-TIEMPO DE ADVIENTO-

 

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO    -CICLO A-

 

EVANGELIO
                               
"Estad en vela para estar preparados."
Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt. 24, 37-44)
 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del hombre.
Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
 

                                                                                                            Palabra del Señor.

Mt 24,37-44.     En este pasaje, el evangelista nos da una pincelada de la vida cotidiana; nos cuenta como la gente, en tiempo de Noe, se casaba, comía, bebía...Hacían una vida considerada ”normal”; como en nuestros días puede considerarse una vida de estas características, o sea, que desde los tiempos de Noe hasta los nuestros, lo que consideramos una vida “normal” no ha variado mucho, esto que parece una obviedad me da pie para pensar con un poco más de detenimiento en la recomendación que Jesús nos hace:”Estad alerta”.¡Que recomendación tan acertada en tan pocas palabras”.

                Yo a veces me pregunto ante esta recomendación: Pero ¿Cómo? ¿Qué debo hacer para estar alerta?  ¿Cómo puedo poner en práctica esta recomendación? ¿Es más  fácil decirlo que hacerlo? No lo se. Lo que sí se es que es necesario estar alerta, pero no sólo en el ámbito religioso, en los temas relacionados más o menos directamente con el espíritu, sino en cualquier faceta de nuestra vida en el sentido integral. Si lo pensamos un poquito, este consejo que nos da Jesús es más fácil de lo que nos puede parecer con frecuencia, cuando nos hacemos esas preguntas que anteriormente veíamos “Estad alerta” “Espabilaos atontaos, que estáis como imbéciles ” (esto no lo dijo Xto.) Se os ha dado un regalo maravilloso como es la vida  y no os dais cuenta del don tan extraordinario que eso supone y las posibilidades tan increíbles que eso conlleva.

         Sentir la vida; saberse vivo, con un destino determinado y con unas posibilidades que,”estando alerta”, no podemos dejar escapar. Si Jesús nos habla bajito, sin asperezas, como Él  sabe hacerlo, nos diría: ¿Necesitas que conteste a tus preguntas de hace un momento?.

         Realmente no podemos engañarnos a nosotros mismos; nos es más cómodo “pasar”, dejar que la vida transcurra con su propio ritmo y aceptar todo con un: ¿Qué le vamos a hacer? Será lo que Dios quiera...

         No nos engañemos, no le pasemos la “patata caliente” a Dios, estemos alerta y cojamos al toro por los cuernos porque realmente no sabemos el día ni la hora y luego no hay lugar para  lamentaciones, para una segunda oportunidad, de ahí ese oportuno consejo de “Estad alerta” que Jesús nos da en el evangelio de hoy.

 

 

   DOMINGO  II  DE  ADVIENTO

 

    EVANGELIO
                                     
"Convertíos, porque se acerca el reino de los cielos."
Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt.3, 1-12)
 

    Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: -Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.  Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.
    Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
    Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: - ¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?
Dad el fruto que pide la conversión.  Y no os hagáis ilusiones, pensando: «Abraham es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras.
    Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias.
    El os bautizará con Espíritu Santo y fuego.  Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.
                                                                                                                                                               
Palabra del Señor.

 

   Mat.3, 1-12    ¡El dichoso pasaje del evangelio de hoy se las trae! ¡Qué cantidad de sugerencias, de enseñanzas, en tan pocas líneas, Dios mío...!

 

    Fijémonos en la figura del protagonista del pasaje, de Juan. El evangelista parece tener especial interés en hacer una auténtica descripción antropomórfica del personaje, desde su indumentaria hasta su nada complicada dieta; es decir, nos da una imagen auténtica y única del personaje.

   

    Ahora trasladémonos a nuestra sociedad, a nuestra realidad personal y veremos cómo la mayoría de las veces presentamos, tanto la sociedad como nosotros, una doble imagen, una imagen social y una imagen real. La social es nuestro escaparate de cara a los demás, es nuestra foto de estudio con pose rebuscada; la real es la instantánea que nos pilla como somos, sin maquillaje, con nuestra verdadera fisonomía.

   

    Esto en nosotros, gente de a pie, mequetrefes de tres al cuarto, no tiene mucha repercusión, aunque la tenga, pero ¿Qué me dicen de algunos empingorotados de todo tipo y posición? La imagen social que nos presentan es bien distinta de aquella otra real en la que afloran sus miserias. No es suficiente un hermoso e impresionante ropaje para encubrir una realidad mucho menos atractiva. Juan se presenta en su realidad, en su verdad, como es, sin adornos, sólo vestido con una sencilla piel de camello, por eso se siente libre y con autoridad para pedir a todos aquellos que se le presentan “el fruto de la conversión, los hechos concretos que demuestren que la acción del bautismo ha sido regeneradora y fructífera.

   

    Trasladado a nuestro tiempo estoy seguro que nos pediría coherencia, sintonía entre lo que decimos sentir y lo que solemos hacer, tan distinto con demasiada frecuencia; en definitiva sinceridad para con nosotros mismo y con los demás, aunque ello implique el no ser tenidos como importantes, el que no se nos reserven ciertos asientos, incluso el que no se nos invite a ciertas celebraciones porque nuestra presencia incomoda, o al menos desazona, porque vayamos vestidos con el traje, para los demás un tanto incómodo, de la verdad.

 

 

DOMINGO  III  DE  ADVIENTO

 

     EVANGELIO
                                                    ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 11,2-11)
 

    En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: -¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
    Jesús les respondió: -Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!
    Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un profeta?
    Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito:
    "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti."
    Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

                                                                                            Palabra del Señor.

 

 

Mat. 11, 2-11   Precioso pasaje el de hoy. Juego sicolójico de dos inteligencias poco corrientes: Jesús y Juan.

        

         A Juan, posiblemente, le tenían hasta el gorro sus seguidores con la preguntita del millón: ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de seguir esperando a otro?.

         Y aquí es donde comienza el juego entre los dos primos. Juan envía a los más pegajosos de sus discípulos a que le hagan la preguntita a Jesús y así mata dos pájaros de un tiro: por un lado se ve libre de ellos por un tiempo y , por otro, espera que, con una lección práctica y contundente, entre en sus duras molleras lo que seguramente estaba harto de repetirles.

         Les manda, como hemos visto, a que le hagan la pregunta a Jesús y... me gusta imaginar la cara que pondría Jesús cuando los discípulos de Juan, todo circunspectos, le preguntasen: “¿Maestro, eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

         Estoy seguro  que una sonrisa iluminó su rostro y debió imaginarse a su primo libre del acoso de esos seguidores durante unos días y pensaría: tunante, ¡qué bien lo sabes hacer, procuraré responderte de la misma forma, aunque espero que sepas leer entre líneas lo que estos te contarán!.

 

         Jesús responde a los discípulos de Juan: “Id y decid a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.    ¡ Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí ¡

 

         ¡ Toma castaña, primo !  Y no creamos que hay ninguna incoherencia entre las maravillas que han de contarle al Bautista, aunque pensemos que debía decir: los pobres son enriquecidos, como los ciegos ven y los inválidos andan.  Y ahí es donde está el mensaje directo para Juan y para nosotros. Jesús no quiere para los pobres cualquier riqueza, sino que quiere lo mejor, la más grande de las fortunas: ser evangelizados. Lo demás, se dará por añadidura, como simple propina que sirve para redondear la magnificencia del donativo principal.

 

         Me imagino que cuando Juan recibiera el relato de sus discípulos se sentiría embargado por un sentimiento raro, mezcla de cariño, respeto y profundo temor de Dios (que no miedo). Posiblemente comprendería mejor la dimensión mesiánica de Jesús.

 

         Otro comentario aparte merece el “curriculum” que Jesús nos presenta del Bautista, que ni vive en un palacio ni viste lujosamente y, sin embargo, no había hombre nacido de mujer que fuera más grande que él. Pero eso lo dejaremos para otro día. No queremos suscitar suspicacias.

 

DOMINGO  IV  DE  ADVIENTO

 

     EVANGELIO
                                             "Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David."
 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 1,18-24)
 

        El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
La madre de Jesús, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
 

    José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
-José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
 

    Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:
Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (que significa «Dios-con-nosotros»).
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

 

                                                                                                          Palabra del Señor.

 

 

Mat. 1, 18-24        Mateo nos cuenta una hermosa historia, de tipo naif, de cómo se origina el nacimiento de Jesús y lo hace de la mejor manera que se le ocurre. Para ello recurre a un modelo archiconocido en toda la literatura oriental y de su entorno inmediato. El hijo de un dios (normalmente el sol) que nace de una virgen (normalmente una sacerdotisa de este dios) y que su propósito al encarnarse en un mortal de su pueblo es proporcionarle a este la hegemonía sobre los países circundantes, es decir, poder económico, político y social (Osiris, Ormudz, etc.), de ahí que ni el pueblo judío, ni sus mismos discípulos, llegaran a entender el mensaje de Jesús de paz, de amor y de respeto al pobre.

         Pero Mateo, no se si de forma consciente o, más bien, guiado por el Espíritu Divino, nos da el motivo del nacimiento de Jesús, la causa de su vivencia como hombre: “porque él salvará a su pueblo de los pecados”.

         Esta es la gran diferencia de Jesús con la larga lista de dioses solares. El objetivo de su misión, la causa de su venida, no tiene nada que ver con el poder político, social o económico. Su misión es de otro tipo, de otro plano más elevado y que con demasiada frecuencia, nos es difícil de asimilar, lo mismo que les sucedió a sus paisanos contemporáneos. Ellos esperaban a un Mesías triunfador, que pusiese en su sitio a los pretenciosos romanos y resucitara viejas glorias de los tiempos davídicos. ¿Y nosotros? ¿Qué esperamos frecuentemente?.

    A veces nos repatea ese interés tan especial de Jesús por los pobres, los marginados, los “inválidos y leprosos” que hoy nuestra sociedad ignora y trata de ocultar su existencia encerrándolos en ghetos y “hogares de acogida”... El eufemismo es como una bofetada en una cara aterida por el frío: pero lo peor, es que nos estamos acostumbrando a tomar estas situaciones como normales y estas situaciones, no lo olvidemos, son los grandes pecados de nuestra sociedad consumista y deshumanizada y el motivo de la venida de Jesús fue " salvar a su pueblo de los pecados " , no lo olvidemos.

- TIEMPO DE NAVIDAD -

 

24 DE  DICIEMBRE.       MISA DE MEDIA NOCHE.  Lc 2, 1–14.

 

  EVANGELIO
                                                                                              "Hoy os ha nacido un Salvador."
Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
 

    En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero
Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
    También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en: Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
    En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
    Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor.
    El ángel les dijo: -No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
    De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
    Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.
 

                                                                                                                 Palabra del Señor.

 

        

     Qué curioso cómo nos presenta Lucas, posiblemente sin ser consciente de ello, el anuncio del nacimiento de Jesús.

 

         El hombre más poderoso del mundo, el César de Roma, va a ser el causante de que se cumplan los designios de Dios tal como habían sido señalados por los profetas. Una vez más la voluntad divina se sirve de las circunstancias humanas, cuenta con ellas, para que la realidad resultante no sea violenta para el devenir normal de la vida, para que todo siga su camino como si no sucediera nada, aunque se hayan puesto los cimientos de la mayor revolución a la que ha asistido el género humano desde que como tal se constituye.

 

         La narración, en su conmovedora sencillez, nos muestra un suceso maravilloso contado de una manera sencillamente natural, como lo haría alguien que está absolutamente convencido de que lo que cuenta sucedió tal como él intenta transmitirlo y, sabiendo que se trata de algo insólito y sumamente importante, trata de presentarlo en un marco adecuado, rodeado de ángeles, de un coro celestial que esta vez no portan espadas de fuego ni son portadores de terribles noticias, no, esta vez son distintos, esta vez se manifiestan cantando la gloria del Altísimo y dando a los hombres, representados en unos sencillos pastores, la maravillosa noticia de que Dios se ha convertido en uno de nosotros y ha plantado su tienda en medio de los hombres para vivir con y para los hombres, aunque estos no llegaron a entenderlo y, más aún, yo me atrevería a decir que siguen sin entenderlo plenamente, sólo algunos privilegiados consiguieron vislumbrar parte de esta maravillosa realidad y nosotros, la sociedad, nos empeñamos en que vivían fuera de esta realidad mientras nos empeñábamos en intentar sacarlos de su “locura” y, como no sabíamos cómo catalogarlos, terminamos por llamarlos Santos, o Bienaventurados o..., en fin gente un poco rara que se sale de la norma.

 

        El relato, en su candorosa ingenuidad, resuelve las claves tanto de temporalidad como de precisión cronológica en las que algunos más quisquillosos han querido ver irregularidades que aunque hubieran conseguido encontrarlas, seguirían siendo irrelevantes ante la contundencia esperanzadora del Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.

 

25 DE DICIEMBRE .   -    MISA  DEL  DÍA   - Jn 1, 1,18

 

EVANGELIO
                                                                                                   "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros."
Lectura del santo evangelio según san Juan.
 

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz, sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
    Juan da testimonio de él y grita diciendo:
    «Este es de quien dije: El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».
    Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
    Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
    A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
 

                                                                                                                                                                  Palabra del Señor.

 

 

                        Aquí me tenéis con un lío imponente, con un conflicto entre mi razón y mis sentimientos. Debo confesar que he intentado no hacer este comentario, o mejor, intentar hacerlo y darme cuenta de no saber cómo.

 

                   Ante el retrato que el evangelista hace de Jesús sólo cabe intentar comprenderlo y darle gracias a Dios por haberse dignado bajarse a nuestro nivel, por haber elevado a la condición humana a la dignidad de hijos de Dios.

 

                   Ya sabíamos de la misericordia de Dios cuando sirviéndose de Moisés entregó a los hombres la Ley. La Ley se dio por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

 

                   Creo que esto no necesita mucho comentario; de todas formas me reitero en lo que manifesté anteriormente, yo no sé cómo hacerlo, sólo se cómo sentirlo y desde lo más profundo de mis sentimientos sólo me sale un grito de ¡¡gracias!!.

 

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA  (Mt.2, 13-15. 19-23)

 

EVANGELIO
                                    "Coge al niño y a su madre y huye a Egipto."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt. 2,13-15.19-23)
 

    Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.
    José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche; se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes; así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto».
    Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: -Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.
    Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.
 

                                                                                                          Palabra del Señor.

 

                   Una vez que todo vuelve a la normalidad, la familia hace su vida, humilde y tranquila, como tantas otras familias y, también como tantas otras, tiene sus momentos de apuros y conflictos.

         José ha de tomar una decisión nada fácil, pero la seguridad y aún la vida de su familia están en juego y, ante esa perspectiva, no se lo piensa dos veces; toma al niño y a su madre, de noche y en su burrito se encaminó a Egipto.

 

                   Hasta aquí el relato que Mateo nos muestra y que con frecuencia lo miramos con simpatía, casi con ternura, pero como algo que ocurrió hace mucho tiempo y que por tanto las asperezas y la parte más dura y cruel queda como difuminada por la lejanía del suceso. Pero...  Se me ocurre que esta historia no es de las que simplemente ocurrieron, sino que es de las que se siguen repitiendo con demasiada frecuencia.

         Ahora el punto de destino tal vez no sea Egipto, ni el medio de transporte sea un humilde borriquillo. La tierra prometida ahora se llama Europa y los medios de transporte pueden ser diversos, desde los bajos de un camión, la bodega de algún desvencijado carguero o la temeraria locura de una patera.

         La historia se repite una y otra vez y la sangrante realidad nos muestra que no siempre termina como la que nos presenta Mateo en su relato. Con demasiada frecuencia los sueños de libertad, de bienestar, de vida en definitiva, quedan ahogados en las oscuras aguas de la noche fatídica en que se llegaron a ver las luces de la costa prometida.

        

         Jesús sigue huyendo hoy ¿hasta cuando? ¿tardará mucho, aún, en encontrar unos brazos abiertos que le acojan al otro lado de la orilla?. Esperemos que no. Que no sea necesario que ningún padre deba coger, de noche, a su familia para ponerla a salvo de la miseria, de la muerte. Que por fin Jesús, junto con todos los padres del mundo, puedan descansar y las noches no sean causa de temor sino tiempo del reparador descanso al final de una jornada de trabajo honrado y que esa otra multitud de padres que todos los días tratan de escamotear a sus hijos del Herodes de turno en forma de droga, de alcohol o, simplemente, de consumismo desenfrenado, puedan llegar, al fin, a esa tierra de salvación en la que no tengan cabida la droga, el odio, el racismo, la xenofobia y un largo etcétera que hoy hacen gala de su tiranía.

 

         Nosotros solos posiblemente no tengamos fuerza ni capacidad suficiente para hacer frente a estas situaciones adversas, pero José, cuando se vio en esta tesitura, contó con la ayuda del ángel que le indicó lo que debía hacer. Se sirvió del sueño para comunicarse con él. Si sabemos escuchar posiblemente recibamos indicaciones oportunas de alguna manera, aunque sea en sueños.

 

         Cristo sigue huyendo ¿le sabremos reconocer y recibirle cuando se acerque a nosotros?...

 

 

 

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS  (Lc 2, 16-21)

 

EVANGELIO
                                                    "Encontraron a María y a José, y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús."


Lectura del santo evangelio según san Lucas. (Lc 2,16-21)
 

    En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.
 

                                                                                                                                                Palabra del Señor.

 

                     

1 ENERO.   JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ.  Lucas 2, 16 – 21

 

Los pastores, los más humildes de la sociedad a los que se anuncia en primicias la Buena Nueva, corren, encuentran al Niño y a su Madre y, como no podía ser de otra manera, cuentan, comentan lo que les habían dicho poco antes, confirmándolo con lo que están viendo. Todo esto es causa de admiración para los que los oyen, pero una vez que confirmaron que era cierto lo que les habían dicho, se volvieron, se marcharon cada uno a su destino y para muchos , tal vez para la mayoría, esto quedaría como un curioso hecho anecdótico que les sucedió una vez y que al calor de la lumbre en las largas noches de vigilia, tal vez comentarían entre ellos o refiriéndolo a alguno que no hubiera estado presente aquella noche tan especial y ese bonito y curioso recuerdo sería todo lo que les quedara; poca cosa en definitiva...

