COMENTARIOS ORDENADOS DEL CICLO A

 

 

EL ADVIENTO

 

DOMINGO  IV DE ADVIENTO       Mt.: 1, 18-34

                Mateo intenta narrarnos cómo se produce el inicio de todo el evento que marcará durante unos años a la sociedad judía y durante muchos siglos a la sociedad occidental con ramificaciones globales.

         Lo que ocurrió hace algo más de dos mil años y que pasó prácticamente desapercibido para todo el mundo a excepción de unos cuantos a parte de los directamente implicados, ha decidido utilizarlo ¡y de qué manera! La llamada sociedad del consumo en la que nos movemos.

         Sí, amigos, nos encontramos en unas fechas que, en su día, cuando las multinacionales no existían, cuando el “marketing” era algo así como una picardía, estaban teñidas e impregnadas de un sentimiento de solidaridad e incluso de una ternura que se manifestaba a flor de piel, propiciada por el recuerdo de las festividades que en estos días se celebraban. Todo eso ha sufrido un cambio considerable, nada sutil en la mayoría de las veces. El antedicho marketing ha querido apuntarse como propio el llamado “espíritu navideño” que no sabemos muy bien lo que es pero que suena muy bien y que, en el fondo, y eso lo saben muy bien los profesionales del marketing, a la mayoría nos recuerdan unos tiempos pasados en los que realmente nos sentimos muy felices, quizá por nuestra poca edad o quizá porque no poníamos en solfa todo lo que se nos decía con la mejor voluntad del mundo, fuera o no lo más exacto, pero lo que sí era es lo más hermoso. Y nos sentíamos bien y este sentimiento nos llevaba a procurar ser mejor y este empeño potenciaba la ilusión tan tremenda con que esperábamos la llegada de los ansiados Reyes Magos. Y Eran realmente Magos y Mágicos y nos hacían soñar con desiertos lejanos y con maravillas incalculables de las que nosotros, en unos días, seríamos los únicos dueños y señores… Aquellas muñecas sin nombre, las pelotas multicolores, los caballitos de cartón y tantas y tantas maravillas que Sus Majestades se dignaban regalarnos, eso sí, siempre que hubiéramos sido buenos y nos hubiéramos hecho caso de nuestra madre.

                    Todo esto sólo es un recuerdo que en los duermevelas de las sobremesas revolotea por las cabezas de los abuelos. Hoy durante la Navidad, durante el tiempo en que celebramos –teóricamente- el acto de amor que llevó a todo un Dios a hacerse hombre para asumir toda la miseria que le lastraba y redimirla, nos encontramos, sorpresivamente, que el homenajeado es el gran ausente. Es un banquete maravilloso de bodas, con un menú de ensueño, pero sin novio. El novio no parece ser imprescindible para celebrar el banquete; lo que importa es comer y beber… Eso sí, lo señores del marketing se han encargado, con todo lujo de detalles, de ir pulsando todas las fibras sensibles, todas aquellas que sean capaces de hacernos vibrar así como de acompañarlo con toda la parafernalia correspondiente, como música, luces y adornos de todo tipo; algunos con un eclecticismo descarado e incluso discordantes, pero todo es válido si vende.

                   Estoy seguro de que si Mateo tuviera que explicarnos ahora como se produjo el nacimiento de Jesús, tal vez lo haría de otra manera. Y nosotros ¿cómo se lo explicamos a nuestros nietos?. Sería curioso si pudiéramos contrastar las diferentes posturas que podemos tomar, dependiendo de las realidades en las que nos movamos. El que estoy seguro que seguiría hecho un lío es el bueno de José, entonces y ahora.

 

 LA NAVIDAD

 

     NATIVIDAD  DEL  SEÑOR  Jn. 1,1-18

 

                Termina el Tiempo de Adviento y da comienzo el Tiempo de Navidad. Por fin han llegado las tan deseadas mini vacaciones que tanto añorábamos, después de las ya casi olvidadas del verano. Serán estupendas. Este año nos iremos a esquiar y, aunque resulta un poco caro, ese problema ya lo tenemos resuelto. Hay créditos casi instantáneos que te solucionan el problema, total  por una pequeña cuota al mes… Además hemos encontrado una agencia de viajes que nos lo da todo resuelto, no tenemos que preocuparnos de nada. Sólo tenemos un pequeño inconveniente. Se trata de los viejos, son un coñazo. Pero creo que podremos llevarlos al pueblo, con mis cuñados, que aguanten unos días que nosotros ya tenemos bastante con aguantarlos el resto del año, total por unas cuántas fincas y cuatro o seis casas en el pueblo, tenemos que apechugar durante casi todo el año con ellos, ¡es una lata, chico!.

                    Bueno esto es sólo una de las muchas conversaciones que podemos escuchar en estos días, pero la mayoría de ellas van por estos derroteros y esto en personas “mayores” que si nos centramos en los más jóvenes veremos que su principal preocupación se centra en encontrar un local “guapo” en donde pasar las noches de fiesta que se presentan con unas perspectivas “guais” y con unas “pibitas” nada estrechas y con muchas ganas de “marcha”. Todo muy bucólico, como podremos observar a poco que nos lo propongamos. Ha nacido Jesús, el Señor, nuestro Dios. ¿Cómo? ¿Qué dice éste? ¿Qué le habéis dado? Este lo está flipando, dice cosas rarísimas, no le dejéis que se siga chutando o tendremos que llevarlo a casa y eso es un coñazo, luego vienen las preguntitas y nos podemos meter en un lío… Sigue siendo el gran desconocido, sigue siendo el extraño que viene a plantar su tienda entre nosotros. Hemos perdido el norte. Hemos cambiado las perspectivas y hemos salido perdiendo en el cambio. No podemos culpar a nuestros jóvenes de que se muestren como son. Ellos sí que podrían increparnos y reprocharnos que no fuimos capaces de dejarlos unos valores fuertes y bien fundamentados. Podrían reprocharnos que fuimos desidiosos, cómodos y apáticos y dejamos en manos extrañas su formación y sin contenido sus referencias vitales ni sus perspectivas de futuro. ¿De qué podríamos culparles, sin que fuéramos culpables a la vez? Pero con lamentaciones poco se soluciona. La solución, aunque nos parezca simple o simplista, nos la da Juan en su evangelio: “Por medio de la palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho, En la palabra había vida y la palabra era la luz de los hombres”. Ahí está la solución, en la palabra. No todos pueden trasmitirla porque no la conocen o la conocen de manera imperfecta, pero todavía hay muchos que sí la conocen y que pueden difundirla ¿Por qué no hacerlo? Tal vez no sea tan cómodo o tan atractivo como el irse a esquiar o, simplemente, de vacaciones, pero a la larga será mucho más fructífero y redundará en beneficio de todos, sobre todo de esos pequeños que todavía miran con cara de asombro las hermosas figuritas del Belén… No perdamos la esperanza de volver a oír: “Paz a los hombres de buena voluntad”

                   Mientras, un niñito aterido en un pobre portal, continúa sonriendo.

 

     Fiesta de la Sagrada Familia      Mt.:2, 13-15.19-23

 

                  “Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole”

                 Así comienza la primera lectura de hoy, primer domingo después del nacimiento de Jesús. La Iglesia celebra hoy la festividad de la Sagrada Familia y yo me pregunto, no sin cierto escepticismo: ¿ha cambiado mucho el concepto de familia? Aquí habrá respuestas para todos los gustos y de todos los colores, con lo que, en cierto modo, queda contestada la pregunta.

