CICLO –A-

 

-TIEMPO DE ADVIENTO -

 

1º DOMINGO DE ADVIENTO:

 

    Adviento significa “venida”; es el comienzo del año litúrgico; y surge como un pequeño tiempo de preparación a la Navidad, un tiempo de gracia que Dios nos brinda y que la Iglesia nos ofrece para preparar nuestros corazones al Niño Dios que va a nacer entre nosotros.

 

    Pero podemos preguntarnos: ¿por qué esta repetición de la liturgia? ¿Por qué empezar todos los años con este tiempo? Pues porque se nos olvida; tenemos la tentación de vivir en la rutina, en el paso de los días y no darnos cuenta de que Dios quiere acercarse a nosotros, más aún, que ya está entre nosotros.

 

    El inicio del Adviento significa una nueva llamada del Señor. Llama a las puertas de la Iglesia, como fue llamando a las puertas de Belén. Llama a las puertas de tu corazón. Quiere nacer de nuevo en ti, en los creyentes, en cada comunidad, en el corazón del mundo. Es verdad que puede llamar en cada momento, pero en este tiempo reitera sus llamadas.

 

    Despertad del sueño; es la llamada que hoy nos hace el evangelio; no podemos dejar adormecer por tanta pasividad como existe a nuestro alrededor, por la indiferencia ante el sufrimiento humano; ¡despierta ante lo que se te oculta a tu alrededor! Tenemos que despertar…Tenemos que abrir nuestro corazón al mundo y vivir con pasión todo lo que sucede dentro de Él.

 

    Cristo está cerca de nosotros, Cristo ya vive en medio de nuestro mundo; pero no acabamos de creérnoslo y vivimos muchas veces con esa cruel indiferencia; tenemos la enorme suerte de que Él una vez más nos llama a la vigilancia; velad, porque no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa.

 

Si no despertamos ahora, tal vez quedemos dormidos cuando Dios llame a nuestra puerta: tú decides.

 

2º DOMINGO DE ADVIENTO

 

Aparece hoy en el evangelio la figura impresionante de Juan el Bautista que nos ayuda a caminar durante el Adviento, a preparar de verdad nuestro corazón y nuestra vida para poder acoger con humildad al Niño Dios.

 

    Juan nos llama al desierto, a salir de las ocupaciones que no nos dejan escuchar a Dios, para emprender un camino de conversión radical; y parece que se le acercaba mucha gente; debía tener un carisma fuerte y seguro que llamaba la atención.

   

    Pero como cualquier profeta era “molesto”; sí, molesto porque sus palabras no eran halagos ni palmaditas en la espalda: Raza de víboras… dad el fruto que pide la conversión. Un personaje que llamaba la atención no sólo por su vestimenta ni por lo que se alimentaba, sino por su exigencia radical.

   

    Las palabras más duras iban dirigidas a los fariseos y a los saduceos, aquellos que se sentían “dueños” oficiales de la religión; y no es suficiente considerarse hijos de Abraham, o creer en Dios de palabra; no, hay que dar frutos y un fruto sincero de conversión. Tenemos que cambiar nuestros esquemas de vida y caminar a la luz del que nos bautizará con Espíritu y fuego.

   

    La voz que grita en el desierto, la de Juan o la de tantos otros profetas que con su testimonio y vida nos alientan a la conversión, nos vienen a recordar lo que perfectamente escribía años más tarde San Pablo: Acogeos mutuamente como Cristo os acogió; Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad y amor de Dios. También nosotros hemos de amar y ser misericordiosos con los que nos rodean, a ejemplo de Cristo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.

 

    Preparemos el camino del Señor, hagamos más fácil y alegre la vida a los que nos rodean y a aquellos que vienen de lejos; procuremos un mundo donde se destierren esos nidos de víboras que sólo quieren morder al que se le acerque.

    Estad preparados para acoger al Emmanuel que viene.

 

3º DOMINGO DE ADVIENTO

 

 Los signos avalan la figura de Jesús: los ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. Esa es la carta de presentación del Mesías; ya escuchamos el domingo anterior la importancia de Juan bautista dentro del evangelio y cómo fue él quien señaló a Jesús como el Cordero sin mancha cuando lo iba a bautizar.

 

    Ahora es Jesús quien se desvive en halagos para su primo. Juan fue ese hombre que predicó la conversión de los pecados, el cambio radical de vida; su forma de vida, su mensaje, incluso en su forma de vestir.

 

    ¿Qué salimos a buscar al desierto? ¿Un gran signo? ¿Un hombre vestido lujosamente que nos anunciara a ese Mesías prometido? Juan fue un hombre sencillo en su vida, coherente con sus pensamientos y profeta de vocación; profeta porque hablaba las palabras de Dios y señalaba la llegada inminente de ese Mesías.

 

    Y hay una frase que resulta muy llamativa en el evangelio de hoy: ¡ay del que no se sienta defraudado de mí! Y llama la atención, porque después de estar esperando tanto tiempo al Mesías, se había formado una idea bastante equivocada.

 

    Feliz y dichoso el que acepta a Jesús como realmente es, y no como a veces queremos pintarlo. Ese Cristo que perdona sin pedir explicaciones, ese Jesús que come y bebe con pecadores, ese Mesías que no participa de nuestros odios y rencores, sino que muere en la cruz por todos los hombres.

 

    Puede que después de 2.000 años del nacimiento carnal de Cristo nosotros nos sintamos defraudados; sí, defraudados porque Dios no castiga ante nuestros ojos a los que llamamos hipócritas. Nos decepciona porque no participa en nuestra ira. Nos decepciona cuando le pedimos un milagrito y no nos lo concede. Nos decepciona cuando vemos a los que llamamos honrados  oprimidos por los injustos.

 

    La forma de reinar de Cristo a veces no concuerda con la nuestra; los cojos andan, los ciegos ven y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios; sus palabras son en verdad Espíritu y Vida. Dichoso el que acoge su mensaje.

 

4º DOMINGO DE ADVIENTO

 

Palmo a palmo hemos llegado a este cuarto domingo de Adviento y en él la Palabra de Dios nos presenta la figura y la actitud de José y de María. Poco se ha escrito de la figura de José en los evangelios, pero es cierto, que a través de los sueños escuchaba la Palabra de Dios.

 

        Él era un hombre bueno, uno de esos tantos que conocemos en nuestros pueblos, que por sus rasgos faciales, incluso, podemos vislumbrar su tranquilidad y afabilidad. Pues a ese hombre bueno Dios le dice que la mujer con la que se iba a casar sería Madre del Mesías.

 

        Personas poco “importantes”; ni Jesús, ni María eran conocidos en su época, no tenían cargos públicos, no pertenecían a ninguna clase dirigente, ni descendían de familia de sacerdotes… Pues precisamente en ellos se fija Dios para hacerse carne, para vivir como nosotros. Su Hijo salvará al mundo. ¡Qué dicha tan grande y qué gozo!

