NORMAS: (NO INSULTAR, NO FALTAR A LA VERDAD, NO EMPLEAR UN LENGUAJE GROSERO) Todo lo demás es problema de opinión, y si quieres responder por alusión o contra-opinar estás en tu derecho y nosotros lo publicaremos (Sicómoro-2)
CARTA DE NAVIDAD:
Mis
queridos amigos y amigas:
La ciudad huele a Navidad porque, en
medio de tanto consumismo, se respira también el aire de las navidades de antes,
con sus villancicos, sus belenes, su aroma a ternura, a turrón, a pandereta y a
ilusión de niños y mayores. Sin olvidar que estamos en la celebración religiosa
del Nacimiento de Cristo para no despistarnos entre tanta algarabía y ruido,
entre tanto ir y venir por los nuevos templos modernos donde se venera y
alimenta al rey dinero y a su príncipe el consumo.
Atentos para no perdernos lo mejor, o
al menos lo más importante: que sigue naciendo un Niño indefenso y tierno en
Belén y que nos sigue preguntando qué hemos hecho con su mensaje de amor,
fraternidad, justicia y paz. Por qué hemos dejado de escuchar el canto de los
ángeles que anunciaban la paz para todos los hombres y mujeres de buena
voluntad. Cómo es posible que hayamos dejado que el ruido de los cañones y de
las armas nucleares se hayan enseñoreado de nuestra tierra. Y el clamor de
millones de personas que mueren de hambre es acallado por las carcajadas de los
centros de poder y de los oasis del bienestar.
Navidad es el grito del centinela que nos pide no dormirnos, no dejar que nos
seden, que nos manipulen, que nos atrofien nuestra capacidad crítica y de
protesta, que nos corten de raíz los sueños y las utopías de un mundo mejor.
¡Qué bien se lo expresó a los jóvenes
el papa Juan Pablo II llamándolos centinelas de la mañana, vigías de un mundo
nuevo y mejor!. Centinelas que no se duermen, que no cierran los ojos a las
injusticias y desigualdades, que no se conforman con quedarse dentro de la
comodidad del castillo, sino que otean desde la atalaya por si se produce alguna
buena noticia que dar y ser el primero en hacerlo.
Centinela al que los nuevos rayos del
amanecer sorprenden con los ojos llenos de ilusión y de emoción. Centinelas que
protejen, alientan, animan, avisan, anuncian y denuncian. No dejemos que la
Navidad comercial nos haga dejar el puesto vigilante y oteador de un mundo
injusto que necesita un mensaje de esperanza, un de salvación, un mensaje de
liberación y de alegría.
Es curioso que los cristianos estemos llamados a ser centinelas y testigos de la
alegría en un mundo que predica el bienestar pero que produce grandes
infelicidades y vacíos, que nos llena de cosas materiales pero que es incapaz de
saciar ni de responder a nuestros grandes deseos y nuestras esenciales preguntas
sobre el verdadero sentido de la vida. No una alegría cualquiera, sino una
alegría que brota del amor, de la generosidad, de la entrega. La alegría serena
de quien se sabe en manos de Dios y confía en El, y nada ni nadie puede
apartarle de se ese Amor y de esa Paz.
Tenemos un tiempo de vértigo, de
prisas, de comprar, de regalos, de preparar cenas, de disponer la casa para
acoger a la familia y de adornarla con el árbol, el belén, los villancicos...
¿Tendremos tiempo también para Dios?¿Tiempo para la solidaridad?¿Tiempo para
nuestro corazón?.
No te olvides de ser un pequeño pero importante centinela. Estate atento y
atenta al paso de Dios por tu vida, agradece, expresa, comunica, ama. No dejes
que los valores de la auténtica Navidad pasen al lado de tu puerta y no la
encuentren abierta.
Abre las puertas y el corazón de par en par. Sal al encuentro de quienes esta
Navidad no serán tan felices porque quizá les faltará el pan, la alegría, el ser
querido, la salud, la esperanza, la compañía. Sé tú para ellos pan compartido,
mano tendida, sonrisa abierta, corazón compasivo. Todo lo demás, también.
Pero no te olvides de lo esencial: el
amor. Que cada día de este tiempo sea para ti una auténtica Navidad y que
repartas la alegría que nace de Belén a quienes te rodean. Con todo mi cariño,
mis mejores deseos y este hermoso texto de la Madre Teresa de Calcuta.
