
se abatían con furia sobre el corredor del lago,
mientras terribles vientos hacían estallar olas
hasta de seis metros, contra el muelle. La tormenta
rugió toda la noche bajo la oscuridad. Pero al
amanecer volvió la calma y un sol tímido apareció
sobre los acantilados del Golán”.
Jesús se ha pasado la tarde
conversando con su auditorio desde una barca. Luego
pide a los apóstoles que busquen la otra ribera, tal
vez para librarse de la multitud. Ya estarían por la
mitad del lago, a unos 6 kilómetros de ambas
orillas, cuando una horrible tempestad comenzó a
zarandear la barca. Mientras tanto, Jesús dormía en
la popa. Entonces los discípulos aterrados le
gritaron: “Maestro, ¿no te importa que nos
hundamos?”.
Con frecuencia los evangelistas le
dan un toque dramático a sus relatos. Pero aquí san
Marcos no exagera. Cuenta simplemente lo ocurrido.
Se trató de un temporal desmesurado, que hizo
temblar a estos avezados pescadores.
De inmediato Jesús se puso en pie y
con una palabra serenó la tormenta. Pero enseguida
les dijo a los discípulos: “¿Aún no tenéis fe?”
Podríamos recordar las numerosas
tempestades que nos han golpeado. ¿Mantuvimos
entonces nuestra confianza en Dios? Tal vez sí,
aunque borrosa y vacilante, en medio de plegarias
desgarradas, frecuentes quejas y dolorosos
desconciertos. No era fácil seguir creyendo en
Alguien que sabemos presente, pero que permanece
inmóvil, con los ojos cerrados y en silencio.
No les reprochemos entonces a los
apóstoles su conciencia de náufragos, su grito, su
impertinencia ante el Maestro que está rendido de
cansancio.
Pero conviene recordar que ese Dios
dormido continúa siendo el dueño de los cielos y la
tierra. Que su poder no se evalúa únicamente por
los signos visibles, sino por su promesa de nunca
abandonarnos.
Los expertos en tempestades, ya desde
la sicología o desde la fe, señalan que algunas de
ellas son propias de todo ser humano. El hecho de
pensar, de reír y de amar, de luchar y esperar atrae
de por sí los huracanes. Pero otras tormentas son
causadas por nuestra ambición, afán de dinero,
egoísmo, intransigencia, desesperanza.
Los impactos sonoros y lumínicos del
mundo en que vivimos, como también la puja social
que él promueve, nos golpean el alma y desequilibran
las fuerzas interiores.
Como resultado, tanta gente que
apenas sobrevive bajo innumerables borrascas, que
les roban la paz y la salud. Que pueden afectarles
la razón.
Seguramente no hemos buscado el
equilibrio y paz por los caminos del Evangelio.
“Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Quien
a Dios tiene nada le falta”, nos enseñó santa Teresa
de Jesús.
Un sicólogo creyente desearía una
encuesta, aunque él la considera imposible:
Preguntar a los jóvenes que se van de este mundo
por propia iniciativa: ¿Alguna vez, en alguna de sus
oscuridades le han gritado al Señor, con todo el
corazón: “¿Maestro ¿no te importa que nos
hundamos?”
Décimo tercer domingo ordinario
¿Cuáles serán las últimas?
“Se acercó a Jesús un jefe de la sinagoga que se
llamaba Jairo, para rogarle con insistencia: Mi
hija está en la últimas. Ven, pon las manos
sobre ella, para que viva”. San Marcos, cap. 4.
La devoción
popular ha presentado a Santa Rita de Casia,
como abogada ante el Señor en los casos
difíciles y desesperados. ¿Pero cuáles y cuántas
son esas circunstancias, que llamamos últimas?
Conviene
entender que todo problema tiene una dimensión
real: Alguien está enfermo. Alguien sufrió un
revés económico. A otro
le fracasó su matrimonio. A otros
los despachan del empleo, o pierden el semestre
en la universidad.
Pero todas
estas situaciones poseen a su vez un
ingrediente, mayor o menor, de acuerdo con la
resonancia que tengan en las personas que las
padecen.
Sin embargo
reconocemos que hay momentos en la vida donde el
horizonte se oscurece del todo. Esto lo sintió
Jairo, quien sería un hombre mayor, judío de
tradición, jefe además de la sinagoga. Ayudado
por su secretario, estaba al frente de la
reunión de cada sábado, donde se leía la
Escritura, se oraba a Yahvé y los presentes se
sentían de veras pueblo escogido.
Como Jesús frecuentaba las
sinagogas, Jairó descubrió en él un poder
especial. Y sin dilación se le acercó, rogándole
por su hija. “Ven, pon las manos sobre ella,
para que se cure”.
Cuando un
centurión, un hombre pagano que tenía a su cargo
cien soldados, pidió igual favor para su criado,
el Maestro se ofreció enseguida a visitarlo en
su casa. Pero aquel romano no se sintió digno de
recibir al Señor. Entonces le explica
comedidamente: Yo tengo gente a mi cargo, que
cumple de inmediato mis órdenes. Y el texto de
san Lucas añade: “Di una sola palabra y mi
criado quedará sano”.
Jesús
aprovecha el momento para ponderar la fe de este
hombre pagano, frente a los fariseos y levitas.
El Maestro entonces le responde: “Vete, que te
suceda como has creído”.
Con el jefe de
la sinagoga, Jesús no da ninguna orden, sino que
lo
acompaña a su casa, en medio de
un tumulto que le aprieta. Allí ocurrió que una
mujer que padecía un flujo de sangre, con sólo
tocar el manto del Señor, quedó sanada.
Talvez para
motivar a los judíos, el Maestro rodea la
resurrección de aquella niña de mucho
dramatismo. Cuando alguien avisa que la niña ya
ha muerto, Jesús anima al centurión: Basta que
tengas fe, ella apenas está dormida. Además, no
permite que entren con él a la casa sino Pedro,
Santiago y Juan. Entonces toma a la niña de la
mano y la levanta. Y advierte además que le den
de comer.
