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COMENTARIOS AL EVANGELIO, CICLO - A
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TIEMPO PASCUAL
DOMINGO DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
(El había de resucitar de entre los muertos.)
Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn
20,1-9.)
El primer día de la semana, María
Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa
quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro
discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: -Se han llevado del sepulcro al
Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos,
pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al
sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó
también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el
suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las
vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos.
Palabra del Señor.
VIGILIA PASCUAL Mat.28, 1-10
Es de madrugada, pero ya comienza a insinuarse la inminente aurora y María Magdalena y la otra María, las mujeres, ya no aguantan más y se acercan hasta el sepulcro con el gusanillo de la curiosidad corroyéndolas por dentro. ¡Mira que si fuera verdad lo que decía el Maestro! ¡Mira que si hubiera resucitado! De pronto la tierra tiembla, un ángel baja del cielo como un resplandeciente relámpago con sus resplandecientes vestiduras y les da la tan esperada y deseada noticia: JESÚS HA RESUCITADO, tiene intención de reunirse con sus discípulos en Galilea y ellas han de ser las portadoras de las noticias, pero , además, son las afortunadas en ser las primeras que ven y hablan con el Maestro y, como siempre, lo primero que hace Jesús al encontrarse con ellas es tranquilizarlas y con su dulce voz las dice: “No tengáis miedo” “Soy yo, no soy ningún fantasma, tranquilas”.
Amanece, la oscuridad de la noche desaparece y la claridad con su luz resplandeciente se abre camino para imponer su alegre presencia.
MISA DEL DÍA DE PASCUA Jn. 20, 1-9
María Magdalena que antes del amanecer ha salido; vuelve como loca, diciendo que el Señor ha resucitado, que ella lo ha visto. Pedro y Juan salen disparados, pero la juventud de Juan se impone y llega antes y, desde fuera, mira el sepulcro vacío; resoplando como un caballo llega Pedro y no se entretiene en asomarse sino que penetra directamente en el sepulcro –una vez más el ímpetu de Pedro- Juan también entra entonces y observan el sudario y los vendajes y hasta entonces no comprendieron las escrituras. Esto no debe causarnos sorpresa alguna, a nosotros nos ocurre lo mismo con demasiada frecuencia, necesitamos ver, tocar, palpar para creer y a veces incluso nos cuesta.
Por fin ha llegado el momento tan esperado. La Vida, saliendo del sepulcro, ha vencido a la muerte. Nunca más temeremos pasar al otro lado. Nuestro Maestro nos dice que no nos preocupemos que Él es la Vida y por lo tanto la muerte ha perdido toda su influencia, todo su dominio y temor ha quedado reducido a un desagradable recuerdo, a un mal sueño, a una pesadilla. Con el despertar al nuevo día, los malos sueños quedaron atrás, la luz del nuevo día tiñe con un nuevo color el horizonte, con una nueva luz.
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DOMINGO 2º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
"A los ocho días llegó Jesús."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-31.)
Al anochecer de aquel día, el
primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas
cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les
dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron
de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu
Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis, les quedan retenidas.
Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no es taba con ellos cuando vino
Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto
el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó
Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela
en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin
haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista
de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías,
el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
Palabra del Señor.
(Jn. 20, 19 – 31) Ha oscurecido, es el anochecer. Desde hace unos días siempre parece ser de noche. Las puertas permanecen firmemente cerradas. El miedo se palpa en el ambiente. Los judíos son vengativos y no es posible saber si se habrán calmado con la muerte del Maestro. Por si acaso es mejor no llamar la atención, pasar desapercibidos. Este era el panorama que se presentaba, con este temor y este sobresalto vivían aquellos hombres cuyo único delito consistía en haber seguido a Jesús y precisamente por eso ahora estaban atemorizados.
En este marco enrarecido y casi estrangulado se enciende una luz, se oye una cálida voz que manifiesta un deseo de paz para todos. Jesús, el Maestro, está allí, con ellos y su deseo es que la paz se haga palpable, que todos se sientan inundados por ella.
