Comentarios para la gente de la calle. A veces no tan creyente como suponemos; a veces más creyentes de lo nos gustaría. Unos y otros con problemas vitales donde nuestro "dios acaramelado" no es parte esencial. Queremos preguntarnos, dónde está ese Dios Encarnado y cómo descubrirlo en la vida ajetreada; una vida que parece una paradoja, cuando nos adentramos en la alta definición, el menos definido es el Dios de la Vida. Ese es el Dios que queremos comentar, "el Dios de la Vida, pero de la vida real".

 

COMENTARIOS CICLO A, ANTERIORES

 

 COMENTARIOS AL EVANGELIO, CICLO - A

 

 

  SEMANA SANTA 

 

Evangelio   domingo de ramos  Mt.: 27, 11-54

 

                        Jesús ha terminado su periplo. Queda un solo trámite para que se cierre el círculo. Trámite tremendo que no tardará en consumarse. Su misión primordial está cumplida, lo que no quiere decir que Él de por concluida su trayectoria comenzada en una pequeña aldea y que no tendrá final “hasta que veáis venir al Hijo del Hombre con toda su gloria y majestad”.

 

                        Comentado así parece algo que, por tenerlo tan asumido, puede parecer normal, algo que sucedió hace mucho tiempo y que hemos conocido desde siempre. Algo que apenas si nos interpela de tanto tenerlo como conocido. Conocido sí, pero ¿sentido? Posiblemente también, lo que pasa es que la intensidad no se puede mantener en su punto culminante durante mucho tiempo, esto para el que ha tenido la suerte de experimentarla alguna vez y para el que no ha conseguido esta experiencia única yo le animaría a que siga intentándolo, es una de las experiencias que más llenan. Podéis creerlo.

 

                        Este tiempo, este periodo que se abre con el Domingo de Ramos, está cargado de una gran plasticidad. Es muy propicio para ser escenificado y que la catequesis penetre por los ojos. En un mundo en el que predomina la cultura de la imagen hemos de tener cuidado en el tratamiento de estos temas, no podemos realizarlos de cualquier manera, por muy buena que sea la intención. Un mínimo de dignidad, aunque sea con los medios más humildes, realzará cualquier interpretación que se haga en conmemoración de lo que constituye el núcleo de nuestra fe, porque la buena voluntad ya sabemos de antemano que está presente. Un año más nos encontramos inmersos en un tiempo cargado de sensibilidad y que desde estos sencillos renglones nos atrevemos a dar gracias a Dios por habernos concedido la oportunidad de celebrar una vez más, junto con millones de hermanos, la apoteosis de nuestra fe. ¡¡Gracias, Señor!!

 

 

DOMINGO II DE PASCUA       Jn.:20, 19-31

 

                        Juan nos refiere en qué circunstancias se encontraban los discípulos “el primer día de la semana”: reunidos y con las puertas cerradas por miedo.             El terrible suceso estaba muy cercano en el tiempo y su impacto aún se hacía notar. Es humano; a nosotros nos ocurre lo mismo en diversas circunstancias y por variados motivos. Lo curioso del  relato es la forma en que el Maestro se presenta: “en medio de ellos, estando las puertas cerradas” con esta premisa no es de extrañar que la mayoría pensara que se trataba de un fantasma y el mismo Jesús les saca de su error demostrándoles que es de carne y huesos, que no es ningún espíritu.

                        Aparte o además de todo esto y de otras consideraciones que podríamos hacer, no hemos de olvidar que el relato nos lo presenta Juan y por lo tanto nos encontramos con esos toques de sutileza y de precisión que puede faltar en los demás evangelistas. Juan nos narra algo de suma importancia: la institución del sacramento de la penitencia. Sacramento que a lo largo de la historia ha sido como un faro que constantemente ha servido para reencontrar la senda extraviada en la oscuridad de la noche y como un poderoso lenitivo capaz de procurar paz y sosiego a las más turbulentas de las conciencias y, sobre todo, capaz de restablecer la comunicación interrumpida entre la criatura y su Hacedor por causa del mal. El regalo es de un calibre tal que se nos escapa su posibilidad de evaluación.

