CICLO –A-
-TIEMPO DE ADVIENTO -
1º DOMINGO
DE ADVIENTO:
Adviento significa “venida”; es
el comienzo del año litúrgico; y surge como un pequeño tiempo de preparación a
la Navidad, un tiempo de gracia que Dios nos brinda y que la Iglesia nos ofrece
para preparar nuestros corazones al Niño Dios que va a nacer entre nosotros.
Pero podemos preguntarnos: ¿por
qué esta repetición de la liturgia? ¿Por qué empezar todos los años con este
tiempo? Pues porque se nos olvida; tenemos la tentación de vivir en la rutina,
en el paso de los días y no darnos cuenta de que Dios quiere acercarse a
nosotros, más aún, que ya está entre nosotros.
El inicio del Adviento
significa una nueva llamada del Señor. Llama a las puertas de la Iglesia, como
fue llamando a las puertas de Belén. Llama a las puertas de tu corazón. Quiere
nacer de nuevo en ti, en los creyentes, en cada comunidad, en el corazón del
mundo. Es verdad que puede llamar en cada momento, pero en este tiempo reitera
sus llamadas.
Despertad del sueño; es la
llamada que hoy nos hace el evangelio; no podemos dejar adormecer por tanta
pasividad como existe a nuestro alrededor, por la indiferencia ante el
sufrimiento humano; ¡despierta ante lo que se te oculta a tu alrededor! Tenemos
que despertar…Tenemos que abrir nuestro corazón al mundo y vivir con pasión
todo lo que sucede dentro de Él.
Cristo está cerca de nosotros,
Cristo ya vive en medio de nuestro mundo; pero no acabamos de creérnoslo y
vivimos muchas veces con esa cruel indiferencia; tenemos la enorme suerte de
que Él una vez más nos llama a la vigilancia; velad, porque no sabéis cuando
vendrá el dueño de la casa.
Si no despertamos ahora,
tal vez quedemos dormidos cuando Dios llame a nuestra puerta: tú decides.
2º DOMINGO
DE ADVIENTO
Aparece hoy en el evangelio la figura
impresionante de Juan el Bautista que nos ayuda a caminar durante el Adviento,
a preparar de verdad nuestro corazón y nuestra vida para poder acoger con
humildad al Niño Dios.
Juan nos llama al desierto, a
salir de las ocupaciones que no nos dejan escuchar a Dios, para emprender un
camino de conversión radical; y parece que se le acercaba mucha gente; debía
tener un carisma fuerte y seguro que llamaba la atención.
Pero como cualquier profeta era
“molesto”; sí, molesto porque sus palabras no eran halagos ni palmaditas en la
espalda: Raza de víboras… dad el fruto que pide la conversión. Un personaje que
llamaba la atención no sólo por su vestimenta ni por lo que se alimentaba, sino
por su exigencia radical.
Las palabras más duras iban
dirigidas a los fariseos y a los saduceos, aquellos que se sentían “dueños”
oficiales de la religión; y no es suficiente considerarse hijos de Abraham, o creer
en Dios de palabra; no, hay que dar frutos y un fruto sincero de conversión.
Tenemos que cambiar nuestros esquemas de vida y caminar a la luz del que nos
bautizará con Espíritu y fuego.
La voz que grita en el
desierto, la de Juan o la de tantos otros profetas que con su testimonio y vida
nos alientan a la conversión, nos vienen a recordar lo que perfectamente
escribía años más tarde San Pablo: Acogeos mutuamente como Cristo os acogió;
Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad y amor de Dios.
También nosotros hemos de amar y ser misericordiosos con los que nos rodean, a
ejemplo de Cristo, que entregó su vida por cada uno de nosotros.
Preparemos el camino del Señor,
hagamos más fácil y alegre la vida a los que nos rodean y a aquellos que vienen
de lejos; procuremos un mundo donde se destierren esos nidos de víboras que
sólo quieren morder al que se le acerque.
Estad preparados para acoger al Emmanuel que viene.