Como es de suponer aquellos hombres debieron quedar sobrecogidos, sin saber qué decir. Es comprensible, a cualquiera de nosotros nos hubiera ocurrido lo mismo. Pero esta inesperada visita del Maestro no para aquí, en un deseo de paz, no. Hay algo más; les infunde el Espíritu Santo y les otorga la capacidad de perdonar los pecados. Esto, dicho así, nos puede parecer una de las muchas cosas que Jesús dijo o recomendó a sus discípulos, pero si nos paramos un poco a pensar veremos que nos está transfiriendo una potestad que escapa a la órbita del hombre y entra directamente en la órbita de Dios. El pecado es una ofensa a Dios. La ofensa se valora en función del ofendido, no del ofensor; de donde se deduce que quien tiene potestad para perdonar este tipo de ofensas, de pecados, sólo es Dios, y Dios mismo es quien otorga a aquellos hombres, ya renovados por la acción del Espíritu Santo, esta inestimable potestad.
Tomás no se encontraba allí. –Nosotros a veces tampoco estamos ahí- y cuando le contaron lo ocurrido, su reacción fue más común de lo que nos pueda parecer: “Si no lo veo, no lo creo”.
A los ocho días, es decir, nuevamente, el Maestro vuelve a estar entre los suyos y esta vez Tomás se encontraba allí. Jesús le ofrece sus manos y su costado para que su incredulidad sea relegada por las pruebas evidentes.
Jesús: a pesar de todas las incredulidades y durezas de corazón de todos, de tus discípulos y mía, te fías de ellos y te sigues fiando de mi. Para hallarte hay un lugar privilegiado, la reunión de los fieles. Fuera de ella no te encontró Tomás. Con él te digo, sin haberte visto, pero sí te siento vivo, vivificante y amigo cercano: ¡Señor mío y Dios mío!
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DOMINGO 3º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
"Le reconocieron al partir el pan."
Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc
24,13-35)
Dos discípulos de Jesús iban
andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaus
distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había
sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso
a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo El les dijo:
-¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos que se llamaba Cleofás, le
replicó: -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado
allí estos días?
El les preguntó: -¿Qué?
Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en
obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos
sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que él fuese el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace
dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos
han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron su
cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles,
que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al
sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron
los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su
gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que
se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos
le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de
caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan,
pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos
y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro
corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos
a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado
el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por
el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
(Lc 24,13-35) Como en la vida, también Cleofás y su amigo van caminando juntos y comentando los últimos acontecimientos ocurridos en Jerusalén. El desaliento se adivina en su largo caminar; la desilusión dibuja un rictus de desencanto en sus semblantes. Un caminante se les una “al azar”. Les pregunta el motivo de su charla y ellos le miran como si procediera de otra galaxia: pero ¿de dónde sales? ¿Acaso no sabes lo ocurrido estos días en Jerusalén? Y ante la extrañeza del recién llegado le resumieron lo ocurrido.
El nuevo compañero de camino debía estar versado en las escrituras porque se las explicó de cabo a rabo. La noche se aproximaba y Emaux estaba encima. El compañero de viaje hace postración de seguir su camino pero Cleofás y su amigo, prendados de su forma de hablar, le instan a quedarse con ellos aduciendo como excusa que la noche estaba cercana, que el día tocaba a su fin. El invitado accede y llega la hora de la cena; se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y le reconocieron. ¡Su compañero de camino y confidente era El Maestro!
Ya no importaba la proximidad de la noche. El cansancio desapareció como por arte de magia. Se volvieron a Jerusalén tardando menos que nunca. Su deseo era contar a los Once su experiencia, dar su testimonio y corroborar que Jesús estaba vivo. Ellos le habían visto.
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DOMINGO 4º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
"Yo soy la puerta de las ovejas."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn
10,1-10.)
En aquel tiempo dijo Jesús a los
fariseos: -Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las
ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que
entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las
ovejas atienden a su voz, y el va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca
fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas
lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán
de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.
Por eso añadió Jesús: -Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los
que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los
escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y
salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer
estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
Palabra del Señor
( Jn 10,1-10.) Jesús, una vez más, usa la parábola, la historieta, para lanzar un mensaje y que este pueda ser captado por sus discípulos, hombres sencillos de mentalidad sencilla y sin artificios.
Esta vez, como otras, no le entienden y es casi comprensible ya que Jesús les habla de ovejas y pastores y ellos eran pescadores en su mayoría: Jesús se da cuenta de que no le han entendido y entonces decide explicárselo directamente y se define a sí mismo como la puerta de entrada al aprisco, como el pastor que ha venido para que sus ovejas tengan vida y la tengan plena y abundante.
Jesús se nos manifiesta como nuestro Pastor, el que nos rescata de los laberintos a los que conduce el pecado y el que nos carga sobre sus hombros para poder entrar seguros por la puerta de la salvación. Sabemos de quien nos fiamos y a quien confiamos nuestra vida y nuestra salvación.