       

        María dará a luz un hijo y será Dios-con-nosotros; pero, avanzado ya el adviento, (tiempo de prepararnos interior y exteriormente para la Navidad), podemos pensar y reflexionar sobre si nos creemos de verdad que Dios va a estar con nosotros. Tal vez para nosotros sea mentira que Dios ha nacido.

       

        Es mentira creer que Dios se ha hecho hombre buscando la liberación plena de la humanidad y no esforzarse, a la vez, por ser persona cada día y trabajar por un mundo más humano y liberado. Es mentira creer en un Dios que se desprende, abaja y humaniza y al mismo tiempo, considerar que lo mío, mi tarea, mi trabajo, mis actividades son sagradas e intocables. Es mentira creer en un Dios que camina y nos visita y, a la vez, encerrarnos en nuestro pequeño mundo y en nuestros problemas.

       

        José y María sí lo creyeron; hombre y mujer sencillos de los que Dios se fió para venir al mundo

        Después de haber sido invitados a despertar, a prepararnos y a convertirnos, Dios nos invita a caminar. Ojalá estemos lo suficientemente despiertos, preparados y convertidos como para ponernos en camino y poder experimentar y ser testigos de que Dios viene a nuestro encuentro, de que Jesús encarnado en nuestra humanidad es la mano que Dios extiende a cada uno de nosotros.

 

- TIEMPO DE NAVIDAD -

 

            “LA NOCHE BUENA”

 

 (Lc 2,1-14.)  Resuena en nuestras comunidades el alegre canto de los ángeles: ¡Gloria a Dios en el cielo! Desde que hace ya más de 2000 años un niño nació en Belén, la historia de la humanidad dio un giro de 180 grados; Dios ha querido hacerse uno de nosotros.

"La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros." Así se anuncia en el grandioso prólogo del evangelio de san Juan el gran misterio que celebramos hoy en la fiesta de Navidad: Jesucristo, la palabra de Dios que se hizo carne para estar con nosotros, es el único que puede invitarnos con fuerza a entrar en una vida nueva, que Él mismo nos prometió.

Y hoy, de una manera sencilla y pobre, tal y como estamos acostumbrados cuando hablamos de Dios, nace en Belén ese Mesías esperado desde la creación del mundo: Una vez más recordamos ese misterio que para nosotros se ha convertido en salvación: el nacimiento del Hijo de Dios, la Palabra Hecha Carne.

Cómo no amar y seguir a Dios hecho hombre…si creemos lo que no vemos…cuánto más amar y decidir nuestra vida por el que ha vivido entre nosotros; la Palabra se ha hecho carne; el Verbo eterno de Dios, el que vivía antes de la creación del mundo…se ha bajado y se ha hecho uno de nosotros…para hacer de nosotros hijos de Dios

Hemos de sorprendernos cada día con este hecho tan admirable…con la encarnación verdadera de Dios:

Dios se ha hecho uno de nosotros, Dios nos mira con ojos de niño, con la mirada tierna y dulce de un bebé recogido en los brazos de una Madre que nos lo ofrece con todo su amor. Como nos dice san León Magno en su homilía de Navidad, "alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”.  Esta invitación a vivir la alegría es una llamada para todos: al intelectual y al trabajador manual, a los artistas, educadores, hombres de ciencia, personas con responsabilidades públicas y simples ciudadanos, a los que sufren por la enfermedad, la soledad o las carencias de amor o de bienes indispensables para la vida, a los presos y a las personas que viven separadas de sus seres queridos.

Alegrémonos; hoy la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces; y algo puede y debe cambiar en nuestra vida desde el calor de nuestra mirada, al compromiso de nuestra palabra que nos deja siempre ante la posibilidad de ser mejores.

Navidad: Tiempo de gracia, tiempo para acoger al Hijo de Dios hecho carne, tiempo para recibir a ese niño en nuestro regazo dándole nuestra propia vida. Aprendamos del Hijo de Dios que ha querido visitar a su pueblo para salvarnos.

 

SAGRADA FAMILIA:

 

 (Mt. 2,13-15.19-23)  Una vez que hemos celebrado ya el nacimiento de Jesús, la Navidad, este domingo celebramos la imagen que nos queda en el portal de Belén: La Sagrada Familia.     Jesús nació, creció y se educó en una familia humana, como uno de nosotros. De ahí que San Juan nos diga en una de sus cartas que Dios se hizo hombre semejante en todo a nosotros, también en el hecho de formar parte de un grupo de personas que llamamos familia.

Pero, ¿es importante ese hecho? ¿Tan importante como para dedicar un día a recordar a esa sagrada familia? Pues sí, porque si para nosotros nuestra familia es importante, también para Jesús lo fueron. Hasta tal punto, que podríamos decir que sin ellos no podríamos conocer al mismo Jesús.

Dijo Pablo VI refiriéndose a la familia de Nazaret: "Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Allí se nos enseña a descubrir quién es Cristo. Allí aprendemos la necesidad de amar a Dios

El hogar de Nazaret es para nosotros los cristianos un ejemplo de sencillez, de trabajo, de amor y de entrega unos a otros. Debemos acudir de vez en cuando a esa Sagrada familia para descubrir cuáles son los valores que nos pueden enseñar. La familia cristiana se tiene que presentar ante el mundo actual como "espacio de vida", es decir, como un hogar abierto a la vida, a la esperanza, donde es importante cada persona y donde cada uno cuenta con sus cualidades y con sus defectos.

La Familia, nuestra familia, debe ser un lugar de cariño, de entrega, de confianza y de diálogo; un hogar donde se cultive al amor a todos los hombres sin distinción; donde el trabajo sea fundamental, pues así nos realizamos como personas.

La Sagrada Familia de Nazaret nos ayuda a entender que son los padres los primeros que deben enseñar a sus hijos quién es Dios; acompañándolos en un camino de conocimiento profundo e intenso de Jesús. Nazaret es para nosotros una escuela de entrega a todos, y en primer lugar a los que más amamos, a nuestros padres y hermanos.

Cuando entendamos que la familia es Iglesia doméstica, es decir, comunidad de amor y entrega, estaremos creando el Reino de Dios entre nosotros. La familia cristiana es la base de la Iglesia; son los padres que educan a sus hijos y los hijos que respetan y quieren a sus padres, los que van impregnando nuestra sociedad con el valor de la generosidad y el amor fiel.

Sigamos el ejemplo de la Familia de Nazaret, su sencillez y humildad, su entrega y servicio, su amor y confianza deben ser para nuestras familias un modelo al que seguir. Puestos los ojos en la Sagrada Familia, intentemos que nuestra Iglesia doméstica, que nuestros hogares sean el primer lugar de encuentro con el Dios Amor.