         El comienzo de la primera lectura nos suena a oferta de supermercado o a una loción que se nos regala al comprar determinada agua de colonia. Aparte de esto, no tiene mucho sentido ni “gancho” para el ciudadano de a pie que anda atareado ultimando los regalos que aún le faltan por comprar y para los que ya no le quedan ni demasiado tiempo ni dinero y es que ¡¡ son tan caras estas fiestas !! Dice que Dios hace al padre más respetable que a los hijos ¿Qué es eso? ¿Qué quiere decir con eso de respetable? Y ¿por qué tiene Dios que meterse en estas cosas? En cuanto a lo de que afirma la autoridad de la madre sobre la prole, eso será de coña ¿no? O  acaso pudo suceder en los años de Maricastaña, pero ahora… Es lo que nos faltaba, que viniera ahora la vieja a meterse en nuestras cosas, si no sabe ni por donde anda. Se hace un lío con el móvil y eso que tiene un ladrillo de esos prehistóricos que sólo le sirve para llamar y para que la llamen y eso que sus amigas son poco más o menos, como para dejarlas que mangoneen en nuestras “movidas”; eso no se le ocurre a nadie ¿Y mi hermana? Otra que pasa de ella como de lavarse las orejas y sobre todo cuando empieza con eso de: …eso no es de una señorita bien educada, eso no está bien…Eso…Y, como dice mi hermana: pero tía y ¿quién te ha dicho que yo sea una señorita, o que quiera serlo? Habrá que contar con una para esas cosas ¿no? Vamos, digo yo. De todas maneras me tienes flipando con el rollo ese de la family, ¡tú te pinzas, tía! .

         No será raro que dentro de no mucho tiempo se organicen excursiones a algún remoto pueblecito perdido en nuestra geografía en el que se ha descubierto un hecho sociológico hace tiempo desaparecido: nada más y nada menos que una familia  normal, corrientita, de esas que nosotros aún tuvimos la suerte de conocer, en la que los padres se desvivían por atender las necesidades de sus hijos y estos, a su vez, procuraban aprender de la mejor manera posible las enseñanzas que, al amor de una lumbre acogedora, recibían del abuelo entre tosido y tosido y regañinas de la abuela porque no dejaba el tabaco. Nada era de color de rosas. Había que trabajar duro todos los días. El tiempo no acompañaba y el pedrisco había hecho mucho daño. Los animales acusaban la falta de pastos y el trabajo se hacía cada vez más cuesta arriba. Si las cosas seguían así…

                  En fin. Esto era una familia normal, con sus problemas y sus dificultades, superadas día a día de la mejor manera que DIOS les daba a entender… Y sobre todo, por encima de las dificultades y de los problemas diarios, la armonía, la concordia y, sobre todo el amor hacían que este grupo de personas fueran consideradas, no sin cierta envidia, como una familia.

 

   EPIFANÍA DEL SEÑOR   Mt.:2, 1-12

 

                El evangelio de hoy, narrado por Marcos, nos dice que Jesús nació en Belén en tiempos del Rey Herodes. Hoy, teóricamente, celebramos la Epifanía, que es una palabreja griega que significa algo así como manifestación, como el darse a conocer formalmente, aunque en realidad esta palabreja le trae sin cuidado al noventa y mucho por ciento del personal. Lo que importa es que celebramos los Reyes Magos, o sea, el día que se entregan los últimos regalos a los críos que ya vienen disfrutando desde el principio de las Navidades de un montón de trastos inútiles en su mayoría y de los que, algunos, ya empiezan a estar saturados. ¡Pobres críos, atiborrados de sueños prefabricados y con los propios cercenados en aras del todopoderoso consumismo. No, no confundamos los términos. No estoy en contra de los regalos a los niños, ni mucho menos; lo que no puedo es dejar de sentir cierta tristeza al verlos atiborrados con juguetes y “maquinitas” que para nada necesitan y que anulan su capacidad creativa, su imaginación, su posibilidad de jugar, frente a la realidad desoladora de convertirlos en simples espectadores de las proezas de sus juguetes que se llevan a cabo sin su intervención, sólo apretando un botoncito… ¡Qué pena! Pero… estoy seguro que la ilusión con que se espera a S.S. M.M. puede suplir con creces todos estos inconvenientes y algunos otros que no hemos mencionado.

 

                   Termina LA NAVIDAD. Comenzó con el nacimiento de un pequeño niñito y termina con los niños como protagonistas principales. Es un ciclo que se abre y se cierra con la figura del niño como eje sobre el que gira todo. Por otra parte estoy casi seguro de no equivocarme mucho si me atrevo a afirmar que son los niños los que más disfrutan en este corto periodo de tiempo. ¿Tendrán alguna sensibilidad especial? Posiblemente sea la misma de todos nosotros, sólo que sin callos ni asperezas producidas por tantos roces con las desilusiones de todo tipo con las que, irremediablemente, se encontrarán a lo largo de su vida.

 

                   En cada cultura, estas celebraciones tienen un sentido y un significado. En nuestra cultura occidental durante este tiempo celebramos la manifestación de Dios entre los hombres. Aunque no sean genuinas ya que las tomamos del pueblo judío y tras fagocitarla impunemente, la asumimos como propia sin ningún pudor, poco a poco la vamos transformando según nuestra propia idiosincrasia – perdonad las palabrejas utilizadas, pero creo que nos entendemos- y la vamos despojando de su sentido primitivo para irlas dando un tinte más acorde con nuestros propios gustos; así vemos como , poco a poco, vamos cambiando su sentido religioso-festivo por uno festivo-liberal que poco a poco va desdibujando el fondo original y lo va sustituyendo por otro más convencional por no decir conveniente para todo el que ve en este periodo un medio más de explotar ciertos sentimiento para su propio lucro y beneficio.

 

                   Creo que podríamos decir algo más, pero tampoco es bueno ser pesimistas en exceso y no lo vamos a ser. Sólo me queda manifestaros mi sincero deseo de que el año que acabamos de estrenar le disfrutemos como un niño que recibe el juguete largamente soñado y con el que apenas si se atreve a jugar.

 

 

TIEMPO ORDINARIO

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR   Mt.: 3, 13-17 

    Hoy pone la Iglesia ante nuestra consideración la festividad del Bautismo del Señor. Es un hecho que debería hacernos pensar, aunque sólo fuera un poquito, en la importancia que tiene el Sacramento del Bautismo en sí mismo y la desviación que en nuestros días tiene la interpretación de este sacramento. Vivimos inmersos en una sociedad “cristiana”, aunque yo pondría bajo interrogantes esta realidad y, tal vez, tendríamos que decir que vivimos en una sociedad laicista que conserva ciertas costumbres cristianas que, despojadas de su significado primario y genuino, se ha quedado convertido sencillamente en costumbre y en celebraciones que han cambiado su sentido religioso por un sentido social conveniente y, en cierto modo, necesario para el desarrollo “normal” de las relaciones humanas que marcan las normas. Por otra parte hemos dicho, anteriormente, que hablamos del Sacramento del Bautismo. ¿Qué es un sacramento? ¿Qué importancia tiene, no para nuestra cultura occidental, sino para nuestra vida cotidiana? Estoy seguro que la mayoría tenemos respuestas para estas preguntas, aunque no nos gusten, pero que hemos de admitirlas por su contundente obviedad.

          ¿A quien le importa el que hoy se celebre la festividad del Bautismo de Jesús? A pocos, realmente a pocos y ¿por qué? La respuesta a esta triste pregunta quizás debiéramos hacérsela a esa sociedad laicista que, a veces, nos da la sensación de que camina muy altanera, con la cabeza muy alta, pero no por propia satisfacción, sino para buscar un horizonte que hace tiempo perdió y que trata de encontrar con la desesperación del que, perdido, no puede dejar de caminar hacia el frente sin darse cuenta que esta marcha desesperanzada le aleja cada vez más de su auténtica salvación.