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DOMINGO 5º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn 14,1-12.)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No perdáis la calma, creed en Dios
y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo
habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio,
volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y
a donde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice: Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde: -Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre
sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo
conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Jesús le replica: -Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?
Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre».
¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo
hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.
Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo
aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún
mayores. Porque yo me voy al Padre.
Palabra del Señor.
( Jn 14,1-12.) Jesús nos hace, en el pasaje de hoy, una recomendación que cada día cobra mayor actualidad: “Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Nos desenvolvemos en una sociedad eminentemente práctica y que profesa culto a lo material y tangible, a lo verificable; lo empírico sustituye a lo posible y a lo deseable, de ahí que con demasiada frecuencia la decepción ocupe el lugar de la esperanza. Tomás es un claro ejemplo de esto que decimos: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Dicho de otra forma: Danos algo que podamos ver y tocar para que sepamos a qué atenernos.
Tomás, una vez más, saca su lado entre escéptico y realista y exige hechos tangibles que él pueda contrastar y verificar para así tener un convencimiento –que no fe- en todo aquello que se le presenta: “Si no lo veo, no lo creo”. De nuevo Tomás es nuestro representante en la asamblea de los Once. Y digo que es nuestro representante porque a nosotros nos sucede con demasiada frecuencia lo mismo que a Tomás y también es cierto que gracias al pragmatismo de este hombre honesto consigo mismo tenemos una de las más bellas definiciones que Jesús hace de sí mismo englobando en ella no sólo a su persona sino a su misión completa como cumplimiento de los planes del Padre: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”.
También nos atrae su maravilloso horizonte de esperanza: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias… Cuando vaya os prepararé sitio, volveré y os llevaré conmigo… Creedme… Si no, creed a las obras”.
Palabras reconfortantes para ahuyentar inquietudes y temores de futuro: “ Que no tiemble tu corazón… Cuando vaya a la casa de mi Padre y te prepare sitio, volveré y te llevaré conmigo” ¿Qué más podemos esperar?
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DOMINGO 6º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
"Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn
14,15-21.)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con
vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve
ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está
con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero
vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo
estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis
mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo
también lo amaré y me revelaré a él.
Palabra del Señor.
Jn. 14, 15-21 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Nuevamente hace su aparición el amor como condicionante, como conditio sine qua non para llevar a cabo algún acto de la voluntad.
Solemos decir que no es nada fácil cumplir los mandamientos que Jesús nos dejó; pero también hay que reconocer que nos dio las armas para poder llevar a buen término el cumplimiento de sus mandamientos: el amor. Con el amor todo es posible, no hace falta nada más, como bien nos dice S. Juan de la Cruz.
Él sabe que ha llegado la hora en que debe volver al Padre y anima a sus discípulos con la promesa de que le pedirá al Padre que les envíe otro Defensor. Este Defensor será nada más y nada menos que el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque ni le ve ni le conoce pero que los discípulos sí le conocen porque vive con ellos y está con ellos, aunque siempre le hayan visto bajo la forma tangible de Jesús, que está con ellos.
También les promete que volverá y que ellos le verán y vivirán porque Él sigue viviendo; pero la mejor y mayor promesa la hace Jesús cuando dice a sus discípulos:”Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”
Te doy gracias por el anuncio de esa unidad contigo y con el Padre. ¡Una persona tan débil e infiel como yo, en el seno de la Trinidad!
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DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR:
EVANGELIO
"Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra."
Final del santo Evangelio según San Mateo. (Mt
28,16-20)
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les
había indicado. Al verlo se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a
ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os
he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo.
Palabra del Señor.
8-05-2005 Mt. 28, 16-20 Nuevamente va a producirse un hecho puntual y relevante y, de nuevo, la presencia de un monte, de un lugar elevado, relevante. Jesús parece servirse de la orografía para mostrar gráficamente a sus discípulos lo que realmente importante y este momento lo es. No quita que algunos de sus discípulos, todavía, tenga sus dudas y se haga ciertas preguntas en su interior como: “Si el Maestro se va ¿Qué va a ser de nosotros?”. Jesús, que ve en sus corazones, se acerca a ellos y les anima y les da como aval la noticia: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos…” No hay discriminación en sus palabras, ni por raza, ni color, ni origen; todos son hijos de Dios y, por lo tanto, dignos de ser bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y para sosegar sus inquietudes les dice: “Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Amigo mío, te vas, pero te quedas conmigo. Eres el amigo siempre fiel en el que puedo descansar.
