El padre Guido Echevarria Fuentes,
es un sacerdote peruano de una reputación inmejorable; su trabajo con jóvenes en
distintas parroquias de San Pedro de Caraballo incansable; es un hombre bueno,
sencillo y agradable.
A requerimiento nuestro ha accedido a comentarnos las lecturas del Domingo, a contarnos él y sus jóvenes las vivencias y trabajos de las distintas iglesias que atienden. En definitiva a comunicarnos esas "Cosas de Dios" que en Perú están a flor de piel y que en otros países como el nuestro casi estamos olvidando.
En nombre de nuestra gente de Extremadura y de todos los lugares que nos visitan, amigo Guido y Comunidad Parroquial, muchas gracias por ayudarnos a ser mejor compartiendo vuestras "cosas de Dios".





Comentarios de Domingos anteriores, CICLO - C
DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO
AMA QUIEN ES PERDONADO.
Volvemos a
retomar domingos del Tiempo Ordinario. Este décimo primer domingo la Palabra del
Señor, nos muestra qué grande es el amor de
Dios, que infinito es su compasión
con el hombre pecador.
La primera lectura nos presenta nada menos que al Rey David, ungido por el profeta Natán para hacer cumnplir en Israel el derecho y la justicia, pero que dio un pésimo ejemplo al pueblo de Dios cayendo en pecado de adulterio. Dios envía a su profeta Natán para reprocharle y el rey reconoce humildemente su culpa y pecado, pide perdón a Dios y escucha esa voz consoladora del profeta: “El Señor ha perdonado ya tu pecado”
Durante la vida pública de Jesús la acogida que le dio a los pecadores, siempre llamó mucho la atención. El Señor acogió a aquellos que, de ordinario, eran despreciados y marginados por los demás,· por ser considerados "indignos" de recibir amor, es decir, "porque no son buenos", por ser pecadores. Esa acogida despertaba el malestar de ros fariseos, personas intransigentes que no podían aceptar que· alguien que intentara ser bueno tratase con los pecadores, pues según su modo de pensar, el pecador sólo merecía repudio y rechazo.
Por eso que Simón, un fariseo que invitó a Jesús a comer ton él, se escandalizó al ver que el Señor acogía ese gesto hospitalario de una mujer pecadora. Simón no entendía que Jesús aceptas e aquella atención cuidadosa y benevolente de una pecadora. De esta forma, el Señor acoge a la mujer porque ésta ama y ama porque ha sido perdonada en virtud de su arrepentimiento. La mujer era pecadora, despreciada en la sociedad Judía, pero tuvo gestos de amor hacia el Hijo de Dios
Somos invitados a confiar en la misericordia del Señor y a abrimos a ella. Un amor grande a Dios es posible cuando se recibe su perdón y misericordia. Pero al mismo tiempo, el amor es posible cuando se ama mucho. Amor y perdón van unidos. Se ama más a Dios cuanto más se ha experimentado su perdón. Y se experimenta más su perdón cuanto más se le ama. Lo importante es reconocer el pecado y acudir con amor al Señor. Que este domingo hagamos esa experiencia.
Ojalá todos reflexionemos hoy sobre la grandeza del amor infinito de Dios y no caigamos en reducir a Dios a un ser castigador y amargado.

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO
EL QUE QUIERA SEGUIRME, NIÉGUESE A SÍ MISMO
Estos
domingos seguimos fortaleciendo nuestra vida con las enseñanzas de Jesús, hoy
vemos a Jesús que se dirige a sus apóstoles para decirles: ¿Quién dicen la gente
que soy yo? Pues como era de esperar aquellas multitudes que seguían a Jesús no
sabían bien quién era Jesús. Por eso para algunos era Juan el Bautista, para
otros Elías o Jeremías, la mayoría creía que se trataba de un profeta
resucitado. Y ustedes ¿Quién dicen que soy yo? Hubo silencio hasta que Pedro
inspirado por el Espíritu Santo le dice: “Tù eres el Cristo de Dios”.
Efectivamente Jesús es el Hijo de Dios, es aquel que tenía que venir a
salvarnos, es Dios mismo; es el Salvador del mundo.