 

DOMINGO  II  DEL T.O.     Jn.: 1, 29-34

                 Ya entrados en el denominado Tiempo Ordinario – en contraposición a los Tiempos Fuertes – nos encontramos con una pequeña excepción, me refiero a que hoy el evangelio es un texto de Juan, cuando lo común será que los textos de los domingos corresponderán, durante este ciclo, a Mateo. ¿Casualidad? ¿Azar? No, no lo creo. Recuerdo todavía de mis años mozos, cuando era un estudiantillo de Filosofía, aquel contundente axioma:”Nada ocurre sin razón suficiente”; pues eso, debe existir una razón suficiente para que la Iglesia nos ponga hoy un texto de Juan, y la hay. El texto de hoy es un refuerzo del que nos presentaba Mateo el domingo anterior, es como si la Iglesia quisiera remachar la importancia del bautismo de Jesús y cerrar así muchos interrogantes.

                   Ya han pasado las recientes fiestas con las que hemos conmemorado la Navidad, el nacimiento de Jesús y la adoración y reconocimiento de Los Magos. Hemos comenzado un nuevo año y sería conveniente que nos hiciéramos una sencilla pregunta: ¿Ha servido de algo el que el Niño-Dios se encarne entre nosotros? Yo creo que sí, aunque casi nunca nos hagamos esta pregunta o no seamos conscientes de ello. Es como cuando nos caemos a una piscina; por muy bien que nos sequemos, siempre se apreciarán restos e humedad. Pues eso. Durante este tiempo la Navidad nos ha empapado y aunque nosotros no lo hayamos pretendido, estoy seguro que algo sí ha calado. De eso se trata, de que los grandes hitos de nuestra fe sean capaces de aglutinar a nuestra gran familia cristiana, aunque sea de tarde en tarde, y saboreemos de esta manera el buen aroma de la fraternidad. Hoy, en este segundo domingo del Tiempo Ordinario, celebramos la jornada mundial por las migraciones. Será una buena ocasión para poner en práctica esa parte afectiva que estos días se nos ha removido un poquitín y sepamos ofrecer al hermano que estaba fuera una mano amiga donde agarrarse para poder comenzar una nueva vida que le lleve a conseguir realizarse como persona con un mínimo de dignidad. Estoy seguro de que nos sentiremos mejores, al margen de las conveniencias políticas o sociales, estaremos de acuerdo con nuestra conciencia y seremos consecuentes con esos sentimientos tan recientemente vividos y nos encontraremos bien. Os lo aseguro.

 

DOMINGO  III  DEL T.O.   

Evangelio Mt.: 4, 12-23

 

               Se ha callado la voz que desde el desierto resonaba poniendo en vilo los corazones de aquellas sencillas gentes. Un silencio ominoso se extiende por el páramo y al silbido del viento sólo acompaña el ruido de alguna langosta al desplazarse en busca de  alimento. La desolación ha vuelto a ser la dueña y señora de aquellos duros parajes. Una vez más la fuerza se ha impuesto a la cordura. Ya no hay voz que nos empuje hacia el camino justo, ya podemos seguir haciendo lo que nos venga en ganas sin sentirnos recriminado por ello, pero… no, no es del todo cierto. Otra voz, "LA VOZ", desde otro sitio, con otro acento viene a sustituir, a completar a la que nos llegaba del desierto.

         Se trata de una voz menos bronca, menos cortante, más cercana y acariciadora que habla sin estridencias y con una dulzura inusitada, de tal forma que nos engancha, aunque no entendemos muy bien lo que dice; habla de una extraña manera ya que cuando se dirige a Dios no es al Dios de los ejércitos, ni al Dios vengador cuya ira puede consumir varias generaciones, no. Cuando esta voz nombra a Dios lo hace llamándole Abba, es decir: Padre.

         El hombre que así se dirige a Dios, dicen que es hijo de un carpintero llamado José y de una dulce mujer llamada María; en definitiva, es uno de los nuestros, como cualquiera de nosotros, bueno o casi como cualquiera de nosotros, si no fuera por esa mirada y ese tono de voz… Dicen que mira de una forma especial y que nunca impone nada. Cuando habla, te invita y, en definitiva, la decisión final es tuya ¡Es asombroso!

         Varios amigos van con él a todas partes, le acompañan desde que él se lo pidió, allá a orillas del lago. Eran pescadores, pero lo dejaron todo cuando este hombre, que dicen se llama Jesús, les invitó a seguirle y les prometió que les haría pescadores de hombres.

         No piden nada, no exigen nada. Sólo anuncian la cercanía del reino de los cielos y la necesidad de conversión, nada más. Recorren toda la Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

         Usa una extraña voz que acaricia. No grita ni descompone el gesto, pero su voz se extiende más allá de donde alcanza la vista y llega más lejos que llegó la del Bautista…

 

 

DOMINGO  IV  DEL T.O.    Evangelio Mt.: 5, 1-12 a

 

                        El denominado “sermón de la montaña” es el fragmento del evangelio de Mateos que la Iglesia pone hoy en nuestra consideración. Sin duda el compendio de sabiduría más grande de todos los tiempos y al mismo tiempo el menos comprendido y, por supuesto, el menos puesto en práctica. Gandhi decía: “Las bienaventuranzas son las palabras más sublimes de la historia, que nunca se pusieron en práctica”. Un hombre bueno, aunque no era cristiano, fue capaz de reconocer la grandeza del mensaje del Maestro, esto es alentador y nos llena de gozo, lo que no nos agrada tanto es la segunda parte de la reseña: nunca se pusieron en práctica. Y, aunque nos duela, hemos de admitir que la sensibilidad de este gran hombre no le engañaba, estas hermosas palabras nunca llegamos a  ponerlas totalmente en práctica aquellos que teníamos la obligación de hacerlo, por encima de todo lo demás.

 

                   Jesús, al inicio de su vida pública, traza su programa, manifiesta sus intenciones y marca las distintas vías por las cuales puede accederse de forma segura al reino de los cielos. Nos muestran sus planes y marca sus caminos, pero. . . Son los planes y caminos de Dios que, con frecuencia, no coinciden con los nuestros ¡Y así nos van las cosas! Y lo triste es que mientras no sepamos adecuar nuestros planes a los de Dios tendremos la sensación de que nos falta algo, de que no estamos completos. Esa puede ser una de las razones por la que nos encontramos conformes con nosotros mismos cuando conseguimos hacer coincidir nuestras acciones con lo marcado por el Maestro.

         Pero en nuestra sociedad hedonista los pobres, los humildes, los limpios de corazón, los preocupados por la justicia… no tienen sitio, sencillamente. En definitiva, nuestros planes no coinciden con los de Dios. Posiblemente hemos de intentarlo con más convencimiento, pero desde todos los sectores que componen la sociedad para que ninguno tenga la sensación de servir de trampolín a otro para saltar por cima de todo lo establecido. Esto no debe ser nada fácil de conseguir, lo que no nos exime de intentarlo una y otra vez.

        

         En el Santoral de la Iglesia y fuera de ella encontramos ingente cantidad de mujeres y hombres buenos, que entendieron, entienden y viven, no sin esfuerzo y dificultades mil, las Bienaventuranzas. Sin complejos y decisión los cristianos ponemos nuestro granito de arena en la tarea de construir el Reino de Dios. ¡Que no somos la mayoría absoluta, que nos gustaría a todos…, vale, pero vosotros los que sí lo hacéis, que aunque no os conozca nadie sois multitud, mantenéis viva la llama del Espíritu Santo entre toda la Tierra!

 

Evangelio I DE CUARESMA  Mt.: 4, 1-11

            “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”

              El enunciado del evangelio que Mateo pone hoy en nuestra consideración, se las trae en lata. ¡Como si el Espíritu, cualquiera que sea, no tuviera otra cosa mejor que hacer!