 

Sin embargo había alguien que no olvidaría esta noche jamás, que la rememoraría y la disfrutaría una y mil veces en el fondo de su corazón, en su intimidad más recóndita.

 

Lucas, tal vez sin pretenderlo, nos da un detalle precioso para poder entender esto cuando, refiriéndose a María, dice: “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

 

Meditándolas...  La sencilla muchacha del pueblo se encuentra, sin apenas saber cómo, convertida nada menos que en madre del Hijo único de Dios.

No es de extrañar que meditara sobre todo esto hasta ir asimilando un hecho de tal magnitud y con todo lo que lleva aparejado esta realidad.

 

¡Qué corazón tan enorme para dar cabida a tantas cosas y qué pronto para la aceptación, sin pararse a pensar en dificultades ni adversidades!

 

Nosotros que estamos prontos a juzgar y a condenar a todos y todo lo que no se ajusta a nuestros cánones, deberíamos aprender a meditar todas las cosas en nuestro corazón  antes de juzgar y, por supuesto, de condenar.

 

 

 

 

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD (Jn. 1, 1-18)

 

EVANGELIO
                                               "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros."
 

Lectura del santo evangelio según san Juan. (Jn.1,1-18)
 

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal,ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
[Juan da testimonio de él y grita diciendo: -Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

 

                                                                                                                                                           Palabra del Señor.

 

Otra vez la Iglesia nos pone en consideración el comienzo del Evangelio de S. Juan, pasaje que se irá repitiendo con insistencia machacona a lo largo del año litúrgico, tal vez para que, de vez en cuando, volvamos a los orígenes y no perdamos el sentido de la orientación entre todo el bosque, con frecuencia muy espeso, de la riqueza litúrgica con que se desarrolla el ciclo anual.

 

                        Creo que ya comenté que este pasaje de S. Juan siempre me había producido un desasosiego especial. Tal vez porque al ser como una carta de presentación en la que se nos muestra una completa semblanza de Aquel y aquello que esperábamos y que nos desborda de tal manera que posiblemente sea la descripción más escueta, concisa y exacta que podría hacerse del concepto de Eternidad con posibilidad de ser asumido por un ser especial y necesariamente único como es el Hijo, materialización del Amor.

 

                        Juan nos habla de la palabra, de la luz, de la vida, de Dios en definitiva. Creo que los atributos mencionados tan escuetamente son tan precisos y tan ajustados en verdad que no necesitan de nada más. Por eso, posiblemente, a mí me desconcierta un poco este pasaje, porque no necesita de artificio alguno para su comprensión, se entiende perfectamente y su mensaje es directo, claro y contundente. Es como una fotografía sin sombras en la que todo está a la vista y no necesita ser comentado, sólo ser visto, comprendido y aceptado.

 

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR (Mt 2, 1-12)

 

EVANGELIO
                                                 "Venimos de Oriente para adorar al Rey."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 2,1-12)
 

    Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.
    Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
    Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
    Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
 

                                                                                       Palabra del Señor.

 

El  evangelista nos da unos datos precisos del nacimiento de Jesús. Nos dice dónde y cuándo nace y, más adelante, nos dirá porqué.

 

                        En este pasaje, si sabemos leer entre líneas, veremos cómo el eterno enfrentamiento entre la ciencia y el hecho religioso queda aquí perfectamente solucionado. Los Magos representan la ciencia oficial reconocida, más aún, proceden del lugar más prestigioso de la época, del Oxford o Cambridge actuales, proceden nada menos que de Oriente... Pero estos sabios no están engreídos de su propia ciencia, de hecho vienen a rendir pleitesía a un niño desconocido pero que, gracias a sus conocimientos científicos, ellos saben que es alguien fuera de lo normal y, tan grande, que la ciencia está dispuesta a aceptarlo como superior y, por lo tanto, digno de recibir los obsequios a un ser de unas características tan especiales.

 

            Le ofrecen oro, digno de un gran rey; incienso, destinado a la divinidad y mirra, como el primero de entre los hombres.

            Y eso sucede hace algo más de dos mil años. ¿Cómo se come esto? ¿No hay hoy científicos que aseguran que ellos no han encontrado a Dios?  No me cabe duda de que tienen razón. No lo han encontrado. Y ¿por qué? ¿Qué le hace distintos de aquellos entrañables Magos? Algo muy simple y, sin embargo, muy grande y muy importante, algo que se conoce como fe. Sencillamente los Magos creyeron en su propia ciencia y en las señales que ésta les proporcionaba, sencillamente creyeron en la estrella, “su” estrella. Algunos científicos de hoy y otros muchos que nos consideramos poseedores de una mente lógica, no admitimos la existencia de algo tan obvio, no admitimos “nuestra” estrella, algo que desborde nuestro racionalismo constrictor y delimitante. ¡Qué pobres! Sí, perdonad que me sulfure un poco, pero es que no hay nada tan patético como la presunción humana revestida de ciencia. Lo siento pero es superior a mis fuerzas. ¿Tan difícil es conjugar el conocimiento humano –ciencia- con el conocimiento de algo que está en un plano superior, distinto. –fe- ?.

                       

         Cuando seamos capaces de compatibilizar estos dos conceptos comprenderemos plenamente el gozo que sintieron estos magos – sabios – al honrar a Jesús.

 

 

BAUTISMO DEL SEÑOR (Mt 3, 13-17)

 

EVANGELIO
                                     "Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 3,13-17)
 

    En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
    Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
    Jesús le contestó: -Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
    Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: -Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.
 

                                                                                       Palabra del Señor.

 

 

            El pueblo, cansado de tanto esperar y deseando poner fin a una expectación tan prolongada, está dispuesto a aceptar a Juan como el Mesías, al fin y al cabo no era un hombre normal o, al menos, no actuaba como un hombre normal.

            El problema es que al ser preguntado él responde que no es el esperado pero que está preparado para darse a conocer el esperado, el que colmará todas la expectativas.

 

            Como vemos, la situación no ha cambiado mucho. El pueblo, o gran parte de él, a pesar de todo lo sucedido, parece que sigue esperando y, como entonces, está dispuesto a aceptar como salvador a aquél o aquello que colme sus expectativas, bien sea bajo el aspecto de fama, tecnología, poder, dinero, prestancia social o también política o alguna otra de las mil maneras imaginables y apetecibles que nuestra sociedad nos presenta, bien sea en forma de drogas, alcohol, sexo... con la diferencia de que ninguno de estos pretendidos salvadores admite no serlo.

 

            Jesús se pone en la fila para que Juan le bautice, como un pecador más. ¿Y nosotros?  ¿Nos confundimos con aquellos “desgraciados” a los que pretendemos ayudar? o por el contrario nos preocupaos de dejar bien claro que nosotros somos “distintos” somos “otra cosa” y esto puede traernos a la memoria, si nos molestáramos en ejercitarla, aquello del fariseo y el publicano orando en el Templo. Las cosas no han cambiado tanto. Hasta que no aprendamos de Jesús a ponernos en la fila, a no reclamar prebendas ni privilegios por ser quienes somos, no habremos captado el mensaje que hoy nos muestra Jesús: Hacerse, una vez más, hombre entre los hombres, cargando sobre sí las culpas de todos, las que no le corresponden, hasta el punto que el Padre no puede por menos de exclamar: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

 

 

- TIEMPO ORDINARIO -

 

2º DOMINO ORDINARIO  (Jn. 1, 29-34)

 

EVANGELIO
                                                       "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."


Lectura del santo evangelio según san Juan. (Jn. 1,29-34)
 

    En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo». Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.
Y Juan dio testimonio diciendo: -He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.
 

                                                                                      Palabra del Señor.

 

                   Juan el Bautista da testimonio explícito de Jesús, con un testimonio que no deja lugar a la duda, utilizando palabras mitad propias y mitad de Isaías y aportando como prueba un hecho concreto que él ha presenciado: El Espíritu Santo se había posado sobre él cuando le bautizó con agua. Sigue afirmando el Bautista que él no le conocía y puede chocarnos quizá a nosotros que siendo primos no se conocieran, pero una vez más nos encontramos con las limitaciones del lenguaje escrito que nos priva del gesto y de la entonación. Hay que entender al  Bautista: Yo no le conocía “esa faceta”, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

 

                   Así de contundente se muestra el Bautista. Se podrá decir más alto pero no más claro: Este es el Hijo de Dios. El Bautista era un hombre incómodo, tenía la costumbre poco práctica de llamar a las cosas por su nombre y esa “manía” le costó la vida, pero él la vivió de una manera plena, consecuente consigo mismo para lo que es necesario mucho valor y una voluntad de hierro. Un hombre del que realmente conocemos poco, sólo lo necesario para saber que le fue encomendada una misión y que la llevó a cabo por encima de todo, aunque para ello hubiera de entregar su propia vida ¿será cosa de familia?.

 

                   La verdad es que cuando contemplamos la figura de este hombre sobrio, íntegro y cabal, nos da la sensación de que debía ser un tanto seco y huraño, pero con su vida, al menos con lo poco que de ella se nos da a conocer, lo que nos muestra es a un hombre ponderado, fiel, serio y consecuente con lo que anuncia. Él se sabe un enviado, nunca pretende ocupar un puesto que no le corresponde; sabe que su misión es preparar el camino para otro que viene tras él aunque sea anterior a él y al que no conoce pero al que está seguro que reconocerá porque le ha sido dada una señal, una contraseña infalible y sabe que no le fallará, por eso cuando esta señal se produce no duda en proclamarlo; después, cumplida su misión, muere y es como si todo se diera por concluido de manera satisfactoria, como cuando se da por concluido un trabajo bien hecho.

 

                   No trato de minimizar nada, sólo procuro mirar de manera objetiva y la verdad es que la figura de Juan en su sencillez a mi me produce un enorme respeto y una profunda admiración.

 

 

 

3º DOMINO ORDINARIO  (Mt. 4, 12-23)

 

 

EVANGELIO
                                 "Vino a Cafarnaúm para que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías."
 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt. 4,12-23 )
 

    Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.
[Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo: -Venid y siguidme, y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes. con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.
                                                                    

                                                                                    Palabra del Señor.

 

        

                        Jesús sufre en sus propias carnes las intrigas y acoso político. Juan es apresado porque resulta incómodo, su lengua es más cortante que una espada bien afilada y no se arredra ante nadie y eso hace que dé con sus huesos en la cárcel.

 

            Jesús no quiere que su misión termine antes de comenzar y, para evitar enfrentamientos con la autoridad establecida, decide marchar fuera de su tierra, se marcha a la Galilea de los gentiles: Allí comienza prácticamente su vida pública, allí comienza a predicar y a anunciar el acercamiento del reino de Dios. Pero Jesús no quiere estar sólo, le gusta el trato directo con las personas y por eso se preocupa de rodearse de un grupo de amigos y un día cualquiera, mientras pasea por la orilla del mar de Galilea, en un plácido atardecer, cruza su mirada con dos hermanos: Simón y Andrés que estaban trajinando con sus aparejos; les llama, les sonríe y les ofrece una perspectiva nueva, un nuevo enfoque que dará un giro radical a sus vidas: "Os haré pescadores de hombres". 

 

         ¿Cómo les hablaría Jesús? ¿Cómo les miraría?. No lo se, aunque me gusta imaginarlo siguiendo los datos del evangelista: Ellos entonces dejando al instante las redes, le siguieron.

 

            Caminando los tres amigos ya juntos se encontraron con otros dos hermanos: Jacobo y Juan; estos estaban con su padre y se encontraban haciendo lo mismo que Simón y Andrés y reaccionaron de la misma manera. Dejaron al instante las redes y a su padre y le siguieron, y me vuelvo a hacer la misma pregunta ¿Cómo sería la mirada de Jesús cuando se dirigió a ellos? Cada cual que se la imagine como mejor crea.

 

          Ya cuenta Jesús con un grupo de amigos y con ellos recorre toda Galilea, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

 

          Es curioso que Jesús espere a tener un grupo de amigos para lanzarse de lleno a predicar y a sanar. Parece como si necesitara del concurso de otros hombres para que su cometido se cumpla en plenitud, como si pretendiera enseñar de manera práctica a sus amigos que la acción en equipo, en común, era mucho más efectiva y práctica. ¿Será verdad esto?. Parece que choca con nuestras preferencias de sobresalir, de destacar, de ser protagonistas. ¡Qué cosas! . Este Jesús empieza a ser raro ya desde el principio, tanto que incluso sus amigos se sienten confundidos con frecuencia, hasta que se acostumbren y lleguen a entenderle ¿Cuándo será eso?.

 

 

 

4º DOMINO ORDINARIO  (Mt. 5, 1-12a)

 

EVANGELIO
                                                        "Dichosos los pobres de espíritu."


Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 5,1-12a)
 

    En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios».
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
 

                                                                         Palabra del Señor.

 

           Jesús se encuentra al principio de su vida pública. Su misión es dar a conocer a los hombres la Buena Nueva que le ha traído al mundo y quiere dejar claro desde el principio cuales son sus normas para que nadie se llame a engaño.

           

    Cuando se constituye una democracia, cuando se funda cualquier gobierno en cualquier país, lo primero que se instituye es una constitución, una serie de acuerdos y leyes de obligado cumplimiento para todos que faciliten y hagan posible la convivencia y el entendimiento entre todos los ciudadanos de ese país.

    Eso es lo que hace Jesús en el pasaje que hoy nos muestra el evangelista, sólo que Él no impone nada, se limita a ir desgranando una por una las sendas por las que es posible llegar al reino de Dios. Caminos bien extraños a los que no llegamos a acostumbrarnos, por muy amablemente que nos los muestre el mismo Maestro.

 

                        A este pasaje se le ha llamado “La Carta Magna” del reino de Dios y, en verdad que lo es. Pone las bases y fundamentos para el perfecto desarrollo de los planes divinos respecto al hombre, por eso nos cuesta tanto entenderlos y admitirlos, porque no son nuestros planes, son los planes de Dios y aunque siempre cuente con el hombre, no siempre el hombre está dispuesto a prestar su colaboración.  ¡Qué le vamos a hacer!

 

          Es curioso que cuando alguna vez he reflexionado sobre este pasaje me he imaginado una suave colina en un día soleado de la primavera, una multitud de gente no demasiado grande y un hombre sentado en su parte superior que habla sosegada y amablemente a todos los que tienen su mirada vuelta y sus rostros atentos. Lo que les dice es un tanto extraño, parece ir envuelto en algo suave y agradable, pero en realidad es de una dureza nada corriente. Al ser tan suave aquello, todo el mundo lo entiende, pero al ser tan duro pocos son los capacitados para ponerlo en práctica, porque para ello hay que enfrentarse con uno mismo y eso no suele ser fácil ya que podemos encontrarnos con enormes sorpresas al constatar que no somos como nos creíamos, ni tan buenos, ni tan valientes, ni...   

 

        Pero bueno, eso sucede en esos momentos en que uno está sólo y depende del estado de ánimo en el que nos encontremos, porque otras veces me imagino la misma escena con una luz distinta , en un fugaz escorzo veo el rostro del hombre que está en lo alto y su voz suena como animando a todo el que le escucha a que ponga en práctica todo aquello que él está diciendo y que, cuando se presenten las dificultades -que las habrá- que contemos con su ayuda porque siempre estará a nuestro lado dispuesto a tendernos una mano. Y otras veces... en fin, no quiero ponerme pesado porque imagino que a todos nos ha ocurrido lo mismo alguna vez.

 

Lo que sí puedo decir es que procuro seguir las sendas marcadas y también debo confesar que me sigue costando y que en cuanto bajo la guardia, meto la pata y esto sucede muchas más veces de las que me gustaría, pero estoy seguro de que una mano amiga permanece tendida en todo momento.

 

 

 

5º DOMINO ORDINARIO  (Mt. 5, 13-16)

 

EVANGELIO
                                                  "Vosotros sois la luz del mundo."


Lectura del santo evangelio según san Mateo.  (Mt 5,13-16)
 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
                                                              Palabra del Señor.

 

 

                        El pasaje que hoy se nos presenta es corto pero lleno de significado. Desde que el hombre perdió su inocencia primigenia allá en el paraíso, perdió también la conciencia de su propia identidad, dejó de saber que era el amigo de Dios, el que paseaba con él al atardecer todos los días. Ya lo había olvidado. Llevaba siglos sin pasear junto a su amigo, vagando sólo por el mundo sin saber con certeza a donde dirigirse.

           

        Dios no había abandonado a su criatura preferida, aunque la ofensa recibida por la desobediencia les hubiera distanciado de alguna manera. No obstante, por medio de los profetas y otros enviados, Dios Padre se había preocupado de poner como indicadores en la vida del hombre para marcarle el camino correcto, pero esto no había sido suficiente, ni siquiera para aquel pueblo con el que “desde antiguo” había sellado un pacto.

 

                        Jesús nos aclara las cosas. Nos dice quienes somos. Nos revela nuestra verdadera identidad y, con ello, nuestro cometido.

 

                        Somos la sal de la tierra, la luz del mundo. Eso somos. Somos el capricho de Dios. Pero es sólo una de las caras de la moneda. La otra es que eso, eso que somos es para algo, es para que tenga sentido pleno nuestra identidad y ser causa de complacencia para nosotros y para Dios..

           

                        Jesús nos da la clave de la finalidad de nuestra auténtica personalidad: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

 

                        Como queda claro tenemos un objetivo que llevar a cabo y ya sabemos quienes somos, de donde se deduce que ya no valen excusas ni pretextos para escurrir el bulto alegando ignorancia o desconocimiento. Tenemos un cometido concreto, llevémoslo a cabo. Sabemos que a veces nos fallan las fuerzas, que la tarea resulta demasiado dura para nosotros, pero también sabemos que siempre, siempre, contamos con un amigo inseparable dispuesto siempre a prestarnos su apoyo y ayuda.