 

SANTA MARÍA:

 

            (Lc 2,16-21) El primer día del año civil, y todavía en la gran fiesta de la Navidad, la Iglesia celebra la Maternidad de María la Virgen y el día de oración por la paz. Un día de proyectos y de ilusiones, un día para renovar de nuevo nuestra confianza en Dios.

Las celebraciones navideñas han sido la ocasión para contemplar la cercanía y la ternura de Dios que comparte nuestra condición humana y nuestro camino en el tiempo. En medio de este misterio, María es como el modelo de la humanidad que se abre al don de Dios, el modelo del discípulo que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.

María está colocada en el mismo centro del proyecto salvador de Dios. En ella, el Mesías, el Hijo de Dios, llega a ser verdadero "hermano" nuestro, compartiendo nuestra propia carne y sangre. María es madre de Dios. Y “conservaba todas estas cosas en su corazón”

Creer en su maternidad divina, por tanto, significa proclamar con certeza el infinito amor de Dios a los hombres, manifestado en la encarnación. Además, si ser cristianos significa acoger en la propia vida la Palabra eterna de Dios que se ha hecho carne, María ocupa un lugar verdaderamente singular en la vida de la comunidad cristiana: ella llevó en su seno a Jesús Mesías y Señor, lo cuidó, lo educó, lo siguió con fe hasta la cruz y llegó a ser así la primera creyente del nuevo Israel: la Iglesia.

María, la madre de Jesús, es maestra de vida interior, de oración y de escucha de la Palabra. Ella ha acogido la palabra de Dios en su vida, la ha dejado resonar dentro de sí, desde la primera palabra del ángel hasta las últimas palabras de Jesús en la cruz. María ha sabido encontrar momentos de silencio para adorar y meditar.

Ella nos enseña a ver la vida con el corazón, contemplando con fe las cosas que Dios va realizando en nosotros y alrededor de nosotros. María representa el punto de llegada de la experiencia religiosa de los pobres de Yahvé, que esperaban con fe y humildad la venida del Salvador

Acudamos a María, Madre de Cristo y Madre nuestra, pidamos de su amor maternal la protección para todos los hombres, pero especialmente para aquellos que sufren los horrores de la guerra; y procuremos este año ser de verdad testigos ardientes del amor de Dios a los hombres.

 

SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD:

 

 (Jn.1,1-18)  La Iglesia en este domingo en el que seguimos reviviendo el tiempo de la encarnación de Dios, nos ofrece la oportunidad de profundizar en el misterio del Niño nacido en Belén: “Hay mucho que ahondar en Cristo, --escribió san Juan de la Cruz-- porque es como una abundante mina con muchos tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término”.

Por eso hoy oramos con el autor de la carta a los Efesios, que Dios nos “conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que nos permita conocerlo plenamente”. El texto evangélico de hoy es un canto al misterio de la Palabra que está en el seno del Padre dirigiéndose a él desde toda la eternidad. Esta Palabra ha puesto su tienda en medio de nosotros, llevando a cumplimiento aquella misericordia de Dios, que existe ya en el Antiguo Testamento en las intervenciones de Dios en favor de su pueblo y en el don de su Palabra.

La Palabra se ha hecho carne; ha querido hacerse uno de nosotros; y a veces este hecho lo tomamos como algo tan natural que no llega a sorprendernos; ¡claro que es sorprendente que Dios haya querido hacerse uno de nosotros, que haya querido morar entre nosotros y vivir entre los hombres! Debe sobrecoger nuestro corazón el conocer que el Dios en el que creemos, el Creador de todo…quiso enviar a su Hijo, a su único Hijo para que pusiera su morada entre nosotros.

Ha acampado para siempre entre nosotros Jesucristo. Creyentes y no creyentes podemos redescubrir en Él valores perdidos, despertar sentimientos positivos, recuperar la alegría de vivir.

Dios está entre nosotros: Se ha hecho hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. Hagamos nuestras las palabras del profeta Isaías: Regocíjate, Jerusalem, rompe a cantar a coro, que el Señor consuela a su pueblo y viene a visitarnos.

Cómo no amar y seguir a Dios hecho hombre…si creemos lo que no vemos…cuánto más amar y decidir nuestra vida por el que ha vivido entre nosotros; la Palabra se ha hecho carne; el Verbo eterno de Dios, el que vivía antes de la creación del mundo…se ha bajado y se ha hecho uno de nosotros…para hacer de nosotros hijos de Dios.

Hemos de sorprendernos cada día con este hecho tan admirable…con la encarnación verdadera de Dios; por eso celebramos durante estos 8 días el mismo acontecimiento: Que Dios se ha hecho uno de nosotros, que Dios nos mira con ojos de niño, con la mirada tierna y dulce de un bebé recogido en los brazos de una Madre que nos lo ofrece con todo su amor.

Recibamos a la Palabra con mayúscula, vivamos de verdad su evangelio, su buena noticia y dejémonos amar por El.

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR:

 

 (Mt 2,1-12)  Reunidos hoy, hermanos, en un día en que la ilusión y el cariño a nuestros familiares se manifiesta en forma de regalos, los cristianos celebramos que Dios ha querido hacerse uno de nosotros, que se ha hecho el encontradizo una vez más en nuestras vidas. Epifanía es la manifestación de Dios al hombre. El gran evangelio, la mejor noticia que tenemos los hombres es que Dios se ha dejado ver en Jesucristo; Cristo, luz del mundo, brilla con nuevo resplandor a los ojos de todos los hombres que quieren mirarle cara a cara.

Hoy es el día en que la estrella de Belén nos guía hasta el bebé que María recogía entre sus brazos. Día de estrellas que nos hablan en su lejanía de las maravillas de un Dios creador de todas ellas, nacido niño en Belén. Día de la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.  Día de la luz tenue y amiga de las estrellas que podemos mirar cara a cara, que nos conducen a un Dios escondido en el regazo de María.

El acontecimiento que hoy recordamos y estamos celebrando es una intervención de Dios en la vida de nosotros, de toda la humanidad. El mismo Dios, uno y trino, creador del cielo y de la tierra; Él de quien hemos recibido todo lo que somos y tenemos, cuyo proyecto de salvarnos nadie hubiera sido capaz de imaginar;  Él a quien nadie ha visto jamás porque su grandeza divina no cabe en nuestros ojos de carne, ni sirven nuestras palabras humanas para contarlo.

No es posible conocer este regalo de Dios y permanecer en la indiferencia. Porque el Niño, a quien los Magos adoraron, es Dios que se ha hecho hombre, el Emmanuel (el Dios-con-nosotros) que trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.