ESPARCE AMOR
"Esparce amor por donde vayas: en primer lugar en tu propio hogar. Da amor a tus
hijos, a tu esposa o a tu marido, al vecino de al lado, a tu amigo o amiga, al
pobre que te encuentras cada día, al extranjero, al que es diferente a ti, que
nadie que se acerque a ti se vaya sin sentirse mejor y más feliz.
Sé la expresión viva de la bondad de Dios: bondad en tu rostro, bondad en tus
ojos, bondad en tu sonrisa, bondad en tu saludo caluroso, bondad y alegría que
brotan de tu corazón y de tus palabras amables.
No olvides que quien esparce amor, recoge amor y paz". (Madre Teresa).
UNIDOS EN LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR:

Hoy más que nunca nos sentimos unidos a los millones de hermanas y hermanos
católicos de todo el mundo que agradecen a Padre Dios el rico pontificado de Su
Santidad Juan Pablo II, y ruegan por él con un corazón agradecido.
Gracias Juan Pablo II por tu lucha,
por tu entrega, por vivir el Evangelio como lo vivió Jesús.
Nos sentimos unidos también a los
millones de personas de buena voluntad que desde la increencia u otros credos se
hacen solidarios con nuestro dolor. Admiran en Juan Pablo II a un ser humano
transformado por la fuerza de Dios.
El Papa es un hombre alcanzado por
Cristo, que fue capaz de seguirle unas veces de pie, alegre. Otras veces siguió
a Cristo de rodillas en los momentos de soledad e incomprensiones. En muchas
ocasiones siguió a Cristo arrastrándose por el dolor y el sufrimiento. Pero
siempre le siguió, sin escatimar cruces ni Getsemaní...
Hoy que lloramos en el Papa al Lázaro amigo de Dios tenemos más que nunca
encendida nuestra esperanza en que quien murió en la cruz lo tenga ya en su
Resurrección.
Hoy más que nunca la Iglesia mira a
María nuestra Madre del Cielo que también le abre los brazos a quien siempre le
amó. "Todo tuyo". La Virgen tuvo que esperar un poco para estrecharle, ahora sí
para siempre, en sus maternales brazos.
Hoy la Iglesia de la tierra llora y
se alegra, mientras que la Iglesia del cielo es toda alegría.
Si lloramos por el hermano que nos
deja recordemos que su muerte es un encuentro con quien nos ama.
Estuvo esperando muchos años este
momento de ver cara a cara a quien le ama. Hoy, por fin, la muerte ha sido
vencida en Juan Pablo II. Ya no tendrá más dolores, más sufrimientos, más gestos
de humana dolencia. El cuerpo ha sido superado, la debilidad humana ha sido
vencida; ya sólo le queda el amor que le tenemos y el Amor en quien ya vive para
siempre.
Cada oración, cada Eucaristía, cada
Rosario, cada amor repartido encuentra hoy una vez más la respuesta cara a cara
del protagonista de su vida.
Sólo nos queda decir: "Gracias Señor
por el regalo que en Juan Pablo II hiciste a la Humanidad.
Gracias porque no te olvidas de nosotros y nos sigues enviando personas
excepcionales que nos recuerdan siempre que el Amor es quien tiene, de verdad,
la última palabra."
Permanezcamos unidos en la oración y en el Amor. Un fuerte
abrazo a todos. (Damián-Málaga)
Un desconocido Papa polaco:
(Cesar Vidal.)
Corría el año 452
cuando la sede episcopal romana la ocupaba un personaje de lugar de nacimiento
desconocido llamado León. Desde luego, no podía decirse que aquellos fueran los
mejores tiempos para la iglesia.
De entrada, una serie de herejías de poderoso influjo cuestionaban no sólo el sistema de salvación evangélico sino que además pretendían minimizar la figura de Cristo. Por añadidura, un bárbaro llamado Atila había lanzado sus hordas sobre un imperio que demostraba carecer de la fuerza suficiente para proteger a sus súbditos. En la seguridad de que los hunos podrían arrasar totalmente Occidente, el emperador suplicó a León que se entrevistara con Atila. Nunca se ha podido establecer con certeza total que dijo León a aquel guerrero cuyo caballo no dejaba jamás hierba tras de si, pero lo cierto es que el huno decidió retirarse. No sólo eso. Cuando apenas un cuarto de siglo después el imperio se desplomó, el cristianismo fue la única fuerza existente para civilizar a los bárbaros, proteger a los desvalidos y salvaguardar la cultura clásica.