 

 

6º DOMINO ORDINARIO  (Mt. 5, 17-37)

 

 

  EVANGELIO
                                                                                 "Se dijo a los antiguos, pero yo os digo."


Lectura del santo evangelio según san Mateo.
(Mat. 5, 17-37)
 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: [No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el reino de los cielos.] Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos.
Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.]


Habéis oído el mandamiento «No cometerás adulterio». Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. [Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo.
Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio». Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer, -excepto en caso de prostitución- la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.]
 

    Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo.] A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
 

                                                                                                                                     Palabra del Señor

 

(Mt. 5, 17-37) Jesús quiere que quede bien claro su contenido, que nadie se llame a engaño. La Ley debe cumplirse y no sólo con la interpretación acomodaticia que hacían los fariseos sino que Jesús puntualiza y matiza: "Oísteis que fue dicho... pero yo os digo..."   Además aconseja en las confrontaciones por rencillas una actitud dialogante, una cierta flexibilidad; él conocía bien nuestra tozudez y soberbia, incluso nuestra inclinación al insulto cuando no encontramos argumentos mejores que avalen nuestro punto de vista. Por eso advierte que el que llamare Raca a su hermano merecerá que le condene el concilio – Raca. Viene de la voz hebrea Rich. Es palabra siríaca, usada entre los judíos, una especie de interjección, la cual sin particular significado denota un desprecio injurioso del prójimo, que solía expresarse más con la acción de escupir al suelo. El plural Rakim se halla en el texto hebreo, II Par. XIII, 7; los Setenta traducen pestilenciales, u hombres sin conducta, sin religión. Aún parece que es más injuriosa la palabra fatuo, que según algunos significaba hombre impío y sin seso. – Si alguno llama fatuo a su hermano se ve amenazado con un infierno de fuego.

                      En cuanto al concepto de adulterio también hila bastante más fino que lo que nos tiene acostumbrado nuestra sociedad hedonista y superficial, así como con los juramentos e improperios. Nos aconseja hablar lo justo con el fin de que nuestra locuacidad no nos lleve a decir inconveniencias. ¿Quién no se ha arrepentido de haber hablado de más cuando ya no había solución?

                        La Ley debe cumplirse: Lo único que Jesús cambia es nuestra condición; de ser esclavos de una serie de normas y preceptos, pasamos a ser hijos que han de cumplir una serie de reglas dictadas para su mejor realización como personas.

Jesucristo dio cumplimento a la Ley con su doctrina, con sus obras y con sus preceptos; dio cumplimiento a las leyes ceremoniales verificando el objeto y el fin de ellas, que era el mismo Jesucristo; a las morales revindicando su integridad e inteligencia contra los escribas y fariseos que las habían corrompido con sus tradiciones y falsa interpretación y a las judiciales dando cumplimiento a lo que ellas significaban y confirmando lo que tenían de derecho común y perpetuo

                        No viene a destruir la doctrina de la Ley ni de los profetas sino a darles su entero cumplimiento.

 

- TIEMPO DE CUARESMA -

 

 

 

 MIÉRCOLES DE CENIZA.   Mt. 6, 1-6, 16-18                                                           

 

                   Jesús continúa dando instrucciones a todos y  recomendando unas normas de comportamiento que siguen llamando la atención y provocando, al menos, prevención. Prevención que se sigue suscitando en nosotros cuando releemos este pasaje; no terminamos de asimilar esta terminología, no por su carga semántica sino por su carga ideológica.

 

                   Nosotros que hemos leído, oído e incluso comentado alguna vez estas palabras del Maestro nos sentimos un tanto sorprendidos de su contundencia de pensamiento. Nosotros que, digamos, estamos acostumbrados a esta dialéctica, nos suena pero nos sigue pareciendo, aunque no lo digamos un tanto utópica cuando no algo trasnochada.

         Eso a nosotros que, como decía antes, todo esto nos “suena”.

¿Cómo sonarían estas palabras en los oídos de las personas a las que Jesús se dirige? Ellos, además, estaban acostumbrados a tener por normal y correcto todo aquello que Jesús pone patas arriba. Lo más llamativo, aunque nos parezca raro, no era lo que les estaba diciendo, la visión nueva de una Ley que encorsetaba la misma vida con un rosario interminable de normas y preceptos tan absurdos algunos como inútiles. No, no era esto lo que llamaba la atención de los que le oían. No era lo que decía lo que tenía atónitos a toda aquella gente, no. Era cómo lo decía.

 

                   Hablaba con conocimiento de causa, hablaba con autoridad. Sí amigos, hablaba con autoridad, podía hacerlo y, además, sabía de lo que estaba hablando.

         Me gusta imaginar al Maestro cuando estaba anunciando estas cosas, hablando con autoridad, como decía antes, pero también con una infinita dulzura, con una bondad integral y con una comprensión sin final porque Él conocía perfectamente lo que decía y a quiénes se lo decía. Lo que recomendaba era nuevo pero además no era nada fácil el ponerlo en práctica. Ni entonces, ni ahora. No podemos extrañarnos de que los que escuchaban a Jesús se quedaran desconcertados; a nosotros nos sucede lo mismo, después de dos mil años. ¿Llegaremos algún día a comprenderlo y, por lo tanto, a aceptarlo? Espero que sea así, aunque me temo que para eso aún queda mucho tiempo ¿no os parece?

 

 

 1º Domingo de Cuaresma  (Mt 4, 1-11)                                                                              

 

EVANGELIO
                                   "Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado."


Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 4,1-11.)
 

    En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras.
Jesús le dijo: -También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras.
Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.
 

                                                                                                                                  Palabra del Señor.

 

 

                        (Mt. 4, 1-11)  El pasaje que hoy nos presenta el primer domingo de cuaresma es un tanto llamativo en su comienzo pero cuando recapacitamos un poquito sobre él nos damos cuenta que es más frecuente de lo que nos creemos. De todas formas su comienzo es bastante llamativo: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo”.

         Leído así parece como si el Espíritu tuviera como cometido el someter a Jesús a una serie de pruebas difíciles de superar para cualquiera, teniendo en cuenta las circunstancias en que se producen. Pero comentábamos antes que esta situación que nos parece extrema se da en nuestra propia vida con relativa frecuencia.

        

                   Cuando leemos que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto ¿no recordamos cuántas veces nos impulsa nuestro sentimiento a nuestro propio desierto interior?. A Él le sirvió para tomar conciencia de su cometido que no había hecho más que comenzar. A nosotros nos sirve, a veces, para aclarar nuestras ideas, para serenar nuestro ánimo y recomponer nuestro caminar si acaso se había desviado algo.

 

                   Es fácil imaginarse la soledad que Jesús pudo encontrar en su desierto; la sensación de angustia, de soledad, de impotencia... todo eso no nos es desconocido, alguna vez lo hemos experimentado. La salida de esta situación es la que a veces nos diferencia con Él.

         Aquí es donde se pone de manifiesto de una manera palpable la superioridad del bien sobre el mal. El diablo, en representación del mal, le ofrece lo que lógicamente nos puede parecer más apetecible: Saciar nuestro apetito, es decir, saciar el deseo de comer, saciar el deseo de tener y saciar el deseo de poder. Eso es lo que le ofrece a un hombre recién purificado, recién salido de su desierto y, lógicamente, responde con una contundencia sin titubeos, queriendo quedar las cosas claras desde el principio; sin violencia, pero con firmeza.

         Este trance Él sabe que no sólo le afecta en el plano personal sino que su actitud, su resolución de esta situación se convertirá en un paradigma para muchas personas que cifran su confianza en poder vencer al mal con sus sutiles o burdas tentaciones que no cesan igual que Él nos enseñó, sin violencia, con elegancia, con autoridad.

 

                   Hay algo que debemos tener claro: Nuestro desierto interior siempre nos acompañará, lo que hemos de procurar es que cuando volvamos de él lo hagamos con renovadas fuerzas, sabiendo encontraremos la mano tendida de nuestro hermano mayor dispuesto a ayudarnos, sin condiciones.

 

 

 

 2º Domingo de Cuaresma  (Mt 17, 1-9)                                                        

 

 

 

EVANGELIO
                                    "Su rostro resplandeció como el sol."
 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 17,1-9.)
 

    En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: -Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo: -Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.


                                                                                  Palabra del Señor.

 

 

        (Mt. 17, 1-9)    Jesús muestra ante sus discípulos más queridos su auténtica naturaleza. Les muestra su condición sobrenatural, su capacidad para hablar de tú a los antepasados más insignes.

         En aquella reunión podemos decir que no falta ni Dios, que se manifiesta anunciando que Jesús es su hijo en el que se mira y en el que se complace. No es de extrañar el susto que los discípulos se llevaron; oír nada menos que la voz de Dios, ¡ del Innombrable !

         Una vez más la vehemencia de Pedro había hecho acto de presencia: “Señor, si te parece haremos tres refugios...” y, una vez más, esconde aterrorizado su cabeza, ante la majestad de la presencia de la divinidad.

 

                   ¿De qué hablarían en aquella cumbre Jesús y sus contertulios? Posiblemente de lo que le esperaba asumir a Jesús para que fueran ampliamente cumplidas las escrituras. Y la recomendación de Jesús de no comentar lo que habían visto hasta que no se cumpliera otro prodigio aún mayor, su propia resurrección de entre los muertos. Cuando hubieran sido testigos de este prodigio no les costaría tanto aceptar este hecho maravilloso.

 

                   Una vez más se produce en los discípulos una situación que no controlan, una situación de terror y, una vez más, ahí está Jesús que les toca en el hombro y les dice: no temáis, yo estoy aquí, no hay problema. ¿Os imagináis que sintiéramos físicamente la mano amiga sobre nosotros y esa voz tan suave y firme que nos dijera: ánimo, adelante, yo estoy aquí, contigo? Sería una pasada ¿verdad?. Pues hay veces, cuando estamos recogidos en nuestro interior tratando de desnudar nuestra alma ante el Padre y nos vemos con tantos fallos; ha veces, digo, que nos parece sentir la ayuda de una mano amiga y una voz de una dulzura indecible que nos susurra: ánimo, yo estoy contigo.

 

 

 3º Domingo de Cuaresma  (Jn 4, 5-42)                                              

 

 

 

EVANGELIO
                                                       "Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna."


Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 4,5-42. )
 

    En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: -Dame de beber.
(Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.)
La samaritana le dice:-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:-Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.
La mujer le dice: -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
Jesús le contesta: -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
La mujer le dice: -Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. EL le dice: -Anda, llama a tu marido y vuelve.
La mujer le contesta: -No tengo marido.
Jesús le dice: -Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.
La mujer le dice :] -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.
Jesús le dice: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
La mujer le dice: -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.
Jesús le dice: -Soy yo: el que habla contigo.
[En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?»
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: -Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías?
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían: -Maestro, come.
El les dijo: -Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.
Los discípulos comentaban entre ellos: -¿Le habrá traído alguien de comer?
Jesús les dijo: -Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «Uno siembra y otro siega». Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.]
En aquel pueblo, muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho»].
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.
 

                                                                                                                   Palabra del Señor.

 

        (Jn. 4, 5-42)   Pasaje muy conocido y quizá por eso, a veces, pasamos por él sin detenernos lo suficiente como para profundizar un poco, para saborear las enseñanzas que nos transmite de forma directa y las que nos sugiere con fina sutileza. Veámoslo juntos, si os parece; estoy seguro que encontraremos matices que tal vez nos habían pasado desapercibidos otras veces.

 

                   A Dios le preocupa toda criatura, no sólo los judíos. El hecho de dirigirse Jesús a la samaritana no es tanto para solicitarle agua con que saciar su sed cuanto para ofrecerle el Agua Viva que da vida eterna. Es decir, para integrarla en su misión redentora, aunque se trate de una componente de un pueblo enfrentado de antaño a los judíos. Ofrece su agua a una extraña, lo que nos sugiere que Jesús vino a salvar a todos, sin distinción de razas ni credos.

 

                   El agua que Él ofrece es como la fe que cada uno puede conseguir con Su ayuda, esa plenitud de saberse en sintonía con la verdad.

 

                   El lugar previsto para adorar a Dios deja de ser significativo, lo que realmente importa es que cada uno le adore de corazón allí donde esté, bien sea un ama de casa realizando sus labores domésticas o un cartujo en lo más recóndito de su retiro. A Dios hay que adorarle en espíritu y en verdad.

 

                   Los discípulos se extrañan de verle hablando con una samaritana; tal vez sus más allegados seguían sin conocerle realmente: ¿Se da esta disfunción hoy entre la Iglesia-Pueblo creyente y la Iglesia-Jerarquizada ? Pensemos esto.

                   La mujer corre a su ciudad y alerta a todo el mundo de la posibilidad de haber encontrado al Cristo y, en lugar de quedarse cruzados de brazos esperando a ver qué sucede, salen a ver y comprobar lo que dice la mujer. Les impulsa el deseo de verificar lo que la mujer les anuncia, en definitiva, les impulsa el deseo de la verdad.

 

                   Se resalta la idea de que aquel que quiera la salvación ha de buscarla con los medios necesarios y no permanecer inmóviles esperando que los demás les resuelvan los problemas.

         En definitiva, a mi me parece que de este pasaje se deduce que la idea de la esperanza de salvación para todos los hombres es una realidad al alcance de la mano de todo el que se lo proponga.

 

 

 

 

 4º Domingo de Cuaresma                                                                  

 

 

EVANGELIO
                                                                     "Fue, se lavó, y volvió con vista."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn 9,1-41.)
   

    En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. [Y sus discípulos le preguntaron: -Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó: -Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto,] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -¿No es ése el que se sentaba a pedir ?
Unos decían: -El mismo.
Otros decían: -No es él, pero se le parece.
El respondía: -Soy yo.
[Y le preguntaban: -¿Y cómo se te han abierto los ojos?
El contestó: -Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.
Le preguntaron: -¿Dónde está él?
Contestó: -No sé.]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
El les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
El contestó: Que es un profeta.
[Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: -¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego ? ¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron: -Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos, pues los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: -Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Contestó él: -Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.
Le preguntan de nuevo: -¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
Les contestó: -Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: -Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.
Replicó él: -Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder]
Le replicaron: -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre?
El contestó: -¿Y quién es, Señor, para que crea en él ?
Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.
El dijo: -Creo, Señor.
Y se postró ante él. [Dijo Jesús: -Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: -¿También nosotros estamos ciegos?
Jesús les contestó: -Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.]
 

                                                                                                                     Palabra del Señor.

 

    (Jn. 9, 1-41)   ¿Quién no ha visto alguna vez a un ciego? Los vemos con frecuencia, incluso hablamos con ellos, los compramos cupones de su lotería o son vecinos nuestros, viven en nuestro mismo portal. Los vemos como un vecino más, totalmente integrados en la sociedad en que vivimos. Eso ahora, en nuestra sociedad evolucionada y dotada de recursos; pero trasladémoslo a la sociedad retrasada y fanática en la que se desarrollan los hechos que nos narra el evangelista.

            Un ciego, un cojo, un manco, un lisiado en definitiva era la prueba palpable y cruel de que Dios había sido ofendido, bien por él o por sus progenitores. Y Dios, que en la sociedad de referencia era un Dios vengativo, muestra su enfado enviando al pecador o a algún descendiente suyo por más inocente que nos pudiera parecer, cualquier tipo de lacra, algo que le marcara y le marginara en una sociedad fanatizada y corrupta.

 

            Así lo creían  los fariseos y demás doctos en temas religiosos. Sin embargo Jesús tira por tierra esta absurda teoría cuando le preguntan que quién había pecado si el ciego recién curado o sus padres y la inesperada respuesta del Maestro es: “Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

 

            Aquel ciego de nacimiento no pidió nada, sin embargo Jesús le da lo que más necesitaba: la vista. Jesús se muestra aquí en su otra dimensión, en su dimensión divina, en su faceta de Señor de la naturaleza y dominador de las realidades, con su magnanimidad congénita. Cura al ciego porque la da la gana, porque le apetece hacerlo, puede hacerlo y lo hace y punto. El ciego ha nacido ciego precisamente para esto, para ser curado de manera gratuita, para demostrar ante los “ciegos que ven” que el poder de Dios está por encima de esas ridículas apreciaciones sobre si todo lo malo es consecuencia del pecado o no, en una circunstancia determinada.

            El ciego no había pedido nada, pero es consciente de que ha recibido un maravilloso regalo y no duda en manifestarlo donde sea y ante quien sea, así como no duda ni un solo instante en rendir adoración al Hijo del hombre. Ante la insistencia de algunos fariseos, les pregunta, no sin sorna, ¿Acaso queréis haceros discípulos vosotros también? Como realmente no encuentran argumentos para su empecinamiento, se defienden con insultos e improperios hacia el antiguo ciego. Lo de siempre. De todas formas el razonamiento del ciego es contundente: “Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”  Y Punto.

            “... pero ése no sabemos de dónde viene” Replicó el ciego: “Pues eso es lo raro; que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”

 

            Hasta aquí el aplastante razonamiento del ciego. Los fariseos que están escuchando y ante el cariz que va tomando la situación, quieren ser, como siempre, oportunistas y preguntan: ¿También nosotros – los enterados – estamos ciegos? Pero encuentran la horma de su zapato cuando oyen que de eso nada, que no hay excusas para nadar y guardar la ropa: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste” Es decir, hay que mojarse, amigos, nada de arrimarse al sol que más calienta.

            Nuestra sociedad, a veces, está realmente ciega y empecinada en su propia oscuridad y queremos curar a los “raritos” que dicen ver. Recuerdo un cuento de Wells: “En el país de los ciegos” que se basa en esta misma temática y en un país en el que todos sus habitantes son ciegos tiene la “desgracia” de nacer un niño que ve y la mejor solución que encuentran los sesudos varones de aquella oscura sociedad es cegarle para así “curarle” de su terrible enfermedad. Esto que no deja de ser un cuento, refleja con demasiada frecuencia la realidad en que nos desarrollamos.