En verdad Jesucristo es el único salvador del mundo ayer, hoy y por todos los siglos, porque sólo Él nos ha explicado con palabras humanas, con nuestro mismo lenguaje, que Dios es Padre que nos ama y sólo busca que tengamos la grandeza y el orgullo de ser hijos suyos.  Jesucristo ha vencido con su Amor nuestros pecados, ha vencido a nuestro orgullo, a nuestra desconfianza. Con qué alegría y con cuánta razón pone estos días la Iglesia en nuestros labios: Alégrese el cielo y goce la tierra porque los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Esta es la maravilla divina y humana, que hoy celebramos con tanta alegría: la Epifanía de Dios, Dios se ha manifestado a nosotros. Dios, el invisible, se ha hecho hombre para que lo podamos ver; el todopoderoso se ha hecho Niño para que no tengamos miedo de acercamos a Él.

Sucedió hace dos mil años; pero su fuerza salvadora llega ahora hasta nosotros "aquí y "ahora". De nosotros se espera que nos fiemos de Dios. Tener fe, y actuar en todo a la luz de la fe; ése es el camino cierto para vencer; una victoria que nos traerá la paz y la alegría.

Aprendamos de los Magos de Oriente que siguieron la luz que les guió hasta Belén, donde dejaron con humildad sus hermosos regalos; aprendamos de ellos el camino que nos acerca a Jesucristo, Rey del Universo y de todos los hombres.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR:

 

 (Mt 3,13-17)  Concluimos hoy, hermanos, el tiempo gozoso de la Navidad; tiempo en el que hemos visto a Dios cara a cara, en el que ha querido hacerse uno de nosotros la Palabra eterna del Padre; un tiempo en el que Dios ha compartido nuestra humanidad para que nosotros alcanzásemos el ser hijos de Dios.

Lo que celebra la fiesta de hoy no es una simple anécdota más o menos interesante de la vida de Jesús, su Bautismo; es una narración de un acontecimiento que, con símbolos y palabras nos indica su propia misión. Y por tanto modelo y prototipo del bautismo de aquellos que entran a formar parte de la Iglesia.  Todo bautizado, ungido como Cristo, debe poder seguir fielmente el camino abierto por Jesús, para llegar a ser realmente un «hijo amado de Dios», en «quien el Padre se complazca».

En la descripción del modo de actuar de este Mesías resulta evidente que Él debe proclamar el derecho y la justicia pero de un modo nuevo, con la misericordia que viene de Dios. Por eso, «no gritará» ni quebrará «la caña caída».

Se abre el cielo, y gracias a ello, la presencia del Espíritu proclama la verdad más profunda sobre Jesús y su misión. Podríamos decir que el evangelio que acabamos de escuchar es como un nuevo nacimiento de Jesús: si en Navidad celebrábamos el nacimiento carnal, ahora, en su Bautismo, Dios le unge con la fuerza del Espíritu Santo, le da una nueva vida, le confiere una misión: anunciar la Buena Noticia de la salvación.

Por eso el Bautismo para los cristianos es un nuevo nacimiento; es entrar a formar parte de una nueva familia que es la Iglesia: es la puerta que nos abre el camino hacia Dios. Ser bautizados significa, pues, no solamente haber recibido un sacramento cuando se era niños, sino que supone el vivir la calidad de ungidos con Cristo para llevar su mensaje de salvación a todos y realizar dicha salvación en cuanto profetas, sacerdotes y reyes.

Hoy es un día para recordar nuestro propio Bautismo; renovar nuestros compromisos bautismales, que hicieron padres y padrinos por nosotros cuando éramos niños; todos hemos sido bautizados, hemos renacido a la vida del Espíritu; vivamos conforme a ella; a Cristo le envió a anunciar el evangelio, una nueva noticia; a nosotros, ese mismo Espíritu nos llama a la conversión a continuar anunciando esa salvación realizada en Cristo.

Seamos fieles a nuestra vocación bautismal, vivamos en plenitud nuestros compromisos bautismales y que el Espíritu que animó a Jesús a proclamar el evangelio arda en nuestros corazones para que sintamos en nuestra vida la misma necesidad de amar a nuestros hermanos.

 

- TIEMPO ORDINARIO –

 

2º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

 (Jn. 1,29-34) Tras la Navidad, todo el mundo vuelve a su lugar de trabajo y comienzan las tareas ordinarias y la vida “cotidiana”; también nosotros empezamos el tiempo ordinario que nos irá guiando en la profundización del encuentro con Jesús de Nazaret.

 

   En el centro de la escena del evangelio de hoy, vemos a Juan el Bautista, el Precursor, aquél que señaló entre los hombres al Cordero de Dios; es el Profeta que da testimonio de Jesús, que testifica y anuncia que el que se acerca a él es el Mesías prometido, el Esperado desde antiguo.

    Jesús comienza a manifestarse en su tierra y lo hace a través del rito de la inmersión, común entre los judíos; pero hoy lo importante es el testimonio que de Él da Juan.

 

    La escena evangélica está ambientada en Betania, a orillas del Jordán. Podríamos decir que se trata de un avance en la misión del Mesías, una misión que comienza con su Bautismo y concluirá con su muerte y resurrección años más tarde.

    Debió ser un gran orgullo para Juan Bautista, el profeta que predicaba en el Jordán un bautismo de conversión, señalar a Jesús como el Cordero; un orgullo pero también una labor de la cual no se sentía digno.

 

    Podríamos decir que en las palabras de Juan se resume parte de la misión de Cristo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Juan lo señala como el Siervo que dará la vida por su pueblo, recordando las palabras del profeta Isaías; un Siervo que reconciliará a toda la humanidad con Dios.

 

    Jesús viene a hacer realidad la gran esperanza del pueblo de Israel y la de todos los hombres de cualquier época y lugar; por eso era necesario que lo conocieran, por eso debía ser “presentado” ante el pueblo con signos (el Espíritu en forma de paloma) y palabras (“este es mi Hijo amado”). Vino a sembrar la semilla del Reino: Un reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

    Juan lo vio y dio testimonio; nosotros lo hemos conocido con palabras, gestos, celebraciones y en nuestra propia vida; y aunque tampoco nos sintamos dignos de desatarle los cordones de las sandalias, debemos dar testimonio de que Él es el Hijo de Dios, el que nos ha dado la vida.

 

3º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

El tiempo ordinario nos ayuda a caminar con Jesús durante su vida terrena y a escuchar sus palabras y su mensaje: El evangelio de este domingo es una invitación a la conversión, “porque está cerca el Reino de los Cielos”.

Tras haber recibido el Bautismo y haber sido “presentado” públicamente al pueblo de Israel por manos del bautista, Jesús exige la conversión, el cambio de vida.