Corría el año 1978 cuando fue elegido papa un personaje poco conocido procedente nada más y nada menos que de Polonia. A la sazón, el comunismo no sólo dominaba Europa oriental sino que además era una amenaza en apariencia irresistible. En Asia, había logrado muy poco antes asestar a los Estados Unidos la única derrota militar de la Historia; en Europa, aspiraba a hacerse con los gobiernos de todas y cada una de las naciones mediterráneas; en África, experimentaba un proceso de expansión impulsado por la URSS y secundado por Cuba y en América... en América, el comunismo había conseguido vestirse con los ropajes de la teología de la liberación y desde la Habana había colocado sólidas cabezas de puente en el Salvador, Colombia y, sobre todo, la Nicaragua sandinista. Frente a esa ofensiva que algunos consideraban preludio seguro de la victoria final, Occidente y la libertad tan sólo contaban con unos Estados Unidos confusos tras Vietnam y Watergate, y una Europa vacilante y cada vez más carcomida por la izquierda radical.
La misma iglesia católica no había terminado de digerir las transformaciones del Vaticano
II. El ascenso de Juan Pablo II al pontificado significó un obvio cambio de timón de aquel terrible panorama. En el interior de la iglesia católica, dejó claro desde el primer momento que sería un fiel transmisor y depositario de una tradición secular y que se enfrentaría sin parpadeos a todo aquello que, disfrazado de aggionarmiento, pretendiera erosionarla y desvirtuarla.
Juan Pablo II podía seguir la línea social de León XIII, de Juan XXIII, de tantos otros pero no iba a caer en la adoración del socialismo de algunos teólogos. En el exterior, inició una política viajera que no buscaba tan sólo acercarse pastoralmente a los católicos sino también abrir brecha en aquellos lugares donde éstos carecían de libertades como México o incluso eran una minúscula minoría como Bangla Desh. En paralelo, en Polonia el sindicato Solidaridad decidió aprovechar aquel apoyo que venía del otro lado del mundo y Occidente se encontró con paladines tan formidables como Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Muchos se resistían a creerlo pero la Historia estaba cambiando de signo. La URSS sí que vio tan obvia la amenaza que el jefe del KGB, Andropov, decretó el asesinato del pontífice y firmó un documento donde también estamparía su firma un oscuro funcionario llamado Mijail Gorbachov.
Para llevar a cabo el crimen, se utilizó a la inteligencia búlgara y a un cabeza de turco islámico llamado Alí Agca. Sin embargo, aunque las secuelas del atentado pesaron siempre sobre Juan Pablo II, logró sobrevivirlo durante casi un cuarto de siglo. Todavía más. Primero, cayó el Muro que algún catedrático español anunció que se alzaría por un milenio; luego, la teología de la liberación se disolvió como un azucarillo desprovista del apoyo de Moscú; después, un aliento de libertad fue filtrándose por otros recónditos lugares del globo; finalmente, la iglesia católica comenzó a recuperar el aplomo anterior al concilio sin renunciar a ninguna de sus reformas. Papas ha habido muchos pero pocos, muy pocos, habrán marcado tanto la historia como el desconocido papa polaco.
Su certeza, nuestra fe:
(Jorge Trias Sagnier. Abogado y periodista)
En una ocasión, un obispo por el que siento verdadera admiración, me contaba la extraordinaria emoción que sintió cuando Juan Pablo II pronunció aquellas lapidarias palabras en Santiago de Compostela en 1982: “Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma... Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal…”. Recuerdo aquel entonces porque, al escuchar lo que decía el Santo Padre, pero sobre todo cómo lo decía, a muchos se nos electrificó el cuerpo. El Obispo me comentaba que cuando lo escuchó, pensó que eso sólo podía decirlo o un loco o, como era el caso, un enviado de Dios. “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo!”, nos decía. Y ahora, sin duda, las puertas de Cristo, habrán acogido su alma.
Los españoles que rondamos la cincuentena somos todos hijos del Concilio Vaticano II, de sus aciertos, pero también de sus incertidumbres y de sus inquietudes. Habíamos recibido una educación religiosa fosilizada que nos impartieron unos sacerdotes, la mayoría de las veces, mecánicamente. El Concilio supuso, sin duda, una corriente de aire fresco y de renovación que era muy necesaria en la Iglesia. Pero tras el frescor y la limpieza vino después el vendaval y las equivocadas interpretaciones. Se comenzó a confundir teología con revolución armada, justicia social con marxismo-leninismo, renovación con secularización. Y una especie de sincretismo religioso, a mitad de camino entre el panteísmo y el racionalismo, inundó la doctrina de la Iglesia. En la última etapa del pontificado de Pablo VI, no hay porqué ocultarlo, parecía que la Iglesia se desmoronaba sin saber a dónde dirigirse. Imagino ahora el dolor que debía de sentir el Papa ante una Iglesia escindida.