Llevando a nuestro tiempo, vivimos en un tiempo donde muchos desconocen a Cristo o tienen una idea muy borrosa de Él. Y lo que es peor se le rechaza; me acuerdo de aquel estudiante que había hecho su tesis sobre Jesucristo como verdad y vida y el profesor no creyente, simplemente respondió: “hijo, como has perdido el tiempo en esas cosas”. Debemos todos ser conscientes que conocer y amar a Jesucristo no es perder el tiempo, es al contrario ganar para nuestra salvación. Vivir según su mandamientos no es desperdiciar nuestro tiempo, es al contrario llenarnos de gloria y salvación.
No seamos de aquellos que cuando viene la luz, prefieren vivir en las tinieblas de sus pecados, o como dice aquel poema: “Vino a salvar al mundo y los suyos le han entregado ante Pilatos. Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran a la vía del Calvario. Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. Nació para perdonar y sin motivo le condenan al suplicio. Llegó por senderos de paz y le declaran la guerra. Era la luz y lo entregan en poder de las tinieblas. Traía amor y le pagan con odio. Vino a ser Rey y le coronan de espinas. Se hizo siervo para liberarnos del pecado y le clavan en la cruz…”
Que reales son las palabras de Cristo: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser rechazado” esto mismo experimentan sus seguidores: proponen la fe y son perseguidos, proponen la vida y son rechazados, proponen la verdad y son calumniados.
Digamos al Señor, “no queremos echarnos atrás ante la adversidad del mundo en que vivimos”. Al margen de Cristo no hay paz verdadera, al margen de Cristo, todos los ideales llevan al fracaso, lejos de Cristo no hay eternidad. Jesús nos repite: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y que me siga” aprendamos que seguir a Cristo sin experimentar el peso de la cruz de cada día es engañarnos, es querer ser cristianos comodones, aquellos que buscan su propio bienestar y sus conveniencias.
Pidamos al Señor que nos haga auténticos cristianos, sacrificados y que podamos llevar nuestra cruz con valentía; entonces la vida cristiana no solo será “doctrinal” o de memoria, sino una vida que se desarrolla en la práctica, en la experiencia de Cristo Salvador, en el servicio a nuestros hermanos y entonces diremos como Pedro: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios”.

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO
SEGUIR A JESÚS EXIGE RENUNCIA
La Palabra de Dios de este domingo nos habla de la prontitud en el seguimiento del Señor. Seguir al Señor con valentía, prontitud, es la clave de la vocación, Eliseo siente muy cercana esa voz de Dios por medio del profeta Elías y no duda en seguirlo.
La
radicalidad del mensaje de Jesús
es clara y
sin titubeos. Aquel que quiere seguirle parece decir que no entierre a su padre,
a otro l
e indica que ni siquiera pueda despedirse de su familia. Hasta podría
pensarse que el Señor estaba en contra de la libertad personal de cada uno. Sin
embargo, ¡No es así! "Déjame primero ir a enterrar a mi padre" significaba, en
el lenguaje de la época, el pretexto de uno que quiere seguir al Señor, pero
cuando ya no tenga compromisos familiares, cuando su padre haya muerto. Ir a
despedirse de la familia significaba querer seguir al Señor, pero añorar la vida
anterior. En esas circunstancias Jesús aclara que seguirle es algo grande, y
nada debe impedirlo. El Señor o es el primero en nuestra vida o no lo es.
El Señor no tiene lugar donde reposar su cabeza. Sus discípulos, al seguirle, deberán tomar conocimiento que los consuelos habituales que puede dar el ambiente habitual en el que la vida se desarrolla; no son siempre posibles a quien le sigue. El único consuelo es saber que uno va en pos de Jesús. ¿Es posible vivir estas exigencias? Se trata de una opción personal y libre. El seguimiento del Señor es sin condiciones, porqué la misión es muy grande. Una de las exigencias de la vida cristiana es vivir la virtud de la pobreza. Cristo fue pobre y en más de una ocasión, hizo elogios de la pobreza. Vivimos en una sociedad de consumo. Hemos de estar vigilantes para no apegarnos demasiado a los bienes materiales. “Donde está tu corazón, allí está tu tesoro”. Qué triste sería poner el corazón simplemente en bienes caducos, efímeros y no tenerlo puesto en Dios. Jesús no condena la riqueza o lo que uno tenga, lo que condena es el apego demasiado a ellas, que los bienes no nos lleven a olvidar a Dios.
“Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”. Se cristiano no es tarea fácil ni cómoda: es necesaria la abnegación y poner el amor a Dios antes que nada. A este respecto Juan Pablo II nos dice: “Si a pesar de tus esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez has sido débil no te desanimes ¡Cristo te sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane (Juan Pablo II)
La vida cristiana es un camino que se realiza con los ojos puestos y fijos en Jesús, en su persona, en su mensaje. Sólo a él hay que mirar, sólo él es el ideal seguro. Muchos pretenden un seguimiento de Jesús sin compromisos verdaderos. ¡Eso no es posible! Eso no es ser discípulo. Es necesario un seguimiento radical cada día, optar por Jesús en serio, sin temor a las exigencias de una vida coherente con los mandatos del Señor. Ser cristiano es haber hecho entrar en el fondo de nuestra alma a Jesús para pensar, sentir, desear, decidir como él. Es ese el verdadero seguimiento del Señor que cada día hemos de

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO
LA ALEGRÍA EN EL SEGUIMIENTO A CRISTO
Hermanos est
amos en el domingo XIV del tiempo ordinario. Este domingo el Señor
nos invita a la reflexión sobre la alegría en el seguimiento del Señor, estar
con Dios, cumplir su voluntad, o encontrar a Jesús y seguirle siempre llenará
nuestros corazones de gozo y alegría. Es verdad que por el Primer Pecado el
corazón del hombre se torció. Dio paso a la soberbia y se dejó llevar por la
ambición. Le dio la espalda a Dios y se volvió a las cosas con avaricia. Las
privó, así, de su destino al servicio del hombre, convirtiéndolas en fin
esclavizante. Comenzó la lucha por conseguirlas, la rivalidad por poseerlas, la
injusticia por dominarlas. La convivencia humana perdió la armonía de la paz,
que siempre es fruto de la justicia. También en su interior se desencadenó la
lucha del corazón entre
sus apetencias y el ideal honesto. Pero Dios no se resignó a dejar como esclavo
al que hizo para ser con Él señor. Y por eso, por boca del profeta al que
hoy escuchamos en la primera Lectura anuncia, para los días del Mesías,
la abundancia de esos dones que pueden calmar el corazón; la paz
definitiva que lo llenará de esa alegría para la que fue creado:
«Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su
alegría los que por ella llevasteis luto. Porque así dice el Señor: “Yo haré
derivar hacia ella, como un río la paz; como un torrente en crecida, las
riquezas de las naciones. Al verlo, se alegrará vuestro corazón y vuestros
huesos florecerán como un prado”». Sí, nuestros huesos, ese esqueleto que
movemos y cansamos en nuestros afanes, no acabarán en esfuerzo inútil;
florecerán como un prado en obras de esa justicia que trae de su mano la
verdadera paz; esa que no nace ya de
nuestras pretensiones frágiles, ni está sometida al vaivén de las
circunstancias; esa paz que se impone desde dentro, porque mana del amor,
y es capaz de devolver al mundo el esplendor del Paraíso, tantas veces añorado.
Hoy nos narra el Evangelio cómo sigue Jesús su camino a Jerusalén. Va decidido a consumar su destino. Va pensando en su entrega y en la paz que alcanzará para poder darla al mundo. Por eso, «designó a otros setenta y dos para enviarlos por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir Él», ¡después de resucitar –se entiende–, y como dador de la paz! No fueron 12 esta vez, sino 72: como el número de naciones entonces conocidas. Su paz no era sólo para Israel, sino para todos los pueblos. «Mirad que les mando» –les decía– «como corderos en medio de lobos. No lleven, pues, talega, ni alforja», –porque no les quiero con ambición–. Y «ni siquiera sandalias», porque lo de ustdes es el don de una paz que no necesita apoyos. «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz». Esa que comunicaréis como fruto de mi muerte y don de mi resurrección.
Por eso San Pablo exclama hoy en la segunda Lectura: «Dios me libre, hermanos, de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Porque lo que cuenta es esa criatura nueva que ha recreado en nosotros el Señor. Que la paz y la misericordia de Dios venga sobre todos los que se ajustan a esta norma». Y la norma es ya vivir y morir por lo que vivió y murió Jesús, que es lo único que puede aquietar el corazón y darnos, en definitiva, la verdadera paz. Pidamos al Señor verdaderamente sintamos ese grandeza en nuestros corazones.