Cuando estamos en “las últimas”
¿cómo preferimos que el Señor remedie nuestras
necesidades?. ¿Verdad que de inmediato?
Sin embargo
parece que el Señor ha cambiado de metodología.
Su plan global es nuestro bien, pero
innumerables elementos se entreveran en los
sucesos diarios. Y Dios siempre escucha, aunque
no de manera puntual y en el monto que nosotros
deseamos.
Es necesario entonces abrir los
ojos, para descubrir qué nos regala Dios, de
modo más amplio y generoso.
Décimo cuarto domingo
ordinario
Como uno de tantos
Nazaret sería entonces una
pequeña aldea, donde la Sagrada Familia se
estableció al regresar de Egipto.
Ya había muerto Herodes el
Grande. Y nada se volvió a saber de aquellos
pastores que visitaron al Niño en el
portal. Menos aún de los ángeles que
cantaron en Belén, esa noche gloria.
Luego, treinta años de
anonimato y de silencio, en la vida monótona
y gris de Nazaret.
Pero Jesús no faltaba los
sábados a la sinagoga. Y algunas veces se
ofrecía para hacer la lectura y explicarla.
Se hizo conocer entonces de sus paisanos y
mucho más, cuando un grupo de pescadores
comenzó a rodearlo.
Pero los comentarios sobre
su persona, no eran muy positivos. La gente
se preguntaba: “¿Qué sabiduría es esa? ¿No
es éste el carpintero, el hijo de María?
¿Sus hermanos no viven con nosotros?”
Para un judío de entonces sabiduría
significaba piedad, relación con Dios y
también una vida de acuerdo a la Ley. Todo
esto lo explicaba Jesús, aunque añadiendo
nuevos enfoques.
Era en verdad el hijo de
María y de José, pues el misterio de su
persona a nadie había sido revelado. Le
habrían visto además en el taller de su
padre, donde ayudaba en las tareas de
carpintero, herrero y también de albañil.
El tema de los hermanos de
Jesús ha despertado frecuentes discusiones.
Ciertos grupos separados alegan que Nuestra
Señora habría tenido otros hijos. Su
virginidad, y así lo afirman algunos
católicos, sólo sería algo simbólico y
espiritual.
Sin
embargo, desde los primeros siglos, la
Iglesia ha confesado la perpetua virginidad
de María, a la par que su divina
maternidad.
Pero se
dan otras razones que esclarecen el tema:
Jesús, antes de morir, encomienda a su
Madre Santísima a los cuidados de san Juan.
Lo cual no hubiera sido necesario si ella
hubiera tenido otros hijos.
De otro lado, la lengua
hebrea y la aramea carecen de vocablos
propios para señalar los diversos grados de
parentesco. En el Génesis, por ejemplo, se
dice que Lot era hermano de Abraham, cuando
fue apenas su sobrino. Y en el libro primero
de las Crónicas, encontramos un personaje
llamado Yeuel que tenía 690 hermanos. Y
otro de nombre Adaías, 1.760.
San Marcos señala que Jesús se sintió
extrañado ante la incomprensión de sus
paisanos. Nosotros, en cambio admiramos en
Jesucristo a un Dios enteramente humano. Y
así nos gusta. Él se hizo hombre, no sólo
uniéndose a una persona física, sino
integrándose en una raza, una cultura, en
medio de circunstancias históricas que lo
hicieron del todo semejante a nosotros.
San Pablo les escribía los
filipenses: “Cristo, a pesar de su
condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios. Al contrario, se anonadó
a sí mismo y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos”.
Habría necesidad de
preguntarnos entonces qué contagio de
divinidad se nota en nuestros criterios, en
nuestras actitudes.
“Me seduce ese Dios vuestro,
decía un sabio hindú. Sin embargo no alcanzo
a entender para qué se arriesgó a tanto, si
sus efectos no se ven en vosotros”.
Décimo quinto domingo
ordinario
“Entonces
llamó Jesús a los Doce y los fue
enviando de dos en dos, dándoles
autoridad sobre los espíritus inmundos”.
San Marcos, cap. 6.
Un documento de los
obispos franceses señala que la fe
cristiana venía, en muchos lugares del
mundo, como un manso río que fecundaba
las tierras aledañas. Mis padres son
practicantes y entonces yo los imito,
sin ningún problema ni discusión. Cuanto
me dicen educadores y sacerdotes van
creando en mí convicciones religiosas
estables.
Pero múltiples rupturas
sociológicas, o mejor fracturas, han
interrumpido ese proceso. Entonces es
necesario ofrecer la fe, aunque ella es
ante todo un regalo de Dios, a cada
persona, a cada grupo, a cada sociedad.
De otra parte el papa
Benedicto ha expresado en varias
ocasiones: La fe en Jesucristo no se
impone, se propone.
Cuando Jesús envía a los
Doce a aquella primera excursión, les
pide que anuncien el Reino de Dios y
expulsen los demonios. En otras
palabras: Que propongan los valores
fundamentales del Evangelio, procurando
vencer los obstáculos que se oponen al
proyecto del Señor.
Una tarea que empezó con
aquellos discípulos, pero continúa en la
historia y en la cual todos los
bautizados somos protagonistas.
El Maestro les indica a
aquellos enviados determinadas
condiciones, para que su palabra sea
acogida. Hoy nosotros, empeñados en ese
mismo anuncio, necesitamos crear unas
circunstancias por las cuales nuestro
mensaje sea aceptado y asimilado.
Cuando Paulo VI inició su
ministerio pastoral, señaló en la
encíclica “Ecclesiam Suam”, que el
diálogo sincero y amable con el hombre
contemporáneo, es la herramienta más
propia para anunciar a Jesucristo.
Verificamos que el mundo
de hoy es muy distinto al existió en
tiempos pasados. No porque se encuentre
afectado por algunos cambios culturales,
sino algo más: Está inmerso en una nueva
cultura.