Cada uno se acomodó, religiosa e ideológicamente, donde y como pudo. Muy pocos fueron los que sostuvieron la Iglesia. Como siempre suele ocurrir, el esfuerzo de unas minorías sirvió para que de las ascuas casi apagadas de la fe se volviese a encender el fuego de la Verdad. La mayoría de católicos pasamos a engrosar ese amorfo grupo de “católicos no practicantes”. Las iglesias, en la mayoría de los casos, se vaciaron. A lo sumo ejercíamos un catolicismo cínico, en el mejor sentido de la palabra, pues éramos practicantes por inercia pero ya no creíamos en el significado de ese ritual que, además, nos habían cambiado.
Y de repente, tras la fugaz y misteriosa presencia de Juan Pablo I, un nuevo Pontífice nos recordaba con fuerza y convicción que él era el Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma y el Pastor de la Iglesia universal. Así, sin complejos. Y todas las piezas del puzzle que habían quedado desordenadas o sin colocar tras el Concilio, fueron puestas en su sitio y cada una de ellas adquirió, nuevamente, sentido. Frente a la denominada “teología de la liberación”, sin imponernos nada, Juan Pablo II propuso la Teología de la Cruz que él ha llevado hasta sus últimas consecuencias. Frente a los movimientos revolucionarios y dictatoriales hijos del marxismo-leninismo, el Santo Padre propuso la exigente doctrina social de la Iglesia y algo tan antiguo y actual como el amor al prójimo y a la libertad. Nos propuso, en fin, no tener miedo frente a la mordaza y el silencio. Y renovó la doctrina a través de dos obras titánicas: el nuevo catecismo y el también nuevo Código de Derecho Canónico. Pero, por encima de todo, nos propuso su ejemplo, el de un hombre bueno, fuerte, convencido de lo que decía y cuya certeza fue determinante para que se volviese a encender la llama de nuestra fe.
El Papa de la liberación:
(Andrés Ollero Tassara. Catedrático Universidad Rey Juan Carlos.)
Pocos discutirán que Juan Pablo II ha pasado a la historia cobrando una dimensión poco usual. La multiplicidad de motivos alegables no hace sino confirmarlo. Por mi parte, me quedaría con su bienhechora capacidad para liberarnos de tópicos.
Ya su elección, cuando era un Cardenal de "un país lejano" sometido por demás al totalitarismo marxista, rompió con la tópica imagen de un Papa italiano, rubricando así elocuentemente la universalidad de todo Obispo de Roma.
Su tarea pastoral arrancaba condicionada por los frutos de un pintoresco tópico.
Quienes habían enfatizado la necesidad de que la Iglesia se acercara al mundo
habían conseguido vaciar la plaza de San Pedro; salvo esporádicas incursiones de
grupos reivindicativos ansiosos de plantear cuestiones tan dignas como
temporales. Quizá por eso sus primeras palabras liberadoras, minutos después de
su elección, fueron sintomáticas: "no tengáis miedo", "abrir las puertas a
Cristo". La plaza se acabó llenando, prolongándose más de una vez por la via de
la Conciliazione o duplicándose virtualmente ante San Juan de Letrán. El
secreto: defender en su integridad la fe recibida.
Su libro "Levantaos, vamos" ayuda a
entender que ser Papa no es sino el modo más comprometido de ser Obispo. Buscó
la cercanía pastoral. No sólo inventando el "papa-móvil" (o entrando en Granada
en autobús, junto al asiento del conductor) sino domingo a domingo. Tuve la
suerte de vivir uno de diciembre de 1978, en el que concentró en la plaza de San
Pedro a todos lo que quisieran llevar el Niño del belén para que se lo
bendijera. Luego hizo repartir un "christmas" con una oración firmada, que aún
conservo como oro en paño.
Los organizadores de sus viajes temblaban ante los escenarios que proponía para encontrarse con los jóvenes, dado su presunto alejamiento de la Iglesia. El Bernabeu de turno se quedó siempre pequeño ante el asombro de los esclavos del tópico. Nunca un Papa sintonizó tanto con los jóvenes. El secreto, de nuevo paradójico: prefirió exigirles que dieran sentido a su vida que adular su perplejidad.