                        También utiliza la sutileza el evangelista para animarnos, previendo que a muchos les costaría aceptar la resurrección del Maestro y nos muestra el ejemplo que se produce entre los mismos discípulos. Tomás, que no se encontraba presente cuando se presentó el Maestro, se muestra como un hombre escéptico y pone de manifiesto su incredulidad, cosa que luego le hará enrojecer cuando el Maestro le asegure que serán dichosos los que, en un futuro, crean sin haber tenido necesidad de ver y comprobar tocando, palpando las pruebas. En nuestra sociedad hay muchos “Tomás”, lo que hemos de rogar es que todos ellos puedan decir: “Señor mío y Dios mío”.

 

 

DOMINGO III DE PASCUA          Lc.: 24,13-35

 

                   Seguimos en el primer día de la semana y asistimos a la desbandada que se produce entre los discípulos y conocidos de Jesús. Todo ha terminado y no de la manera esperada. El reino de Israel no ha sido restituido y los romanos siguen haciendo notar su imperio. Todo fue un sueño, hermoso mientras duró, pero sueño al fin y al cabo…

            Una pareja de amigos, caminantes sencillos, van comentando entre ellos sus expectativas rotas y su desencanto de los últimos días y en estas condiciones se les une otro caminante más que les pregunta, que se interesa, por el tema de conversación que les ocupa. Un tanto extrañados de que no conozca la noticia, se la explican y a su vez reciben, a lo largo del camino, una detallada exposición de las noticias que las escrituras hacen respecto del Mesías. Pero el camino toca a su fin. La aldea a la que se dirigen está a la vista y el caminante solitario hace ademán de continuar su camino, pero cortésmente es invitado a quedarse en vista a que la tarde va vencida y las sombras de la noche se avecinan con rapidez. Aceptada la invitación, se sientan a cenar. El caminante toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da. Es un momento crítico. La venda ha caído de sus ojos. ¡Resucitó!. El primer impulso es correr a compartir la maravillosa noticia con los compañeros y así lo hacen. No importa que la noche haya caído; una luz nítida les alumbra; un fuego interno les anima; un gozo inmenso les embarga. ¡¡Resucitó!!

 

              Sigue habiendo muchas aldeas alejadas apenas unos kilómetros de donde estamos y que pueden constituir alguna vez nuestra meta. Es improbable que coincidamos con algún caminante solitario que se una a nosotros. No acostumbramos a caminar de forma abierta, con posibilidad de recepción de otros. El camino ya no es un medio de unión entre dos puntos; ahora no es más que la distancia que nos separa de nuestro destino inminente, pero aún podemos compartir nuestra mesa con alguien y sería muy hermoso que, aunque fuéramos unos perfectos desconocidos, se nos “conociera” al partir el pan, al compartir nuestra propia presencia, nuestro afecto e interés.

 

 

Evangelio     DOMINGO IV DE PASCUA    Jn.: 10, 1-10

 

                 Jesús intenta comunicar a sus oyentes la forma, la única forma que hay para tener acceso a la vida prometida. Para ello utiliza un símil muy elocuente en su tiempo, teniendo en cuenta que sus oyentes formaban parte de un pueblo de pastores, en su mayoría nómadas en fechas no muy lejanas y que están familiarizados con las situaciones que se presentan en la exposición.

         Hoy, por la normal evolución y desarrollo de la sociedad en que vivimos, no tiene mucho sentido este símil, sobre todo para los más jóvenes, muchos de los cuales no sólo no han tenido la ocasión de hablar con ningún pastor sino que ni siquiera lo han visto y, mucho menos, conocido. Pero sólo se trataba de eso, de un símil, de un ejemplo para que la idea central, el mensaje, fuera entendido de manera correcta, Por lo tanto podemos cambiar el ejemplo y adecuarlo a nuestro tiempo. De todas formas el mensaje le percibimos alto y claro: La única puerta de acceso es Jesús.