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
"ANDA HAZ TÚ LO MISMO"
Podemos llamar este domingo como el domingo del "Buen Samaritano" ¡Cuántas veces hemos escuchado o hemos leído esta parábola de Jesús, pero cabe reflexionar una y otra vez, pues seguimos en un mundo donde cada vez se hace más difícil reconocer al prójimo como tal o actuar a favor del prójimo a semejanza de Cristo Jesús.

Ya en el Antiguo Testamento nos dice
que la Palabra de Dios no se ubica al margen de la vida humana sino que La palabra de Dios es cercana y realizable. Después que el Señor ha manifestado su voluntad en forma de mandatos, la palabra ya no es inaccesible, puede convertirse en vida, en principio iluminador de toda la existencia. El pasaje del evangelio nos clarifica un aspecto esencial de la enseñanza de la Palabra de Dios que el cristiano ha de cumplir: el amor misericordioso con el prójimo. El texto narra el encuentro entre Jesús y un escriba interesado en saber qué hacer para obtener la vida eterna. ¿Quién es mi prójimo?. La tradición judía expresa que el prójimo es alguien de su propio pueblo o un extranjero que se convierte al judaísmo y convive con ellos, formando parte de Israel (Levítico 19.18, 33-34). Un pagano, un extranjero de otra religión, no es considerado, por este hombre, como su prójimo y, por tanto, según él, no tiene obligación legal de amarle como a sí mismo. Jesús lo remite a lo que está escrito en la ley y luego le instruye con una parábola, respondiendo a una pregunta del escriba: "¿y quién es mi prójimo?". Mientras el doctor de la ley preguntaba por el objeto del amor (¿Quién es mi prójimo?) Jesús pregunta por el sujeto del amor (¿Quién se comportó como prójimo?). El doctor de la ley piensa a partir de sí, cuando pregunta: ¿Dónde está el límite de mi deber? Jesús le dice: piensa a partir del que padece necesidad, colócate en sus situación, reflexiona: ¿Quién espera ayuda de mí? Entonces verás que ¡no hay límite para el mandamiento del amor!Jesús describe en qué consiste el amor al prójimo y enseña cómo realizar o actuar con misericordia. El samaritano obró, se acercó al hombre tirado en el camino y acudió eficazmente en su ayuda. No importa qué reflexiones hizo, si es que las hizo, ni que buscó. Simplemente se dice que actuó movido por la misericordia. Para Jesús "hacerse prójimo" significa hacerse cercano, entablar relación con "el otro" que está en necesidad. Actuar en su favor, significa dejarse tocar por el dolor y la miseria de los demás y responder adecuadamente.
La auténtica experiencia de la misericordia es aquella que al ver el dolor ajeno, se deja conmover y actúa para aliviar el dolor, en la medida que le es posible. Cuantas veces anda el mundo buscándose a sí mismos olvidando al prójimo en definitiva alejándose de Dios mismo, como dice la canción "ocupado en sus costumbres". Que podamos ver la presencia del Altísimo en los pobres, los hambrientos, los enfermos y la gente más necesitada y así podremos comprender de manera más clara lo que nos quiere decirnos la parábola de Jesús.
''Anda, haz tú lo mismo", son palabras que Jesús nos dirige también hoy. Que aprendamos la lección y seamos capaces de ver el dolor ajeno, conmovernos y socorrer al necesitado, haciendo actual el amor de El por todos los hombres. Cuando hay grandes desastres muchos se sienten solidarios y muchas veces se dejan por la publicidad, nosotros vivamos este mandamiento en el lugar donde nos encontremos, allí està también nuestros prójimos, el padre, la madre, los hijos , etc. Pidamosle al Señor que ilumine nuestras mentes y corazones para vivir y sentir con los sentimientos de Cristo Jesús.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Gn 18,1-10ª. Sal 14; Col 1,24-28; Lc 10,38-42.
ACOGER AL SEÑOR
Este domingo el Señor nos invita a la reflexión y a valorar el sentido de la
acogida que debemos tener con Él y sus enviados. En la primera lectura (Gn
18,1-10ª) se habla de la hospitalidad de Abrahám con tres hombre, quizás ángeles
del cielo. Su hospitalidad mereció que uno de estos tres personajes le dijera:
“Cuando vuelva a verte dentro del tiempo acostumbrado, Sara habrá tenido un
hijo. La hospitalidad es una obra de misericordia: dar posada al peregrino.
Podemos vivir esto con más asertividad si somos conscientes de la presencia de
Dios en nuestras vidas y en el de los demás. Acoger significará entonces abrir
nuestros hogares, nuestras manos, frente a las necesidades de nuestros
hermanos, será también abrir nuestros corazones y ser alivio y remedio para
aquellos que sufren por las situaciones de la vida.
