Breve meditación para cada día:
Lunes. Semana XXIX del Tiempo ordinario
"Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó: estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo" (Ef 2, 4)
Que tristeza cuando uno está en pecado mortal. Entonces, qué íntima desazón, que zozobra continua. Es posible que hay quien se queda como si tal cosa, aunque la conciencia le recuerde y recrimine el malhechor. Es posible, pero cuando uno tiene un mínimo de sensibilidad y, aunque sea medias, ame a Dios, sentirá en el fondo de su alma el lógico remordimiento, el pesar, el arrepentimiento y deseo de retornar, como el hijo pródigo, a la casa peterna, seguro del perdón del Padre.
Luego el perdón divino, la paz serena, el gozo incipiente, la alegría de vivir. Es como si saliese el sol después de una noche tempestuosa, derramando su luz y su calor por entre todos los hombres. Esa realidad la evoca Jesús para enseñarnos que Dios es bueno para todos, sin hacer distinción de personas. Y al mismo tiempo, se nos exhorta a imitar al Padre, ser misericordioso como él lo es. Podemos estar seguros de que su ayuda no nos faltará. Sobre todo si se la pedimos una y otra vez, perseverando con humildad y confianza.
Martes. Semana XXIX del Tiempo ordinario
"...sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios" (Ef 2, 19)
En la época en que escribe esta carta, todavía el imperio romano extendía su poder y su grandeza por todo el universo. Pero dentro de la geografía de dicho imperio, había ciudades de especial categoría que daba los que nacían dentro de sus murallas la categoría de ciudadano romano, con todos los privilegios que dicho título comportaba. En alguna ocasión San Pablo recurre a su condición de ciudadano de Tarso, ciudad considerada como romana, para librarse del terrible castigo romano de la flagelación.
El Apóstol les asegura que el ser cristiano conlleva el ser hijos de Dios, ciudadanos del Cielo, moradores de la casa de Dios. Es un dignidad excelsa que nos eleva hasta lo divino... Pero no podemos olvidar que nobleza obliga. Nos lo recordaba Jesús cuando decía que hemos de ser como nuestro Padre, que no hace distinción entre niños o adultos, que envía la lluvia para todos, también para los que no le aman... Si obramos así, florecerá la paz y la alegría.
Miércoles. Semana XXIX del Tiempo ordinario
"A mí, el más insignificante de todo el pueblo santo se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo..." (Ef 3, 8)
Sin duda, que la figura de San Pablo es de una gran riqueza humana y teológica. Su sinceridad al hablar de sí mismo siempre impresiona, al mismo tiempo que estimula y anima. En ocasiones habla de su méritos sin el menor recato, presentando una hoja de servicios realmente extraordinaria, por los trabajos realizados y por los frutos conseguidos con la ayuda de Dios, así como las grandes revelaciones y experiencias místicas.
Otras veces, como aquí, dice que es el más insignificante de todos, refiere su propia condición humana, habla de sus pasiones, de sus fallos, de sus fechorías contra los cristianos a los que perseguía con saña. Confiesa humildemente que tiene dentro de sí una fuerza maléfica que le lleva a cometer acciones que no quisiera haber cometido... Y sin embargo, él confía en la ayuda del Señor y afirma, con fe y esperanza, que todo lo puede en aquel que le conforta... Toda una lección para quienes queremos ser mejores de lo que somos, sin acabar de conseguirlo.
Jueves. Semana XXIX del Tiempo ordinario
"...que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento..." (Ef 3, 17)
San Pablo era, sin duda, un hombre apasionado, capaz de perseguir a muerte a quienes consideraba unos herejes y, al mismo tiempo, amar hasta las últimas consecuencia, la de darlo todo y darse a sí mismo movido por un encendido amor. Por otra parte, ha escrito con una gran fuerza y claridad sobre lo que es la esencia de Evangelio, el amor a Dios y por Dios a todos los hombres. De todos es conocido su Himno a la caridad, es decir al amor cristiano.