Pasan los días, los años de nuestra vida y ¿cuántas veces volvemos la vista atrás para ver en qué hemos cambiado o qué debemos mejorar en todos los aspectos? ¿Cuándo dedicamos un tiempo a pensar en nosotros mismos y en las consecuencias positivas o negativas que tiene nuestro modo de vida? Hoy se nos invita a esa conversión, porque seguro que si miramos en el fondo de nuestro corazón –o no tan en el fondo- podremos ver pequeños y grandes defectos que deberíamos cambiar.

¿Sabéis qué es lo mejor de todo? ¡Jesús no se fija en nuestros defectos para llamarnos! Al contrario, ha venido a llamar a los pecadores, en el fondo somos afortunados. Afortunados como Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo; o Simón y Andrés… ¡Y tantos otros! Ellos fueron llamados por Jesús; e “inmediatamente” lo dejaron todo y lo siguieron. Es llamativo leer dos veces la misma palabra (inmediatamente); no se lo pensaron dos veces, lo dejaron todo por seguirlo. Por seguirlo y por acompañarle en su misión de predicar el Reino de Dios y la conversión por los pueblos y las sinagogas.

Sólo nos pide que cambiemos… que nos dejemos de mirar tanto nuestro ombligo y que seamos capaces de levantar la vista y ver toda la gente que hay a nuestro alrededor y que necesita que se vaya haciendo realidad ese Reino de Dios, que se instaure la justicia, que se viva en paz, que se extienda el amor…

Conviértete porque está cerca el Reino de Dios, esa pequeña semilla que Jesús sembró y que necesita que tú la riegues y la cuides.

 

4º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

 (Mt 5,1-12a)     La Palabra de Dios rebosa alegría, gozo, dicha, bienaventuranza. ¡Y sobre todo este domingo! Pero una felicidad distinta a la que podemos ver en nuestra sociedad.

        Sentado en la montaña, en ese lugar sagrado por excelencia, sus palabras iban dirigidas a los que de verdad buscan la felicidad; comienza a enseñarles un camino especial a los que querían escucharle; un camino marcado por el perdón, la misericordia y la dicha.

        Hay mucha gente a nuestro alrededor que se considera feliz; tiene un hogar, una familia, un trabajo, un coche… Pero a veces vemos en sus rostros una profunda mirada triste, porque en el fondo no hemos encontrado la verdadera felicidad. Incluso, si nos miramos en nuestro interior, podemos preguntarnos:

        ¿Acaso deseamos tanto la justicia que nos duele en el corazón los continuos ultrajes que se hacen a miles de personas? ¿Llora nuestro corazón ante el dolor y sufrimiento de nuestros hermanos? ¿O damos nuestra vida por la paz en nuestros hogares, nuestras familias, nuestros pueblos? ¿Somos felices?

        Busca la felicidad y corre tras ella; hallar la felicidad en el camino que nos propone Cristo, un camino radical y exigente, pero un camino con recompensa. Sí, recompensa de insultos, calumnias y persecuciones por seguir totalmente a Jesús. Porque este tipo de felicidad choca muchas veces con las esperanzas y las “alegrías” del resto del mundo.

        Seremos dichosos y alegres cuando de verdad optemos por Cristo, cuando nuestra vida cambie, cuando –al levantarnos por la mañana- seamos personas nuevas, regeneradas en Cristo y orgullosos de ser cristianos y procurar un mundo más humanizado para los demás.

        Mientras tanto, vamos caminando, porque las bienaventuranzas son nuestra meta: la dicha, la felicidad plena; pero un meta hacia la cual nos vamos dirigiendo paso a paso, construyendo nuestra felicidad, y la de los que tenemos alrededor.

        En definitiva, el evangelio de hoy es la historia de los que aparentemente sin tener nada, lo tienen todo y de los que creyendo poseer todo, no tienen nada.

 

5º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:

 

 (Mt 5,13-16)     El sermón de la montaña continúa este domingo; Jesús sigue enseñando a sus apóstoles; después de haberles indicado el camino de la felicidad, les muestra ahora la importancia de su testimonio en el mundo. Y lo hace con dos ejemplos muy significativos: la sal y la luz.

        Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estamos llamados a conservar la fe que hemos  recibido y a transmitirla intacta a los demás. Sal que da un “sabor” especial a nuestro mundo y a nuestra sociedad

        Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y de felicidad. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos.

        Pero esa luz no puede quedarse dentro de nosotros; ¿qué sentido tiene haber conocido la felicidad y no decirlo a los demás? ¡Noticias menos importantes transmitimos! El que conoce la felicidad, el que ha visto a Cristo luz del mundo, tiene un brillo especial, una mirada distinta y un modo de actuar nuevos.

        Hemos escuchado el mensaje de Jesús a través de su Palabra y esa semilla, que es el Reino de Dios, ha sido sembrada en nuestros corazones; a nosotros nos toca ahora dar sabor poco a poco a nuestro mundo.

        No se trata de ir pregonando a los cuatro vientos que somos cristianos o llevar una pegatina en nuestro pecho; no hay que deslumbrar ni cegar a nadie; lo importante aquí y ahora es impregnar con un perfume distinto lo que nos rodea, retomar valores como el amor incondicional, la sinceridad, el trabajo bien hecho, el preocuparnos por los más necesitados… y hacerlo al modo cristiano, es decir, como lo hizo el mismo Cristo, con sencillez, pero con entrega total.

        Y mucho menos buscamos nuestra propia gloria; sino la de nuestro Padre que está en el cielo. Nadie busca los granitos de sal en la comida o las bombillas de la casa, sino que saborea los alimentos y contempla los paisajes. Pues eso debemos ser nosotros, insignificantes luces que viven alumbrando a los demás, o especias que dan un sabor peculiar a nuestro mundo. Así todos verán nuestras buenas obras y darán gloria a Dios.

 

- TIEMPO DE CUARESMA -

 

 1º DOMINGO DE CUARESMA

 

(Mt 4,1-11.)    Conseguir el poder y la gloria de todos los pueblos, hacer que las piedras se conviertan en pan o ser dueño y señor de toda la tierra son las tentaciones que inauguran el tiempo de cuaresma en este evangelio y en la Iglesia.

Durante cuarenta días Jesús vive en el desierto, ese lugar especial en el que Dios se ha manifestado a Israel; cuarenta días de preparación para su misión; un tiempo en el que Cristo se aleja del mundo para encontrarse con Dios y volver a su tierra y cumplir su misión.

Jesús opone al pan, la Palabra de Dios. Al poder y la gloria, la adoración a Dios. A la soberanía del mundo, la obediencia humilde a la voluntad del Padre.

Cristo renuncia a todo triunfalismo, a un mesianismo espectacular, donde los enemigos caigan derrotados a lanzas y espadas… No, ese no es nuestro Cristo, nuestro Mesías. Jesús escucha y media las escrituras, vive del pan de su Padre y sabe que sólo a Dios puede tributársele culto.