 

 

 

 

 5º Domingo de Cuaresma                                                                                   

 

 

EVANGELIO
                                                        "Yo soy la resurrección y la vida."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 11,1-45)
 

    En aquel tiempo, [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).]
Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: -Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo: -Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: -Vamos otra vez a Judea.
[Los discípulos le replican: -Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿Y vas a volver allí?
Jesús contestó: -¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.
Dicho esto añadió: -Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.
Entonces le dijeron sus discípulos: -Señor, si duerme, se salvará.
(Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.)
Entonces Jesús les replicó claramente: -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: -Vamos también nosotros, y muramos con él.]
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. [Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.] Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
Jesús le dijo: -Tu hermano resucitará.
Marta respondió: -Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice: -Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó: -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -El Maestro está ahí, y te llama.
Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.]
Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y] muy conmovido, preguntó: -¿Dónde lo habéis enterrado?
Le contestaron: -Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -¡Como lo quería!
Pero algunos dijeron: -Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa.) Dijo Jesús: -Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dijo: -Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
Jesús le dijo: -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: -Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
 

                                                                       Palabra del Señor.

 

               Jn. 11,  1-45     Un amigo de Jesús cae enfermo. Se lo hacen saber pero Él no da señales de inquietud, sino que asegura que esta enfermedad servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

         Advirtamos que aquí es una de las raras veces en que Jesús se denomina “Hijo e Dios” y no Hijo del hombre. También nos hace notar el evangelista que Jesús era amigo de Lázaro y de sus hermanas Marta y María, incluso nos indica quién era María y nos da una serie de detalles.

 

                   Cuando han pasado unos días, Jesús decide ir a ver a sus amigos aún a riesgo de jugársela puesto que ya habían intentado apedrearle los judíos. Sus discípulos le advierten del peligro que corre, dada la hostilidad que los judíos habían mostrado, pero se trata de sus amigos, le empuja la amistad, un sentimiento que según nos dice Cicerón en su precioso Tratado sobre la amistad es incluso mayor que el sentimiento que suscita el parentesco: “Precisamente en esto aventaja la amistad al parentesco, en que el afecto puede desaparecer de éste, pero no de aquella: pues suprimido el afecto, se destruye la amistad, mientras que el parentesco subsiste”.

         Está muy claro que entre Jesús y la familia de Lázaro no se había suprimido el afecto, por lo tanto la amistad se robustecía cada día que pasaba.

 

                   Empujado por este sentimiento de amistad, Jesús, aún a sabiendas de lo que se va a encontrar y posiblemente por eso, decide ponerse en camino y llegarse hasta la vivienda de sus amigos en Betania. Da comienzo, con esta decisión, un viaje iniciático y un hermoso canto a la amistad.

 

         Digo que da comienzo un viaje iniciático. Jesús está tomando conciencia en el plano personal de su condición de Hijo de Dios. Comienza a actuar como tal aunque sus discípulos, sus más allegados, llenos de buena voluntad, no se enteran de la transformación que se está produciendo en su Maestro. Cuando se refiere a Lázaro dice que “está dormido” y volvemos a considerar una vez más no sólo lo que dice sino cómo lo dice; con autoridad, con convencimiento y no sólo comunica el estado en que se encuentra sino que Él va a cambiar ese estado: “Lo voy a despertar”.

Este proceso que va a mostrarnos de una manera palpable la evolución de Lázaro es de un paralelismo evidente con el proceso de concienciación de Jesús sobre su propia naturaleza. Ambos procesos culminan de la misma manera: con la apoteosis final; la resurrección para Lázaro y el reconocimiento de Dios a su Hijo, dándole poder sobre la muerte. Este es Jesús, el Hijo de Dios. El mismo que no deja de ser hombre y como tal, tiene sus sentimientos y estos no pueden ocultarse en ciertos momentos. No puede evitar que se le salten las lágrimas ante la tumba del amigo. Aquí está la hermosa paradoja, el amigo que llora y el amigo que salva. ¡¡Menudo amigo!! ¿No creéis?

 

 

 

 

- SEMANA SANTA -

 

DOMINGO DE RAMOS  -  PROCESIÓN   Mat. 21, 1-11       

 

EVANGELIO
                                                                                       "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!"
 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 21,1-11.)
 

    Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: -Id a la aldea de enfrente, encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.
Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: -¡Viva el Hijo de David! -¡Bendito el que viene en nombre del Señor! -¡Viva el Altísimo!
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: -¿Quién es éste?
La gente que venía con él decía: -Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea.
                                                                                                                                                Palabra de Dios.

        (Mt. 21, 1-11)  Comienza un período decisivo en la tarea que Jesús tiene encomendada. Aquí se da una conjunción perfecta entre El Mesias y El Cristo en la persona de Jesús.

         El pueblo aclama al Señor y, además, sabe a quién aclama. Cuando la gente de Jerusalén, sorprendida ante un recibimiento de tal calibre, pregunta: ¿Quién es éste? La respuesta es contundente: “Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea”.

         El pueblo llano, tan voluble en sus apreciaciones, aclaman a Jesús con el grito de: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”  El mismo pueblo que tres días después, convenientemente manipulado, gritaría: ¡Crucifícale! ¡ Crucifícale !. Vamos, como si esto sucediese en nuestros días. Las cosas no han cambiado mucho que digamos en este sentido.

 

PASIÓN  DE  NUESTRO  SEÑOR 


                                                      "Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo."

(Mt 26,14-27,66.)

 
C. En aquel tiempo [uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. -¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego ?
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. -¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
C. El contestó:
+ -Id a casa de Fulano y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ -Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. -¿Soy yo acaso, Señor?
C. El respondió:
+ -El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!, más le valdría no haber nacido.
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. -¿Soy yo acaso, Maestro?
C. El respondió:
+ -Así es.
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo:
+ -Tomad, comed: esto es mi cuerpo.
C. Y cogiendo un cáliz pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo:
+ -Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados.
Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre.

C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
+ -Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño». Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.
C. Pedro replicó:
S. -Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.
C. Jesús le dijo:
+ -Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás.
C. Pedro le replicó:
S. -Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ -Sentaos aquí mientras voy allá a orar.
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces dijo:
+ -Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ -Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ -¿No habéis podido velar una hora conmigo ? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ -Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.
C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ -Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. Al que yo bese, ése es: detenedlo.
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. ¡Salve, Maestro!
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ -Amigo, ¿a qué vienes?
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ -Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? El me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura que dice que esto tiene que pasar.
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ -¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. -Este ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días».
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. -¿No tienes nada que responder ? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. -Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.
C. Jesús le respondió:
+ -Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. -Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?
C. Y ellos contestaron:
S. -Es reo de muerte.
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. -Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado.
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. -También tú andabas con Jesús el Galileo.
C. El lo negó delante de todos diciendo:
S. -No sé qué quieres decir.
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. -Este andaba con Jesús el Nazareno.
C. Otra vez negó él con juramento:
S. -No conozco a ese hombre.
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron:
S. -Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento.
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. -No conozco a ese hombre.
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilatos, el gobernador.
Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores diciendo:
S. -He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.
C. Pero ellos dijeron:
S. -¿A nosotros qué? ¡Allá tú!
C. El, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. -No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre.
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías el profeta:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».]
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. -¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Jesús respondió:
+ -Tú lo dices.
C. Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no contestaba nada. Entonces Pilatos le preguntó:
S. -¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilatos:
S. -¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. -No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.
C. Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. -¿A cuál de los dos queréis que os suelte?
C. Ellos dijeron:
S. -A Barrabás.
C. Pilatos les preguntó:
S. -¿Y que hago con Jesús, llamado el Mesías?
C. Contestaron todos:
S. -¡Que lo crucifiquen!
C. Pilatos insistió:
S. -Pues ¿qué mal ha hecho?
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. -¡Que lo crucifiquen!
C. Al ver Pilatos que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo:
S. -Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!
C. Y el pueblo entero contestó:
S. -¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. -¡Salve, rey de los judíos!
C. Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
S. -Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.
C. Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo:
S. -A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ -Elí, Elí, lamá sabaktaní.
C. (Es decir:
+ -Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)
C. Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. -A Elías llama éste.
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
S. -Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados:
S. -Realmente éste era Hijo de Dios.
[C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
Al anochecer llego un hombre rico de Aritmatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilatos a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilatos mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilatos y le dijeron:
S. -Señor, nos hemos acordado que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré». Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos». La última impostura sería peor que la primera.
Pilatos contestó:
S. -Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.]
 

                                                                                                                              Palabra del Señor.

 

 

    (Mt 26,14-27,66.)   Los sacerdotes y los ancianos al fin consiguen la oportunidad que con tanto ahínco habían buscado. Jesús es llevado ante Poncio Pilato, el Gobernador militar romano, la máxima autoridad del pueblo invasor, del pueblo que imponía sus leyes por encima de las del pueblo sometido, en este caso el pueblo judío. A pesar de ser los dominadores los romanos eran un pueblo amante de la ley y del derecho y aquí es donde Pilato se enfrenta con un conflicto de intereses: por un lado la petición de las autoridades civiles y religiosas de los judíos y por otro lado su concepto de la legalidad y del derecho.

         En medio de este conflicto se dibuja la figura de Jesús, callado, sumiso, como en espera, como un espectador de la lucha, del enfrentamiento que se está produciendo entre unos intereses encontrados.

         Puede, al pronto, parecernos un tanto extraña la actitud de Jesús: callado, sin defenderse, sin despegar los labios. Está, sin palabras, dándonos una catequesis que muy pronto, no pasando muchos años, habría de ser enormemente fructífera para sus seguidores.

         Por supuesto que podría haberse defendido y también apabullar a aquella multitud fanatizada; más aún, posiblemente podría haber señalado entre la multitud a más de uno que habría sido curado por Él y podría haberles pedido que dieran testimonio a su favor. Pero no. Aquí comienza a ponerse de manifiesto el misterio del amor. Las escrituras deben cumplirse – Is. 50, 4-7: Ofrecí la espalda a los que me apaleaban.  Sal. 21, 8-9, 17-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Flp. 2, 6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.

         Decía antes que el misterio del amor de Dios por el hombre se manifiesta con una fuerza sobrenatural en la persona de Jesús, de ese Jesús que es consciente de lo que está por venir de forma inminente, de ese Jesús que tiene en sus manos la posibilidad de librarse de todo lo que se le viene encima, de ese Jesús que responde: “Padre, que se cumpla tu voluntad y no tengas en cuenta mis miedos” y con el : “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” se cerró el ciclo del misterio y el amor consiguió la victoria más grande jamás lograda, tan grande fue esta victoria que como consecuencia necesaria la Vida vence, en un duelo que duraba desde el principio, a la Muerte.

         Este es el Jesús que yo veo, el que realmente me sobrecoge y al que admiro y constantemente doy gracias. No me olvido, sin embargo, del Jesús que sufre los azotes, que aguanta a trompicones el camino hasta el Gólgota y que agoniza como un despojo humano colgado de una cruz. Pero no olvidemos que ahí le ha llevado el amor. Entre el Jesús del dolor y el Jesús del amor... ¿Con cuál quedarse?   Dificilillo ¿Eh? Pero, a pesar de todo, hermoso. ¿No?

 

JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR    Jn. 13, 1-15

EVANGELIO
                                                                                  "Los amó hasta el extremo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 13,1-15.)
 

    Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
Jesús le replicó: -Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.
Pedro le dijo: -No me lavarás los pies jamás.
Jesús le contestó: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.
Simón Pedro le dijo: -Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
Jesús le dijo: -Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».)
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
 

                                                                                                              Palabra del Señor.

 

 

 

 (Jn 13,1-15.)   Se acerca la fecha de la Pascua. Jesús sabe que se termina su tiempo de estar entre los suyos y le quedan algunas recomendaciones que darles. ¿Qué mejor momento que la cena?

Él ya sabe cuál es su rigen de partida y de retorno. Tiene que dar los últimos retoques a su misión. Una última lección de humildad y servicio. Un último enfrentamiento con el impulsivo Pedro. Un amargo sentimiento por el que había de entregarle.

Jesús, con el lavado de los pies significa la limpieza total en que se encuentran sus discípulos y entonces, dentro de ese estado de absoluta pulcritud, instituye la Eucaristía. Nos deja el legado precioso de su presencia entre nosotros y la posibilidad de recibirlo físicamente dentro de nosotros mismos. Se realiza la entrega total a los suyos, empujado, una vez más, por el amor.

 

 

VIERNES SANTO

 

 

EVANGELIO
                                                      Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan.
 

(Jn 18,1-19.42.)

 

C. En aquel tiempo Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ -¿A quién buscáis?
C. Le contestaron:
S. -A Jesús el Nazareno.
C. Les dijo Jesús:
+ -Yo soy.
C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ -¿A quién buscáis?
C. Ellos dijeron:
S. -A Jesús el Nazareno.
C. Jesús contestó:
+ -Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año, el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
S. -¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre ?
C. El dijo:
S. -No lo soy.
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina.
Jesús le contestó:
+ -Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. -¿Así contestas al sumo sacerdote?
C. Jesús respondió:
+ -Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas ?
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, caléntandose, y le dijeron:
S. -¿No eres tú también de sus discípulos?
C. El lo negó diciendo:
S. -No lo soy.
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. -¿No te he visto yo con él en el huerto?
C. Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo.
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos y dijo:
S. -Qué acusación presentáis contra este hombre?
C. Le contestaron:
S. -Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.
C. Pilato les dijo:
S. -Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.
C. Los judíos le dijeron:
S. -No estamos autorizados para dar muerte a nadie.
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. -¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Jesús le contestó:
+ -¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
C. Pilato replicó:
S. -¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?
C. Jesús le contestó:
+ -Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
C. Pilato le dijo:
S. -Conque ¿tú eres rey?
C. Jesús le contestó:
+ -Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. C. Pilato le dijo:
S. -Y ¿qué es la verdad?
C. Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo:
S. -Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Volvieron a gritar:
S. -A ése no, a Barrabás.
C. (El tal Barrabás era un bandido).
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. -¡Salve, rey de los judíos!
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. -Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. -Aquí lo tenéis.
C. Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron:
S. -¡Crucifícalo, crucifícalo!
C. Pilato les dijo:
S. -Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.
C. Los judíos le contestaron:
S. -Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús:
S. -¿De dónde eres tú?
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. -¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?
C. Jesús le contestó:
+ -No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. -Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «El Enlosado» (en hebreo (Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. -Aquí tenéis a vuestro Rey.
C. Ellos gritaron:
S. -¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Pilato les dijo:
S. ¿A vuestro rey voy a crucificar?
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. -No tenemos más rey que al César.
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «JESÚS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS».
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato:
S. -No escribas «El rey de los judíos», sino «Este ha dicho: Soy rey de los judíos».
C. Pilato les contestó:
S. -Lo escrito, escrito está.
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. -No la rasguemos, sino echemos a suertes a ver a quién le toca.
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica».
Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María la de Cleofás y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
+ -Mujer, ahí tienes a tu hijo.
C. Luego dijo al discípulo:
+ -Ahí tienes a tu madre.
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
+ -Tengo sed.
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ -Está cumplido.
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. El fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
 

                                                                                        Palabra del Señor

 

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR  Jn.13,1-15

 

             Se acerca la gran festividad de los judíos: La Pascua, el recuerdo del paso del Mar Rojo, frontera entre la esclavitud y la libertad. Van a celebrarlo por todo lo alto. Es una fiesta alegre y conviene dejar resuelto todo lo que pueda empañarla. Jesús, el Nazareno, es un incordio. Realmente no hace daña a nadie pero lo cierto es que no deja títere con cabeza. Y la última que hizo... Vamos que no se le ocurre a nadie meterse con los que hacían negocios en el templo, negocios que todos dejaban su porción correspondiente en las arcas del templo. Vamos que lo de negociar con lo sagrado viene de antiguo.

                     Esto que hacía Jesús, aún reconociendo que a algunos los había hecho mucho bien, no era políticamente correcto, como se diría en nuestros días; así es que lo más práctico era eliminar la causa, el causante en este caso, de tantos quebraderos de cabeza y dicho y hecho. El Sanedrín no podía reunirse después de la caída del sol ni podía hacerlo en cualquier sitio, pero para esta molestia se reúnen de noche y en casa de Anás.

 

                  Lo que sí me gustaría hoy es que todos nosotros, acostumbrados a leer y a escuchar estos pasajes, los leyéramos con ojos nuevos y los escuchásemos con oídos nuevos; de esta manera es probable que también sentimientos nuevos tomaran forma en nuestros corazones. Y mira que si por habernos parado un poquito a pensar para después sentir en lugar de lo contrario, que es lo que solemos hacer, llegamos a descubrir no al Cristo que va de un lado a otro, que es lanzado de un poder a otro, sino al amor que se acomoda a cualquier circunstancia con tal de estar cerca del amado, que llega a su plenitud cuando es levantado en alto y entonces puede difundirse a todos a la vez, con ese gozo inmenso de llegar a todos; en ese momento llega el cenit y con la satisfacción del deber cumplido con creces, es hora de pronunciar con íntima satisfacción:   " Consumatum est "

 

 

 

TIEMPO PASCUAL

 

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN:

 

EVANGELIO
                                             (El había de resucitar de entre los muertos.)
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 20,1-9.)
 

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 

                                                                                                                              Palabra del Señor.

 

  VIGILIA  PASCUAL    Mat.28, 1-10

                   Es  de madrugada, pero ya comienza a insinuarse la inminente aurora y María Magdalena y la otra María, las mujeres, ya no aguantan más y se acercan hasta el sepulcro con el gusanillo de la curiosidad corroyéndolas por dentro. ¡Mira que si fuera verdad lo que decía el Maestro! ¡Mira que si hubiera resucitado!  De pronto la tierra tiembla, un ángel baja del cielo como un resplandeciente relámpago con sus resplandecientes vestiduras y les da la tan esperada y deseada noticia: JESÚS HA RESUCITADO, tiene intención de reunirse con sus discípulos en Galilea y ellas han de ser las portadoras de las noticias, pero , además, son las afortunadas en ser las primeras que ven y hablan con el Maestro y, como siempre, lo primero que hace Jesús al encontrarse con ellas es tranquilizarlas y con su dulce voz las dice: “No tengáis miedo” “Soy yo, no soy ningún fantasma, tranquilas”.