         La verdad es que dicho así, sin contexto, suena como un poco arbitrario, como algo caprichoso y que “no viene a cuento”, pero la verdad es que no es así. Jesús está comenzando su vida pública y, para eso, se purifica y comienza como un ser nuevo  y limpio, sin sospecha alguna de nada que no sea la misión encomendada. Y ¿Cuál es la misión encomendada? ¡Casi nada!  Nada más y nada menos que restablecer el equilibrio perdido entre el Creador y su criatura preferida, entre Dios y el hombre. Ahí queda eso. Como quien no dice nada. Y Jesús se enfrenta consigo mismo y nos da una lección de cómo hemos de vencer a nuestros temores, a nuestros demonios particulares, a aquellos que constantemente nos tientan, atacándonos en nuestras partes más sensibles. El hombre no ha cambiado mucho en dos mil y pico de años. Nuestros temores siguen siendo los mismos y nuestra arrogancia no ha cedido  mucho tampoco. Seguimos siendo unos pobres presuntuosos que seguimos tropezando con las mismas piedras y, lo peor de todo, es que cada vez nos importa menos, o al menos eso es lo que decimos o lo que queremos que los demás crean, aunque en el fondo, una y otra vez seguimos levantando los ojos y, en el fondo de nuestro corazón recordamos a Ese que con una sencilla fortaleza supo imponerse a esas tentaciones que con tanta frecuencia consiguen vencernos a nosotros. Supo vencerlas y nos enseñó que por encima de todo lo apetecible está lo conveniente y, por encima de eso, lo necesario y justo. “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.

Evangelio DOMINGO II de CUARESMA  Mat.: 17, 1-9

                   Vivimos en una sociedad ruidosa. Todo a nuestro alrededor nos bombardea con noticias, sucesos, acontecimientos de todo tipo y, en medio de tanto ruido ¿Es posible oír la palabra de Dios?.

                   Jesús sabe lo que le espera y por más que intenta comunicárselo a sus discípulos, se percata de que no es nada fácil, por ello toma a sus íntimos y decide hacerles una demostración práctica de quién es el Hijo del Hombre, para que cuando suceda lo inminente lo recuerden y puedan encontrar una explicación lógica; si lo hubiera hecho con todos los discípulos hubiera podido aparecer como un loco o un visionario. Por otra parte no es casual que Jesús aparezca hablando con Moisés y con Elías. Son la personificación de la Ley y de los Profetas y Jesús habla de igual a igual con ellos, es decir, trata con familiaridad y autoridad a la Ley y a los Profetas. Desaparecida esta teológica visión, Jesús les ordena que no digan nada, por su propio bien. Sencillamente les tomarían por locos.

                  Comenzábamos haciéndonos la pregunta de  si era posible oír en medio del bullicio que nos rodea la voz de Dios. Parece que Jesús también se lo preguntaba y por ello decide llevárselos a “una montaña alta”, podíamos decir: aun sitio sin interferencias.

         Tenemos un nuevo símbolo importante, la montaña. Hace poco hemos dejado atrás otro  símbolo importante: el desierto. Una y otro nos ofrecen como  característica común el silencio, el aislamiento, la soledad… Algo que es diametralmente opuesto a las condiciones que nos suelen rodear en la sociedad en que vivimos.

                    El Maestro nos muestra la manera de ponernos en contacto con el Padre. Desde nuestro silencio interior, desde el enfrentamiento en solitario con nuestro propio yo. ¿Habremos aprendido la lección? Tal vez sí y tal vez no, todo depende de cómo seamos capaces de aplicar las enseñanzas recibidas y de si aceptamos pedir ayuda a quien nos la pueda proporcionar si consideramos que solos no somos capaces. Para eso Jesús nos hizo un favor más y puso en nuestras vidas unos auténticos hombres buenos que no escatiman esfuerzos para ayudarnos ¿Conocéis alguno? Yo sí.

Evangelio      iii  de  cuaresma      jn.: 4, 5-42

                  Es casi medio día. El sol calentaba con todas sus fuerzas y un hombre, cansado y sediento, se recuesta en el brocal de un pozo en cuyo profundo interior se presiente la frescura del agua. Una mujer, cargada con un cántaro, se aproxima al pozo y el hombre, ante su asombro, le ruega que le de de beber, que le proporcione agua con que calmar la sed que le abrasa. La mujer se asombra porque no era normal que un hombre de etnia judía pidiera un favor a una mujer samaritana, habida cuenta de la antigua animadversión que separaba a los dos pueblos. Con esta excusa o pretexto se entabla una animada conversación entre aquel hombre y aquella mujer y pasan de lo que podíamos decir que eran temas de poco interés a otro que era, es y será de primordial importancia, transcurran los años que transcurran. Se trata de ponerse de acuerdo, de sentar las bases, sencilla y llanamente, de cómo se ha de rendir culto a Dios y Aquel hombre extraño que hablaba sin levantar la voz pero con una autoridad que no dejaba lugar a ningún tipo de dudas, se lo aclara de una manera clara y diáfana: No importa dónde se rinda culto a Dios, lo que importa es cómo y la manera de hacerlo es: “En espíritu y en verdad”  Así de claro, así de sencillo.

         La mujer, entusiasmada por la manera de hablar de este hombre y por la sencillez de su mensaje corre a compartir su alegría con sus convecinos que, curiosos, se acercan a ver al hombre del que les ha dado noticias la mujer. Todos escuchad interesados las palabras sencillas que atacan a los misterios más impenetrables y consiguen mostrarlos como algo diáfano y llenos de lógica. De tal manera que le decían a su vecina: Salimos a ver lo que nos decías, pero creemos por lo que hemos oído.

                   La solución no parece ser muy difícil. Pongamos atención a las indicaciones que el Maestro nos da y “oigamos” los mensajes que de mil maneras nos envía. Seremos más felices. Os lo aseguro.

Evangelio IV DE CUARESMA  Jn.: 9, 1-41

                      De nuevo nos encontramos con el enigmático Juan que nos narra otro acontecimiento un tanto singular. El hecho, aparentemente, es simple. Un hombre ciego al que Jesús retorna la vista utilizando un ritual lleno de simbolismo y fácilmente comprensible para los que presenciaban el acto. Ante un hecho fehaciente – la ceguera – un rito que utiliza la conjunción de dos elementos primarios y esenciales; por un lado la tierra, soporte de toda vida y por otro la saliva del hombre, significando su esencia como persona. Hace barro y lo aplica a los ojos inútiles del ciego y le manda a que cumpla con lo establecido por el ritual para estos casos: “Ve y lávate en la piscina de Siloé”, así estaba establecido y así lo manda el Maestro, aunque era sábado. ¿Nos recuerda algo esta imagen? (…y tomó barro, modeló la figura del hombre y soplándole le infundió el aliento vital…) Estoy seguro que este recuerdo se hizo presente en todos los que presenciaron este prodigio. Y la pregunta que no podía faltar: ¿quién pecó? ¿Él?, ¿Sus padres, tal vez? Nosotros, como siempre, buscando un culpable merecedor de un castigo semejante; pero Jesús nos da otra razón bien distinta: Ni él ni sus padres pecaron. Esto sucede para que en él se manifiesten las obras de Dios. Y punto. No hay porqué buscar siempre un culpable para todo. Hemos de aprender a tener una visión más positiva de las cosas. Claro que es comprensible que pensaran así, teniendo el concepto de Dios que tenían, que era realmente aterrador. Por eso les costaba y les atraía al mismo tiempo la imagen del Padre que Jesús les muestra. Les muestra a un Dios que no es vengativo y terrible, que sojuzga a sus enemigos con mano fuerte y los unce con yugo de hierro; no, les muestra a un Dios que es un auténtico padre, que se preocupa por sus hijos y que hace una gran fiesta cuando recobra a alguno que se le había perdido… Ese es el Dios, el Padre del que Jesús da testimonio y esto… desconcierta.