                    Pero… ¿Somos conscientes de este mensaje?  ¿Nos preocupa? ¿Lo tenemos en cuenta en el desarrollo diario de nuestras vidas? Supongo que habrá respuestas de todos los colores y matices pero… La verdad es que no es fácil seguir el ritmo que marca el guía. Que con frecuencia el camino no nos parece el más adecuado y otras veces que nos trae sin cuidado el camino, incluso nos trae al fresco el punto de meta programado. ¡Qué más da! Eso, al menos, es lo que queremos pensar, pero en el fondo… El que se ha acercado alguna vez a Jesús y ha conocido la locura del amor de Dios hecha carne, no duda en hacer cola a la puerta para poder entrar a la gran fiesta. Y si dicen que uno es un iluso, ¡que digan lo que quieran!.

 

Evangelio   DOMINGO V DE PASCUA    Jn.: 14, 1-12

 

                   Nuevamente nos encontramos con el evangelista que utiliza un lenguaje más críptico, aunque esta vez parece querer disimularlo pareciendo ser directo en su presentación central: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” pero aún en esta presentación aparentemente obvia se encierran un cúmulo de preguntas que podemos hacernos y que, con seguridad, nos hemos hecho más de una vez en algunos momentos determinados. Con frecuencia somos como Tomás, hombre sencillo que sólo necesita respuestas sencillas: “¿Cómo podemos saber el camino?” o como Felipe, que se conforma con lo mínimo, sin exigencias condicionantes: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Esos somos nosotros, hombres perdidos en nuestro continuo caminar hacia nuestro destino, esperando constantemente en alcanzar el conocimiento del Padre, del motor que nos impulsa y que nos empuja, aún en contra de nuestros deseos conscientes.

                   Vivimos nuestra existencia de forma automática. Sin planteamientos formales de futuro porque este nos resulta desconocido. Tampoco de pasado ya que consideramos que lo pasado, pasado está y no puede restituirse nada de lo ocurrido. Ante esta realidad puede parecer que poco nos queda por hacer, que la resignación y la aceptación de lo desconocido es nuestra única salida, que con un poco de suerte no saldremos demasiado mal parados. No es muy halagadora nuestra posición pero lo peor de todo es que a menudo nos trae al fresco, que no nos cuestionamos nada de lo relacionado con esta problemática, nos limitamos a aceptarla, sin más. Solo que en esas noches en que el insomnio nos impide dormir y nos enfrentamos a nosotros mismos, las eternas preguntas se nos presentan con una insistencia lacerante: “¿Quién soy?” “¿Cuál es mi destino?” “¿Qué debo hacer?”. Eso sucede una y otra vez, un día y otro, hasta que el sueño nos rinde y la niebla de la inconsciencia llega en nuestra ayuda. Esto sucede hasta el día en que en nuestro interior oímos unas reconfortantes palabras: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” o estas otras: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a prepararos sitio”. ¡Por fin podemos estar tranquilos!

 

Evangelio  DOMINGO VI DE PASCUA   Jn.: 14, 15-21

 

                   Se aproxima la despedida  y Jesús va preparando el terreno para que esta resulte lo menos traumática posible para su pequeño grupo que sigue nutriéndose de sus enseñanzas y reforzándose con su presencia. Él debe partir hacia el Padre y no quiere dejar desamparados a su pequeño grupo y a los innumerables seguidores que se irán sumando a lo largo de los siglos, por lo cual les hace una promesa firme: “Yo le pediré al Padre que os envíe otro defensor que permanezca siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”.

 

                        La primera sensación que experimentamos cuando reflexionamos seriamente  en esta promesa hecha realidad es la de sentirnos un poco sobrecogidos y profundamente agradecidos por este regalo, por este fenomenal defensor que en todo momento vela por  nosotros. Pero… Esta sensación primera no impide que tengamos alguna otra con un regusto de frustración, de desencanto, de encontrarnos como perdidos o desorientados al no comprender la acción de ese defensor que en muchas ocasiones difiere mucho de las posturas que nosotros hubiéramos adoptado y es que, en definitiva, seguimos sin entender por completo de qué va la movida.