         Amanece, la oscuridad de la noche desaparece y la claridad con su luz resplandeciente se abre camino para imponer su alegre presencia.

                   MISA DEL DÍA DE PASCUA   Jn. 20, 1-9

             María Magdalena que antes del amanecer ha salido; vuelve como loca, diciendo que el Señor ha resucitado, que ella lo ha visto. Pedro y Juan salen disparados, pero la juventud de Juan se impone y llega antes y, desde fuera, mira el sepulcro vacío; resoplando como un caballo llega Pedro y no se entretiene en asomarse sino que penetra directamente en el sepulcro –una vez más el ímpetu de Pedro- Juan también entra entonces y observan el sudario y los vendajes y hasta entonces no comprendieron las escrituras. Esto no debe causarnos sorpresa alguna, a nosotros nos ocurre lo mismo con demasiada frecuencia, necesitamos ver, tocar, palpar para creer y a veces incluso nos cuesta.

         Por fin ha llegado el momento tan esperado. La Vida, saliendo del sepulcro, ha vencido a la muerte. Nunca más temeremos pasar al otro lado. Nuestro Maestro nos dice que no nos preocupemos que Él es la Vida y por lo tanto la muerte ha perdido toda su influencia, todo su dominio y temor ha quedado reducido a un desagradable recuerdo, a un mal sueño, a una pesadilla. Con el despertar al nuevo día, los malos sueños quedaron atrás, la luz del nuevo día tiñe con un nuevo color el horizonte, con una nueva luz.

 

 

 

 

 

DOMINGO 2º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

 

EVANGELIO
                                                      "A los ocho días llegó Jesús."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-31.)
 

    Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no es taba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
                                                                                             Palabra del Señor.

 

       (Jn. 20, 19 – 31)    Ha oscurecido, es el anochecer. Desde hace unos días siempre parece ser de noche. Las puertas permanecen firmemente cerradas. El miedo se palpa en el ambiente. Los judíos son vengativos y no es posible saber si se habrán calmado con la muerte del Maestro. Por si acaso es mejor no llamar la atención, pasar desapercibidos. Este era el panorama que se presentaba, con este temor y este sobresalto vivían aquellos hombres cuyo único delito consistía en haber seguido a Jesús y precisamente por eso ahora estaban atemorizados.

                    En este marco enrarecido y casi estrangulado se enciende una luz, se oye una cálida voz que manifiesta un deseo de paz para todos. Jesús, el Maestro, está allí, con ellos y su deseo es que la paz se haga palpable, que todos se sientan inundados por ella.

         Como es de suponer aquellos hombres debieron quedar sobrecogidos, sin saber qué decir. Es comprensible, a cualquiera de nosotros nos hubiera ocurrido lo mismo. Pero esta inesperada visita del Maestro no para aquí, en un deseo de paz, no. Hay algo más; les infunde el Espíritu Santo y les otorga la capacidad de perdonar los pecados. Esto, dicho así, nos puede parecer una de las muchas cosas que Jesús dijo o recomendó a sus discípulos, pero si nos paramos un poco a pensar veremos que nos está transfiriendo una potestad que escapa a la órbita del hombre y entra directamente en la órbita de Dios.  El pecado es una ofensa a Dios. La ofensa se valora en función del ofendido, no del ofensor; de donde se deduce que quien tiene potestad para perdonar este tipo de ofensas, de pecados, sólo es Dios, y Dios mismo es quien otorga a aquellos hombres, ya renovados por la acción del Espíritu Santo, esta inestimable potestad.

                    Tomás no se encontraba allí. –Nosotros a veces tampoco estamos ahí- y cuando le contaron lo ocurrido, su reacción fue más común de lo que nos pueda parecer: “Si no lo veo, no lo creo”.

         A los ocho días, es decir, nuevamente, el Maestro vuelve a estar entre los suyos y esta vez Tomás se encontraba allí. Jesús le ofrece sus manos y su costado para que su incredulidad sea relegada por las pruebas evidentes.

                   Jesús: a pesar de todas las incredulidades y durezas de corazón de todos, de tus discípulos y mía, te fías de ellos y te sigues fiando de mi. Para hallarte hay un lugar privilegiado, la reunión de los fieles. Fuera de ella no te encontró Tomás. Con él te digo, sin haberte visto, pero sí te siento vivo, vivificante y amigo cercano: ¡Señor mío y Dios mío!

 

 

 

DOMINGO 3º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

EVANGELIO
                                                   "Le reconocieron al partir el pan."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 24,13-35)
 

    Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaus distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo El les dijo: -¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos que se llamaba Cleofás, le replicó: -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
El les preguntó: -¿Qué?
Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuese el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
 

                                                                     Palabra del Señor.

(Lc 24,13-35)      Como en la vida, también Cleofás y su amigo van caminando juntos y comentando los últimos acontecimientos ocurridos en Jerusalén. El desaliento se adivina en su largo caminar; la desilusión dibuja un rictus de desencanto en sus semblantes. Un caminante se les una “al azar”. Les pregunta el motivo de su charla y ellos le miran como si procediera de otra galaxia: pero ¿de dónde sales? ¿Acaso no sabes lo ocurrido estos días en Jerusalén? Y ante la extrañeza del recién llegado le resumieron lo ocurrido.

     El nuevo compañero de camino debía estar versado en las escrituras porque se las explicó de cabo a rabo. La noche se aproximaba y Emaux estaba encima. El compañero de viaje hace postración de seguir su camino pero Cleofás y su amigo, prendados de su forma de hablar, le instan a quedarse con ellos aduciendo como excusa que la noche estaba cercana, que el día tocaba a su fin. El invitado accede y llega la hora de la cena; se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y le reconocieron. ¡Su compañero de camino y confidente era El Maestro!

 

              Ya no importaba la proximidad de la noche. El cansancio desapareció como por arte de magia. Se volvieron a Jerusalén tardando menos que nunca. Su deseo era contar a los Once su experiencia, dar su testimonio y corroborar que Jesús estaba vivo. Ellos le habían visto.

 

 

DOMINGO 4º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

EVANGELIO
                                       "Yo soy la puerta de las ovejas."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn 10,1-10.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: -Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
 

                                                                                                                           Palabra del Señor

   ( Jn 10,1-10.)     Jesús, una vez más, usa la parábola, la historieta, para lanzar un mensaje y que este pueda ser captado por sus discípulos, hombres sencillos de mentalidad sencilla y sin artificios.

         Esta vez, como otras, no le entienden y es casi comprensible ya que Jesús les habla de ovejas y pastores y ellos eran pescadores en su mayoría: Jesús se da cuenta de que no le han entendido y entonces decide explicárselo directamente y se define a sí mismo como la puerta de entrada al aprisco, como el pastor que ha venido para que sus ovejas tengan vida y la tengan plena y abundante.

                   Jesús se nos manifiesta como nuestro Pastor, el que nos rescata de los laberintos a los que conduce el pecado y el que nos carga sobre sus hombros para poder entrar seguros por la puerta de la salvación. Sabemos de quien nos fiamos y a quien confiamos nuestra vida y nuestra salvación.

 

DOMINGO 5º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

 

EVANGELIO
                                                    "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (  Jn 14,1-12.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice: Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde: -Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Jesús le replica: -Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre». ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.
 

                                                                                     Palabra del Señor.

 

 

(  Jn 14,1-12.)   Jesús nos hace, en el pasaje de hoy, una recomendación que cada día cobra mayor actualidad: “Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Nos desenvolvemos en una sociedad eminentemente práctica y que profesa culto a lo material y tangible, a lo verificable; lo empírico sustituye a lo posible y a lo deseable, de ahí que con demasiada frecuencia la decepción ocupe el lugar de la esperanza. Tomás es un claro ejemplo de esto que decimos: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Dicho de otra forma: Danos algo que podamos ver y tocar para que sepamos a qué atenernos.

         Tomás, una vez más, saca su lado entre escéptico y realista y exige hechos tangibles que él pueda contrastar y verificar para así tener un convencimiento –que no fe- en todo aquello que se le presenta: “Si no lo veo, no lo creo”. De nuevo Tomás es nuestro representante en la asamblea de los Once. Y digo que es nuestro representante porque a nosotros nos sucede con demasiada frecuencia lo mismo que a Tomás y también es cierto que gracias al pragmatismo de este hombre honesto consigo mismo tenemos una de las más bellas definiciones que Jesús hace de sí mismo englobando en ella no sólo a su persona sino a su misión completa como cumplimiento de los planes del Padre: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”.

         También nos atrae su maravilloso horizonte de esperanza: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias… Cuando vaya os prepararé sitio, volveré y os llevaré conmigo… Creedme… Si no, creed a las obras”.

     Palabras reconfortantes para ahuyentar inquietudes y temores de futuro: “ Que no tiemble tu corazón… Cuando vaya a la casa de mi Padre y te prepare sitio, volveré y te llevaré conmigo”  ¿Qué más podemos esperar?

DOMINGO 6º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

EVANGELIO
                                                    "Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. ( Jn 14,15-21.)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.
                                                                        Palabra del Señor.

 

 Jn. 14, 15-21     Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Nuevamente hace su aparición el amor como condicionante, como conditio sine qua non para llevar a cabo algún acto de la voluntad.

 

         Solemos decir que no es nada fácil cumplir los mandamientos que Jesús nos dejó; pero también hay que reconocer que nos dio las armas para poder llevar a buen término el cumplimiento de sus mandamientos: el amor. Con el amor todo es posible, no hace falta nada más, como bien nos dice S. Juan de la Cruz.

 

                   Él sabe que ha llegado la hora en que debe volver al Padre y anima a sus discípulos con la promesa de que le pedirá al Padre que les envíe otro Defensor. Este Defensor será nada más y nada menos que el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque ni le ve ni le conoce pero que los discípulos sí le conocen porque vive con ellos y está con ellos, aunque siempre le hayan visto bajo la forma tangible de Jesús, que está con ellos.

         También les promete que volverá y que ellos le verán y vivirán porque Él sigue viviendo; pero la mejor y mayor promesa la hace Jesús cuando dice a sus discípulos:”Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”

 

                   Te doy gracias por el anuncio de esa unidad contigo y con el Padre. ¡Una persona tan débil e infiel como yo, en el seno de la Trinidad!

 

 

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR:

 

 

 

EVANGELIO
                                  "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra."
 

Final del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 28,16-20)
 

    En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
 

                                                                                                   Palabra del Señor.

 

8-05-2005              Mt. 28, 16-20    Nuevamente va a producirse un hecho puntual y relevante y, de nuevo, la presencia de un monte, de un lugar elevado, relevante. Jesús parece servirse de la orografía para mostrar gráficamente a sus discípulos lo que realmente importante y este momento lo es. No quita que algunos de sus discípulos, todavía, tenga sus dudas y se haga ciertas preguntas en su interior como: “Si el Maestro se va  ¿Qué va a ser de nosotros?”. Jesús, que ve en sus corazones, se acerca a ellos y les anima y les da como aval la noticia: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos…”   No hay discriminación en sus palabras, ni por raza, ni color, ni origen; todos son hijos de Dios y, por lo tanto, dignos de ser bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y para sosegar sus inquietudes les dice: “Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Amigo mío, te vas, pero te quedas conmigo. Eres el amigo siempre fiel en el que puedo descansar.

Me envías al mundo a ser tu testigo, pero me garantizas tu compañía: “Yo estaré contigo todos los días”.

 

 

 

DOMINGO 7º DE PASCUA DE RESURRECCIÓN:

 

 

EVANGELIO
                                                            "Padre, glorifica a tu Hijo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 17,1-11a.)
 

    En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: -Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora; Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo mientras yo voy a ti.
 

                                                                                                        Palabra del Señor.

 

 

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS  Jn. 20, 19-23

 

                   Nuevamente la Iglesia pone en nuestra consideración el pasaje que Juan nos narró en el II Domingo de Pascua, aunque esta vez es un poquito más corto. Aquí no se trata de resaltar la incredulidad de ningún discípulo (ni nuestra), no. Aquí el protagonista es el Espíritu Santo prometido por Jesús para que, en su ausencia, sea su apoyo y su guardián, su escudo y su defensa, su vigor y su fuerza.

 

                   Jesús se presenta ante los suyos siendo, como siempre, portador de la paz. Esta vez les trae un encargo, una misión que cumplir: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

         Es de imaginar la cara de espanto que pondrían aquellos aterrorizados hombres que permanecían “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” cuando recibieran este mandato del Maestro, que sin duda debía haberse vuelto loco, porque viendo lo que habían hecho con él, les envía a ellos…, pero todo este panorama cambió de forma radical cuando Jesús les dice: “Recibid el Espíritu Santo…”

 

                   Un fuego extraño, jamás sentido hasta entonces, se apoderó de ellos y lo que hasta ese momento habían sido miedos, temores, indecisiones…, todo eso se cambió, por la fuerza del Espíritu, en brío, valor, coraje…

 

                   Señor: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu, se cumpla en nuestras vidas. ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en nosotros el fuego de tu amor!

 

 

EVANGELIO
                                                 "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-23.)
 

    Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En esto entro Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.


                                                                    Palabra del Señor

 

(Jn. 20, 19-23)  La Pasión de Jesús está reciente. El choque emocional ha sido importante y los efectos se manifiestan en la situación en que el evangelista nos muestra a los discípulos; encerrados por miedo, sin más. En este marco de temor, la esperanza hace acto de presencia en la estancia y una voz tranquilizadora transmite un mensaje de paz que tiene la virtud de alejar todos los temores que parecían oprimir la estancia. Jesús no solamente les trae la paz, sino que les trae el Espíritu Santo para que les fortalezca y les de valor ante la situación que se les presenta – y que se les presentarán – y no sólo eso, sino que también les da la potestad de perdonar los pecados.

Es algo que trasciende a la misma condición humana ya que la faculta para decidir en algo que está por cima de ella.

Esto es algo que, por oído desde siempre, puede que llegue a escapársenos. Es uno de los hitos del mensaje que Jesús nos dejó. Es uno de los regalos más hermosos que el Maestro nos dejó, desbordando su amor por el hombre. Él es conocedor de nuestras debilidades y no quiere que por nuestra tozudez o por nuestra falta de sensibilidad (se me ocurre decir otra cosa, pero me aguanto, aunque creo que no soy el único), perdamos la oportunidad de disfrutar de los privilegios de los hijos de Dios.

                  Una vez más no nos queda más remedio que dar las gracias por el inmenso amor que Jesús nos profesa.

SANTÍSIMA TRINIDAD:

 

 

EVANGELIO
                                             "Dios mandó a su Hijo al mundo, para que se salve por él"


Lectura del santo Evangelio según San Juan.
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: -Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él,: no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
 

                                                                           Palabra del Señor.

 

Jn. 3, 16-18    El resumen del pasaje de hoy, si acaso alguien nos lo pidiera, bien pudiera ser este: “Dios mandó a su Hijo para salvar al mundo”

San Juan trata de explicárnoslo de forma clara y concisa, pero el hecho es de tal envergadura que me da la sensación que esta vez el evangelista es demasiado parco, demasiado escueto.

El evangelista nos confirma lo que nosotros ya habíamos ido intuyendo a lo largo del año litúrgico y es que: “Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”

Al mismo tiempo que Juan confirma lo que ya habíamos atisbado, nos abre una puerta a la esperanza sin límites: “El que cree en Él no será juzgado”  También nos comunica la enorme pena que tendrá el que no crea en Él y que va implícita en el mismo hecho.

                   Una vez más vemos el empeño de Dios en dar a su criatura predilecta, a la que hizo a su imagen y semejanza, todas las oportunidades posibles para que consiga su felicidad, la meta primordial que ya trae marcada al tiempo de nacer. Sólo el libre albedrío mal usado por parte del hombre puede impedirle que alcance la meta prevista.

         A veces imputamos a Dios lo que  no es más que tozudez e irresponsabilidad nuestra, pero también es cierto que hay mucha gente que dedica su vida a dar gracias a Dios por sus bondades y a cantar sus alabanzas noche y día. Me refiero a todas aquellas personas que se dedican a la vida contemplativa y que tantas veces nos pasan desapercibidas y no dejan por eso de ser como la savia que corre por todo el árbol, que aunque no se ve, su acción es vital y necesaria para la supervivencia de ese árbol.

         Sirvan estos renglones pergeñados de la mejor manera que he sabido para dar las gracias a todos esos paladines de la fe que luchan con tesón y en silencio por todos nosotros. Desde aquí les digo, en nombre de todos y en el mío propio: “Gracias, hermanos, gracias”

 

CORPUS CHRISTI

 

EVANGELIO
                                                          "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida"


Lectura del santo Evangelio según San Juan.
(Jn. 6, 51-58)
 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí: -¿cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
 

                                                                                                                              Palabra del Señor.

             Jn. 6, 51-58      Cuando, después de muchas vueltas, me he decidido a comentar, o mejor, a manifestar mis impresiones sobre este pasaje del evangelio de Juan, estoy con un estado de ánimo un tanto raro. Intentaré explicarme: Cuando Jesús dice a los judíos  “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que como de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”, a mí no me asaltó el desasosiego que se apoderó de los que le oían al pensar que Jesús quería convertirlos poco menos que en antropófagos, no. Yo tenía ya asumido lo que Jesús trataba de explicar de una manera tan gráfica y directa. ¡Si vierais la de veces que le digo yo a mi nietecilla que me la voy a comer…! Y cuando me preguntan por ella, con frecuencia mi respuesta es: ¡Está para comérsela! Y nadie se escandaliza, más bien se ríen.  Con esto quiero decir que el estado de mi ánimo no está relacionado con esta cuestión sino con el interés tan fuerte, tan intenso, que pone el Maestro en que comprendamos que hemos de entender su propia esencia y asumirla e incorporarla a nosotros como hacemos con el alimento que tomamos cada día, que una vez consumido pasa a formar parte de nosotros mismos y contribuye al mantenimiento y desarrollo de nuestra propia vida.