         El evangelista finamente y como de pasada deja caer que era sábado el día que Jesús realiza esta curación. Para nosotros puede parecer que este matiz no es relevante, pero nada más lejos de la realidad. Es sábado. Es el Día del Señor. No se puede hacer actividad alguna, lo prohíbe la Ley y Jesús lo sabe y, aún así, realiza el prodigio, la buena acción por la cual un hombre ciego recobra lo más preciado para él, la vista. ¿Casualidad? Tal vez no. Bueno, con seguridad, no. Jesús, con su exquisita elegancia de espíritu, nos da a entender de forma fehaciente que por encima de la Ley está el hombre como imagen y representación de ese Dios que estamos aprendiendo a conocer como a alguien cercano y que realmente nos quiere y se preocupa por nuestro bienestar. Ese es el Dios de Jesús, el que viene a mostrarnos y la manera en que tenemos que darle culto y manifestarle nuestro respeto: En espíritu y en verdad. Desde el fondo de nuestro corazón.

Evangelio  V domingo de cuaresma     Jn.: 11, 1-45

 

                        El evangelio de esta jornada perteneciente a Juan es, al menos, sorprendente; cosa que tratándose de Juan no es nada infrecuente.

Digo que es sorprendente porque se nos narra un acontecimiento que no es ninguna fruslería, es algo realmente sorprendente y fuera de lo común. El evangelista nos da pelos y señales del hecho. Nos da nombres y circunstancias muy concretas y esto es lo curioso. Es el único de los evangelistas que da cuenta de este suceso que no es un hecho meramente accidental; raro ¿no?

Pero al mismo tiempo nos muestra una faceta de Jesús profundamente humana. Jesús se emociona, se conmueve y solloza ante el amigo muerto. Su dolor es tan manifiesto que se hace patente a todo el que presencia el hecho. Es el hombre el que llora; es el hombre el que siente su alma rota por el dolor ante la pérdida de un buen amigo. Pero, al mismo tiempo, es el Cristo, el enviado del Padre, el Hijo de Dios. Por eso, con voz poderosa –con poder- ordena al amigo querido: “sal fuera”. Todo sucede según lo previsto y con las consecuencias lógicas; todo el que presenció el prodigio vio en aquel hombre algo distinto, algo que provenía de Dios.

 

Es fin de semana. El buen tiempo hará salir a la carretera a miles de amigos y a miles de “Lázaros” ¿Cuántos de esos Lázaros contarán con un amigo que les diga: Sal fuera? Por el contrario la inmensa mayoría  oirán una voz, igualmente poderosa e infinitamente amable que les conminará a que vayan a sentarse a su lado donde tienen un lugar reservado desde siempre. Será la misma voz, os lo aseguro, lo mismo que era el mismo Jesús el que sollozaba y el que ordenaba, cada vez en una dimensión distinta, aunque procedentes de un mismo ser.

 

Comenzamos este pequeño comentario fijándonos en la curiosidad que suponía el que fuera Juan el único que hiciera referencias a este acontecimiento, pero no es sólo esto. También es curioso como comienza el relato: “Un cierto Lázaro, de Betania…” una alusión incierta, como de alguien que no es muy conocido y con el que no se ha tenido trato, cosa un tanto rara para los discípulos de Jesús, siendo tan amigos… (Muchas explicaciones tiene el hecho de la amistad, el tiempo en que se conocen, la forma literaria de puesta en escena, etc., y que nos debe animar a estudiar las Escrituras con el rigor y amor que nosotros nos merecemos; como decían los paisanos a la Samaritana: “ya no creemos porque tú nos lo digas, sino que nosotros lo hemos visto y oído…”) ¡Buen trabajo de reflexión y degustación para esta semana!

 

  SEMANA SANTA 

 

Evangelio   domingo de ramos  Mt.: 27, 11-54

 

                        Jesús ha terminado su periplo. Queda un solo trámite para que se cierre el círculo. Trámite tremendo que no tardará en consumarse. Su misión primordial está cumplida, lo que no quiere decir que Él de por concluida su trayectoria comenzada en una pequeña aldea y que no tendrá final “hasta que veáis venir al Hijo del Hombre con toda su gloria y majestad”.

 

                        Comentado así parece algo que, por tenerlo tan asumido, puede parecer normal, algo que sucedió hace mucho tiempo y que hemos conocido desde siempre. Algo que apenas si nos interpela de tanto tenerlo como conocido. Conocido sí, pero ¿sentido? Posiblemente también, lo que pasa es que la intensidad no se puede mantener en su punto culminante durante mucho tiempo, esto para el que ha tenido la suerte de experimentarla alguna vez y para el que no ha conseguido esta experiencia única yo le animaría a que siga intentándolo, es una de las experiencias que más llenan. Podéis creerlo.

 

                        Este tiempo, este periodo que se abre con el Domingo de Ramos, está cargado de una gran plasticidad. Es muy propicio para ser escenificado y que la catequesis penetre por los ojos. En un mundo en el que predomina la cultura de la imagen hemos de tener cuidado en el tratamiento de estos temas, no podemos realizarlos de cualquier manera, por muy buena que sea la intención. Un mínimo de dignidad, aunque sea con los medios más humildes, realzará cualquier interpretación que se haga en conmemoración de lo que constituye el núcleo de nuestra fe, porque la buena voluntad ya sabemos de antemano que está presente. Un año más nos encontramos inmersos en un tiempo cargado de sensibilidad y que desde estos sencillos renglones nos atrevemos a dar gracias a Dios por habernos concedido la oportunidad de celebrar una vez más, junto con millones de hermanos, la apoteosis de nuestra fe. ¡¡Gracias, Señor!!

 

 

DOMINGO II DE PASCUA       Jn.:20, 19-31

                        Juan nos refiere en qué circunstancias se encontraban los discípulos “el primer día de la semana”: reunidos y con las puertas cerradas por miedo.             El terrible suceso estaba muy cercano en el tiempo y su impacto aún se hacía notar. Es humano; a nosotros nos ocurre lo mismo en diversas circunstancias y por variados motivos. Lo curioso del  relato es la forma en que el Maestro se presenta: “en medio de ellos, estando las puertas cerradas” con esta premisa no es de extrañar que la mayoría pensara que se trataba de un fantasma y el mismo Jesús les saca de su error demostrándoles que es de carne y huesos, que no es ningún espíritu.

                        Aparte o además de todo esto y de otras consideraciones que podríamos hacer, no hemos de olvidar que el relato nos lo presenta Juan y por lo tanto nos encontramos con esos toques de sutileza y de precisión que puede faltar en los demás evangelistas. Juan nos narra algo de suma importancia: la institución del sacramento de la penitencia. Sacramento que a lo largo de la historia ha sido como un faro que constantemente ha servido para reencontrar la senda extraviada en la oscuridad de la noche y como un poderoso lenitivo capaz de procurar paz y sosiego a las más turbulentas de las conciencias y, sobre todo, capaz de restablecer la comunicación interrumpida entre la criatura y su Hacedor por causa del mal. El regalo es de un calibre tal que se nos escapa su posibilidad de evaluación.

                        También utiliza la sutileza el evangelista para animarnos, previendo que a muchos les costaría aceptar la resurrección del Maestro y nos muestra el ejemplo que se produce entre los mismos discípulos. Tomás, que no se encontraba presente cuando se presentó el Maestro, se muestra como un hombre escéptico y pone de manifiesto su incredulidad, cosa que luego le hará enrojecer cuando el Maestro le asegure que serán dichosos los que, en un futuro, crean sin haber tenido necesidad de ver y comprobar tocando, palpando las pruebas. En nuestra sociedad hay muchos “Tomás”, lo que hemos de rogar es que todos ellos puedan decir: “Señor mío y Dios mío”.