A fuerza de romper tópicos le crearon el de mago de la comunicación. Joven actor de teatro, relajado ante los media, dominador del gesto. Un inesperado producto de 'marketing' eclesial, que acabaría devorado como tantos otros. Las estrellas son fugaces, no saben envejecer. Quedaba otro tópico por romper. Se ha puesto de moda enfatizar que todo hombre tiene derecho a morir con dignidad. Demostró en qué consiste: en morir trabajando, cumpliendo el deber sin excusas, asumiendo con humildad la limitación y no temiendo resultar patético. Quien se sabe Vicario de Cristo no considera lógico pedirle la hora, por mucho que la partida se prolongue; El sabe más. Se procura evitar el dolor y, cuando no cabe, se le encuentra en El sentido; nunca demuestra un hombre mejor su dignidad que cuando da esa lección de buen morir: la única verdadera eu-tanasia.
Se escribirá mucho de él; pero, si alguien olvida sus incontables horas de oración, podrá teorizar sobre aspectos múltiples de su gigantesca personalidad, pero en el fondo no se habrá enterado de nada.
Breve reflexión sobre el Quijote:
(Antonio García-Moreno 19/3/2005)
Sin duda que el Quijote es la obra cumbre de la Literatura Española. Aunque no soy un especialista en el tema, el haberlo leído varias veces me permite señalar algunos aspectos que me parecen interesantes, desde mi punto de vista.
En primer lugar quiero destacar su corrección literaria, la sencillez y elegancia de su estilo, así como la riqueza semántica de su contenido. Por ello estimo que ayuda mucho a conocer nuestro idioma y usarlo correctamente, sobre todo al escribirlo. En segundo lugar es llamativo y gratificante su sentido del humor. Confieso que siempre que leo alguna página del Quijote, me suscita una sonrisa y produce cierto regocijo. También me parece digno de destacar su espíritu caballeresco y su idealismo. Su noble afán de “enderezar entuertos”, su lucha por defender al débil y porque triunfe la verdad y la justicia. También es admirable su concepto sublime y romántico del amor, tan distinto del que hoy en general se tiene. Idealiza a Dulcinea y le es siempre fiel, sin que nada ni nadie empañe su ardiente amor por ella, por la que realiza las más difíciles hazañas, sin temer enfrentarse a esos gigantes con brazos como aspas de molino, o a mesnadas armadas hasta los dientes que, como un gran rebaño de ovejas, aparecen a los ojos ramplones de Sancho Panza.
Por último quiero subrayar su visión de la vida, mostrando en más de una ocasión sus profundas raíces cristianas. Lo cual es lógico si tenemos en cuenta el ambiente en que vivió y recordamos algunos hecho de su vida. En efecto, en 1608 Cervantes se inscribió en la Congregación de la Hermandad de los Esclavos del Santísimo Sacramento. Un par de años después, profesó en la Venerable Orden Tercera. La muerte de su hermana Andrea le sirvió para prodigar su inquietud religiosa. A este respecto Thomas Mann escribía que la obra de Cervantes sólo puede ser entendida como "producto de la cultura cristiana, de la psicología y humanidad cristianas, y de lo que el cristianismo significa eternamente para el mundo del alma, de la creación poética, para lo específicamente humano y para su audaz ensanchamiento y liberación".
Cuando el bachiller Sansón Carrasco le anima diciéndole que todavía puede salir y encontrar a Dulcinea ya libre del encantamiento, con lucidez y serenidad, Don Quijote le dice: “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa: déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así suplico que en tanto el señor cura me confiesa, vayan por el escribano”.
Para terminar cito a Unamuno, buen conocedor del Quijote: "Nuestra patria no tendrá agricultura, ni comercio, no habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse, mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior, poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes".
OPINIÓN ACERCA DE COMPADECERSE DEL PAPA
ABC, 26-II-2005
Por Juan Manuel DE PRADA/
CUANDO se reclama la renuncia del Papa suelen invocarse razones de compasión. Su
deterioro físico promueve lástima; y esa lástima impulsa a algunos a solicitar
que se ahorren padecimientos a un viejo que, a cada día que pasa, incorpora
nuevos achaques a su profuso historial clínico. Al menos, retirado de su
ministerio -se afirma-, podrá consumir sus postrimerías más apaciblemente. Esta
argumentación está llena, sin embargo, de incongruencia: pues compadecer el
sufrimiento de alguien no consiste en lamentarlo, sino, sobre todo -como la
propia etimología de la palabra indica-, en comprenderlo, en hacerse partícipe
de ese sufrimiento. Para llegar a sentir verdadera compasión hemos de meternos
en el pellejo del que sufre; compadecer desde la lejanía quizá sea una coartada
que nos sirva para posar de solidarios ante la galería, pero es una actitud en
sí misma falsorra, una contradictio in terminis. Visto desde fuera, el
sufrimiento del Papa puede antojársenos inútil, estéril, absolutamente
ininteligible; y entonces, para descifrarlo, hemos de recurrir a explicaciones
que no penetran su verdadera naturaleza; explicaciones que suelen quedarse en la
cáscara -la ostentosa decrepitud de un anciano aferrado patéticamente al cargo-
y que, por lo tanto, se aderezan con una munición de mentecateces de diverso
pelaje: que si el Papa es rehén de sus validos, temerosos de ser relegados si su
valedor los abandona; que si el Papa está dispuesto a alargar con su agonía la
agonía de la Iglesia; que si oscuros pero poderosísimos grupúsculos integristas
lo obligan a seguir en la brecha para afianzar y extender su influencia,
etcétera, etcétera.