El Evangelio de hoy, nos presenta unas hermanas dando hospitalidad al Señor Jesús, puede surgir en nosotros una suerte de anhelo que nos hace pensar lo hermoso que sería poder recibir también nosotros al Señor. No debemos olvidad, entonces, que está cerca y en muchas ocasiones de nuestra vida le hemos sentido al lado. Pero otras, cuando la desolación llega, puede parecer que no le encontramos. Tal vez, lo que sucede es que muchas veces nos ocurre lo que a Marta: vivimos atareados, de un lado para otro, preocupados por muchos quehaceres. Quizá a veces tenemos más capacidad para afanarnos con muchas cosas que para optar por la más importante.
La invitación de hoy es clara: buscar la mejor parte. Esto supone buscar al Señor en su Palabra, en la Eucaristía, en los sacramentos y saber estar con él recabando la fuerza que nos permita vivir con ilusión y alegría.
Nos puede ocurrir que, aún creyendo no contamos con el Señor. Pareciera que nos asusta la cercanía de Dios porque incluye compromiso. Si Dios no incide efectivamente en nuestra vida es tal vez porque no le dejamos. Tal vez preferimos que Dios sea sólo una idea que a veces nos consuela y conforta; o un bonito pensamiento. Pero si así tratamos a Dios, nos estamos negando a su verdadera imagen, su cercanía. Dios vive y está cerca de nosotros, sólo basta tomar conciencia de esta verdad. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el signo perfecto y mediación necesaria de la cercanía de Dios, estaba en casa de Marta y María; María lo acogió profundamente, escuchando sus palabras. No dice el evangelio que María estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo que tenía de oírlo y el gran respeto que le tenía al Maestro. Marta, en cambio, no descubría lo realmente importante y sólo preparaba lo exterior con gran esmero, pero perdiéndose lo mejor. ¡Que las ocupaciones diarias, no nos impidan lo único necesario: fomente la amistad con Dios, escuchándole y hablándole en la oración! Ocuparse de lo terrenal es bueno y además necesario pero no debe impe dirnos la cercanía al Señor.
Pidamos al Señor, un corazón humilde, dispuesto a escucharle, prestarle atención
debida como lo hizo María y entonces podremos servir de una manera mejor a
nuestros hermanos más necesitado.
XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.
Gen 18,20-32. "No se enfade mi Señor, si sigo hablando"
Salmo: 137,1-8. "Cuando te invoqué Señor, me escuchaste".
Col 2,12-14. Les dio la vida en Cristo, perdonándoles todos los pecados.
Lucas 11,1-13. Pidan y se les dará.
LA ORACIÓN: COMPONENTE ESENCIAL DE LA VIDA CRISTIANA

Las lecturas de este domingo nos enseñan diversas maneras de orar, de hablar con nuestro Padre Dios, vemos a Abrahán en la primera lectura como modelo de oración de intercesión por los habitantes de Sodoma. En el Evangelio Jesucristo nos enseña con el padrenuestro dos modos de orar: la oración de deseo, en la primera parte y la oración de súplica en la segunda. El texto de la carta a los colosenses no trata directamente de la oración, pero podríamos decir que ofrece el fundamento de toda oración cristiana, sobre todo de la oración litúrgica, que es el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Al reflexionar estas lecturas me viene a la memoria, de todos los que oramos, cuántos lo hacen con una confianza plena y con una atención profunda? Muchos lo hacen simplemente por cumplimiento.
¡
Qué bueno es pensar en la importancia de la oración! Y mejor aún, si tuviéramos el deseo de la oración. Se trata del deseo que movió a los discípulos a solicitar a Jesús, nuestro Señor y Maestro, que les enseñase a orar. Jesús enseñó a orar, y en el Padre nuestro resume, de algún modo, el espíritu de la oración cristiana. La oración de los cristianos es, ante todo, oración filial, son los hijos quienes se dirigen al Padre, pero Jesús nos invita a hacerlo con corrección. En el espíritu del Reino toda oración ha de pedir que el nombre de Dios sea santificado, que venga el Reino y que se cumpla la voluntad divina. Toda oración verdadera debe conducir a perdonar a quien ofende, a luchar contra el mal.La oración cristiana es, además, perseverante. Por eso dijo el Señor: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá". La perseverancia, es acompañada por la confianza. ¡Qué importante es orar! La primera lectura es un modelo de diálogo audaz entre Abraham y Dios.