El diablo quiere inducirle a que escoja un mesianismo falso, triunfalista y humano; tal vez Cristo hubiera sido mejor aceptado entre sus paisanos, hubiera sido recibido entre grandes honores y se le hubieran rendido a sus pies todos los ejércitos… pero… ¿para qué? No era ese el tipo de Mesías que deseaba ser; su misión no iba a tener los deseos humanos de poder y de gloria. Su misión pasa por ser el “siervo humilde y el cordero enmudecido que no abría la boca”.

Seguramente nosotros no seamos “tentados” tan espectacularmente como Cristo; tal vez porque a nosotros se nos convence con otras tentaciones más simples; pero hoy comenzamos un tiempo en el que debemos retirarnos al desierto para encontrarnos con Dios; y en ese desierto veremos el modo de reinar de Cristo, muy distinto al nuestro, con unos esquemas y un estilo radicalmente distinto. Adora al Señor tu Dios y sírvele sólo a Él.

 

2º DOMINGO DE CUARESMA

 

 (Mt 17,1-9.)    Avanzamos en el tiempo de Cuaresma, esta nueva oportunidad que tenemos para cambiar nuestras vidas y convertirnos plenamente al Señor. En el evangelio de hoy tenemos la versión de Mateo del suceso teológico que conocemos como “la Transfiguración”.

Al igual que antes del estreno de cualquier película aparecen pequeños fragmentos que nos anuncian y nos van mostrando el argumento, podríamos decir que la Transfiguración es un prestreno de la Gloria de Dios. La gloria del hijo del hombre es vista por los tres apóstoles que estaban considerados como las tres columnas esenciales de la Iglesia primitiva.

Podría parecer que Jesús quiere hacer un truco mágico y espectacular para demostrar quién es; pero si no lo había hecho en las tentaciones en el desierto…. ¿para qué lo iba a realizar ahora? La intención de la Transfiguración es que los apóstoles puedan ver y comprender quién es el Dios encarnado en Jesús.

No quería Jesús impresionar a esos tres apóstoles: sobre todo porque su trono será más  tarde la cruz, y no sería fácilmente comprensible que hoy se manifestara con todo poder, y tiempo después muriera en la cruz sin poder hacer nada para salvarse.

Solamente después de la resurrección vuelve a hacérseles claro que todo lo que Dios es, toda la gloria de Dios, se había hecho visible en el hombre Jesús de Nazaret. Por eso no debían decir nada de esa manifestación hasta que no resucitara… porque ¿quién los iba a creer y cómo iban a comprenderlo? Sólo desde la resurrección de Cristo podía la primitiva comunidad “situar” la escena del evangelio de hoy.

Junto a Jesús, dos hombres importantes: la aparición de Moisés y Elías en ese cuadro catequético se debe a que representan la Ley y los profetas, es decir la Sagrada Escritura entera.

No tengáis miedo, les dijo a los apóstoles y nos vuelve a repetir hoy a nosotros. Pero ya sí que podemos anunciar lo que hemos visto y oído, puesto que Cristo ha resucitado; su transfiguración nos muestra la Gloria de Dios. Somos testigos de ello y nada ni nadie puede alejarnos de esta experiencia.

 

3º DOMINGO DE CUARESMA

 

 (Jn 4,5-42. ) El tema esencial del evangelio de hoy es: Jesús es el agua de la vida; en un lugar desértico, el agua es la vida misma. Cristo es para nosotros esa agua que nos lava, refresca, regenera y da la nueva vida.

Si nos fijamos en la conversación con la samaritana, podremos observar el proceso de conversión de una persona: en los primeros momentos se extraña del encuentro con Jesús y de que él le pidiera agua; poco a poco, ese diálogo se convierte en conocimiento más interior.

La samaritana va pasando de menos a más en el conocimiento y confesión acerca de Jesús, y termina convirtiéndose en testigo-apóstol ante sus conciudadanos. La samaritana conoce a Jesús, ve en Él algo especial que necesita comunicar a los demás.

Jesús también se salta todas las normas rabínicas, hablando con una mujer ene un lugar público; para mayor problema, esa mujer era samaritana; Él únicamente ve en esa mujer su condición de persona y su categoría de hija de Dios, y nada más. No mira el lugar donde da culto a Dios, ni su pasado; mira el fondo de su corazón.

Un verdadero proceso catequético del cual tenemos mucho que aprender; un proceso basado en el encuentro con Jesús, nada de normas, libros o conocimientos científicos; una conversión radical del corazón tras ese encuentro con Jesús.

Un verdadero bautismo que purifica la vida y que te confiere la fuerza necesaria para ser testigo y anunciarlo a los demás. Y lo mejor de todo es que Jesús no escogió para esta conversión a ningún fariseo o saduceo, sino a una mujer, y además samaritana. Aprendamos

 

4º DOMINGO DE CUARESMA

 

 (Jn. 9,1-41.)  Son muchos los detalles en los que nos podríamos fijar en este evangelio, pero llama la atención que en esta ocasión sea Jesús quien busque al ciego y no al contrario; es Él quien toma la iniciativa, quien se acerca al ciego para curarlo; el hombre solo tuvo que obedecer las palabras del Maestro.

Y resulta curioso porque la mayor parte de las veces son los enfermos quienes se acercan a Jesús para ser curados, o intermediarios para pedirle el favor a Jesús. Sin embargo esta vez, como en otros sábados,  Jesús quiere curar por propia iniciativa al ciego.

Y desde ese momento, acosarán al hombre curado como a una presa de caza. Interrogatorios que buscaban culpar al ciego, a su familia y al que había curado en sábado, porque no era correctamente religioso curar en el día dedicado a Dios.

Ese profeta que curó al ciego, que por segunda vez se le acerca y le muestra que es el Hijo de Dios, se salta cualquier tipo de norma creada por los hombres. Prefiere salvar y dar la luz a quien le hace falta, y lo hace precisamente en sábado, porque es Señor del sábado.

¿Qué le importaba al ciego si era sábado o no? ¿Sería un pecador ese que le había curado? No podía ser; para el ciego, Jesús fue la luz, quien devolvió color a su vida y rostro a las personas que le rodeaban, fue luz en la que pudo descubrir el rostro compasivo de Dios y la ternura divina.

La fe de ese hombre va creciendo conforme se encuentra con Jesús; de llamarlo "ese hombre", pasando por "profeta" a confesarlo como "Hijo de Dios". Mientras tanto, la ira de los fariseos y la obstinación por las normas y el cumplimiento riguroso de la Ley, olvidando la compasión y la misericordia, iría creciendo poco a poco hasta rebosar.