Para comprobarlo bastaría
compartir con gente joven. Comunicarnos
con quienes avanzan por los caminos de
la ciencia y la tecnología. Su escala
de valores y aún sus costumbres, los
convierten para nosotros casi en
extraterrestres.
En consecuencia si
queremos llegar al hombre de hoy, es
necesario descubrir nuevos códigos de
comunicación y nuevos lenguajes. Pero a
ese mundo nuevo y fascinante es al que
hemos sido enviados.
El Antiguo Testamento nos
presenta un amplio elenco de profetas,
que llevaron el mensaje de Dios, con
frecuencia en difíciles circunstancias y
son ejemplo para nosotros. Pertenecieron
a todas las clases sociales: Samuel, un
joven sin experiencia, Eliseo, un
labriego adinerado. Amós era un pastor,
Isaías, alguien de clase alta. Miqueas,
un simple campesino, Jeremías de
ascendencia sacerdotal y un hombre
tímido. Ezequiel, un sacerdote
desplazado.
Dos condiciones
podríamos señalar, aparte de la gracia
del Señor, para que nuestro anuncio sea
creíble: En primer lugar mantener una
actitud de amabilidad y comprensión con
los demás. No podemos forzarlos a
aceptar nuestras estructuras religiosas,
en las cuales no fueron formados. Y en
segundo lugar: Presentar lo esencial de
nuestra fe, dejando de lado lo
secundario. Se dan muchas batallas
inútiles, buscando defender elementos
meramente tradicionales, o folclóricos.
O bien, ritos de poca monta.
Da grima, sin embargo,
que muchos de nosotros, en relación con
el anuncio del Evangelio, permanezcamos
en un oscuro pasivismo: No me entienden.
No me hacen caso. Es mejor callar. Pero
el mandato del Señor resuena diariamente
en nuestro corazón: “Ve y profetiza”.
Décimo sexto
domingo ordinario
Inquieto está el
corazón
“Jesús les dijo
entonces a los Doce: Venid vosotros
solos a un sitio tranquilo a descansar.
Porque eran tantos los que iban y
venían, que no encontraban tiempo ni
para comer”. San Marcos, cap. 6.
Mecánicos, ingenieros,
arquitectos han de estar atentos a la
fatiga de los metales para evitar
catástrofes. Porque los cuerpos físicos,
al paso del tiempo, van perdiendo
capacidad de resistencia.
Algo semejante nos sucede
a los humanos. A veces nuestro mundo
pareciera una gran fábrica de cansancio,
que poco a poco, nos va arropando el
alma. Lo han llamado estrés. Un
deterioro de nuestros mecanismos
síquicos y espirituales. Por eso muchos
contemporáneos, rodeados de bienes y
comodidades, ya no quieren vivir.
En el entorno en que
vivió Jesús, bajo un medio ambiente
limpio y apacible, sólo acechaba el
cansancio de las duras caminatas
acostumbradas por Él y sus discípulos.
Los compromisos del Señor no serían tan
puntuales, que lo forzaran a cumplir
estrictos horarios.
Sin embargo, esta
invitación a descansar que trae el
evangelio de San Marcos, se ofrece al
hombre de todos los tiempos: “Venid
vosotros solos a un sitio tranquilo a
descansar”.
Los apóstoles habían
vuelto de aquella primera correría
pastoral. Una misión que pudo durar
cerca de dos meses. Ahora regresaban
contentos, contando cuanto habían hecho
y enseñado. Y se encontraban
visiblemente cansados. Quisieron
aislarse, pero la gente los acosaba, en
busca de las curaciones del Señor. “No
encontraban tiempo ni para comer”,
apunta el evangelista.
Descubrimos aquí el
origen cristiano del descanso. Un deseo
paternal de Dios: Que vivamos una vida
serena, donde trabajemos con
responsabilidad, y a la vez podamos
descansar humanamente.
Pero así como una
profesión o una técnica se aprenden, es
necesario entrenarnos para saber
descansar.
En primer lugar,
necesitamos orden en las tareas que
realizamos. Orden en el manejo de los
bienes, pocos o muchos, que
administramos. Orden en las relaciones
humanas, para que los afectos o
desafectos, no contaminen la paz
interior.
Nuestras ciudades
abrumadas de ruido y contaminación, nos
proyectan hacia el campo, en busca de
silencio y de aire sin usar.
Pero hay otro espacio, no
lejos de nosotros porque se encuentra en
la mitad del alma, donde es posible
descansar mediante el encuentro con el
Señor.
San Juan de la Cruz, en
uno de sus poemas, nos habló de la
“soledad sonora”. Que muchos creen
patrimonio exclusivo de místicos y
ermitaños. Pero no es así. Todos podemos
en determinadas circunstancias,
traspasar esa frontera desde el ruido y
el smog, hacia el encuentro gratificante
y gozoso con Dios. Lo puede hacer el
estudiante, el obrero, el mecánico, el
agricultor, el gran gerente, la
enfermera y la madre de familia.
Para verificar y sentir
que hay Alguien todopoderoso que nos ama
y nos apoya. ¿Qué mejor terapia para
tanta fatiga? Es la invitación de Jesús
en san Mateo: “Venid a mí todos los que
estáis cansados y agobiados y yo os
aliviaré”.
¿Un fármaco virtual para
una dolencia real? dirán algunos. Pero
conviene recordar que la persona humana
no se limita dentro de un espacio
físico. Trasciende sus componentes
materiales.
Por su parte san Agustín, hombre
experimentado en búsquedas y en
desencantos, escribió un día: “Nos
hiciste para Ti, Señor, y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse
en ti».
Décimo séptimo domingo ordinario
Una honrosa encomienda
“Entonces Jesús tomó los panes, dijo la acción
de gracias y los repartió. Solamente los hombres eran unos
cinco mil. Lo mismo todo lo que quisieron del pescado”. San
Juan, cap. 6.