 

DOMINGO III DE PASCUA          Lc.: 24,13-35

 

                   Seguimos en el primer día de la semana y asistimos a la desbandada que se produce entre los discípulos y conocidos de Jesús. Todo ha terminado y no de la manera esperada. El reino de Israel no ha sido restituido y los romanos siguen haciendo notar su imperio. Todo fue un sueño, hermoso mientras duró, pero sueño al fin y al cabo…

            Una pareja de amigos, caminantes sencillos, van comentando entre ellos sus expectativas rotas y su desencanto de los últimos días y en estas condiciones se les une otro caminante más que les pregunta, que se interesa, por el tema de conversación que les ocupa. Un tanto extrañados de que no conozca la noticia, se la explican y a su vez reciben, a lo largo del camino, una detallada exposición de las noticias que las escrituras hacen respecto del Mesías. Pero el camino toca a su fin. La aldea a la que se dirigen está a la vista y el caminante solitario hace ademán de continuar su camino, pero cortésmente es invitado a quedarse en vista a que la tarde va vencida y las sombras de la noche se avecinan con rapidez. Aceptada la invitación, se sientan a cenar. El caminante toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da. Es un momento crítico. La venda ha caído de sus ojos. ¡Resucitó!. El primer impulso es correr a compartir la maravillosa noticia con los compañeros y así lo hacen. No importa que la noche haya caído; una luz nítida les alumbra; un fuego interno les anima; un gozo inmenso les embarga. ¡¡Resucitó!!

 

              Sigue habiendo muchas aldeas alejadas apenas unos kilómetros de donde estamos y que pueden constituir alguna vez nuestra meta. Es improbable que coincidamos con algún caminante solitario que se una a nosotros. No acostumbramos a caminar de forma abierta, con posibilidad de recepción de otros. El camino ya no es un medio de unión entre dos puntos; ahora no es más que la distancia que nos separa de nuestro destino inminente, pero aún podemos compartir nuestra mesa con alguien y sería muy hermoso que, aunque fuéramos unos perfectos desconocidos, se nos “conociera” al partir el pan, al compartir nuestra propia presencia, nuestro afecto e interés.

 

 

Evangelio     DOMINGO IV DE PASCUA    Jn.: 10, 1-10

 

                 Jesús intenta comunicar a sus oyentes la forma, la única forma que hay para tener acceso a la vida prometida. Para ello utiliza un símil muy elocuente en su tiempo, teniendo en cuenta que sus oyentes formaban parte de un pueblo de pastores, en su mayoría nómadas en fechas no muy lejanas y que están familiarizados con las situaciones que se presentan en la exposición.

         Hoy, por la normal evolución y desarrollo de la sociedad en que vivimos, no tiene mucho sentido este símil, sobre todo para los más jóvenes, muchos de los cuales no sólo no han tenido la ocasión de hablar con ningún pastor sino que ni siquiera lo han visto y, mucho menos, conocido. Pero sólo se trataba de eso, de un símil, de un ejemplo para que la idea central, el mensaje, fuera entendido de manera correcta, Por lo tanto podemos cambiar el ejemplo y adecuarlo a nuestro tiempo. De todas formas el mensaje le percibimos alto y claro: La única puerta de acceso es Jesús.

                    Pero… ¿Somos conscientes de este mensaje?  ¿Nos preocupa? ¿Lo tenemos en cuenta en el desarrollo diario de nuestras vidas? Supongo que habrá respuestas de todos los colores y matices pero… La verdad es que no es fácil seguir el ritmo que marca el guía. Que con frecuencia el camino no nos parece el más adecuado y otras veces que nos trae sin cuidado el camino, incluso nos trae al fresco el punto de meta programado. ¡Qué más da! Eso, al menos, es lo que queremos pensar, pero en el fondo… El que se ha acercado alguna vez a Jesús y ha conocido la locura del amor de Dios hecha carne, no duda en hacer cola a la puerta para poder entrar a la gran fiesta. Y si dicen que uno es un iluso, ¡que digan lo que quieran!.

 

Evangelio   DOMINGO V DE PASCUA    Jn.: 14, 1-12

 

                   Nuevamente nos encontramos con el evangelista que utiliza un lenguaje más críptico, aunque esta vez parece querer disimularlo pareciendo ser directo en su presentación central: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” pero aún en esta presentación aparentemente obvia se encierran un cúmulo de preguntas que podemos hacernos y que, con seguridad, nos hemos hecho más de una vez en algunos momentos determinados. Con frecuencia somos como Tomás, hombre sencillo que sólo necesita respuestas sencillas: “¿Cómo podemos saber el camino?” o como Felipe, que se conforma con lo mínimo, sin exigencias condicionantes: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Esos somos nosotros, hombres perdidos en nuestro continuo caminar hacia nuestro destino, esperando constantemente en alcanzar el conocimiento del Padre, del motor que nos impulsa y que nos empuja, aún en contra de nuestros deseos conscientes.

                   Vivimos nuestra existencia de forma automática. Sin planteamientos formales de futuro porque este nos resulta desconocido. Tampoco de pasado ya que consideramos que lo pasado, pasado está y no puede restituirse nada de lo ocurrido. Ante esta realidad puede parecer que poco nos queda por hacer, que la resignación y la aceptación de lo desconocido es nuestra única salida, que con un poco de suerte no saldremos demasiado mal parados. No es muy halagadora nuestra posición pero lo peor de todo es que a menudo nos trae al fresco, que no nos cuestionamos nada de lo relacionado con esta problemática, nos limitamos a aceptarla, sin más. Solo que en esas noches en que el insomnio nos impide dormir y nos enfrentamos a nosotros mismos, las eternas preguntas se nos presentan con una insistencia lacerante: “¿Quién soy?” “¿Cuál es mi destino?” “¿Qué debo hacer?”. Eso sucede una y otra vez, un día y otro, hasta que el sueño nos rinde y la niebla de la inconsciencia llega en nuestra ayuda. Esto sucede hasta el día en que en nuestro interior oímos unas reconfortantes palabras: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” o estas otras: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a prepararos sitio”. ¡Por fin podemos estar tranquilos!

 

Evangelio  DOMINGO VI DE PASCUA   Jn.: 14, 15-21

 

                   Se aproxima la despedida  y Jesús va preparando el terreno para que esta resulte lo menos traumática posible para su pequeño grupo que sigue nutriéndose de sus enseñanzas y reforzándose con su presencia. Él debe partir hacia el Padre y no quiere dejar desamparados a su pequeño grupo y a los innumerables seguidores que se irán sumando a lo largo de los siglos, por lo cual les hace una promesa firme: “Yo le pediré al Padre que os envíe otro defensor que permanezca siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”.

 

                        La primera sensación que experimentamos cuando reflexionamos seriamente  en esta promesa hecha realidad es la de sentirnos un poco sobrecogidos y profundamente agradecidos por este regalo, por este fenomenal defensor que en todo momento vela por  nosotros. Pero… Esta sensación primera no impide que tengamos alguna otra con un regusto de frustración, de desencanto, de encontrarnos como perdidos o desorientados al no comprender la acción de ese defensor que en muchas ocasiones difiere mucho de las posturas que nosotros hubiéramos adoptado y es que, en definitiva, seguimos sin entender por completo de qué va la movida.

            Él nos lo dice de forma clara y diáfana: “Si me amáis, guardareis mis mandamientos” Así de claro, así de sencillo. Lo que falla con demasiada frecuencia es la primera premisa, o al menos no se da con la suficiente contundencia…

 

Evangelio      LA  ASCENSIÓN DEL SEÑOR       Mt.: 28, 16-20

 

                    Mateo nos narra en el fragmento de hoy el epílogo glorioso, como no podía ser de otra manera, del periplo iniciado un día por Jesús, al que algunos llamaban “El Galileo” debido quizá al mucho tiempo que vivió en esta región y que sin duda habría influido incluso en su acento al hablar o en su capacidad para comprender la discriminación, incluso animadversión, que los judíos sentían por los habitantes de estas regiones periféricas. Lo curioso es que para despedirse de sus discípulos los cite en un monte –lugar destacado, como el acontecimiento que se va a realizar- y en un monte de Galilea; reconociendo de esta manera a los galileos y colocándolos a la misma altura que a los judíos.