En todas estas explicaciones subyace un fondo de incomprensión (de falta de
compasión) hacia el significado último de tanto sufrimiento. La banalidad
contemporánea no puede -o no quiere- admitir que el Papa desempeña una misión
espiritual en la cual el dolor forma parte de una encomienda divina. Sólo así
resulta inteligible su resistencia. El Papa, como hombre mortal que es, estaría
encantado de recoger el petate y retirarse a una villa campestre, atendido por
una legión de chambelanes solícitos; pero antepone su misión sobre los achaques
de la carne, porque esa misión la inspira una fuerza más poderosa que el
declinar de su naturaleza. No creo que ni siquiera sea necesario creer en Dios
para comprender esa perseverancia en el sacrificio; basta con entender que
existen vocaciones que enaltecen el barro con el que estamos fabricados. A la
postre, la resistencia agónica del Papa al dolor es un caso notorio de
supremacía del espíritu; pero quizá una época empeñada en acallar o negar el
espíritu no pueda compadecer ese gesto.
El Papa titulaba uno de sus libros más recientes con las palabras que Jesús
dirigía a sus discípulos dormilones en el huerto de Getsemaní: «¡Levantaos!
¡Vamos!». La comprensión cabal del Papado de Juan Pablo II exige que nos
detengamos en la lectura de este pasaje evangélico, donde nos enfrentamos a la
naturaleza rabiosamente humana de Jesús, angustiado ante la proximidad de la
cruz. Como Jesús, el Papa preferiría apartar de sí el cáliz de dolor que se le
tiende; pero, aunque su alma está «triste hasta la muerte» -como reconocía
Jesús, mientras sudaba sangre-, entiende que su voluntad no cuenta, que existe
otra voluntad suprema a la que debe obedecer, aunque al acatar ese mandato sepa
que está inmolándose. En esa inmolación generosa en la que el hombre entrega su
hálito por mejor servir la misión que le ha sido encomendada reside el misterio
de la fe; en esa comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden
su mera envoltura carnal se cifra la epopeya interior de Juan Pablo II.
Compadezcámoslo desde dentro, respirando por su misma herida luminosa.
OPINIÓN: A PROPÓSITO DE LA ESPAÑA CARCA Y TRASNOCHADA.
LAS IDEAS DE LA IGLESIA
Por Juan Manuel DE PRADA/ABC, 22-1-2005, p.5.
ESCRIBÍA Chesterton que el
catolicismo es «la única religión que libera al hombre de la degradante
esclavitud de ser un hijo de nuestro tiempo».
Quienes acusan a la Iglesia de no acomodarse a los tiempos no entienden que ser
católico consiste, precisamente, en oponerse a la mentalidad dominante, en
conquistar un ámbito de fortaleza y libertad interior que, impulsado por la fe,
permita nadar a contracorriente.
Se repite machaconamente que la Iglesia es una enemiga de las ideas nuevas; machaconamente se la tilda de «carca», «casposa» y otras lindezas limítrofes. Un análisis serio de la Historia nos enseña, sin embargo, que los católicos se han caracterizado siempre por brindar ideas nuevas; y que, por sostener tales ideas, han padecido incomprensiones sin cuento.
Cuando San Pablo, y con él las
primeras comunidades de cristianos, se oponían a la esclavitud no estaban,
precisamente, «acomodándose a los tiempos». Chesterton destaca que los católicos
siempre han vindicado ideas nuevas «cuando eran realmente nuevas, demasiado
nuevas para hallar apoyos entre las gentes de su época». Así,
por ejemplo, el jesuita Francisco Suárez elaboró una lucida teoría sobre la
democracia doscientos años antes de la Declaración de Independencia de los
Estados Unidos y de la Revolución Francesa; pero, desgraciadamente, aquella
teoría fue formulada con dos siglos de adelanto, en una época en que los
monarcas fundaban su tiranía sobre un
inexistente Derecho Divino.
Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito. Cuando, en nuestros días, se caricaturiza a la Iglesia como una enemiga de las ideas nuevas se quiere decir, en realidad, que es -cito de nuevo al autor de El hombre que fue jueves- «enemiga de muchas modas influyentes y gregariamente aceptadas, muchas de las cuales se pretenden novedosas, aunque en su mayoría estén empezando a ser un pequeño fósil.
La Iglesia se opone con frecuencia a las modas perecederas de este mundo; y lo hace basándose en una experiencia suficiente para saber cuán rápidamente perecen . Nueve de cada diez de las llamadas «nuevas ideas» no son sino viejos errores.
La Iglesia
Católica cuenta entre sus obligaciones principales con la de prevenir a la gente
de incurrir otra vez en esos viejos errores No existe ningún otro caso de
continuidad de la inteligencia parangonable al de la Iglesia, pues su labor ha
consistido en «pensar sobre el pensamiento» durante dos mil años. De ahí que su
experiencia cubra casi todas las experiencias; y, en especial, casi todos los
errores».
Las palabras de Chesterton resuenan
hoy con una renovada clarividencia. El error principal de nuestra época se
resume en una forma deshumanizada de hedonismo que niega la intrínseca dignidad
de la vida; así, se han fomentado prácticas aberrantes, como el aborto, que hoy
son cobardemente aceptadas, pero que dentro de doscientos años provocarán el
horror y la vergüenza de las generaciones venideras. La idea de defensa de la
vida, que los apacentadores del rebaño tachan de vieja, es rabiosamente nueva;
vindicarla es un modo -incómodo, por supuesto, pero por ello más excitante- de
nadar a contracorriente. Naturalmente, los apacentadores del rebaño procurarán
siempre soslayar el debate de las ideas, sustituyéndolo por un ofrecimiento
indiscriminado de «modas influyentes» y perecederas.
Frente a
polémicas profilácticas con fecha de caducidad que no alcanzan el rango de
verdaderas ideas, la Iglesia propone una visión humanista del sexo, encauzado
por la responsabilidad y no reducido a un mero ejercicio lúdico, trivial y, a la
postre, autista.
Defender esta idea nueva condena a la
soledad y el ostracismo; es el precio -y el premio- que acarrea liberarse de la
«degradante esclavitud de ser hijos de nuestro tiempo».
OPINIÓN: A PROPÓSITO DE LA PELÍCULA DE LA PASIÓN DE GIBSON.
Desde que se comenzaron a publicar noticias sobre esta película, me interesé por el tema, quizás por mi condición de profesor que ha explicado durante cuarenta años la Pasión según San Juan. He guardado algunos recortes de prensa relacionados con la cuestión. No he querido escribir nada hasta después de ver la película.
Ahora puedo decir que el guión de la película sigue, ante todo, los relatos evangélicos; luego recoge las revelaciones particulares de una monja agustina de Westfalia en su convento de Münster, Ana Catalina de Emmerich (1774-1824), y añade algunos detalles imaginarios para enriquecer el relato.
Con respecto a los evangelios selecciona, como es lógico, sólo ciertos pasajes, entre los cuales algunos están narrados con habilidad y belleza. Así son impresionantes las primeras escenas del Getsemaní, con la luna llena del mes de Nisán iluminando, entre celajes, el huerto de los olivos. También la última secuencia describe de forma escueta, pero fiel al texto joánico, la resurrección de Cristo. La cámara enfoca la sábana santa que, de modo imprevisto, se pliega y pierde la forma abultada del cuerpo que estaba envuelto en ella. El rostro iluminado de Jesús resucitado destaca entonces sobre el fondo oscuro del sepulcro y termina la película. El IV Evangelio habla de que los lienzos que lo envolvían estaban plegados cuando llegan Juan y Pedro al sepulcro vacío, mientras que el sudario de su cabeza estaba enrollado y aparte. Al verlo, Juan creyó. Había comprendido enseguida que Cristo había resucitado, atravesando sin desdoblar la sábana que, al quedarse vacía, se pliega.
Sin embargo, Gibson omite algún que otro hecho. Así, por ejemplo, no dice nada del ángel que conforta al Señor en el huerto (cfr. Lc 22, 43). Tampoco refiere las palabras de Jesús a las mujeres de Jerusalén que lloran a su paso, cargado con la cruz. El Señor se para y les dice que no lloren por él sino por su hijos, porque sin con el leño verde hacen esto qué harán con el leño seco (cfr Lc 23, 27-31). No son estas palabras una amenaza sino una clara y amable advertencia. Por otro lado, no se transcribe en los subtítulos el grito de los sumos sacerdotes del pueblo judío de entonces, pidiendo en arameo que cayese sobre sus cabezas la sangre de aquel justo. Al parecer. De esa forma intenta, inútilmente, aminorar la acusación de antisemitismo que se le ha hecho.