Quizás de niños imaginamos que la Divina
Providencia era otra santa más del calendario. Pero luego
entendimos que así se llama la amorosa actitud de Dios, frente a
las penurias de sus hijos. Nos lo enseñó Jesús: Mirad los
pájaros. No guardan en graneros y vuestro Padre celestial los
alimenta. Mirad los lirios, no se fatigan ni hilan. Y Salomón
con toda su riqueza, no se vistió como uno de ellos.
En
el pasaje de la multiplicación de los panes y los pescados,
vemos de cuerpo entero esa Divina Providencia.
Todos
los evangelistas narran el hecho. Lo cual significa que en las
primeras comunidades cristianas se recordaba con interés y
admiración.
El
Señor siente lástima por la multitud que lo ha seguido y ahora
tiene hambre. Comparte entonces su preocupación. “Con qué
compraremos panes para que coman éstos?. El apóstol Felipe le
contesta: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada
uno tome un bocado”.
Con
toda razón. El evangelista dirá más adelante que ese día
comieron cinco mil hombres. Y aunque las cifras que nos trae la
Biblia no son del todo fiables, se trataba de una gran multitud.
Andrés, otro de los discípulos, interviene: “Señor, aquí hay un
muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces”.
Habituados a desplazarse con frecuencia, los judíos habían
simplificado su menú hasta el extremo: Les bastaba un poco de
pan y algún pescado. Sin embargo Andrés es pesimista. “¿Pero
qué es esto para tantos”.
El
evangelista no señala el itinerario de aquel fiambre, desde la
alforja del muchacho hasta las manos del Señor. ¿Aceptaría
gustoso proveer la materia prima de aquel prodigio? ¿Habría
de por medio algún diálogo?.
“Jesús tomó los panes, dio la acción de gracias y los repartió a
los que estaban sentados. Lo mismo todo lo que quisieron del
pescado”. El mandarlos sentar se explica para evitar tumultos
y empellones.
Otras
versiones del Evangelio señalan que los discípulos colaboraron
en la repartición de este alimento milagroso.
El
libro segundo de los Reyes nos cuenta un episodio semejante:
Traía un hombre en su bolsa veinte panes, que debía entregar a
Eliseo, pues eran ofrenda de primicias. Pero el profeta le dijo:
Dáselos a la gente. Pudieron entonces comer cien personas y aún
sobró alimento.
Sería interesante averiguar cómo se llamaba aquel
muchacho, dueño de los cinco panes y los dos pescados. Cuál
sería su asombro al contemplar que tan poca cosa abastecía a
una muchedumbre. Qué pensaría enseguida de este profeta de
Nazaret.
En el texto de san Marcos hay una frase, con la
cual Jesús confía a sus discípulos esa honrosa encomienda:
“Dadles vosotros de comer”. A ellos y luego a nosotros. Porque
hoy el Señor no acostumbra directamente multiplicar el pan, el
vestido, la educación, la vivienda, la salud y muchas cosas más,
para todos sus hijos.
Pero con frecuencia nosotros respondemos: Somos
inexpertos en cuestiones sociales. Sólo tenemos en nuestro
haber cinco panes y dos pescados.
Se nos olvida que al compartir con los
necesitados, en el equipo de la Divina Providencia, se producen
asombrosos resultados.
Décimo octavo
domingo ordinario
“Dijo entonces Jesús:
Yo soy el pan de vida. El que viene a mí
no pasará hambre y el que cree en mí no
pasará nunca sed”. San Juan, cap. 6.
La distancia, o mejor la
diferencia, entre lo natural y lo
sobrenatural nadie nos la ha explicado a
satisfacción. Pero Jesús en sus
predicaciones trató de acercar el cielo
a nosotros. En otras palabras, aproximar
los deseos y proyectos de Dios a
nuestras diarias preocupaciones.
Todo ello tiene un nombre
en nuestro lenguaje religioso. Se llama
comunión. Y muchos recordamos aquel
fervor, ungido de temores, que nos
envolvió el día de nuestra Primera
Comunión.
Porque la Eucaristía es
un signo sensible y calificado por el
cual nos unimos al Señor Jesús y Él se
une a nosotros. Una común unión que el
Maestro explicó en diversas ocasiones.
Especialmente en el capítulo sexto de
san Juan.
De entrada el Señor les
habla a sus discípulos del maná, aquel
alimento milagroso que Dios envió a los
israelitas en el desierto.
¿Qué era propiamente el
maná?. Se dan varias teorías. Algunos
lo presentan como la cera de unos
arbustos, que aquellos hambrientos
peregrinos recogían cada mañana. Otros
afirman que se trata de una miel sólida,
segregada por ciertos insectos parecidos
a las abejas. Pero detrás de todo ello
estuvo el querer de Dios. Sobre el cual
distinguimos un hecho histórico y su
posterior interpretación.
Jesús les indica a sus
discípulos que el pan que ahora les
promete, es algo más que aquel maná.
Éste sí es el Pan bajado del cielo.
Pocos días antes el
Maestro había multiplicado el pan y los
pescados. Así llamaba la atención de
sus seguidores hacia quién era Él. Los
motivaba a entender más allá de sus
palabras, más allá de un pan material y
de una bebida física.
Sin embargo, imaginamos
que los discípulos no entendieron
todavía de manera suficiente. Aclararían
un poco ese mensaje durante la cena de
despedida, cuando Jesús les ofreció su
Cuerpo y su Sangre. Algo más captarían,
luego de la Ascensión del Señor, cuando
se reunían en las primeras comunidades
para recordar al Maestro, compartiendo
un poco de pan y un poco de vino.
Pero habría una etapa
posterior, la de la vida. Cuando en sus
peripecias apostólicas sentían que el
Señor estaba con ellos y ellos estaban
de forma indisoluble unidos a Él. Esta
es la meta a la cual aspiramos cuantos
participamos del Cuerpo del Señor en
nuestras celebraciones eucarísticas.