                  Esto es lo que trata de inculcarnos con tanto afán el Maestro: Que le comamos, que le asumamos porque es nuestro alimento verdadero, el que nos va a proporcionar un tipo de vida tan especial que nos va a asemejar a Él, que junto con el Padre, por el que vive, también participa de esa vida.

         Esto es lo que hace que me sienta un tanto raro, un tanto desasosegado. Por una parte entiendo lo que Jesús me dice y lo acepto gustoso e ilusionado, pero por otra parte veo mi forma de comportarme y, la verdad, no siempre se adecua a lo que debiera ser, al menos no correctamente. Y aquí es donde reside la verdadera causa de mi desazón ¿Me explico? Creo que me entendéis perfectamente y estoy casi seguro de que a algunos de vosotros os puede haber pasado lo mismo. No obstante, quiero que no me mal interpretéis, o mejor, queremos que no nos malinterpretéis respecto de estos comentarios –llamémoslos así- sobre los pasajes evangélicos que hemos compartido. No son más que la manifestación escrita, con el deseo de compartirla con vosotros, de aquellos sentimientos que dichos pasajes nos suscitan y que, después de comentados y de una puesta en común entre nosotros, tenemos la osadía de escribirlos, por si a alguien le hace algún bien, pero quede claro que son opiniones meramente personales, sin ningún ánimo de dogmatizar y, desde luego, admitiendo todos los posibles fallos que estamos seguros sabréis comprender y perdonar.

         La verdad es que, volviendo al pasaje que nos ocupa, nunca podremos agradecer a Jesucristo el inmenso regalo de su compañía viva y vivificante en la Eucaristía: (Pan vivo bajado del Cielo). ¿Somos verdaderamente conscientes de esto en la celebración de la Misa y en la comunión?

- TIEMPO ORDINARIO -

 

 

    ORDINARIO 10

 

    EVANGELIO 

                                                    "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores."

 

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt. 9,9-13  )

    En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: -Sígueme.

Él se levantó y lo siguió.

Y estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: -¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?

Jesús lo oyó y dijo: -No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

                                                                                                Palabra del Señor.

 

(Mateo 9, 9-13)  Tiene gracia que Jesús descubriera a Mateo, sentado entre dineros, y no el hombre sino el alma del futuro evangelista; ¡Esas miradas de Jesús que producían amor u odio!  "Sígueme" y el bueno de Mateo "Él se levantó y lo siguió".

Aquí se trata de la llamada de un Dios a un hombre; se trata de la respuesta, y todo lo que ocurra después serán anécdotas que se solucionan con amor, con inteligencia y con buena voluntad.

Dios nos llama a estar sanos, a mirar al fondo del alma humana, a no tener envidia de los que han encontrado su camino, en definitiva sentarnos a la mesa de los desechados, de los que nadie comprende.

No, Mateo no es llamado para administrar al grupo por su condición de recaudador, para eso estaba Judas y lo hizo tan mal que mejor no recordarlo; Mateo fue llamado para mostrar al mundo el mismo corazón de Jesucristo, lo interno, lo esencial del Dios hecho Hombre, basta profundizar en su Evangelio. "Dichosos los limpios de corazón..."

 

 

 

 

    ORDINARIO 11   

   

    EVANGELIO

                                                                   "Llamó a sus doce discípulos y los envió."

 

    Lectura del santo evangelio según san Mateo.  (Mt 9,36-10,8)

    En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dijo a sus discípulos: -La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

    Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, el llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el fanático, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: -No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.

    Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis.

                                                                                                 Palabra de Dios.

 

         (Mat. 9,36-10)  Pasaje realista donde los haya. La perspectiva que Jesús observa no se diferencia mucho de la que se ve hoy en nuestros días. La mies sigue siendo abundante, yo diría que ha crecido de forma espectacular y sin embargo los trabajadores siguen siendo pocos, muy pocos y me atrevería a decir que no los valoramos como se merecen. Unas veces porque estamos acostumbrados a verlos entre nosotros diariamente, conviviendo con nosotros y, aparentemente, con las mismas dificultades y problemas que nos asaltan a diario. Pero fijaos que digo aparentemente porque si, con demasiada frecuencia, es difícil hacer frente a la situación a toda una familia en bloque, pensemos en la dificultad que supone hacer frente a esa misma situación adversa a una persona sola. Por no hablar del tremendo desierto que ha de superar día a día, con ánimo fuerte, para cumplir con su deber. Deber impuesto por sí mismo, provocado por el ardiente amor que suscita en sus corazones la figura de Jesús.

         Quizás, como decía antes, por tenerlos tan cercanos, por convivir con ellos, no sepamos apreciar la suerte que tenemos y lo afortunado que somos al poder contar con estos operarios de la mies del Señor que son una bendición para nosotros. Con todos sus defectos, que los tendrán porque son humanos. Con todas sus limitaciones, que sin duda tienen porque no son perfectos; pero con un corazón inmenso que cada vez trata de parecerse más al de su modelo. Al menos así es como yo veo a los que conozco y supongo que los que no conozco son iguales y por ellos doy gracias a Dios ya que si no fuera por el sacrificio personal continuo y continuado de estos trabajadores infatigables, cada uno de su manera, nos encontraríamos muchas veces perdidos en un mundo sin esperanza.

         Creo que es bueno que sigamos la sugerencia que Jesús nos hace y no estaría demás que pidiéramos al dueño de la mies que envíe más trabajadores, que los necesitamos y que valoremos a los que tenemos y que les ayudemos cuando muestren signos de cansancio.

         De todas formas ellos, todos, tienen presente las palabras del Maestro: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.

 

 

 

 

Ord. XII    EVANGELIO

 

 

                                                         "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo."

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. Mt. 10,26-33

 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: -No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos?; y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo, también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.

                                                               Palabra del Señor.

 

                (Mt. 10,26-33)   El lema del evangelio de hoy bien pudiera ser este: “ No temáis a los que matan el cuerpo “

         Serían de temer si al matar el cuerpo acabaran con la entidad de la persona, pero no es así. Nosotros sabemos que el ser humano está constituido por algo más, aunque sea el cuerpo lo que se nos muestra a los sentidos. Pero realmente lo que Jesús trata de hacernos evidente en este pasaje es la importancia que tiene la intervención divina constante en el devenir de nuestra propia existencia, esa intervención a la que llamamos providencia y que es la causante de que ni un cabello de nuestra cabeza caiga sin el debido permiso del Señor de la Vida.

 

                   Nos aclara que no debemos tener miedo a aquellos que pueden destruir lo que perciben nuestros sentidos, pero que sí hemos de estar precavidos y en guardia ante quien puede destruir, junto con nuestro cuerpo, nuestra alma. A ese sí hemos de temerle; además es poderoso y tiene infinidad de recursos para llevarnos al precipicio. Nosotros, no obstante, contamos con un aliado más poderoso aún y con una promesa clara y explícita: “ Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo “.

 

 

 

 

Ord. XIII      EVANGELIO

 

                                                                  "El que no toma su cruz, no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí."

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt. 10,37-42)

 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: -El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

                                                                                              Palabra del Señor.

 

“El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”

         En este pasaje Jesús parece mostrarse un tanto duro e intransigente en sus peticiones hacia sus seguidores. Extraña este comportamiento en una persona tan dulce, cariñosa y comprensiva como el Maestro y, efectivamente, no hay que engañarse, no juzguemos a la ligera. Jesús no pretende anteponerse en el corazón de sus seguidores al amor y al respeto debidos a los padres o al cariño intenso que se profesa a los hijos. No es eso, no. Jesús lo que pretende es que esos sentimientos que podríamos llamar sagrados, no sean obstáculo o excusa para eludir las obligaciones que conlleva el ser seguidor del Maestro. Por eso aclara que “el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”.

         Así de claro y contundente se muestra Jesús, aunque también hace saber que somos sus representantes y por lo tanto lo que se haga con cada uno de sus discípulos es como si con Él se hiciera, aunque se trate de un sencillo vaso de agua fresca. “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro”.

 

 

 

 

Ord. XIV     EVANGELIO

 

                                                             "Soy manso y humilde de corazón."

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt. 11,25-30)

 

    En aquel tiempo, Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

 

                                                                                    Palabra del Señor.

 

Mat. 11, 25-30    “Aprended de mí, manso y humilde de corazón”.       

         En este hermoso  y profundo pasaje, Jesús nos propone un modelo de vida que no se parece mucho a la que la sociedad actual nos tiene acostumbrado. Él nos anima a que le imitemos, más aún, a que nos hagamos uno con Él y por eso dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados”. ¿Quién, en nuestros días, no está cansado y agobiado por infinidad de razones? Él lo sabe, así como sabe la solución para nuestro agobio: “Venid a mí”.  Así de sencillo y así de difícil.

         Cualquiera, desde fuera de nuestra formación religiosa, de nuestras creencias, podría pensar que los cristianos, los seguidores de Cristo, lo tenemos  fácil, muy fácil, sólo es cuestión de acercarse a Él y encontraremos la paz del espíritu; pero no debemos olvidar la advertencia que el Maestro nos hacía: “El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y me siga”. No olvidemos esto: “Tome su cruz”. O lo que es lo mismo: Sea responsable, tome al toro por los cuernos y no se ande con rodeos; plante cara a la situación o situaciones que la vida pueda plantearnos y con humildad, pero a la vez con decisión, tratemos de encontrar las soluciones adecuadas.

         De todas formas siempre resonarán en nuestro interior las palabras del Maestro: “Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

 

 

Ord. XV     EVANGELIO

                                                                                      "Salió el sembrador a sembrar."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt. 13,1-23)

 

    Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: -Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas?

El les contestó: -A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran, sin ver, y escuchan, sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos, sin entender; miraréis con los ojos, sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron. Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno.]

 

                                                                                               Palabra del Señor.

 

(Mat.13, 1-23)    Mateo nos muestra una visión familiar del Maestro. Nos dice que aquel día Jesús salió de casa y se sentó junto al lago. Como podría hacerlo cualquiera de nosotros. Pero la gente, ávida de sus palabras, se reúnen en torno a Él en tal número que opta por subirse a una barca y formar así una improvisada tribuna, de tal manera que todos tuvieran la oportunidad de verle y oírle cómodamente. Y Mateo sigue expresándose de modo familiar, como alguien para quien esta situación no es nueva, es decir que está acostumbrado a ver a Jesús de esta guisa. Nos sigue diciendo Mateo: “Les habló mucho rato en parábolas”. La expresión: “mucho rato” nos sugiere una conversación distendida, como suele suceder entre amigos y además les habló en parábolas, es decir, en un estilo fácil de entender para todos porque se sirve de imágenes conocidas por todos y fácilmente interpretables, no obstante siempre suele explicar sus parábolas para que no queden dudas.

                   En esta ocasión compara la vida del hombre con un campo en el que se dan toda clase de situaciones. La semilla es excelente. El sembrador, divino. El campo es el que a veces no está lo suficientemente preparado.

         De todas formas damos gracias a Dios porque nosotros hemos podido recibir las palabras que muchos profetas y justos desearon oír y no lo oyeron. Gracias, Señor.

 

 

 

Ord. XVI      EVANGELIO

                                                                   "Dejadlos crecer juntos hasta la siega."

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 13, 24-43)

 

    En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente: -El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: -Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?

Él les dijo: -Un enemigo lo ha hecho.

Los criados le preguntaron: -¿Quieres que vayamos a arrancarla?

Pero él les respondió: -No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

[Les propuso esta otra parábola: -El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola: -El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente. Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: -Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

Él les contestó: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

 

                                                                                              Palabra del Señor.

 

 

                “Dejad crecer juntos el trigo y la cizaña”

 

                   Jesús sigue hablando a la gente y sigue haciéndolo en parábolas para hacerse entender mejor. Tengamos en cuenta que el pueblo judío, como la mayoría de los pueblos orientales, son maestros en el uso del lenguaje figurado. Su larga tradición oral propicia esta forma de relato que hace del hecho relatado sea más fácilmente recordado. Esto lo sabe Jesús y, sencillamente, se limita a poner sistemáticamente en práctica la tradición de su pueblo, que recibía así, de forma sencilla, el mensaje que Jesús pretendía transmitir.

 

                   Las parábolas, al ser un lenguaje figurado, son portadoras de mensajes múltiples, o al menos con múltiples facetas. Los discípulos, que como todo judío entendían las parábolas, siempre solicitaban del Maestro que se las explicara, que les mostrara otra de las facetas del relato y Jesús siempre lo hace y en esta ocasión también.

 

                   Nosotros, aunque con una mentalidad más racionalista, también podemos mirar alguna otra faceta de estos relatos, por ejemplo, se me ocurre que la grandeza de la Iglesia de Jesús está en su debilidad, como grano de mostaza y levadura y en la fuerza de su presencia divina que la fecunda y la da vida abundante para toda la humanidad…

 

 

 

Ord. XVII     EVANGELIO

 

                                                            "Vende todo lo que tiene y compra el campo"

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 13,44-52)

 

    En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.[El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.

Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. -¿Entendéis bien todo esto?

Ellos le contestaron: -Sí.

Él les dijo: -Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.]

 

                                         Palabra del Señor.

 

               El reino se parece a un tesoro escondido”

                Jesús sigue con la tónica general que la Iglesia sigue presentándonos a lo largo del tiempo ordinario.

         La actividad diaria del Maestro es predicar, enseñar las bondades del reino de los cielos sirviéndose de parábolas para hacerse entender por toda clase de oyentes.

         Para encomiar el reino de los cielos, lo compara con un tesoro enterrado en el campo, o bien con una perla de gran valor, incluso con una afortunada redada en una jornada de pesca. Como vemos, todos casos comunes y por frecuentes conocidos por todos los que formaban un pueblo de agricultores, comerciantes y pescadores.

 

                   Jesús sólo pretende resaltar el enorme valor que tiene el reino de Dios; las incalculables ventajas que suponen para nosotros la certeza posible de alcanzar ese reino maravilloso y no de forma cualquiera o advenediza, no, sino con el derecho y la categoría de hijos de Dios.

 

                   Hay algo que tenemos desde siempre y, como tal, lo valoramos poco, a veces hasta lo olvidamos. Me refiero a la gracia del bautismo que nos hizo hijos de Dios. Ese es nuestro mayor tesoro, nuestra perla más valiosa que fue depositada en el frágil vaso de barro de nuestra vida. Y, de nuevo, ¡gracias, Señor!.

 

 

 

 

 

 

 

Ord.  XVIII     EVANGELIO

 

Comieron todos hasta quedar satisfechos.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 14,13-21)

 

    En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquillo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: -Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.

Jesús les replicó: -No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le replicaron: -Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Les dijo: -Traédmelos.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición. partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

                                           Palabra del Señor.

 

Mat.: 14, 13-21   Ha sucedido un hecho deleznable, Jesús siente en su propio corazón la muerte de Juan; es comprensible dado el parentesco que les unía, así como tampoco nos extraña que quisiera apartarse, estar sólo y pensar. Creo que es una postura totalmente normal, lo mismo que pudiera sucedernos a cualquiera de nosotros, pero… La gente se entera de su salida y le siguen y Jesús, que tiene un corazón en el que sólo hay amor, cura a los enfermos y conforta a todos con sus palabras, con sus consejos, sus recomendaciones, sus enseñanzas en definitiva.

 

                   El tiempo ha ido pasando y los discípulos hacen notar al Maestro que es tarde, que están en un descampado y que la gente ha de comer. Que despida a la multitud para que puedan ir a las distintas aldeas a proveerse de alimentos. Pero Jesús les propone otra alternativa: “Dadle vosotros de comer”.

 Me gustaría haber visto la cara que pusieron los discípulos. El Maestro se debía haber vuelto loco, quizá al estar todo el día al sol… Con cinco panes y un par de pescados ¿Qué pretendía? ¿Un milagro? Sin duda el sol le había afectado.

Jesús, como respuesta de todas estas elucubraciones de sus discípulos, manda traer la comida, la bendice y manda repartirla entre todos. Todos comen, se sacian y aún se recogen doce cestos de trozos de pan de sobras. Mateo nos dice que comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres ni niños…

         Y aquí es donde yo percibo el auténtico milagro que se produce aquella tarde; no en la maravillosa multiplicación de comida que se había producido a vista de todos, sino en la naturalidad con que estas cinco mil personas, al menos, aceptan este hecho real. A tal grado de confianza en el Maestro habían llegado sus seguidores que estas cosas las ven como normales. Este es el verdadero milagro. ¡Ojalá nosotros pudiéramos conseguir una confianza parecida! ¡Qué distinto sería todo!

 

         Mateo nos sigue contando que una vez saciados les despide a todos, incluso obliga a sus discípulos a embarcarse y se adentra sólo en el monte y se pasa la noche orando, hablando con su Padre. Su corazón, apenado por la muerte del Bautista se conforta con sus dos amores: los hombres y el Padre.

 

 

 

 

Ord. XIX      EVANGELIO

 

Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 14,22-33)

 

    Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Él le dijo: -Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: -¡Señor, sálvame!

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: -¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: -Realmente eres Hijo de Dios.

                                                          

                                                   Palabra del Señor.

 

 (Mat.: 14, 22-33)   Jesús está orando. Está confortando su corazón con su contacto con el Padre. Ha enviado a sus discípulos por delante. Él quiere estar sólo y, tal vez, sosegarse un poco orando, meditando… Pero eso no quiere decir que se haya desentendido de los suyos, ni, ni mucho menos.