                       

                        Ya se han reunido los discípulo, pero al cabo de los días aún hay algunos que no las tienen todas consigo -¿por qué?- y es el mismo Jesús el que se acerca a ellos y les dice: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra…”

- ¿Por qué?  - ¿Justificación? ¿Aclaración? ¿Prueba de veracidad?... No lo sabemos y posiblemente no lo sabremos nunca pero debió ser muy especial la mirada que se produjo entre Jesús y sus remisos discípulos y podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no fueron ni  serán los únicos que, aun viendo lo que tenían delante, dudaron de sus mismos sentidos. Aún nos seguimos haciendo infinidad de preguntas intentando comprender muchas de las situaciones que se presentan después de la resurrección: ¿Cómo se puede penetrar en un recinto totalmente cerrado? ¿Cómo se puede caminar con unos amigos, charlando con ellos, sin que te reconozcan? ¿Dónde estaba cuando no se encontraba con sus discípulos? etc., etc., etc.  Por eso no podemos extrañarnos de que algunos de sus discípulos sintieran un cierto recelo… ni podemos sorprendernos cuando nosotros mismos nos planteamos ciertos dilemas que, dependiendo de nuestro estado de ánimo, tratamos de aclarar de una forma o de otra, alguna un tanto descabellada y poco convincente.

 

                        Con frecuencia olvidamos que el Jesús resucitado disfruta de un cuerpo que se encuentra en lo que los teólogos llaman de “estado glorioso” es decir, con unas características que son totalmente distintas a las que goza el cuerpo mortal. Esto es lo que dicen los teólogos, los que realmente entienden de estas cosas. Yo no soy teólogo y tal vez por eso, cuando se me plantean ciertos dilemas y no soy capaz de resolverlos de la manera satisfactoria que a mi me gustaría, me quedo con aquellas palabras del Maestro: “Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” Os aseguro que a mí con esto me vale ¿A vosotros no?

 

Evangelio   DOMINGO DE PENTECOSTÉS.  Jn.: 20, 19-23

 

                        De nuevo nos encontramos con el evangelista Juan que presenta algunas diferencias con el resto de los evangelistas. Teniendo en cuenta la avanzada edad que el evangelista tenía cuando se le atribuye la escritura de su evangelio, las pequeñas variaciones con el resto de los evangelistas son, podríamos decir, normales. Hoy ocurre esto al presentarnos al Maestro que muestra sus manos y su costado, no por la incredulidad de ninguno de ellos, sino para demostrar a todos en conjunto que no se trata de ningún fantasma, ya que se encontraban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. También se produce en la misma visita la proyección del Espíritu Santo sobre los discípulos, así como la institución del sacramento del perdón.

            Como vemos son pequeñas variaciones que en nada afectan al núcleo narrativo ni doctrinal, que en este caso es de una importancia nada corriente. Por un lado, ratifica su existencia real después de la muerte, dando cumplimiento a lo que él mismo había anunciado -…destruid este templo…- , por otro instituye uno de los sacramentos que más llenarán de esperanza al hombre durante los siglos de los siglos, y además de todo esto infunde el Espíritu Santo, el Gran Amigo que acompañará siempre fiel a la incipiente Iglesia que comienza su andadura, llena de temores e incertidumbres, pero con un firme apoyo desde este momento.

 

               Esto es lo que nos cuenta Juan en el evangelio de hoy. Otra cosa un poco distinta es la realidad con la que convivimos todos los días. ¿Por qué digo esto? Yo creo que es obvio que muchas veces, demasiadas quizás, nos sentimos como inútiles, como inservibles para llevar adelante la misión que Jesús nos encomendó de predicar y dar a conocer sus enseñanzas a todos los hombres, aún contando con la inestimable ayuda del Espíritu Santo y es que no acabamos de entender que nosotros, por muy preparados que nos encontremos o por muy torpes que nos consideremos, no  somos más que herramientas en manos de un artesano que sí sabe lo que quiere hacer y si esto es así lo que hemos de procurar ser es unas buenas herramientas para que el trabajo que con ellas se realice sea lo mejor posible. Esto que digo  puede parecer demasiado simple e, incluso, fácil de realizar. Pero el matiz cambia si añadimos que hemos de ser no sólo herramientas útiles sino, además, conscientes y deseosas de ser utilizadas de la forma más conveniente.

            Todos necesitamos para realizarnos totalmente una serie de condiciones y circunstancias favorables y la paz y la confianza puede que ocupen el primer lugar en esos condicionantes. De ahí que nos sintamos confortados y alegres cuando oímos el saludo del Maestro: “Paz a vosotros”  “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

            Aún así, contando con todo esto, volvemos a ser los de siempre, tercos y tozudos pretendiendo hacer las cosas a nuestra manera que, a veces, no coincide con la de Jesús. ¡Y a pesar de todo nos quiere como somos!, aunque tengamos la fe del carbonero.

 

Evangelio   SANTÍSIMA  TRINIDAD  Jn.: 16, 12-14

        Jesús anuncia que le quedan muchas cosas por decirles a sus discípulos, pero que aún no están preparados para recibirlas, pero que cuando  reciban el Espíritu de la Verdad les guiará hasta la verdad plena. Es un pasaje un tanto difícil de entender y menos si trata de contarlo el evangelista que utiliza un lenguaje más hermético.

            Hay figuras de las que podemos tener una referencia más o menos acertada basándonos en nuestras propias experiencias. Así podemos tener una imagen de la figura del Padre, de la figura del Hijo, pero… ¿Y del Espíritu Santo? Se la ha llamado el Gran Desconocido y a ello ha contribuido, según mi opinión personal, la dificultad que supone para nosotros la falta de referencias, la falta de experiencia en el plano sensorial y cognitivo que nos permitan construir una imagen que se corresponda con la que se acomodaría mejor a ese Gran Desconocido. Tratamos de explicarlo utilizando las imágenes mentales y sensitivas de que disponeos: Así decimos que el Padre ama infinitamente al Hijo, que Este profesa un amor infinito al Padre y que el vínculo que los une, el amor, personificado a causa de su intensidad, constituye el Espíritu Santo.

            Esta es una posible explicación, que puede que no sea la mejor ni la más ortodoxa, pero para quienes no pretendemos exactitudes teológicas ni necesitamos profundos argumentos – tenemos la fe del carbonero- puede servirnos para tratar de comprender un misterio que ni el mismo San Agustín, considerado uno de los cerebros más privilegiados de los que han existido, fue capaz de comprender y es que yo estoy convencido de que nos empeñamos en emplear la razón para abordar una situación que cae más en el campo de los sentimientos, pero ahí están los expertos que sin duda saben mucho más de este tema. Lo que sí es cierto es que todos tenemos o hemos tenido padre y por lo tanto tenemos experiencia directa del cariño mezclado con respeto. Muchos tenemos hijos y también tenemos la experiencia directa del cariño que por ellos sentimos, por eso nos cuesta menos personificar ese cariño y ponerle nombre y podemos llamarlo El Espíritu de la Verdad, como le llamó Jesús ¿Por qué no?