En cuanto a los relatos de la monja agustina Ana Catalina Emmerich, no los he leído aunque sabía de su existencia y conocía algunos de sus relatos, realmente estremecedores, sobre todo en lo referente a la flagelación. Esta parte es, junto a la crucifixión, de un realismo descarnado. Quizás la parte más dura y cruda de la película. Aunque puede haber algunos aspectos desorbitados, tales como la monja “los vio”, es preciso reconocer que tanto la flagelación como la crucifixión eran actos de una crueldad y ensañamiento feroces. Por tanto, si no ocurrió exactamente así, si fue algo muy parecido, o incluso peor.
A estos elementos narrativos, añade Gibson, algunos detalles de tipo imaginario, incluso fantástico, que contribuyen a impresionar, y a sugerir, con algunas imágenes, bellísimas a veces, y escalofriantes otras. Así ocurre con la presencia misteriosa e inquietante del demonio, en ciertos momentos de elevado patetismo... Hay un momento en que una paloma revolotea sobre las almenas de las murallas de Jerusalén. Una significativa alegoría de la presencia invisible del Espíritu que, como en el relato de la creación del Génesis aleteaba sobre las aguas, revoloteaba ahora sobre la sangre de Cristo, infundiéndole un valor infinito de redención e inaugurando así la nueva creación.
Mención especial merece el tratamiento que se hace de la Virgen María. Es entonces cuando Mel Gibson manifiesta su condición de católico, sin disimulo alguno. Tanto Juan como los demás la llaman Madre. Su presencia es siempre serena, aunque triste y llorosa en los momentos de más dolor. Su comprensión al acoger a Pedro pecador... Los flash-bakc relativos a la infancia y juventud de Jesús en Nazaret son de gran luminosidad y belleza. En especial el que, en unas de las caídas bajo la cruz, hacer recordar a María que el niño se cae y ella corre, con las manos en vuelo, a levantarlo y abrazarlo con una inmensa ternura.
En cuanto a la crítica de ser muy fuerte para una cierta sensibilidad, hay que decir que así es. Pero al mismo tiempo no se puede negar que lo que Cristo padeció fue terrible y el verlo, con el realismo que se ve, causa profunda emoción y un cierto estremecimiento que, a los creyentes, nos anima a participar con nuestro dolor en la redención de la Humanidad. Respecto al antisemitismo está claro, como lo está en los evangelios, y en especial en el de San Juan, que algunos judíos de aquel tiempo tuvieron una parte importante en aquel horrendo crimen. Los evangelistas, lo mismo que los profetas del Antiguo Testamento en ciertos momentos, recriminan al pueblo hebreo por su conducta. Pero también es verdad que esas terribles palabras no se deben aplicar a todos y cada uno de los judíos de todos los tiempos, ni del pasado ni del presente ni del futuro. Así lo ha dicho claramente la Iglesia y lo sigue repitiendo. Lo malo es que aún hay algunos que no lo quieren entender. Gracias a Dios hay hebreos que creen en Jesús y le siguen. El actor principal de la Pasión de Gibson, llamado Jim Caviezel, es precisamente un judío, convertido al catolicismo. En cuanto a la frase que pronuncian los sumos sacerdotes del pueblo judío de entonces (“caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”), son unas palabras circunstanciales, pronunciadas sin saber claramente lo que decían. El mismo Jesús dirá, al pedir perdón por ellos, que no sabían lo que estaban haciendo, y lo mismo dirá San Pedro en el Templo (cfr. Lc 23, 34; Hch 3, 17). El cardenal de París, también de origen judío, explicaba estas palabras considerando que la sangre de Cristo tiene siempre un valor redentor y, por tanto, al derramarse sobre los judíos les trae perdón y salvación. Precisamente sobre el valor y sentido salvador de esa sangre, hay unas escenas realmente emotivas y llenas de simbolismo. La mujer de Pilato entrega unos paños blancos y limpios a la Virgen. Entonces va con la Magdalena al lugar de la flagelación y recogen con los paños la sangre aún fresca que encharca el Litóstroto... En conjunto, el resultado del film es francamente positivo, un testimonio de fe en el Misterio redentor de Jesucristo.
A. García-Moreno
Profesor de Exégesis
del Nuevo Testamento