Me envías al mundo a ser tu testigo, pero me garantizas tu compañía: “Yo estaré contigo todos los días”.
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DOMINGO 7º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:
EVANGELIO
"Padre, glorifica a tu Hijo."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn
17,1-11a.)
En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: -Padre, ha llegado la
hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú
le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Esta es
la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado,
Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me
encomendaste. Y ahora; Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo
tenía cerca de ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos
eran y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que
todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que
tú me diste y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí
de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste y son
tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya
no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo mientras yo voy a ti.
Palabra del Señor.
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DOMINGO DE PENTECOSTÉS Jn. 20, 19-23
Nuevamente la Iglesia pone en nuestra consideración el pasaje que Juan nos narró en el II Domingo de Pascua, aunque esta vez es un poquito más corto. Aquí no se trata de resaltar la incredulidad de ningún discípulo (ni nuestra), no. Aquí el protagonista es el Espíritu Santo prometido por Jesús para que, en su ausencia, sea su apoyo y su guardián, su escudo y su defensa, su vigor y su fuerza.
Jesús se presenta ante los suyos siendo, como siempre, portador de la paz. Esta vez les trae un encargo, una misión que cumplir: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
Es de imaginar la cara de espanto que pondrían aquellos aterrorizados hombres que permanecían “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” cuando recibieran este mandato del Maestro, que sin duda debía haberse vuelto loco, porque viendo lo que habían hecho con él, les envía a ellos…, pero todo este panorama cambió de forma radical cuando Jesús les dice: “Recibid el Espíritu Santo…”
Un fuego extraño, jamás sentido hasta entonces, se apoderó de ellos y lo que hasta ese momento habían sido miedos, temores, indecisiones…, todo eso se cambió, por la fuerza del Espíritu, en brío, valor, coraje…
Señor: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu, se cumpla en nuestras vidas. ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en nosotros el fuego de tu amor!
EVANGELIO
"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn
20,19-23.)
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos
en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En esto entro
Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron
de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu
Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis, les quedan retenidas.
Palabra del Señor
(Jn. 20, 19-23) La Pasión de Jesús está reciente. El choque emocional ha sido importante y los efectos se manifiestan en la situación en que el evangelista nos muestra a los discípulos; encerrados por miedo, sin más. En este marco de temor, la esperanza hace acto de presencia en la estancia y una voz tranquilizadora transmite un mensaje de paz que tiene la virtud de alejar todos los temores que parecían oprimir la estancia. Jesús no solamente les trae la paz, sino que les trae el Espíritu Santo para que les fortalezca y les de valor ante la situación que se les presenta – y que se les presentarán – y no sólo eso, sino que también les da la potestad de perdonar los pecados.
Es algo que trasciende a la misma condición humana ya que la faculta para decidir en algo que está por cima de ella.
Esto es algo que, por oído desde siempre, puede que llegue a escapársenos. Es uno de los hitos del mensaje que Jesús nos dejó. Es uno de los regalos más hermosos que el Maestro nos dejó, desbordando su amor por el hombre. Él es conocedor de nuestras debilidades y no quiere que por nuestra tozudez o por nuestra falta de sensibilidad (se me ocurre decir otra cosa, pero me aguanto, aunque creo que no soy el único), perdamos la oportunidad de disfrutar de los privilegios de los hijos de Dios.
Una vez más no nos queda más remedio que dar las gracias por el inmenso amor que Jesús nos profesa.
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SANTÍSIMA TRINIDAD:
EVANGELIO
"Dios mandó a su Hijo al mundo, para que se salve por él"
Lectura del santo Evangelio según San Juan.
En aquel tiempo
dijo Jesús a Nicodemo: -Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único,
para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el
mundo se salve por él. El que cree en él,: no será condenado; el que no cree, ya
está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Palabra del Señor.
Jn. 3, 16-18 El resumen del pasaje de hoy, si acaso alguien nos lo pidiera, bien pudiera ser este: “Dios mandó a su Hijo para salvar al mundo”
San Juan trata de explicárnoslo de forma clara y concisa, pero el hecho es de tal envergadura que me da la sensación que esta vez el evangelista es demasiado parco, demasiado escueto.
El evangelista nos confirma lo que nosotros ya habíamos ido intuyendo a lo largo del año litúrgico y es que: “Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”
Al mismo tiempo que Juan confirma lo que ya habíamos atisbado, nos abre una puerta a la esperanza sin límites: “El que cree en Él no será juzgado” También nos comunica la enorme pena que tendrá el que no crea en Él y que va implícita en el mismo hecho.