En este pasaje que meditamos nos dice que hemos de estar enraizados y cimentados en el amor. Raíces y cimientos, dos realidades que expresan con vigor lo que ha de ser nuestra vida de cristianos. Hombres y mujeres que viven y mueren movidos por el amor de Dios que, según San Pablo, ha sido infundido en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado... Y, sin embargo, a veces mi amor está apagado...¿Será que el tiempo es un corrosivo que deteriora el amor? ¿O será simplemente el egoísmo, la soberbia y la sensualidad?... Dios mío, tú lo sabes, yo te quiero amar siempre, más y mejor.
Viernes. Semana XXIX del Tiempo ordinario
"Yo, el prisionero de Cristo, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados" (Ef 4, 1)
La cárcel mamertina en Roma, cuyas ruinas aún se pueden visitar, fue donde según la tradición estuvo prisionero San Pablo. El Apóstol de los gentiles conoció también otras prisiones. Y sin embargo, cargado de cadenas, aparece como un hombre libre y sereno, preocupado por los demás, deseoso que ellos también sean libres, con esa libertad que Cristo nos ha conseguido, la libertad de los hijos de Dios.
Sus palabras, libres como el aire, limpias como el agua, nos llegan hoy con la misma fuerza de entonces. Y no pide que andemos conforme a la vocación que hemos recibido, es decir, que seamos coherentes con el Evangelio, que vivamos lo que creemos, que demos testimonio del mensaje liberador de Cristo no sólo con las palabras, sino sobre todo con las obras.
Sábado. Semana XXIX del Tiempo ordinario
"A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia, según la medida del don de Cristo" (Ef 4, 7)
Nadie podrá decir que no recibió la ayuda necesaria. Y como el don de Cristo es inconmensurable, siempre su medida de bendición será muy abundante... Así es, en efecto, pues Dios no puede permitir que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Y siempre que caemos se debe a nuestra flojera en la lucha y nunca a lo desmesurado de la tentación. Es San Pablo el que también nos dice que nuca hemos resistido hasta la sangre.
Y luego está el perdón divino, su misericordia sin límites. Cada vez que confesamos nuestro pecado y le pedimos perdón, Dios nos perdona. Y no sólo eso. También nos da su gracia, es decir, su luz y su fuerza, para que veamos lo que hemos de hacer y podamos hacerlo. Es verdad que a unos da de una forma y a otros de otra, pero a cada uno le ofrece lo que necesita y más. Sólo nos queda aceptarlo con gratitud y luchar por no volver a derrochar sus beneficios.
Lunes. Semana XXX del Tiempo ordinario
"Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo" (Ef 4, 32)
Perdonar al pecador es uno de los atributos realmente divinos.
El perdón de Dios ha de imponer al hombre, hacerle comprender la grandeza del Señor. Por otro lado, la magnanimidad divina nos ha de llenar de esperanza y gratitud. Pero, al mismo tiempo, hemos de tratar de corrresponderle, pagar amor con amor. Y el amor, no lo olvidemos, está sobre todo en las obras, en la repuesta fiel al querer divino. Y Dios quiere que nos amemos unos a otros, que seamos comprensivos y buenos.
Martes. Semana XXX del Tiempo ordinario
"...como Cristo amó a su Iglesia: El se entregó a sí mismo por ella..." (Ef 2, 25)
Como es lógico, el discípulo ha de intentar ser como el Maestro, conocerle y amarle. En este pasaje nos recuerda el Apóstol el amor que Cristo tiene a su Iglesia. A todos y cada uno de los que, por su misericordia, formamos parte del Cuerpo místico de Cristo. Y lo mismo que Jesús, también nosotros hemos de entregarnos, vencidos y sostenidos por el amor de Dios, en servicio abnegado y desinteresado.
Es la razón de mi vida, el porqué de mi consagración sacerdotal. Por eso quiero olvidarme de mí mismo. Pensar sólo en el modo de servir más y mejor... Conviene recordar que el dar la vida por Cristo y por su Iglesia, se nos exige a todos, también a los que no son sacerdotes. La salvación está reservada para todos y no sólo para unos cuantos privilegiados. En consecuencia también los laicos forman parte del ejército de Dios, son soldados de Cristo, que lucha con denuedo por ser fiel al Evangelio y contribuir a difundirlo.