Hasta poder afirmar con san Pablo: “Mi
vivir es Cristo”.
Remediar las hambres del
camino. “El que viene a mí no pasará
hambre y el que cree en mí no pasará
nunca sed”, dice Jesús. Pero a la vez,
proyectarnos a un nivel superior de
existencia: Les dice también: “Trabajad
no por el alimento que perece, sino por
que perdura, dando vida eterna”.
En la carta a los efesios
san Pablo les señala que Cristo ha hecho
de judíos y gentiles un solo pueblo,
derribando el muro que los separaba.
Forzando un poco el
texto, podemos afirmar que cuando
recibimos el Pan de vida, se unen
también en nosotros todo lo divino y lo
humano. Dios anuda en lo interior de
cada creyente, su grandeza con nuestra
pequeñez. Su ternura maternal con
nuestros dolorosos desencantos.
Décimo noveno domingo
ordinario
Nuestros recortados lenguajes
“Dijo entonces Jesús: Este es el pan que baja
del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Y el pan
que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. San Juan, cap.
6.
“No moriré del todo”, escribía el poeta latino
Horacio, esperando ser recordado por sus obras.
Pero la mayoría de nosotros moriremos dos veces.
Primero por la muerte natural y en segundo lugar, por el
olvido.
Frente a esta coyuntura se presenta Jesús,
ofreciéndonos un pan que vence la muerte y ese Pan es su propio
cuerpo. Para comprender un poco más, sería necesario adentrarnos
en la cultura hebrea y en los idiomas que recogieron estos
relatos al comienzo.
“Yo les daré a comer mi propia carne” ha de
entenderse en un sentido de totalidad. Toda su persona, todo su
ser. Cuando san Juan apunta en su Evangelio, que el Verbo se
hizo carne, quiso decir que Dios tomó todo lo nuestro.
Santo Tomás de Aquino nos advierte que ante la
Eucaristía, no hemos de procurar comprenderlo todo. Allí la
mente cesa en sus intentos y avanzamos en la penumbra, guiados
por la fe.
Conviene entender además que Jesús y luego los
discípulos, sólo tenían para expresar cosas tan altas, nuestros
recortados lenguajes. Nos han quedado unos textos recogidos por
los evangelistas, que tratan de explicar lo inexplicable.
Muchas realidades de esta vida, como el amor, la
ciencia, el arte, y obviamente las cosas de la fe, no pueden
afrontarse únicamente desde la lógica, a un nivel ordinario.
Todas ellas exigen un ímpetu, una elevación, para descubrir y
disfrutar algo más excelente.
El Maestro con su predicación nos empuja a cada
momento a mirar más allá de lo presente, de lo horizontal. Sólo
así podemos contemplar ese Pan bajado del cielo, que es el
Cuerpo del Señor Jesús.
Cuenta el Libro primero de los Reyes que el
profeta Elías se encontraba desmotivado en su tarea, hasta el
punto de pedir la muerte. El día siguiente al despertarse, vio
a su lado un pan cocido y un jarro de agua. Y el ángel del Señor
le dijo: Levántate y come que el camino es superior a tus
fuerzas. Así pudo llegar hasta el monte Horeb.
También muchos creyentes hemos comprobado la
fuerza que nos da la Eucaristía, para seguir adelante con
nuestros deberes y nuestras cruces.
El cardenal Van Thuân,
fallecido en Roma en 2002, estuvo encarcelado por el régimen
comunista de Vietnam, más de trece años. En sus memorias
escribió: “Mis amigos se ingeniaban para meter algo de pan,
entre las ropas que me enviaban a la prisión. El vino entraba
como remedio para mi mal de estómago. Celebraba cada día la
Santa Misa con tres gotas de vino y una de agua en la palma de
la mano. Fueron las Misas más bellas de mi vida. En la
Eucaristía encontré fuerza para soportar mi cautiverio y para
amar a mis carceleros”.
Pero vida eterna no es
solamente aquella que, por gracia de Dios, gozaremos más allá de
la muerte. Es también ese nivel de paz, de equilibrio, de
fortaleza que tanto necesitamos en los ires y venires de esta
tierra. Que es además garantía y presagio de cuanto Dios regala
a sus hijos allá en el Reino.
Vigésimo domingo
ordinario
Apenas hasta sobrevivir
“Dijo entonces Jesús: Este es el pan que
baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Y
el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. San
Juan, cap. 6.
La vida se comprueba en el movimiento, decían
los antiguos. En el reino vegetal detectamos que se da
germinación, crecimiento, florescencia, frutos. Comprobamos
también que los seres animales nacen, crecen, se reproducen
y mueren. La vida humana se sitúa en otra dimensión, y
aunque alumbrada por el pensamiento, también termina en la
muerte.
Pero luego podríamos preguntar: ¿Cómo será
la vida de Dios?. La respuesta más sabia es que Dios no
tiene vida. Él es la Vida, de la cual participamos todos los
seres creados, cada cual a su propia medida.
Jesús, en su enseñanza sobre la Eucaristía,
promete compartirnos su vida. Y para hacernos comprender
cosas tan altas, nos da un signo sensible, un trozo de pan:
“Yo soy el pan de vida”.
Todos anhelamos vivir. Vivir largo tiempo,
manteniendo lo que ahora llamamos calidad de vida. Sin
embargo, verificamos que muchos se esfuerzan, trabajan,
luchan, estudian, se incomodan, viajan apenas hasta
sobrevivir. De allí nació aquel apelativo, bastante
calumnioso por cierto, que le han dado a nuestro mundo: Este
valle de lágrimas.
Pero la intención del Señor es que vivamos
plenamente. Lo cual no equivale únicamente a respirar, a
ejercitar los cinco sentidos, a alimentarse para luego
reproducirse. Vivir es mucho más. Integra multitud de
funciones. Y el Señor quiere darnos vida auténtica y en
abundancia a quienes compartimos ese Pan bajado del cielo.