Una vez más vemos el empeño de Dios en dar a su criatura predilecta, a la que hizo a su imagen y semejanza, todas las oportunidades posibles para que consiga su felicidad, la meta primordial que ya trae marcada al tiempo de nacer. Sólo el libre albedrío mal usado por parte del hombre puede impedirle que alcance la meta prevista.
A veces imputamos a Dios lo que no es más que tozudez e irresponsabilidad nuestra, pero también es cierto que hay mucha gente que dedica su vida a dar gracias a Dios por sus bondades y a cantar sus alabanzas noche y día. Me refiero a todas aquellas personas que se dedican a la vida contemplativa y que tantas veces nos pasan desapercibidas y no dejan por eso de ser como la savia que corre por todo el árbol, que aunque no se ve, su acción es vital y necesaria para la supervivencia de ese árbol.
Sirvan estos renglones pergeñados de la mejor manera que he sabido para dar las gracias a todos esos paladines de la fe que luchan con tesón y en silencio por todos nosotros. Desde aquí les digo, en nombre de todos y en el mío propio: “Gracias, hermanos, gracias”
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CORPUS CHRISTI
EVANGELIO
"Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida"
Lectura del santo Evangelio según San Juan.
(Jn. 6, 51-58)
En aquel tiempo
dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que
come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la
vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí: -¿cómo puede éste darnos a comer su
carne?
Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del
hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y
bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que
me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo
comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
Palabra del Señor.
Jn. 6, 51-58 Cuando, después de muchas vueltas, me he decidido a comentar, o mejor, a manifestar mis impresiones sobre este pasaje del evangelio de Juan, estoy con un estado de ánimo un tanto raro. Intentaré explicarme: Cuando Jesús dice a los judíos “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que como de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”, a mí no me asaltó el desasosiego que se apoderó de los que le oían al pensar que Jesús quería convertirlos poco menos que en antropófagos, no. Yo tenía ya asumido lo que Jesús trataba de explicar de una manera tan gráfica y directa. ¡Si vierais la de veces que le digo yo a mi nietecilla que me la voy a comer…! Y cuando me preguntan por ella, con frecuencia mi respuesta es: ¡Está para comérsela! Y nadie se escandaliza, más bien se ríen. Con esto quiero decir que el estado de mi ánimo no está relacionado con esta cuestión sino con el interés tan fuerte, tan intenso, que pone el Maestro en que comprendamos que hemos de entender su propia esencia y asumirla e incorporarla a nosotros como hacemos con el alimento que tomamos cada día, que una vez consumido pasa a formar parte de nosotros mismos y contribuye al mantenimiento y desarrollo de nuestra propia vida.
Esto es lo que trata de inculcarnos con tanto afán el Maestro: Que le comamos, que le asumamos porque es nuestro alimento verdadero, el que nos va a proporcionar un tipo de vida tan especial que nos va a asemejar a Él, que junto con el Padre, por el que vive, también participa de esa vida.
Esto es lo que hace que me sienta un tanto raro, un tanto desasosegado. Por una parte entiendo lo que Jesús me dice y lo acepto gustoso e ilusionado, pero por otra parte veo mi forma de comportarme y, la verdad, no siempre se adecua a lo que debiera ser, al menos no correctamente. Y aquí es donde reside la verdadera causa de mi desazón ¿Me explico? Creo que me entendéis perfectamente y estoy casi seguro de que a algunos de vosotros os puede haber pasado lo mismo. No obstante, quiero que no me mal interpretéis, o mejor, queremos que no nos malinterpretéis respecto de estos comentarios –llamémoslos así- sobre los pasajes evangélicos que hemos compartido. No son más que la manifestación escrita, con el deseo de compartirla con vosotros, de aquellos sentimientos que dichos pasajes nos suscitan y que, después de comentados y de una puesta en común entre nosotros, tenemos la osadía de escribirlos, por si a alguien le hace algún bien, pero quede claro que son opiniones meramente personales, sin ningún ánimo de dogmatizar y, desde luego, admitiendo todos los posibles fallos que estamos seguros sabréis comprender y perdonar.
La verdad es que, volviendo al pasaje que nos ocupa, nunca podremos agradecer a Jesucristo el inmenso regalo de su compañía viva y vivificante en la Eucaristía: (Pan vivo bajado del Cielo). ¿Somos verdaderamente conscientes de esto en la celebración de la Misa y en la comunión?
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