También nosotros podemos ser curados en sábado, o en domingo, o cuando sea; también a  nosotros se puede acercar Jesús y decirnos que vayamos a lavarnos de todo lo que nos impide ver la Luz. Sólo hemos de ir a la piscina y quitar nuestro barro para ver el mundo tal y como fue creado.

 

5º DOMINGO DE CUARESMA:

 

(Jn 11,1-45)   Yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo; una frase que puede resumir el evangelio de Juan que hoy leemos;  el agua, la luz y hoy la muerte son símbolos que aparecen en estos evangelios de Cuaresma para mostrarnos quién es Cristo y cómo su presencia cambia por completo la vida del hombre, en todos los aspectos, incluso en la misma muerte.

Betania es entonces una comunidad judía muy próxima a Jerusalén. Jesús tiene una amistad especial con los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. Jesús recibe el aviso de parte de las dos hermanas de que su amigo está enfermo. Jesús decide retrasar su visita sin razón aparente; pero como todo tiene su tiempo… este acontecimiento serviría  para manifestar la Gloria de Dios.

Ya hemos oído hablar de esa amistad y de la unión íntima existente entre ellos; hoy Jesús llorará por su amigo Lázaro, porque le quería, porque su corazón de carne tenía los mismos sentimientos que pueden tener los nuestros, por eso llora.

Cuando llega a Betania comienza un diálogo con las hermanas; Marta, la impetuosa, sale a su encuentro e incluso parece recriminarle que haya llegado un poco tarde; pero no importa, cree en la Resurrección; después de haber conocido a su amigo Jesús, cree en Él, cree que es el Mesías; también María, la que se sentaba a escuchar sus palabras, parece mirar a Jesús tristemente diciéndole que llega tarde; pero Jesús continúa caminando hacia su amigo Lázaro.

Llora, sus lágrimas demuestran el cariño que le tenía a Lázaro y, por tercera vez, (como la negación de Pedro), la gente comenta que ya podría haber curado a su amigo, y no haber dejado que muriera. Recriminaciones que llegan a los oídos de Jesús, pero que se convertirían en la manifestación de esa gloria de Dios.

Ora a su Padre, al que tantas veces había dirigido sus plegarias y en el que había apoyado su misión; y con voz firme: “Lázaro, sal fuera”. Los que antes habían criticado la actitud tardía de Jesús, ahora creen por sus milagros. Y lo que había anticipado Jesús días antes, cuando tardó en dirigirse a Betania, se cumple: “esta enfermedad serviría para dar gloria a Dios y al Hijo”.

La vida es Cristo y sólo en Dios puede hallarse; Tú eres la resurrección y la vida, y sólo en ti puede el hombre encontrar la vida en Dios.

 

 

- SEMANA  SANTA -

 

 

DOMINGO DE RAMOS

 

COMENTARIO:   Cualquier texto de la Pasión que leamos nos llena de estremecimiento y emoción; los últimos momentos del Mesías en la tierra narrados hoy por Mateo; narrado con singular colorido y multitud de detalles, resulta ser el momento más importante del evangelio; ya lo dicen algunos que el evangelio es el relato de la Pasión con una amplia introducción.

Comienza la Pasión de hoy con una traición, la de Judas; y casi concluye con una confesión crucial: Realmente este hombre era hijo de Dios, por parte del centurión y sus hombres. Y en el medio, las últimas palabras, a modo de testamento, y los últimos momentos de Jesús con los que quería.

A Jesús lo recibieron entre cantos, entre alegría; su entrada en Jerusalén, la ciudad santa, es signo de que todos quieren verle como el gran Mesías el prometido desde todos los tiempos. Pero Jerusalén será el lugar de suplicio y gloria de ese mismo Mesías.

A lo largo de todo su evangelio Jesús había quedado muy claro su idea de reinado: sabéis que los jefes de las naciones los gobiernan como señores absolutos y los tiranizan; no sea así entre vosotros: el que quiera ser el primero que sea puesto servidor. Si de verdad queréis ser los primeros poneos al servicio de vuestros hermanos. Hoy, quedará clara esa entrega de la que habló a lo largo de su vida, una entrega hasta la muerte.

La Pasión fue la conclusión de la vida de Jesús y el hecho más importante para las historia de la humanidad; todo un Dios hecho hombre que nos fue enseñando cómo debíamos vivir… Una vida marcada por el servicio a los demás, pero una vida que fue sacrificada en favor de todos. Era necesario que el Mesías padeciera, recordarán más tarde sus discípulos, y ahora sí podemos entender sus palabras y no callarnos, como si hubiéramos asistido a la Transfiguración.

Leer la Pasión y no sentir la emoción de sentirnos salvados en ese texto es no entender la misión de Cristo; entre líneas podemos sentir la mirada tierna del Mesías que se dirige al suplicio de la cruz para devolvernos la vida. Dando un fuerte grito, expiró, y en ese aliento se nos devolvía a nosotros la posibilidad de confesarle como el verdadero Hijo de Dios.

 

 

JUEVES SANTO

 

COMENTARIO:

                                Uno de los días más grandes de nuestra vida como cristianos: El día del amor fraterno; Hoy, especialmente, la mesa de Jesús tiene una gran fuerza emotiva: Esta fue la última tarde de Jesús, la última comida que compartió con sus discípulos, la cena en la que nos quedó a todos su testamento, sus últimas palabras.

    Así nos lo narra el evangelio de Juan: “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre quiso cenar con sus discípulos”. Los últimos momentos que vive con todos sus discípulos; y estos momentos debían ser especiales, tenía que dejarles su legado más preciado, su Testamento.

    “Habiendo amado a los suyos…los amó hasta el extremo”. Cuando nadie a su alrededor sabía a ciencia cierta qué pasaría, el Maestro quiere que, por encima de todo, de dudas, de miedo, los discípulos sintieran que Él les amaba.

    Y se lo demuestra con un gesto: se quita el manto, se despoja de su rango de “maestro” y se pone a lavar los pies a los discípulos; un gesto de esclavos, de siervos; pero Él, el maestro, el Señor, el Cristo…se pone a los pies de los discípulos y se los lava. ¡Qué hermoso gesto, qué ejemplo de humildad y de servicio el que Jesús quiere quedar en la memoria de sus Apóstoles!; un gesto que ha de quedar hasta la eternidad: el servicio y el amor.

    Amar a los demás como Él nos ha amado; simplemente nos pide eso; simplemente nos pide que sigamos sus pasos y tengamos sus mismos sentimientos con los que nos rodean; amar generosamente, olvidando nuestras preocupaciones y nuestros problemas para atender a los demás.

    Podemos intentarlo; podríamos probar una vez más en nuestras vidas experimentar cómo el amor de Cristo se transmite a través de nuestras obras, a través de nuestros gestos y palabras hacia los demás; porque cuando amamos así, con generosidad, sin límites, no somos nosotros mismos…es Cristo quien habita en nosotros y nos hace amar así.