Abraham intercede por los suyos y logra que aflore la misericordia de Dios, perdonando a un pueblo en atención a los pocos que le son fieles. El pasaje de Abraham intercediendo nos muestra la cercanía amistosa de Dios con los hombres. La insistencia de Abraham consigue el perdón divino.
Hay que orar siempre, con perseverancia, con constancia, pero suplicando al Señor lo que él nos enseñó a pedir en el Padre nuestro. La oración auténtica lleva a la perfección a la cual el Señor nos llama. La oración de súplica nos invita a reconocer nuestros límites y a suplicar, experimentando la grandeza del amor divino que se muestra de tantas maneras. Que este día hagamos un serio propósito en orden a reforzar nuestra oración de súplica, que el Señor nos lleve por los alrededores, para servirle con generosidad.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Ecle 1,2,2,21-23. Feliz quien trabaja con sabiduría.
Sal 89. Señor tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Col 3,1-5.9-11 Busquen los bienes de allá arriba.
Lc 12,13-21. Necio esta misma noche morirás, lo que has acumulado ¿Para quién será?
SER RICOS ANTE DIOS
Basta darse una vuelta por la sociedad actual para poder sacar nuestras
conclusiones ¿somos ricos ante Dios? Me parece que somos ricos o estamos
buscando serlo con vistas a este mundo. De lo contrario la sociedad misma
tendría un nuevo rostro. Las familias y los jóvenes cambiarían, la presencia de
Dios e
staría en toda su plenitud.
Sin involucrarse en el litigio familiar, el Señor plantea una enseñanza profunda, situándose a un nivel diferente. El Señor ayuda a entender que ambos hermanos, están cegados por el deseo de tener, por la codicia y la ambición, considerando más importante la masa hereditaria que la fraternidad. Es una lamentable situación que se repite muchas veces.
El hombre rico de la parábola es descrito, como un insensato y necio, pues no ha podido descubrir lo relativo y pasajero de los bienes materiales y lo engañoso de la ambición y del deseo de poseer. Jesús revela que es una verdadera insensatez dedicarse a acumular riquezas y bienes y construir la propia existencia sobre las realidades de este mundo que, finalmente, son incapaces de dar la auténtica felicidad. El rico de la parábola no ha comprendido el sentido de la vida, ni la importancia ni el peso de las acciones de cada día con relación al futuro eterno. A él solo le importa la riqueza y la “seguridad” que la aporta. Sin embargo, cuando menos lo espera, todo termina, y entonces, la riqueza no es útil ni importante, ni necesaria. La conclusión se impone: “Así lo sucede al le amontona riquezas para él mismo, y no es rico a los ojos de Dios.
La palabra de Dios siempre nos recuerda la relatividad del presente y de las cosas. Acoger la palabra de Dios este domingo nos ha de llevar a considerar una meta de vida interesante, en la cual muchas veces ni siquiera hemos pensado: ser ricos ante Dios. Es la propuesta de Jesús que es san Pablo reitera escribiendo: “busquen los bienes de allá arriba” se trata de descubrir otros puntos de vista para relacionarnos y juzgar los bienes de este mundo.
Si hay que hacer desaparecer lo vicios que S. Pablo enumera, entre los que subraya el deseo de placer y el culto a los ídolos, es para lograr el conocimiento verdadero que conduce a la gloria. Buscar las realidades de arriba no es únicamente un consejo moralizante del Apóstol, sino una consecuencia de toda una ontología nueva: pertenecemos al Reino de arriba; es por tanto normal que estemos libres de las convulsiones y preocupaciones del hombre viejo.
Más importante que las riquezas son los valores evangélicos: la fraternidad, la búsqueda del bien, la honestidad, la honradez, el compartir, etc.
Buscar las cosas de arriba, aspirar a ellas, no es evadirse de las realidades terrenas, no es cerrar los ojos a la adversidad y sufrimientos del presente. Cuando no hay separación entre fe y vida entramos en el mundo nuevo inaugurado por Cristo. Hacer morir al hombre viejo y revestirse del nuevo es participar en el misterio pascual de Cristo.
Busquemos hacernos ricos ante Dios, amontonando tesoros en el cielo y descubrir el valor del ser sobre el tener.


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