         Desde lo alto del monte ve, a lo lejos, la barquilla que era zarandeada por el fuerte oleaje que la tormenta nocturna estaba provocando. Preocupado, como siempre, por aquellos amigos, se acerca a ellos de la manera más rápida, es decir, caminando sobre el agua, cosa nada extraña para el dueño y señor de los elementos. Los discípulos, cuando le ven venir entre la neblina y la espuma, se ponen a temblar de miedo, creen que están viendo a un fantasma y tiene que ser el mismo Jesús el que les tranquilice diciéndoles: “No temáis, soy yo”. Pero entre la oscuridad, la tormenta y el miedo, Pedro quiere asegurarse y sucede todo lo que Mateo nos cuenta seguidamente.

         Una vez más el evangelista nos muestra la falta de fe, de confianza que los más allegados siguen manifestando. Hasta Jesús se extraña y pregunta a pedro: “¿Por  has qué has dudado?”

         Y a nosotros ¿Qué nos diría? No será que no nos avisa constantemente y sin embargo…

 

 

 

Ord.  XX           EVANGELIO

 

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo. (Mt 15,21-28)

 

    En aquel tiempo, Jesús se salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: -Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: -Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó: -Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: Señor, socórreme.

Él le contestó: -No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso: -Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió: -Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

 

                   Palabra del Señor.

 

 

(Mat.: 15, 21-28)   Jesús se encuentra en territorio extranjero, aunque la fama le ha precedido y es conocido por donde quiera que va, de tal manera que Mateo nos dice que una mujer de aquellos lugares salió suplicándole a favor de su hija, poseída por un demonio.

        

                   La actitud de Jesús parece distante, incluso despectiva y humillante hacia aquella pobre madre que sólo quiere la curación de su pobre hija. Pero no, no hay distanciamiento, ni mucho menos intención de humillar. Sólo quiere dar una lección a los que le acompañan, de fe y de humildad y de perseverancia. La mujer cananea demuestra que posee todo esto y la respuesta del Maestro no podía ser otra que la que, gratamente impresionado, da a aquella madre: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Y el evangelista nos aclara que desde aquel momento su hija quedó curada.

 

                   Una vez más, Señor, me muestras el camino. Yo se que tú me quieres tal como soy, a pesar de todos mis fallos que procuro corregir, pero la verdad es que me gustaría ser como tú quieres que sea, de tal manera que un día pudieras decirme ¡Qué grande es tu fe”.

 

 

 

 

Ord.  XXI      EVANGELIO

 

Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 16,13-20)

 

    En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

Ellos contestaron: -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

El les pregunto: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

                                                         Palabra del Señor.

 

 

(Mat.: 16, 13-20)  Jesús va caminando con sus discípulos  y, como es lógico y natural, van charlando. En medio de esta conversación Jesús toma la iniciativa y pregunta: “Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” A esta pregunta los discípulos contestaron lo que habían oído tantas veces y así lo manifestaron: “Unos dicen que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”  Hasta aquí todo normal, sin problemas, pero mira por donde al Maestro se le ocurre preguntar: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?”   Y aquí es donde la cosa comienza a complicarse porque posiblemente cada uno pensaba una cosa y algunos incluso no tenían claro o no se habían planteado la cuestión; menos mal que Pedro, con la vehemencia que le caracterizaba, solucionó la situación declarando: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”   Así, sin más rodeos, con rotundidad o, como decimos en nuestra tierra, al pan, pan y al vino, vino. El mismo Jesús se queda gratamente sorprendido ante la espontaneidad y contundencia de la respuesta y prueba de ello es el regalo que le concede y que a todos nos beneficia. El poder de decidir inexorablemente sobre la conciencia de los hombres, además de la promesa de la victoria definitiva del bien sobre el mal.

        Esto es lo que Mateo nos cuenta que sucedió en tierras de Cesarea de Filipo.

 

 

 

Ord. XXII    EVANGELIO

 

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 16,21-27)

 

    En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro: -Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

 

Entonces dijo a los discípulos: -El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá hacer para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

                                                       Palabra del Señor

 

(Mt 16,21-27)   Jesús muestra a sus discípulos una perspectiva de lo que sucederá en los próximos días en Jerusalén, en cuyos acontecimientos se verán envueltos y que le tendrán a Él como indiscutible protagonista. La perspectiva no es demasiado halagüeña que digamos, Jesús no sale muy bien parado en la aventura y el corazón ardiente de Pedro no admite que esto pueda suceder así y por eso y animado por el espaldarazo de confianza que había recibido en Cesarea de Filipo por su espontánea y emotiva declaración, decide disuadir al Maestro de tamaña locura y el hombre que hacía pocos días había sido elogiado por sus palabras, es reprochado duramente y rechazado como si del mismo demonio se tratara al intentar interferir en los planes de Dios pretendiendo que Jesús altere su destino.

         Sorprende un poco en un hombre tan dulce como el Maestro la dureza de las palabras que dirige al pobre Pedro, cuyo único delito es amar tanto a su Maestro que trata de evitarle cualquier tipo de sufrimiento.

         Pero no debemos extrañarnos. Jesús siempre dice la verdad, aunque nos duela y aunque pueda parecernos paradójica: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tomo su cruz y sígame”

         Así de claro, sin rodeos ni eufemismos a los que tan habituados estamos. Puede parecer que Jesús se muestra aquí un tanto crudo e implacable, pero no, sólo se muestra sincero, como siempre, tremendamente sincero. Condena de manera tajante el egoísmo y ensalza la entrega sin condiciones, prometiendo como premio de esa entrega la misma Vida.

 

 

Ord.   XXIII   EVANGELIO

 

Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 18,15-20)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

                                                            Palabra del Señor.

 

 

 

(Mt 18,15-20)    Una vez más Jesús nos enseña como debe ser nuestro comportamiento, tan distinto con demasiada frecuencia del que nos propone Jesús. En lugar de reprender a solas a nuestro hermano, a nuestro amigo, parece que nos complacemos arrojándole en la cara su falta, su fallo. No es esa la forma en que debemos actuar, según el criterio de Jesús.

         Esto sirve no sólo para nuestra conducta personal e individual, también para nuestro actuar colectivo es más que válida esta conducta, esta forma de comportamiento. Si entre sociedades, colectivos, países o nacionalidades se pusiera en práctica esta manera de actuar, estoy convencido que los resultados habrían de ser muy distintos a los que se consiguen cuando se usan como armas el escarnio, la vejación, la humillación…

         Por otra parte nos pone de manifiesto la fuerza de la unidad compartida, la asociación con los hermanos para acciones comunes y la hermosa revelación: “Donde dos ó tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

         Un teólogo podría darnos una maravillosa explicación de estas palabras. Seguramente nos podría mostrar la indisoluble unión de Cristo con su Iglesia, en cualquiera de sus facetas. Yo, lo siento, no soy teólogo, pero eso no quiere decir que no sienta profundamente, como cualquier cristiano, la alegría de saber de esa presencia del Maestro entre nosotros cuando nos reunimos en su nombre y no sólo para celebrar la Eucaristía, sino en cualquier momento en que compartamos nuestro tiempo con otros hermanos. Creo que es un motivo más de alegría para esos momentos en los que nos venimos abajo, a veces sin saber muy bien por qué.

                   ¡Gracias, Jesús, por estar siempre entre nosotros!

 

Ord.  XXIV  EVANGELIO

 

No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 18,21-35)

 

    En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: -Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta: -No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y le propuso esta parábola: -Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con que pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: -Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

    Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: -Págame lo que me debes.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: -Ten paciencia conmigo y te lo pagaré.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: -¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti ?

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

                                                    Palabra del Señor.

 

 Mat.: 18, 21-35   Pedro, como hombre preocupado por hacer lo más correcto y justo, tiene un problemilla. ¿Hasta cuándo o cuánto debe perdonar al que le ofenda? Aquel día se sentía especialmente generoso. Estaba dispuesto a perdonar hasta siete veces. Desde luego muchas más veces de lo que estamos a hacerlo nosotros, sobre todo cuando, refiriéndonos a lo sufrido que somos y a lo mucho que aguantamos cuando decimos: Una vez, bien; dos, vale; pero tres… ¡ eso ya es de tontos y a mí no me toma el pelo nadie, faltaría más !

         Como vemos, Pedro nos aventaja en disponibilidad para perdonar, pero no obstante él quiere cerciorarse y para ello le pregunta al Maestro que cuántas veces debe perdonar, que si serían suficiente siete veces, aunque a él parece que le parecían demasiadas. La sorpresa biene, como siempre, con la respuesta del Maestro: “No solamente siete veces, sino setenta veces siete”.  Entérate, Pedro. No se trata de cuantificar el número de veces que debemos perdonar, sino de nuestra disposición para el perdón, sin tener en cuenta el número de veces, sean las que sean.

 

                   Al mismo tiempo Jesús imparte una catequesis que, a pesar de los años transcurridos, sigue siendo de rabiosa actualidad, usando la muletilla de la reciente forma de comunicar.

         A mí me desasosiega un tanto este pasaje del evangelio de Mateo, por eso no es de los más recurrentes en mis lecturas del Nuevo Testamento. ¿ Por qué ? Posiblemente porque refleja, con demasiado realismo, la sociedad en que nos movemos y que nosotros mismos hemos contribuido a formar. Vemos cómo el egoísmo sigue imperando en nuestras vidas. Cómo los intereses materiales, sobre todo los crematísticos, se imponen sobre los mismos sentimientos, por muy laudables que estos sean.

         Como podemos constatar y como hemos repetido varias veces, las cosas no han cambiado mucho; seguimos siendo tan egoístas como siempre, incluso con más refinamientos.

        Pero otro aspecto más inquietante nos lo muestra la actitud del rey de la historia cuando, airado por la actitud de su súbdito, manda que este sea llamado de nuevo y sea condenado a las mazmorras.

         Si el rey es imagen de Dios ¿Es posible que cambie de un momento a otro de opinión? ¿Qué sus decisiones estén sometidas a acontecimientos más o menos relevantes? Inquietante ¿no?.

        Bueno, no hay que alarmarse. Las cosas deben tomarse en el contexto en que se desarrollan. Jesús está desarrollando una catequesis contra el egoísmo y para ello utiliza las imágenes más plásticas e impactantes para que sus palabras calen lo más hondo posible entre aquellos hombres sencillos que le escuchaban.

 

Ord. XXV      EVANGELIO

 

¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 20,1-16)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.

Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

Le respondieron: -Nadie nos ha contratado.

El les dijo: -Id también vosotros a mi viña.

Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.

El replicó a uno de ellos: -Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

 

                                                                           Palabra del Señor

 

Mat.: 20, 1-16   Jesús sigue utilizando las parábolas para sus catequesis y en esta nos muestra la generosidad de un hombre bueno y el enfrentamiento de la magnanimidad de uno con la mezquindad de otros; nada nuevo para nosotros que conocemos estas reacciones demasiado bien.

    Esto visto de forma general. Si lo trasladamos al plano personal, vemos que las cosas, como siempre, no son muy distintas en nuestros días. La situación descrita por Jesús la vemos repetida una y otra vez. ¿Porqué han de ganar esos igual que yo? ¿Acaso no valgo yo mucho más y sin embargo me tratan lo mismo? ¿Por qué tengo tan mala suerte, con lo que yo valgo…? Todo esto nos es familiar y la pregunta que aquel hombre bueno y generoso hace a los descontentos, sigue teniendo una vigencia absoluta. Ante nuestras frecuentes rabietas con demasiada frecuencia podría hacérsenos este reproche a nosotros: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.

    En las justicias humanas no caben los criterios de tu generosidad: tanto trabajas, tanto cobras. Sin faltar a tu palabra, tú das a todos por igual porque miras las necesidades, no las horas de trabajo. ¿O es que yo merezco por mi trabajo más que los demás?.

 

Ord.  XXVI  EVANGELIO

 

       "Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 21,28-32)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». El le contestó: -«No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le contestó: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?

Contestaron: -El primero.

Jesús les dijo: -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y aun después de ver, esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis.

 

                                                                      Palabra del Señor

 

Mat.: 21, 28-32     Jesús sigue enseñando y sigue utilizando la parábola y el símil para ello. En esta ocasión pretende que reflexionemos sobre la hipocresía, que lleva como compañía al engaño y sobre la sinceridad, que va acompañada de la humildad. Este es, al menos, nuestro punto de vista y voy a tratar de explicarme, con la ayuda de Dios.

 

                   El responder que a cualquier exigencia que se nos haga crea de nosotros en los demás una imagen positiva de entrega y servicio, de disposición inmediata que nos beneficia en nuestro reconocimiento y estima a nivel social. Fijaos que digo “el responder que si” no el llevar a cabo de manera satisfactoria aquello que se nos exige. Por el contrario, si ante la misma exigencia respondemos que no, estaremos adquiriendo ante los demás una imagen negativa y desagradable, aunque luego llevemos a cabo correctamente aquello que se nos pidió.

 

                   Aquí tenemos reflejadas en estas dos actitudes, la hipocresía y el cumplimiento, sirviéndose una del engaño y el otro de la bondad del corazón y de la humildad. De ahí el reproche que Jesús hace a los sacerdotes y ancianos del pueblo – los más representativos - , hipócritas y engañadores que se creen por encima de los publicanos y de las prostitutas –prototipos de la plebe -  y sin embargo estos reconocen que son pecadores, se saben pecadores y procuran redimirse siguiendo las enseñanzas de los profetas primero y del Maestro después. Si nos reconocemos pecadores y procuramos con todas nuestras fuerzas nuestra conversión, habremos vencido la hipocresía y contaremos con un lugar entre los privilegiados.

 

 

Ord. XXVII    EVANGELIO

                                                                    "Arrendará la viña a otros labradores."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 21,33-43)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: -Escuchad otra parábola. Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo». Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Y, agarrándolo, lo empujaron, fuera de la viña y lo mataron.

Y ahora, cuando vuelva e dueño, de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: -Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Y Jesús les dice: -¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»?

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

 

                                                                                     Palabra del Señor 

 

        (Mt 21,33-43)        Jesús sigue en su línea de catequesis y una vez más se dirige a los sacerdotes y a los ancianos; a aquellos que estaban acostumbrados a marcar las directrices y que, sin embargo, no lo estaban a recibir enseñanzas y menos de un rabí tan joven y con una autoridad tan extraña, tan falta de autoritarismo, tan atrayente que no producía sensación alguna de imposición.

                  

                   Para la lección de hoy Jesús hecha mano de la figura de la viña, figura arto conocida por sus oyentes ya que el mismo pueblo de Israel era comparado con una viña que había sido transplantada desde Egipto. Para el hebreo, como para cualquier hombre del mundo antiguo, la viña y la higuera eran tenidas por las posesiones más queridas, recordemos a Oraci y el famoso “Beatus ille..” .  Todo esto era conocido y sabido por quienes estaban escuchando a Jesús; lo que no alcanzaban a ver, hasta el final, era la enseñanza que el Maestro les proponía.

 

                   En infinidad de ocasiones se habían suscitado profetas que en nombre de Dios recordaban al pueblo que habían de cumplir con cu parte en la alianza que tenían hecha con Dios. Para ello estos profetas se servían de la palabra, de llevar vidas ejemplares, incluso de realizar prodigios y otros gestos maravillosos para que el pueblo cambiara de vida y por medio de la conversión a saber aceptar las directrices que marcaba la alianza entre Dios y su pueblo.

         Todos estos profetas y enviados habían ido pasando sin ser escuchados por el pueblo en el mejor de los casos, cuando no tomados por locos o incluso por blasfemos y arrojados de la sociedad. Sus palabras eran molestas; ya la dejaba entre ver aquel sabio cuando anunciaba: “Veritas solet esse amara”   - La verdad suele ser amarga - . Sin embargo Dios no se cansa, no se da por vencido en su deseo de recuperar a su pueblo y decide enviar a su propio Hijo, convencido de que a éste le escucharán y seguirán sus indicaciones.

 

                   Jesús veía que su meta se acercaba a pasos agigantados, que su destino se imponía con inexorable realidad, que el hijo del hombre había de ser condenado por aquellos mismos que le escuchaban para resucitar al tercer día. Sería desechado de entre los componentes de su sociedad como la inútil piedra desechada por los constructores y que luego viene a convertirse en piedra esquinera, la que da consistencia y robustez al edificio, la más importante.

 

                   Nosotros podemos elegir. O ser como aquellos viles arrendatarios, ambiciosos y ruines que sólo buscaban su propio beneficio o bien sentirnos herederos de la viña, parte de esas vides y procurar dar un abundante y generoso fruto que sea causa de alegría para muchos.

 

 

 

Ord.  XXVIII   EVANGELIO

                                                    "A todos los que encontréis convidadlos a la boda."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 22,1-14)

 

    En aquel tiempo volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo: -El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda».

Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: -La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. [Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta, y le dijo: -Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: -Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos].

 

                                                           Palabra del Señor

 

Mat.: 22, 1, 14  Jesús es el emisario divino que viene a comunicarnos que el Reino de Dios está entre nosotros y para que lo lleguemos a comprender, esta vez utiliza  una parábola, como viene haciendo sistemáticamente. En esta ocasión compara el Reino a un banquete de bodas y no de cualquier boda, sino de unas bodas reales.

         El gran Rey  está pletórico preparando con minuciosidad la boda de su hijo. Los nervios están a flor de piel; se repasan hasta los últimos detalles y, para cerciorarse de que no fallará nada, envía a sus emisarios para que avisen a los invitados no sea que alguno se despiste y se pierda el gran acontecimiento. Sin embargo los invitados no compartían la misma euforia que el Rey respecto a la boda del hijo y trataron de quitarse de encima el compromiso. Unos se marcharon a ver unas fincas que habían comprado, otros emprendieron un oportuno viaje y otros, sencillamente, ignoraron la invitación.

         El gran Rey no se desanima e insiste enviando nuevos emisarios que reciben una funesta acogida por parte de los invitados, molestos sin duda por la pertinaz insistencia y sucedió lo que había de suceder. El Rey se cogió un rebote de órdago y por medio de sus tropas impuso un correctivo ejemplar a aquellos desaprensivos; pero el banquete ya estaba preparado y no era cuestión de que se estropearan todos aquellos majares preparados con tanto esmero e ilusión así es que envió a sus criados a que invitaran a todos los que encontraran, buenos y malos, al banquete y así se hizo y todo hubiera transcurrido felizmente si no hubiera sido por un desaprensivo que, sabiendo lo que había sucedido, se presenta en el banquete sin el adecuado atuendo, desafiando la cólera del Rey y, como era de esperar, pagando las consecuencias.