Es posible un mundo nuevo; es posible que seamos capaces de cambiar todo lo que nos divide: guerras, divisiones, enfrentamientos, muerte destrucción…Todo es posible con Aquél que nos ha amado hasta el extremo. Despojarnos de nuestro manto y ponernos a lavar los pies a los demás; lo hizo el Maestro, y nos ha quedado su ejemplo.

 

 

VIERNES SANTO

 

 

-TIEMPO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN –

 

 

Vigilia Pascual     EVANGELIO  (Mt 28,1-10.)


                                                               "Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea."


    Lectura del santo Evangelio según San Mateo.
   

    En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: -Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado.
No está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Mirad, os lo he anunciado.
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro: impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: -Alegraos.
Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: -No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
                                                                                                     Palabra del Señor

 

       La luz brilla en la tiniebla y la vida brota del sepulcro. Aquél que mataron clavándolo en un madero ha sido resucitado por el Padre; y en su resurrección hemos sido salvados. En la madrugada de ese sábado, la historia de la humanidad cambia por completo. Pasamos de la tiniebla a la luz, de la muerte a la vida.

    Del sepulcro nace una nueva vida para todos los hombres y no hemos de tener miedo; las mujeres buscan al crucificado, quieren seguir llorando su pérdida y lavar s cuerpo y prepararlo según la costumbre judía. Pero al llegar… No está allí: Ha resucitado.

    Vivimos la noche santa de nuestra salvación, la pascua, el paso de Dios por nuestras vidas y las de todos los hombres; el sueño se ha hecho realidad; lo que habíamos escuchado a lo largo de toda la vida de Jesús, que era necesario que padeciera, que fuera contado entre los bandidos y muerto en la cruz para resucitar al tercer día... se ha hecho realidad.

    Se anuncia esa gran noticia a las mujeres, por medio de un ángel; pero cuando van corriendo a contárselo a los apóstoles, Jesús les salió al encuentro; es como si estuviera ardiendo en deseos de ver a los que amaba, tenía que volverlos a ver, quería ver en sus rostros la alegría de la vida.

    “Alegraos”; alegraos todos los cristianos porque está vivo en medio de nosotros, en medio de su Iglesia, en medio del mundo. No tengáis miedo; no os acobarde los comentarios que hagan diciendo que han robado el cuerpo del sepulcro; soy yo en persona, y estoy vivo.

    Comunicad a mis hermanos que quiero verlos; decid a todo el mundo que quiero verlos; anunciad a todos los hombres que quiero vivir con vosotros y sentarme a vuestra mesa. Soy yo en persona.

    Todo ha cambiado, la noche se ha vuelto clara como el día, la oscuridad ha cambiado su negro manto por una luz tan clara que irradia todo el mundo. Es una noche de alegría.

    La noche santa en la que Dios pasa por nuestras vidas, de la misma manera que Cristo se cruzó en el camino de las buenas mujeres y les mostró que  había resucitado. Va por delante a Galilea, nos abre el camino de esa nueva vida, vuelve adonde nos explicaba las escrituras y nos hablaba de su Padre. Allí le veremos.

 

 

Domingo 1º de Pascua

EVANGELIO
                                             (El había de resucitar de entre los muertos.)
 

Lectura del santo Evangelio según San Juan.  (Jn 20,1-9.)
 

    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 

                                                                                                                              Palabra del Señor.

 

 

Domingo 2º de Pascua

EVANGELIO
                                                      "A los ocho días llegó Jesús."


Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn 20,19-31.)
 

    Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no es taba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
                                                                                             Palabra del Señor.

 

 (Jn 20,19-31.)       Los discípulos, aún sin creer de verdad lo que Jesús había dicho durante su vida terrena, que debía morir y resucitar de entre los muertos, se reúnen el primer día de la semana con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

        Tres son los datos más significativos que podemos entresacar del evangelio que acabamos de escuchar: En primer lugar, los discípulos se reunieron el primer día de la semana, que para nosotros es el domingo. Aún no son conscientes de la importancia que tiene ese día como memoria de la resurrección de Jesucristo; pero desde aquel momento seguirán reuniéndose ese día para celebrar lo más importante de su fe, aunque al principio tengan las puertas cerradas por miedo a los judíos.

        En segundo lugar, los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor, la presencia transforma sus vidas; es una de alegría que ya nadie les pueda arrebatar, porque Cristo está con ellos, y ellos están en Cristo.  Una alegría que cambió la actitud temerosa de los primeros cristianos, de los discípulos, y les impulsó a abrir sus puertas y anunciar lo que era necedad para los gentiles y escándalo para los judíos. Una alegría que sólo Cristo puede darnos en su resurrección.

        Y la tercera nota que hemos de tener en cuenta en este evangelio es el envío del Espíritu Santo; Jesús dijo “paz vosotros y dicho esto exaltó su Espíritu sobre ellos”; en esa reunión, Cristo les da su paz, su amor, su alegría, pero también es invita a que salgan fuera a anunciar su buena noticia a todos los hombres.

        El Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo, y luego en plenitud, en el sacramento de la Confirmación, nos compromete a ser testigos de Cristo allá donde estemos; pero a veces se nos olvida este compromiso; hemos de reflexionar sobre nuestro ser cristiano, sobre cómo estamos siendo mensajeros de esa buena noticia de paz que Cristo nos ha dejado.

        Tomás dudó de la resurrección de Cristo antes de verlo con sus propios ojos; dichosos nosotros que creemos sin haber visto tan grandioso acontecimiento; la alegría, la presencia del Espíritu y la importancia del día del Señor sean ante el mundo el signo visible que presentamos los cristianos como prueba transparente de la resurrección de Cristo.

 

Domingo 3º de Pascua

EVANGELIO
                                                   "Le reconocieron al partir el pan."
 

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 24,13-35)
 

    Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaus distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo El les dijo: -¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos que se llamaba Cleofás, le replicó: -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
El les preguntó: -¿Qué?
Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuese el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
 

                                                                     Palabra del Señor.

 

 (Lc 24,13-35)         El evangelio que leemos este domingo es el prototipo de toda catequesis, de cualquier proceso de renovación, del encuentro con Dios que nos lleva a la alegría y al anuncio en la comunidad.

Jesús se hace el encontradizo con esos discípulos, en los cuales nos podemos ver representados todos y cada uno de nosotros; en el camino, en la vida, Jesús se acerca y les pregunta sobre qué hablan, sobre sus intereses... Esta primera etapa del camino que lleva a la fe es un diálogo entre Dios y el hombre, en el que cada uno expone sus razones: el hombre sus intereses, y Dios su respuesta de felicidad.