Cuando un amigo me invita a su mesa, no
desea solamente que yo consuma unos alimentos preparados con
cariño y esmero. Espera compartir conmigo sentimientos,
historias y experiencias. Aguarda que se dé con más calor,
siquiera sea por unas horas, una relación vital, una
amistad.
Por lo tanto, recibir la Eucaristía no es
solamente tomar el pan consagrado que nos reparten en el
templo. Es, a la vez, cultivar una continua comunión con el
Señor, en aquella área que Ortega y Gasset llama “la
intrahistoria” de cada quien. Un espacio en el cual la
dimensión religiosa hace de soporte y de guía.
¿Qué haríamos entonces sin la fe? escuchamos
decir a muchas personas, en medio de sus problemas y
tragedias. Los creyentes sabemos que allí nos da Jesús la
capacidad de vivir, con mayor valor y perseverancia: “Si no
coméis la carne del Hijo de Hombre, no tendréis vida en
vosotros”.
Del mismo modo, el Señor resuelve el enigma
de la muerte. “Yo soy el pan que ha bajado del cielo, el que
coma de este pan vivirá para siempre”.
Cuenta el libro del Éxodo que ante la
intransigencia del faraón, Dios ordenó a Moisés: “Toma tu
cayado, tíralo delante y se convertirá en una serpiente.” Y
así ocurrió. El faraón convocó enseguida a sus magos, que
hicieron igual prodigio. Pero la serpiente de Moisés devoró
de inmediato a las demás.
Así el Pan bajado golpea ese monstruo
implacable de la muerte, que a todos tarde o temprano, nos
devora.
Para quienes compartimos la vida de Cristo en
la Eucaristía, la muerte se convierte en algo muy distinto.
Ya no es destrucción sino transmutación. Ya no es
catástrofe, sino gozosa transfiguración
Vigésimo primer domingo ordinario
¿Qué les ha
disgustado?
“Algunos discípulos de
Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de
hablar es inaceptable. Desde entonces
muchos se echaron atrás y no volvieron
con él”. San Juan, cap. 6.
Se dice que nuestra
vivencia religiosa discurre por cuatro
etapas. La primera: Aquella fe de la
primera Comunión. Una segunda que
vivimos durante la adolescencia, llena
de incertidumbres y altibajos. Otra
más, que se esfuma y puede morir en
nuestra edad adulta. Y quizás una
cuarta: Fe recobrada, cuando ayudamos a
los hijos en sus tareas de religión.
San Juan nos cuenta que,
a propósito del discurso sobre el Pan de
Vida, buen número de discípulos
abandonaron a Jesús. “Este modo de
hablar es inaceptable, decían. ¿Quién
puede hacerle caso?”.
Este abandono también se
da en la Iglesia de hoy. Aun en
nuestras familias. Algunos permanecen
adheridos a la fe que desde niños
cultivaron. Otros ya no practican,
mientras otros más dicen no creer. O
mejor, como señala un autor, “creen que
no creen”.
Las causas y razones de
todo esto son muy variadas. Entre otras
más, la nueva cultura que nos envuelve.
Un hermoso cuadro de
Jean-François Millet muestra en lejanía,
la espadaña del templo parroquial. Aquí,
en primer plano, los segadores al toque
del Ángelus, interrumpen su tarea y se
inclinan devotamente para orar.
En un entorno semejante,
se vivió la fe cristiana durante muchos
siglos. Pero todo ha cambiado de modo
sorprendente. La tecnología, las
comunicaciones, la globalización
transformaron el mundo de una manera
portentosa. Por lo cual, a ese nuevo
hombre de hoy es necesario proponerle la
fe de una manera nueva.
Muchos increyentes de hoy
podrían afirmar con Facundo Cabral: “Yo
no me fui, ustedes se quedaron”. Una fe
propuesta desde viejos esquemas, donde
lo esencial se confunde con lo
accesorio. Donde la institución vale más
que el Evangelio, ya no convence.
Otros hermanos no se han
ido propiamente de la Iglesia. En
realidad nunca estuvieron dentro. Luego
de un bautismo que nunca hicieron
conciente, nada les dice nuestra fe.
Algunos otros antes
creyentes, ya no practican, a causa de
los malos ejemplos de los cristianos,
incluso de los sacerdotes. ¿Tienen
razón? En cierto modo. Enorme esfuerzo
se les pide para permanecer. Pero
podrían recordar aquella frase de Jean
Guitton a André Gide. Éste se quejaba de
las fallas de los católicos y detrás de
ellas defendía su increencia: Guitton le
respondió con mucha sabiduría: “Saluda
al portero y sigue adelante”.
Qué bueno poder
sentarnos, algún día, con tantos amigos
alejados para examinar despacio su
situación religiosa. Porque a veces
vivimos de fantasmas y no de realidades.
La Biblia cuenta que
Josué, camino de la tierra prometida,
reunió a todo el pueblo en Siquén,
pidiéndole que ratificara su adhesión a
Yahvé. El pueblo respondió: “Lejos de
nosotros abandonar al Señor. Él es
nuestro Dios, que nos sacó de Egipto”.
También san Pedro, ante
aquella crisis ocasionada por el
discurso de Cristo sobre el Pan de Vida,
tomó la palabra en nombre de los Doce,
para confesarle al Maestro: “Señor, ¿a
quién vamos a ir? Tú tienes palabras de
vida eterna”.
Hoy cada uno de nosotros
tiene la palabra. Puede abandonar la
Iglesia y alejarse de Dios. O ratificar,
con alegría y entusiasmo, su compromiso
cristiano, pero clarificando mejor en
qué consiste.
Vigésimo segundo domingo ordinario
El sentido de celebrar
“Dijo Jesús: Bien
profetizó de vosotros Isaías: Este
pueblo me honra con los labios pero su
corazón está lejos de mí. El culto que
me dan está vacío”. San Juan, cap.7.