3º DOMINGO DE ADVIENTO
Los signos avalan la figura de Jesús: los
ciegos ven, los cojos andan y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. Esa
es la carta de presentación del Mesías; ya escuchamos el domingo anterior la
importancia de Juan bautista dentro del evangelio y cómo fue él quien señaló a
Jesús como el Cordero sin mancha cuando lo iba a bautizar.
Ahora es Jesús quien se desvive
en halagos para su primo. Juan fue ese hombre que predicó la conversión de los
pecados, el cambio radical de vida; su forma de vida, su mensaje, incluso en su
forma de vestir.
¿Qué salimos a buscar al
desierto? ¿Un gran signo? ¿Un hombre vestido lujosamente que nos anunciara a
ese Mesías prometido? Juan fue un hombre sencillo en su vida, coherente con sus
pensamientos y profeta de vocación; profeta porque hablaba las palabras de Dios
y señalaba la llegada inminente de ese Mesías.
Y hay una frase que resulta muy
llamativa en el evangelio de hoy: ¡ay del que no se sienta defraudado de mí! Y
llama la atención, porque después de estar esperando tanto tiempo al Mesías, se
había formado una idea bastante equivocada.
Feliz y dichoso el que acepta a
Jesús como realmente es, y no como a veces queremos pintarlo. Ese Cristo que
perdona sin pedir explicaciones, ese Jesús que come y bebe con pecadores, ese
Mesías que no participa de nuestros odios y rencores, sino que muere en la cruz
por todos los hombres.
Puede que después de 2.000 años
del nacimiento carnal de Cristo nosotros nos sintamos defraudados; sí,
defraudados porque Dios no castiga ante nuestros ojos a los que llamamos
hipócritas. Nos decepciona porque no participa en nuestra ira. Nos decepciona
cuando le pedimos un milagrito y no nos lo concede. Nos decepciona cuando vemos
a los que llamamos honrados oprimidos por los injustos.
La forma de reinar de Cristo a
veces no concuerda con la nuestra; los cojos andan, los ciegos ven y a los
pobres se les anuncia el Reino de Dios; sus palabras son en verdad Espíritu y
Vida. Dichoso el que acoge su mensaje.
4º DOMINGO
DE ADVIENTO
Palmo a palmo hemos llegado a este cuarto domingo
de Adviento y en él la Palabra de Dios nos presenta la figura y la actitud de
José y de María. Poco se ha escrito de la figura de José en los evangelios,
pero es cierto, que a través de los sueños escuchaba la Palabra de Dios.
Él era
un hombre bueno, uno de esos tantos que conocemos en nuestros pueblos, que por
sus rasgos faciales, incluso, podemos vislumbrar su tranquilidad y afabilidad.
Pues a ese hombre bueno Dios le dice que la mujer con la que se iba a casar sería
Madre del Mesías.
Personas poco “importantes”; ni Jesús, ni María eran conocidos en su época, no
tenían cargos públicos, no pertenecían a ninguna clase dirigente, ni descendían
de familia de sacerdotes… Pues precisamente en ellos se fija Dios para hacerse
carne, para vivir como nosotros. Su Hijo salvará al mundo. ¡Qué dicha tan
grande y qué gozo!
María
dará a luz un hijo y será Dios-con-nosotros; pero, avanzado ya el adviento,
(tiempo de prepararnos interior y exteriormente para la Navidad), podemos
pensar y reflexionar sobre si nos creemos de verdad que Dios va a estar con
nosotros. Tal vez para nosotros sea mentira que Dios ha nacido.
Es
mentira creer que Dios se ha hecho hombre buscando la liberación plena de la
humanidad y no esforzarse, a la vez, por ser persona cada día y trabajar por un
mundo más humano y liberado. Es mentira creer en un Dios que se desprende,
abaja y humaniza y al mismo tiempo, considerar que lo mío, mi tarea, mi
trabajo, mis actividades son sagradas e intocables. Es mentira creer en un Dios
que camina y nos visita y, a la vez, encerrarnos en nuestro pequeño mundo y en
nuestros problemas.
José y
María sí lo creyeron; hombre y mujer sencillos de los que Dios se fió para
venir al mundo
Después
de haber sido invitados a despertar, a prepararnos y a convertirnos, Dios nos
invita a caminar. Ojalá estemos lo suficientemente despiertos, preparados y
convertidos como para ponernos en camino y poder experimentar y ser testigos de
que Dios viene a nuestro encuentro, de que Jesús encarnado en nuestra humanidad
es la mano que Dios extiende a cada uno de nosotros.