                   ¿Entenderían los oyentes e Jesús esta gráfica parábola? Y nosotros ¿la entendemos? Los oyentes de Jesús estaban familiarizados, como todos los pueblos orientales, con el lenguaje parabólico, pero ¿y nosotros? ¿No corremos el riesgo de pensar que Jesús hablaba sólo para los que le estaban escuchando entonces? A veces da la sensación de que con nosotros no van ciertos mensajes. Nos encontramos tan cómodos instalados confortablemente en nuestra monótona mediocridad que ciertos planteamientos ni siquiera se nos ocurren.

         De todas formas las parábolas, como siempre, tienen múltiples lecturas que, desde luego, no son excluyentes. Yo, hoy, me quedo con la pincelada que da el evangelista cuando dice: “Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenosPuede que no sea una visión muy erudita pero a mi me parece muy significativa, me ratifica una vez más en mi convicción de que Dios nos quiere, nos ama como somos, aunque nos sueñe distintos…

 

 

Ord.  XXIX       EVANGELIO

                                                     "Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 22,15-21)

 

    En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: -Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

Le presentaron un denario. El les preguntó: -¿De quién son esta cara y esta inscripción?

Le respondieron: -Del César.

Entonces les replicó: -Pues pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

 

                                                  Palabra del Señor

 

Mat.: 22, 15-21    De nuevo un pueril intento por comprometer a Jesús para ponerle en un aprieto públicamente y así poder demostrar a todos que ellos, los saduceos y fariseos, técnicos en la Ley y la doctrina, eran mucho más inteligentes que aquel atrevido Rabí que, según ellos mismos confiesan, le saben “sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea”. Sin pretenderlo están haciendo un hermoso panegírico del hombre al que pretenden humillar, de aquel hombre que les molesta porque con sus prédicas pretende que el Padre Dios prefiere a los humildes, a los pobres, a los pecadores y prostitutas arrepentidos ante que a los doctores en la Ley que sólo la tienen presente en su memoria pero ausente de sus corazones.

         Eso no puede consentirse, hay que ridiculizar a este Rabí, hay que desprestigiarle públicamente y ¿qué mejor que utilizar el odio del pueblo ante el pago de los impuestos y la animadversión hacia sus dominadores? Jesús les vence en su mismo terreno y con sus mismas armas a la vez que les enseña que no deben mezclar los intereses humanos con los de carácter divino: A Dios ha de dársele lo que por derecho propio le pertenece y que ni con todo el dinero del mundo puede comprarse.

        Esto nos lo cuenta Mateos en el capítulo veintidós de su relato de la vida del Maestro, al menos de lo que él conocía de su vida. Pero no veamos esto como una anécdota, como un suceso aislado que un buen día se le plantea a Jesús y que éste resuelve con su capacidad para controlar las situaciones por comprometidas que puedan parecer; no, esto se va a volver a repetir infinidad de veces a lo largo de la historia. Este mismo dilema lo van a plantear una y otra vez los fariseos de turno a la Iglesia en representación del Maestro.

        También en nuestros días se orquestan maravillosas obras de marketing para tomar a Jesús y a su Iglesia como medios para engrosar los beneficios de las más diversas índoles.

        Sabemos que el Maestro no nos fallará: Él está por cima de toda confabulación, por sutil que sea, de los modernos fariseos. Roguemos al Padre para que ilumine a la Iglesia y no caiga, engañada tal vez, en las redes de estos modernos fariseos. Recordemos que sólo Jesús es nuestro Dios, no el dinero.

 

 

 Ord.  XXX       EVANGELIO

                                                 

                                    "Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 22,34-40)

 

    En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

El le dijo: -«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: -«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

 

                                                                               Palabra del Señor

 

Mat.: 22, 34-40   Saduceos y fariseos, aunque en la práctica se despreciaban unos a otros, en esta ocasión, obligados por las circunstancias, se alían para tratar de poner en apuros al joven Rabí que hablaba con autoridad, que obraba maravillas y que esto mismo que enardecía al pueblo irritaba a este grupo dominante sobre todo porque Jesús no se mordía la lengua cuando criticaba abiertamente el mal uso de la religión que se estaba haciendo en su época y esto, dicho sin tapujos ni eufemismos, hacía saltar chispas.

         Los fariseos, al ver el fracaso de los saduceos en su pregunta clave sobre el tributo, deciden tomar el relevo y elevar el plano de la pregunta. Ya no se trata de cosas materiales, ahora se trata de decantarse por aspectos fundamentales de su propia esencia como pueblo con conciencia histórica de elegido por Dios. Por eso le hacen una pregunta esencial y directa:”Maestro ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”  Con esta pregunta, en apariencias inocente, obligan a Jesús a escoger, a decantarse por uno que sobresaliera de la infinidad en que se habían convertido los diez que Moisés recibió en el Sinaí.

         Los israelitas repetían, como estribillo, una oración: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Esta oración se repetía en infinidad de ocasiones, de forma que se había grabado fuertemente en el corazón de todos. Por encima de todo está el Señor, en el pensamiento y en el corazón, este es el shemá, es decir, el germen, el fundamento, la razón última. Esta oración es la que Jesús señala como el primer mandamiento, pero el segundo es semejante a este: amar al prójimo como a nosotros. Hemos de considerar y tratar al prójimo como nos gustaría ser considerados y tratados nosotros mismos. En nuestros días en los que impera un furibundo hedonismo es difícil comprender que el que está a mi lado es tan importante como yo, por eso debo cuidarme de él y sentirme responsable de su desarrollo como persona.

         Amar al prójimo como a uno mismo es casi una necesidad, es una consecuencia lógica del amor a Dios. Jesús nos lo queda bien claro: Dios vive dentro de vosotros y amarlo con todo el corazón y con toda el alma es una necesidad del corazón más que un mandamiento. Amar al prójimo como a ti mismo no es más que mirar con los ojos divinos el divino rostro del hermano.

         En este sencillo y maravilloso hecho reside toda la Ley y todo lo que los profetas han venido anunciando a lo largo de los siglos: el amor a Dios que se vive también en el hermano porque, en definitiva, Dios es amor.

 

 

Ord. XXXI       EVANGELIO

                                                                   "No hacen lo que dicen."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 23,1-12)

 

    En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: -En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame «maestro».

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

 

                                                              Palabra del Señor

 

Mat.: 23, 1-12  En esta ocasión Jesús se dirige a la gente y a sus propios discípulos y les da una serie de consejos y les hace una serie de consideraciones que siguen manteniendo su vigencia como si el Maestro las hubiera dicho en nuestros días.

                   Jesús nos presenta una sociedad en la que las apariencias priman sobre la realidad; una sociedad compuesta por toda clase de individuos, entre los que sobresalen aquellos que gustan de significarse, que les gusta ser distinguidos con los primeros puestos en cualquier acto público, que les encanta encontrar los asientos reservados con sus nombres y que no dudan en adular para ser adulados, que se muestran extremadamente celosos en hacer que los demás cumplan escrupulosamente la Ley aunque ellos no muevan un dedo para aliviar la carga del agobiado. En definitiva, Jesús nos muestra un tipo de sociedad que es un reflejo fiel de la nuestra en la que es frecuente encontrarse con el piadoso de turno que se afana en ser reconocido públicamente como bueno oficial y con aquel otro lleno de legalismos, capaz de amargar la vida a cualquier hijo de vecino y esto sin hablar de los “trepas”, de esos que adulan hasta la náusea y que son capaces de vender su propia alma por recibir una palmadita en la espalda del jefe ante sus compañeros, aunque ese mismo jefe sea el que le explote miserablemente.

                   En los cimientos del mensaje que Jesús nos lanza hoy están la humildad y el amor enfrentados a las falsas apariencias y al qué dirán. Él nos da la pauta de cómo hemos de obrar y de cómo hemos de anteponer el servicio a los demás sin tener en cuenta la opinión de la gente.

 

Día 1 de Noviembre (FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS)

 

  Mt. 5, 1-12a

  "Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo."
 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt. 5, 1-12a)
 

    En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándolos:
 

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios».
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
 

                                                 Palabra del Señor.

           Hoy quiere enseñarnos el Maestro a qué tipo de gentes está reservado el Reino del Padre. Se nos presentan como dichosos a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los misericordiosos, a los de corazón limpio, a los amantes de la paz, a los perseguidos, a los insultados… Va desgranando un mágico rosario de facetas proscritas que Él nos asegura que son dignas de vivirse con alegría ya que como contrapartida tienen una gran recompensa en el cielo.

                  Cuando aquellas gentes oyeran estas palabras estoy seguro que habría reacciones de todo tipo, desde el estupor a la incredulidad; desde la decepción más profunda hasta la más sonriente de las esperanzas.

                   En nuestros días sigue sucediendo lo mismo. El lenguaje de Jesús no se adecua mucho con nuestra sociedad hedonista; pero ¿cómo puede ser feliz el pobre? Sabido es por todos aquello de: “tanto tienes, tanto vales” ¿y viene a decirnos Jesús que los que sufren y lloran son dichosos? ¡Vamos, venga ya!   Y sin embargo nosotros tenemos una ventaja sobre aquellos afortunados oyentes y digo que tenemos una ventaja porque nosotros podemos comprobar que aquellas dulces palabras, dichas con tanta ternura y bondad eran rigurosamente ciertas; la gran asamblea de todos los santos viene hoy a testimoniar la verdad de las bienaventuranzas: fueron dichosos en la tierra, en medio de dolores, dificultades y sufrimientos y son plenamente felices en el cielo, sin mezcla de mal alguno.

Esperamos dichosos el día de encontrarnos entre ellos.

 

 

 

Ord. XXXII          EVANGELIO

                                                           "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!"

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 25,1-13)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró el sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas». Pero las sensatas contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis».

Mientras iban a comprarlo llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco». Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

                                                                 Palabra del Señor

 

    Mat.: 25, 1-13

 

                   Creo que alguna vez, comentando algún pasaje, he manifestado mi estupor al no terminar de comprenderlo plenamente. Es lo que me ocurre con el pasaje que hoy nos presenta Mateo.

 

                   Jesús sigue hablando en parábolas. Esta vez compara el reino de los cielos a diez vírgenes, o mejor, a la actitud que toman estas diez chicas ante un hecho concreto según sea su condición de “necias” o “sensatas”.

 

                   A bote pronto, la actitud de las “sensatas” ante el problema que eventualmente se les presenta a las “necias” no parece muy propio de buenas amigas; hoy diríamos que no sería una actitud de buenas cristianas, pero sí era una actitud acorde con el calificativo de “sensatas” que las caracteriza.

         Jesús no trata de contraponer el comportamiento de los dos grupos de chicas entre sí, sino el comportamiento distinto de estas doncellas ante un problema común que les afecta por igual. Ni el planteamiento de la solución es el mismo ni el resultado obtenido tampoco.

        

                   Como vemos, el mismo pasaje tiene distintas lecturas y yo creo que están escogidos a sabiendas de que esto podía suceder y así se explican perfectamente las palabras que el Maestro solía emplear al final de algunas de sus exposiciones: “El que tenga oídos para oír que oiga”.

         En este caso lo que realmente importa es el resultado final y las catalogadas como “prudentes” obtienen un buen resultado que las hace merecedoras de disfrutar del banquete, en presencia del novio. Pero en el fondo sigue quedando ese regusto agridulce de la actitud del novio para con las “necias”. Si miramos detenidamente a nuestros jóvenes, sean de la clase social que sean, ¿cuántos merecerían el calificativo de “necios” y cuántos el de “sensatos” o “prudentes”? Posiblemente no se produciría un resultado tan igualado (50%) como en la parábola ya que “juventud” y “prudencia” suelen ser marcadores de extremos opuestos, no así "juventud" y “alocamiento” "irresponsabilidad" o “desinterés” por lo que no es inmediato. La previsión no suele encontrarse entre las virtudes de la juventud.

 

                   Dándole vueltas a todo esto es por lo que antes decía que había ciertos pasajes que me producían un cierto desasosiego al temer no poseer todas las claves necesarias para hacer las distintas lecturas que sugieren. Por otra parte caigo en la cuenta de mi pretenciosa actitud al intentar no sólo entender sino comprender en su plenitud las palabras del Maestro sin esperar el momento en que esto deba darse. Posiblemente lo único que pueda disculparme un poco es el deseo que me incita al pleno conocimiento de La Palabra”, aunque estoy seguro que esto se nos concederá y terminarán nuestras dudas, no obstante yo voy a seguir y a disfrutas con cualquier giro, cualquier situación nueva que pueda presentarse. Animaos y haced lo mismo, la Palabra siempre llena, os lo aseguro.

 

 

 

 

Ord.  XXXIII    EVANGELIO

                                                              "Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 25,14-30)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro, dos, a otro, uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. [El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor]. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: -Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.

Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

Se acercó luego el que había recibido dos talentos, y dijo: -Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.

Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: -Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.

El señor le respondió: -Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

                                                                      Palabra del Señor

 

        Mat.: 25, 14-30   La parábola que hoy nos muestra el evangelista es entendida con facilidad por nosotros. En el terreno especulativo las cosas no han variado mucho desde entonces y hoy es perfectamente comprensible el concepto de pérdida, ganancia o mantenimiento del capital.

 

                   Con la parábola de hoy, se nos ha dicho con frecuencia, se hace una semblanza del hombre al tener acceso a la vida. Unos reciben un número de talentos y otros reciben otro, cada uno según su capacidad, pero lo que sí está claro es que esos talentos han de haber producido unos frutos adecuados a la hora de hacer el balance final.

 

                   El desarrollo de la parábola nos muestra que no hay excusa de ningún tipo para presentar un balance final negativo. Los talentos recibidos, pocos o muchos, han de producir aunque sólo sean los intereses. Pero cuidado, no olvidemos nunca que estos talentos no son nuestros, que los tenemos sólo en depósito y que hemos de devolverlos y por lo tanto no hemos de atribuirnos los méritos que hayamos podido conseguir con esos talentos ya que gratuitamente nos fueron dados. No podemos ocultarlos inactivos por miedo o por falsa modestia. Se nos han dado para que fructifiquen y tarea nuestra es que lo hagan de forma abundante y su fruto revierta en todos aquellos que nos rodean.

 

 

 

 

Ord.  XXXIV       EVANGELIO

 

                                         "Se sentará en el trono de su gloria y separaré a unos de otros."

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.  (Mt 25,31-46)

 

    En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con él, se sentarán en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Entonces los justos le contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey les dirá: -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Y entonces dirá a los de su izquierda: -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

Entonces también éstos contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?

Y él replicará: -Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.

Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

 

                                                                     Palabra del Señor

 

Mat.: 25, 31-46     CRISTO     REY

        Cuando leemos este hermoso y esperanzador pasaje del evangelista Mateo se nos viene a la mente, al menos a mí me sucede, esos pasajes majestuosos y enigmáticos a los que Juan nos tiene acostumbrados en su relato de la vida de Jesús. Mateo, por el contrario, nos es más familiar, menos imponente, como más asequible y quizá por eso nuestra madre la Iglesia ha escogido el evangelio para desarrollarlo durante todo el tiempo ordinario.

         Hoy Mateo se sale un pelín de su línea de narración doméstica y se pone un tanto escatológico y nos presenta uno de los pasajes más hermosos, al mismo tiempo que inquietante, de toda su narrativa. Nos presenta a Jesús como a un Rey todopoderoso que se presenta ante sus súbditos que en este caso es toda la humanidad, sin distinción de credos, razas ni colores y que se dispone a juzgar a esta humanidad sirviéndose del mismo rasero para todos, ricos y pobres, grandes o pequeños: Un rasero que es conocido por todos y menospreciado por muchos: el rasero implacable del amor.

 

                   Decía antes que era un pasaje maravillosamente hermoso y esperanzador y le es, puesto que nos anuncia una vuelta del Maestro, esta vez en su faceta de Rey Universal, con su cortejo correspondiente y al mismo tiempo es un tanto inquietante porque esta vez no se presenta la faceta bondadosa y eternamente dispuesta a perdonar, no. Ahora se nos muestra a un Rey que aplica y ejecuta la justicia de forma imparcial e inmediata, con una contundencia aterradora, lo cual ha de suscitar en nosotros una fundada esperanza, con una contundencia aterradora, lo cual ha de suscitar en nosotros una fundada esperanza ya que tenemos la firme promesa de que serán tenidas en cuenta todas nuestras obras, por insignificantes que puedan parecer como esas visitas a los enfermos, desahuciados unos, dejados por sus familias algunos, solos todos en su dolor. O cuando ayudamos a cualquier “sin papeles” que con temor se acerca a solicitar nuestra ayuda y luego resulta que después de socorrerle no somos capaces de aguantar su mirada agradecida porque parece interpelarnos con una enorme fuerza y nos sentimos desasosegados. ¿No os ha pasado esto nunca? A mi si. Pero no hay que tener miedo. Eso es buena señal, es un signo de que hay algo vivo dentro de nosotros que siente y vibra en sintonía con los demás, aunque a veces nos de algún disgustillo que otro al enfrentarse con nuestra comodidad, con nuestros prejuicios, con nuestro orgullo… en fin, con esas cosillas que todos tenemos y que el dominarla es lo que nos mantiene en jaque y lo que nos hace apreciar el regalo maravilloso de la vida que Dios nos hace a diario.

 

                   Hoy me siento orgulloso y creo que vosotros también, de tener un Rey que es el mismo que el de los hambrientos, sedientos, desnudos, emigrantes con o sin papeles, encarcelados, enfermos desahuciados, ancianos abandonados, niños huérfanos sin techo…

 

 

CONTADORWAP