Evangelio  CORPUS  CHRISTI    Jn.: 6, 51-58      

       Difícil de explicar el presente pasaje para nosotros, por lo que no nos extraña nada que algunos de los que estaban oyendo a Jesús cuando les decía que Él era el pan vivo bajado del cielo y que su carne era verdadera comida y su sangre verdadera bebida, así como que el que comiera su carne y  bebiera su sangre tendría vida eterna. Este es el núcleo de la cuestión tal como nos lo presenta Juan, aunque a mi me parece que hay algo todavía más profundo. A mi me parece que Jesús, en un arrebato de amor, pretende, intenta manifestar al hombre la inmensidad de este amor y hasta donde está dispuesto a llegar para hacérselo comprender; pero el hombre, en su natural limitación, no es capaz de entenderlo e incluso se asusta al intuirlo.

Esa situación que nos presenta el evangelista es sólo un destello, algo así como un flash que nos muestra en un instante lo que necesitaría horas de prolijas explicaciones y que, en definitiva, no sería totalmente seguro que lo entendiéramos.

Jesús, en su enorme cariño y entrega, intenta darse, hacerse uno con el hombre y la manera más perfecta de unidad es la que existe entre Él y el Padre y por eso quiere hacerse alimento vivo de sus amigos, para pasar a formar parte de su propia esencia, para que se lleve a cabo la unión perfecta. Ese es el gran deseo de Jesús, el gran deseo de Dios, por lo cual está dispuesto a todo y no me refiero solo a dar su vida por el hombre, sino a permanecer, durante mucho tiempo, solo en la penumbra de tantas y tantas iglesias que son como tumbas en las que reposa en soledad el sagrario donde Él espera siempre ilusionado a que tengamos un ratito para hacerle compañía y vayamos a contarle nuestras alegrías, con las que sin duda se alegrará tanto como nosotros y también, cuando la tristeza nos atenace el corazón y lo veamos todo negro, Él estará ahí para escucharnos, entendernos y, sobre todo, ayudarnos.

 

En definitiva, lo que Jesús nos muestra ese día es el amor tan intenso que nos profesa y la alegría que siente por ello, pretendiendo que nosotros lo entendamos y lo disfrutemos.

 

 

Evangelio   DOMINGO IX  del T. ORDINARIO      Mt.: 7, 21,27

                   Vivimos en un mundo en que la vida se desarrolla desigualmente, dependiendo de la localización geográfica donde se desarrolle y de otra serie de condicionantes  de todo tipo que imponen sus condiciones de manera tiránica y sin tener en cuenta los sentimientos ni las circunstancias personales. Por eso hay muchas veces que podemos encontrarnos en circunstancias que se nos antojen incomprensibles porque no responden a los esquemas que nosotros mismos nos habíamos formado y que, al romperse, nos quedan totalmente desmarcados, con el sólo recurso de clamar invocando a lo que hasta entonces ha constituido nuestro norte y guía.

            Jesús ya nos advierte de este peligro y nos avisa con sus proféticas palabras: “No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en el cielo”. Nos avisa y nos da la clave para que no nos llamemos a engaño. No todo va a ser cumplir unos mínimos, para rellenar el programa, y después vivir de las rentas de esos mínimos, haciéndonos notar por quien pueda ser significativo. No. Esto no funciona así. Aquí hay que sudar la camiseta hasta el final del partido y, con demasiada frecuencia, hay que pasar desapercibido y no pretender exigir nada por el hecho de haber realizado de la mejor manera posible aquello que se nos había encomendado. Hemos de construirnos por nosotros mismos nuestra propia reputación que es como nuestro retrato frente a la sociedad y este debe ser fuerte, sustentado por hechos concretos y verificables y que aguaten el embate de cualquier contrariedad, incluso el del tiempo. Esto será nuestro mejor aval, no el Invocar nuestros supuestos méritos utilizando para ello el nombre de Aquel que mejor puede avalarnos.

 

Evangelio  DOMINGO  X  del T. ORDINARIO      Mat.:9, 9-13

 

Precioso pasaje el que se pone hoy ante nuestra consideración. Y permitidme que le llame así porque trato de imaginarme al Maestro que mira con infinita bondad al hombre que, sentado ante su mesa, tratando con todos los que a ella se acercan a cumplir con su obligación de pagar los impuestos establecidos, se encuentra sumergido, sin embargo, en una aterradora soledad. Jesús ve esto sin duda y por eso le dice simplemente: “Sígueme”.Y Mateo se levantó y lo siguió. Así, sin más preguntas, sin titubeos ni condiciones. Con absoluta confianza y entrega.

Esto puede parecernos un tanto extraño y poco corriente, pero ¿quién no se ha sentido alguna vez totalmente sólo, aún estando rodeado de una multitud? ¿Quién no ha pensado que a nadie le importamos un comino? Algunos días el mundo queda muy bajito, y otros, nos aprisiona con su sombra y parece anularnos. Al que le haya ocurrido esto alguna vez sabrá comprender también los días pesados y plomizos en que nos encontramos varados, sin dirección ni rumbo, y necesitamos que alguien a nuestro lado agarre el timón. Se reconocerá en ese esfuerzo de remar y remar hasta que de nuevo aparezca tierra en el horizonte, o, como en el caso de Mateo, una voz amiga le susurre: “sígueme”.

Mateo hizo lo más conveniente y lo hizo con alegría en su corazón. ¡Por fin significaba algo para alguien! ¡Al fin tenía un amigo! Pero no hay nada en este mundo que provoque más la envidia que la felicidad ajena y esto es lo que hubo de sufrir el recién estrenado hombre feliz. Al momento de estrenar su nuevo estado de ánimo, su nuevo estado de felicidad, ya se ve criticado, o por lo menos lo es por su causa Aquel que le ha hecho tan dichoso, menos mal que su nuevo amigo no se amilana fácilmente  y les apabulla con una cita del profeta Oseas: ”misericordia quiero y no sacrificios”  y más: “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” ¡Ahí queda eso!

Cuando leemos pasajes como este, cortitos, pero de una profundidad enorme, notamos que el pecho se nos ensancha y que las brumas que pudieran existir en el horizonte se desvanecen. ¡Gracias, Amigo!.

 

Evangelio      DOMINGO XI  T. O.     Mat.: 9,36 – 10,8

               Una vez más se nos muestra un Jesús que se preocupa por los demás de tal manera que llega a sentir verdadera angustia cuando contempla el estado en que se encuentran: “Como ovejas sin pastor” Por eso envía a los suyos para que sean como un rayo de esperanza en un mundo desangelado; pero conoce a sus discípulos y sabe que todavía no están preparados totalmente para enfrentarse al mundo y por eso les advierte de que no vayan a ciudades que no sean judías, que se dediquen sólo a los descarriados del pueblo de Israel. Se les da poder sobre los demonios, sobre el mal e incluso sobre la muerte y se les recomienda  que den gratis lo que gratuitamente han recibido.

                        Jesús les envía en medio de un mundo que anda desorientado sin tener un norte seguro al que dirigirse, a un mundo que empieza a admitir que no hay solución para nada, que sólo el destino, con su ciega resolución, marcará el rumbo de las cosas. Jesús contempla esto y se llena de tristeza. Y yo me pregunto ¿Cómo se sentirá al contemplar este mundo nuestro tan despreocupado de su fin último hasta el punto de importarle un pimiento? Y lo que más tristeza supone es que esto sucede no por maldad sino por desidia, por falta de interés y de preocupación por un futuro en el que no se cree y en el que de antemano se admite que será lo que tenga que ser, sin posibilidad de cambio puesto que todo está predeterminado desde el principio. Esta pobreza de miras, esta aceptación cómoda de las situaciones fue lo que apenó al Maestro entonces y lo que le sigue apenando hoy. Entonces envió a los que más a mano tenia, como sembradores de esperanza que era lo que podría salvar a ese mundo vacilante. Hoy sigue enviando a los que se ponen en sus manos para que sigan siendo anunciadores de esperanza porque la esperanza salvará al mundo y la recomendación que entonces hizo a los suyos sigue teniendo una vigencia total: “Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis” .