El culto judío fue
copiado, en muchos de sus elementos, de
otros pueblos y de otras religiones.
Sacerdotes y levitas organizaron luego
los sacrificios, plegarias,
purificaciones y ofrendas, edificaron el
templo de Jerusalén y crearon un inmenso
aparato ritual. Pero más adelante este
ceremonial se había vuelto rutinario y
vacío y no agradaba a Dios. De allí las
frecuentes reprensiones de los profetas,
como aquella de Isaías: “Este pueblo me
honra con los labios pero su corazón
está lejos de mí”.
La Carta a los Hebreos
indica a la Iglesia primitiva que para
el Señor aquellos sacrificios de bueyes
y corderos ya no valen la pena. Tampoco
las numerosas purificaciones rituales, y
otras observancias, que san Marcos
explica a los discípulos venidos de la
gentilidad. En adelante habría que
adorar a Dios “en espíritu y en verdad”,
como enseñó Jesús a la samaritana.
Luego de la Ascensión del
Señor, la Iglesia primitiva comenzó a
reunirse para recordar los dichos y los
gestos del Maestro: “Se mantenían
constantes en la enseñanza de los
apóstoles, en la comunión, en la
fracción del pan y en las oraciones”.
Así leemos en Los Hechos. “Tenían un
solo corazón y una sola alma”. Y esta
asamblea fraterna, desde la cual se
socorría con prontitud a los pobres, se
llamó un poco después Eucaristía.
A mediados del siglo XVI,
el concilio de Trento presentó a los
fieles la asistencia a Misa como un
mandato de la Iglesia. Se quería acercar
a los creyentes al Sacramento y rechazar
ciertas teologías incompletas que
circulaban entonces.
Hoy vivimos en un marco
sociológico donde la participación
eucarística requiere a veces gran
esfuerzo. Pero muchos continuamos
celebrando la muerte y resurrección del
Señor, mientras compartimos un trozo de
pan y recordamos las palabras de Jesús
durante su despedida: “Porque él mismo,
la víspera de su pasión, estando a la
mesa con sus discípulos”…
Celebrar es mostrar por
fuera lo que tenemos dentro: El amor de
patria, la gratitud para un amigo, la
admiración a un personaje, el cariño de
hogar.
Pero muchos bautizados
parece que no tuvieran nada cristiano en
su corazón. ¿Será esta la causa por la
cual nunca se asoman a la templo?.
De otro lado, el Señor
les insistía a los discípulos que, para
comunicarnos con Dios, es necesario
mantener una conciencia limpia. Que no
bastan los ritos exteriores o el pago de
diezmos, como se usaba en el Antiguo
Testamento. Y añadía Jesús que en
nuestro interior anidan muy fieras
alimañas: “Del corazón del hombre salen
la fornicaciones, robos, homicidios,
adulterios, fraudes, envidia,
difamación, orgullo, frivolidad”.
Leemos en Deuteronomio
que Moisés advirtió al pueblo: La
posesión de la Tierra Prometida está
condicionada al cumplimiento de los
preceptos de Yahvé. Israel sería
entonces un pueblo próspero y
floreciente. “¿Hay alguna nación que
tenga sus dioses tan cerca como el
Señor lo está de nosotros?.
La participación en la
Eucaristía significa y realiza esta
cercanía de Dios con nosotros. Nos ayuda
además a mantener limpio el corazón,
para que amemos a Dios sobre todos las
cosas y hagamos el bien generosamente a
los hermanos
Vigésimo tercer
domingo ordinario
Mente cerrada,
mente abierta
“Jesús, apartando
al sordo de la gente, le metió los
dedos en los oídos y con saliva le
tocó la lengua. Y mirando al cielo,
suspiró y le dijo: Effetá, que
quiere decir ábrete”. San Marcos,
cap.7.
La Decápolis era un
grupo de diez ciudades confederadas,
que dependían directamente del
gobernador de Siria. Aunque vecinas
al lago de Tiberíades, casi nunca
fueron visitadas por el Señor,
quizás por su población semipagana.
Pero cuenta san Marcos que al pasar
Jesús cerca a este territorio, le
presentaron un sordo, el cual apenas
podía hablar.
A veces el Maestro
sanaba los enfermos con una sola
palabra. En otras ocasiones mediante
el contacto de sus manos. Así curó a
un leproso.
Ahora los amigos del
enfermo le ruegan que le imponga las
manos. Pero el Señor quiso entonces
cumplir un prolijo ritual de cinco
gestos, muy apropiados para
comunicarse con un sordo: Lo aparta
de la gente. Le pone los dedos en
los oídos. Moja un dedo con saliva y
le toca la lengua. Mira al cielo y
suspira, para motivar la fe de aquel
hombre. Y finalmente dice una
palabra poderosa: Effetá, que quiere
decir abríos. “Y al momento, dice
el evangelista, se le abrieron los
oídos al enfermo, se le soltó la
traba de la lengua y hablaba sin
dificultad”.
Nos dicen los
sicólogos que en nuestras relaciones
interpersonales, podemos blindarnos
tras una mente cerrada. O por el
contrario, conservar una mente
abierta. Lo comprobamos en la vida
ordinaria. Cuánta gente mantiene
una mente cerrada frente al deporte,
el arte, la política, los progresos
de la técnica. En cambio otras
personas, aun ya maduras, viven en
entusiasta sintonía con este mudo
fantástico y presuroso que nos ha
tocado vivir.
San Marcos conservó
en su texto esa palabra aramea,
“Effetá” que tiene también para
nosotros un mensaje: ¿Nos mantenemos
abiertos a la dimensión religiosa,
una estructura necesaria para todo
ser humano?.
Porque a veces somos
maravillosos en muchas áreas, pero
cerrados del todo ante Dios y las
cosas que se le relacionan.