Miércoles. Semana XXX del Tiempo ordinario
"'Honra a tu padre y a tu madre' es el primer mandamiento al que se añade una promesa..." Ef 6, 2)
San Pablo baja al terreno de lo concreto e inmediato. Y nos recuerda el principal mandamiento de los referentes al prójimo, el amor a nuestros padres, que son en definitiva los que más cerca han de estar junto a nuestro corazón. Para subrayar su importancia, y también para animarnos en su cumplimiento, añade que es el primer mandamiento seguido de una promesa, la de tener larga vida sobre la tierra.
Ese amor a los padres es algo connatural al hombre, lo mismo que es connatural el amor a los hijos. Sin embargo, se dice que un padre lo es para cien hijos, pero cien hijos no lo son para un padre. Creo que es una exageración cruel. Sin embargo, lo mismo que el amor paterno, incluso el materno, se pervierte a veces hasta ahogar al hijo antes de nacer, también el amor filial en ocasiones se olvida. En ambos casos se da una monstruosidad. Pensemos en nuestra propia conducta y obremos en consecuencia de nuestra condición de cristianos.
Jueves. Semana XXX del Tiempo ordinario
"Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder" (Ef 6, 20)
Qué débil soy, que limitado, que frágil. Cuántas veces me he roto y he sido recompuesto. Cuántas cicatrices mal cerradas... Pero tú eres todopoderoso, el Fuerte más fuerte. Y eres bueno, el único Bueno. Y me amas. Como nadie. Por eso, siendo débil no pierdo la esperanza de vencer... Hace mucho tiempo que escribía estas líneas durante mi oración personal. Después de tanto tiempo, puedo repetirlas porque también se repitieron las circunstancias que las motivaron.
Pienso que también a mi hipotético lector le pueden ayudar esas líneas, y por eso me atreví a transcribirlas. También porque lo único que pretendo es hacerme eco de las palabras del Apóstol, palabras sagradas, inspiradas por Dios. Y hoy sus palabras nos recuerdan que sólo en Dios podremos encontrar fuerzas para sobrellevar nuestra carga, porque es cierto, Dios es invencible, y lo puede todo.
Viernes. Semana XXX del Tiempo ordinario
"Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero, en Cristo Jesús" (Fl 1, 8)
Pablo les declara su amor a los de Filipo. Y como prueba de la autenticidad de su amor, pone a Dios por testigo. ¿Podríamos nosotros decir lo mismo? Pensemos que el único que conoce si de veras amamos a nuestros hermanos es el mismo Dios. De todas formas hay una prueba irrefutable de la veracidad de nuestro amor, la realidad de nuestras obras, la entrega generosa en bien de los demás.
En cuanto al amor a Jesucristo, también él sabe si de verdad le amamos, o si no pasamos de unas palabras, o de unos sentimientos pasajeros y fugaces... Cuando el Señor le pregunta a Pedro si le ama, éste le contesta que sí, pero como el Señor insiste, Pedro responde: Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero... Tú sabes, Señor, cuánto he amado y cuánto amo, y también sabes ¡cuánto quisiera amar!... Quizás pensemos que ya demasiado tarde, y que parece un cambio imposible en este nuestro duro corazón... Pero tú, Señor mío y Dios mío, eres fuerte, bueno e infinitamente amable. Enamórame de nuevo, conquístame el corazón hasta amarte como a nadie.
Sábado. Semana XXX del Tiempo ordinario
"Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir" (Fl 1, 21)
La muerte no tiene por ser una pérdida, y mucho menos el final de nuestra historia. Sería entonces la nuestra una triste y corta historia. Triste porque en la mayoría de los casos el dolor y la amargura son frecuentes, o porque por muy felices que seamos, siempre nos sentimos en cierto modo insatisfechos. Y corta porque aún viviendo muchos años, siempre tenemos la impresión de que todo ha pasado muy deprisa.
Por otro lado, precisamente porque la vida es siempre corta, hay que vivirla con intensidad, sacándole el mayor provecho posible. Sobre todo viviéndola muy unidos a Cristo. Entonces la vida es una grande y progresiva ganancia... En esta misma epístola habla el apóstol de redimir el tiempo, es decir darle un sentido profundo, infundirle una fuerza interna y transformadora. Así el tiempo, que según dicen es oro, se convierte en eternidad. Y lo que tiene un valor relativo y efímero, alcanza un valor imperecedero y eterno, gracias al amor a Dios con que en ese tiempo se vivió.