            Él nos lo dice de forma clara y diáfana: “Si me amáis, guardareis mis mandamientos” Así de claro, así de sencillo. Lo que falla con demasiada frecuencia es la primera premisa, o al menos no se da con la suficiente contundencia…

 

Evangelio      LA  ASCENSIÓN DEL SEÑOR       Mt.: 28, 16-20

 

                    Mateo nos narra en el fragmento de hoy el epílogo glorioso, como no podía ser de otra manera, del periplo iniciado un día por Jesús, al que algunos llamaban “El Galileo” debido quizá al mucho tiempo que vivió en esta región y que sin duda habría influido incluso en su acento al hablar o en su capacidad para comprender la discriminación, incluso animadversión, que los judíos sentían por los habitantes de estas regiones periféricas. Lo curioso es que para despedirse de sus discípulos los cite en un monte –lugar destacado, como el acontecimiento que se va a realizar- y en un monte de Galilea; reconociendo de esta manera a los galileos y colocándolos a la misma altura que a los judíos.

                       

                        Ya se han reunido los discípulo, pero al cabo de los días aún hay algunos que no las tienen todas consigo -¿por qué?- y es el mismo Jesús el que se acerca a ellos y les dice: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra…”

- ¿Por qué?  - ¿Justificación? ¿Aclaración? ¿Prueba de veracidad?... No lo sabemos y posiblemente no lo sabremos nunca pero debió ser muy especial la mirada que se produjo entre Jesús y sus remisos discípulos y podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no fueron ni  serán los únicos que, aun viendo lo que tenían delante, dudaron de sus mismos sentidos. Aún nos seguimos haciendo infinidad de preguntas intentando comprender muchas de las situaciones que se presentan después de la resurrección: ¿Cómo se puede penetrar en un recinto totalmente cerrado? ¿Cómo se puede caminar con unos amigos, charlando con ellos, sin que te reconozcan? ¿Dónde estaba cuando no se encontraba con sus discípulos? etc., etc., etc.  Por eso no podemos extrañarnos de que algunos de sus discípulos sintieran un cierto recelo… ni podemos sorprendernos cuando nosotros mismos nos planteamos ciertos dilemas que, dependiendo de nuestro estado de ánimo, tratamos de aclarar de una forma o de otra, alguna un tanto descabellada y poco convincente.

 

                        Con frecuencia olvidamos que el Jesús resucitado disfruta de un cuerpo que se encuentra en lo que los teólogos llaman de “estado glorioso” es decir, con unas características que son totalmente distintas a las que goza el cuerpo mortal. Esto es lo que dicen los teólogos, los que realmente entienden de estas cosas. Yo no soy teólogo y tal vez por eso, cuando se me plantean ciertos dilemas y no soy capaz de resolverlos de la manera satisfactoria que a mi me gustaría, me quedo con aquellas palabras del Maestro: “Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” Os aseguro que a mí con esto me vale ¿A vosotros no?

 

Evangelio   DOMINGO DE PENTECOSTÉS.  Jn.: 20, 19-23

 

                        De nuevo nos encontramos con el evangelista Juan que presenta algunas diferencias con el resto de los evangelistas. Teniendo en cuenta la avanzada edad que el evangelista tenía cuando se le atribuye la escritura de su evangelio, las pequeñas variaciones con el resto de los evangelistas son, podríamos decir, normales. Hoy ocurre esto al presentarnos al Maestro que muestra sus manos y su costado, no por la incredulidad de ninguno de ellos, sino para demostrar a todos en conjunto que no se trata de ningún fantasma, ya que se encontraban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. También se produce en la misma visita la proyección del Espíritu Santo sobre los discípulos, así como la institución del sacramento del perdón.

            Como vemos son pequeñas variaciones que en nada afectan al núcleo narrativo ni doctrinal, que en este caso es de una importancia nada corriente. Por un lado, ratifica su existencia real después de la muerte, dando cumplimiento a lo que él mismo había anunciado -…destruid este templo…- , por otro instituye uno de los sacramentos que más llenarán de esperanza al hombre durante los siglos de los siglos, y además de todo esto infunde el Espíritu Santo, el Gran Amigo que acompañará siempre fiel a la incipiente Iglesia que comienza su andadura, llena de temores e incertidumbres, pero con un firme apoyo desde este momento.