Todo es del Señor,
pero hay cosas más próximas a su
corazón. Tendríamos en primer lugar
los Sacramentos. Por estos signos
visibles Dios quiere comunicarnos su
vida. Una religión sin sacramentos
no pasa de ser un ente de razón, un
vago recuerdo que nada remedia. Que
no conduce a ninguna parte.
Y en segundo lugar,
los pobres. “Los tendréis siempre
con vosotros”, dijo Jesús. Una frase
que no es solamente una verificación
socioeconómica, sino la
herramienta expedita para calibrar
nuestro cristianismo. La Iglesia
nació con una irrenunciable vocación
de servicio: “No había entre ellos
ningún necesitado”, leemos en Los
Hechos.
El apóstol Santiago
nos dejó una breve carta que desde
muy temprano fue incorporada a la
Biblia. Allí nos pide dos cosas
esenciales: Mantener nuestra vida
abierta a Dios y de igual manera
hacia los pobres. “No juntéis la fe
en Nuestro Señor Jesucristo con la
discriminación de personas. ¿Acaso
no ha elegido Dios a los pobres del
mundo para hacerlos ricos en la fe
y herederos del Reino?”.
Effetá nos dice hoy
el Señor a todos sus discípulos,
para abrirnos la mente y el corazón
a los valores del Evangelio. “Tarde
te conocí, tarde te amé, pero al fin
sanaste mi sordera”, oraba san
Agustín.
Vigésimo cuarto domingo
ordinario
Una respuesta
condicionada
“Cerca de
Cesarea de Filipos, Jesús les
dijo a sus discípulos: ¿Y
vosotros quién decís que soy
yo?. Pedro le contestó: Tú eres
el Mesías”. San Marcos, cap.
7.
“Jesús es el
Señor” fue en los primeros
tiempos de la Iglesia, una
expresión peligrosa. Significaba
nada menos que situar más arriba
del emperador romano y toda su
gloria, a aquel profeta de
Nazaret, crucificado en
Jerusalén. Por esa fe en el
Resucitado numerosos discípulos
entregaron su vida.
En muchas páginas
del Evangelio encontramos
enunciados parecidos: En boca de
los aquellos enfermos curados
por el Señor. También los
endemoniados proclamaban a
Jesús como el Hijo de Dios. Y
ahora en las cercanías de
Cesarea de Filipos, Pedro en
nombre de los Doce, confiesa:
“Tú eres el Mesías”.
Tales
afirmaciones fueron tomando un
giro más exacto y teológico en
las primeras comunidades
cristianas, iluminadas por la
resurrección del Señor.
Convertidas en fórmulas de fe,
se integraron oficialmente a los
Credos de aquellos primeros
siglos.
Aunque la
geografía de Palestina no
presenta cimas muy altas, hacia
el norte del Tiberíades
descuella el monte Hermón, con
2.814 metros sobre el nivel del
mar. Desde la tierra de Canaán
podía verse su cumbre, coronada
de nieve la mayor parte del año.
Un poco más al
sur, estaba Cesarea de Filipos,
en un entorno de fértil
vegetación y suficientes aguas,
que en tiempos remotos albergaba
manadas de ciervos y otros
animales montaraces. Alguien
afirma que el autor del salmo 42
pudo inspirarse sobre aquel
paraje: “Como busca la cierva
torrentes de agua, así mi alma
te busca a ti, Dios mío”.
La confesión de
Pedro, en nombre del grupo,
debió agradar al Maestro. Pero
enseguida quiso explicarle que
esa adhesión no estaría exenta
de padecimientos y de muerte.
Como apoyándose en un texto de
Isaías: “Ofrecí mi espalda a los
que me golpeaban, la mejilla a
quienes mesaban mi barba. Pero
el Señor me ayuda y por eso no
quedaba confundido”.
Esto puso en
crisis al apóstol, hasta el
punto de pedirle al Maestro que
modificara sus planes. Aunque al
final Jesús habló de
resurrección, de esto entendía
muy poco el discípulo.
Pero el Señor se
mantuvo en lo dicho,
reprendiendo a Pedro con duras
palabras: “Quítate de mi vista,
Satanás. Tú piensas como los
hombres, no como Dios”. Sin
embargo en su vida futura el
apóstol vivió su compromiso, en
medio de dificultades y
desaciertos y al final,
entregando su vida.
La respuesta que
nosotros, como cristianos,
podemos darle al Señor, no será
presencial. Consistirá más bien
en llenar un formulario, donde
podremos evaluar si cultivamos o
no, una entrega veraz a
Jesucristo. Todo ello dentro
del marco teórico que nos
sugiere el apóstol Santiago.
Aquel sencillo pescador del lago
nos dice en su carta: “¿De qué
le sirve a uno decir que tiene
fe, si no tiene obras?. La fe
sin obras está muerta por
dentro”.
Nuestra respuesta
estará condicionada a una
sincera evaluación sobre los
valores del Evangelio. ¿Sí los
estamos cultivando?: Sintonía
con Dios. Transparencia.
Fraternidad. Responsabilidad,
Trascendencia, Capacidad de
perdón. Sencillez. Austeridad.
Práctica de oración. Proyección
social. Respeto a la vida.
Sentido de pertenencia a la
Iglesia.
Sólo una
calificación suficiente en estas
asignaturas, podría garantizar
que sí tenemos a Jesucristo como
nuestro Dios y Señor.
Los teólogos de todos
los tiempos han indicado caminos para acercarnos a Dios.
Pero enseguida advierten que la razón no es el más
adecuado. Proponen entonces la vía del amor. Desde un
amor pequeño como el nuestro, hacia el Amor sustancial,
es posible cierto acercamiento.
Cuando el Evangelio
empezaba a inculturarse en el mundo griego, surgieron
nuevas expresiones para presentar las verdades del
cristianismo. Entre ellas la palabra “Trinidad”, término
que no hallamos en la Biblia. Pero se deduce de aquel
mandato de Jesús: “Id y haced discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo”.
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