 

               Esto es lo que nos cuenta Juan en el evangelio de hoy. Otra cosa un poco distinta es la realidad con la que convivimos todos los días. ¿Por qué digo esto? Yo creo que es obvio que muchas veces, demasiadas quizás, nos sentimos como inútiles, como inservibles para llevar adelante la misión que Jesús nos encomendó de predicar y dar a conocer sus enseñanzas a todos los hombres, aún contando con la inestimable ayuda del Espíritu Santo y es que no acabamos de entender que nosotros, por muy preparados que nos encontremos o por muy torpes que nos consideremos, no  somos más que herramientas en manos de un artesano que sí sabe lo que quiere hacer y si esto es así lo que hemos de procurar ser es unas buenas herramientas para que el trabajo que con ellas se realice sea lo mejor posible. Esto que digo  puede parecer demasiado simple e, incluso, fácil de realizar. Pero el matiz cambia si añadimos que hemos de ser no sólo herramientas útiles sino, además, conscientes y deseosas de ser utilizadas de la forma más conveniente.

            Todos necesitamos para realizarnos totalmente una serie de condiciones y circunstancias favorables y la paz y la confianza puede que ocupen el primer lugar en esos condicionantes. De ahí que nos sintamos confortados y alegres cuando oímos el saludo del Maestro: “Paz a vosotros”  “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

            Aún así, contando con todo esto, volvemos a ser los de siempre, tercos y tozudos pretendiendo hacer las cosas a nuestra manera que, a veces, no coincide con la de Jesús. ¡Y a pesar de todo nos quiere como somos!, aunque tengamos la fe del carbonero.

 

Evangelio   SANTÍSIMA  TRINIDAD  Jn.: 16, 12-14

        Jesús anuncia que le quedan muchas cosas por decirles a sus discípulos, pero que aún no están preparados para recibirlas, pero que cuando  reciban el Espíritu de la Verdad les guiará hasta la verdad plena. Es un pasaje un tanto difícil de entender y menos si trata de contarlo el evangelista que utiliza un lenguaje más hermético.

            Hay figuras de las que podemos tener una referencia más o menos acertada basándonos en nuestras propias experiencias. Así podemos tener una imagen de la figura del Padre, de la figura del Hijo, pero… ¿Y del Espíritu Santo? Se la ha llamado el Gran Desconocido y a ello ha contribuido, según mi opinión personal, la dificultad que supone para nosotros la falta de referencias, la falta de experiencia en el plano sensorial y cognitivo que nos permitan construir una imagen que se corresponda con la que se acomodaría mejor a ese Gran Desconocido. Tratamos de explicarlo utilizando las imágenes mentales y sensitivas de que disponeos: Así decimos que el Padre ama infinitamente al Hijo, que Este profesa un amor infinito al Padre y que el vínculo que los une, el amor, personificado a causa de su intensidad, constituye el Espíritu Santo.

            Esta es una posible explicación, que puede que no sea la mejor ni la más ortodoxa, pero para quienes no pretendemos exactitudes teológicas ni necesitamos profundos argumentos – tenemos la fe del carbonero- puede servirnos para tratar de comprender un misterio que ni el mismo San Agustín, considerado uno de los cerebros más privilegiados de los que han existido, fue capaz de comprender y es que yo estoy convencido de que nos empeñamos en emplear la razón para abordar una situación que cae más en el campo de los sentimientos, pero ahí están los expertos que sin duda saben mucho más de este tema. Lo que sí es cierto es que todos tenemos o hemos tenido padre y por lo tanto tenemos experiencia directa del cariño mezclado con respeto. Muchos tenemos hijos y también tenemos la experiencia directa del cariño que por ellos sentimos, por eso nos cuesta menos personificar ese cariño y ponerle nombre y podemos llamarlo El Espíritu de la Verdad, como le llamó Jesús ¿Por qué no?

 

 

Estadisticas de visitas