- TIEMPO DE NAVIDAD -
“LA NOCHE BUENA”
(Lc
2,1-14.) Resuena
en nuestras comunidades el alegre canto de los ángeles: ¡Gloria a Dios en el
cielo! Desde que hace ya más de 2000 años un niño nació en Belén, la historia
de la humanidad dio un giro de 180 grados; Dios ha querido hacerse uno de
nosotros.
"La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros." Así se
anuncia en el grandioso prólogo del evangelio de san Juan el gran misterio que
celebramos hoy en la fiesta de Navidad: Jesucristo, la palabra de Dios que se
hizo carne para estar con nosotros, es el único que puede invitarnos con fuerza
a entrar en una vida nueva, que Él mismo nos prometió.
Y hoy, de una manera sencilla y pobre, tal y como estamos
acostumbrados cuando hablamos de Dios, nace en Belén ese Mesías esperado desde
la creación del mundo: Una vez más recordamos ese misterio que para nosotros se
ha convertido en salvación: el nacimiento del Hijo de Dios, la Palabra Hecha
Carne.
Cómo no amar y seguir a Dios hecho hombre…si creemos lo que no
vemos…cuánto más amar y decidir nuestra vida por el que ha vivido entre
nosotros; la Palabra se ha hecho carne; el Verbo eterno de Dios, el que vivía
antes de la creación del mundo…se ha bajado y se ha hecho uno de nosotros…para
hacer de nosotros hijos de Dios
Hemos de sorprendernos cada día con este hecho tan admirable…con la
encarnación verdadera de Dios:
Dios se ha hecho uno de nosotros, Dios nos mira con ojos de niño, con
la mirada tierna y dulce de un bebé recogido en los brazos de una Madre que nos
lo ofrece con todo su amor. Como nos dice san León Magno en su homilía de
Navidad, "alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber
lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”. Esta invitación a
vivir la alegría es una llamada para todos: al intelectual y al trabajador
manual, a los artistas, educadores, hombres de ciencia, personas con responsabilidades
públicas y simples ciudadanos, a los que sufren por la enfermedad, la soledad o
las carencias de amor o de bienes indispensables para la vida, a los presos y a
las personas que viven separadas de sus seres queridos.
Alegrémonos; hoy la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo
ha cambiado definitivamente desde entonces; y algo puede y debe cambiar en
nuestra vida desde el calor de nuestra mirada, al compromiso de nuestra palabra
que nos deja siempre ante la posibilidad de ser mejores.
Navidad: Tiempo de gracia, tiempo para acoger al Hijo de Dios hecho
carne, tiempo para recibir a ese niño en nuestro regazo dándole nuestra propia
vida. Aprendamos del Hijo de Dios que ha querido visitar a su pueblo para
salvarnos.
SAGRADA FAMILIA:
(Mt. 2,13-15.19-23) Una vez que hemos celebrado ya el nacimiento
de Jesús, la Navidad, este domingo celebramos la imagen que nos queda en el
portal de Belén: La Sagrada Familia. Jesús nació, creció
y se educó en una familia humana, como uno de nosotros. De ahí que San Juan nos
diga en una de sus cartas que Dios se hizo hombre semejante en todo a
nosotros, también en el hecho de formar parte de un grupo de personas que
llamamos familia.
Pero, ¿es importante ese hecho? ¿Tan
importante como para dedicar un día a recordar a esa sagrada familia? Pues sí,
porque si para nosotros nuestra familia es importante, también para Jesús lo
fueron. Hasta tal punto, que podríamos decir que sin ellos no podríamos conocer
al mismo Jesús.
Dijo Pablo VI refiriéndose a la
familia de Nazaret: "Nazaret
es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde
se inicia el conocimiento de su Evangelio. Allí se nos enseña a descubrir quién
es Cristo. Allí aprendemos la necesidad de amar a Dios
El hogar de Nazaret
es para nosotros los cristianos un ejemplo de sencillez, de trabajo, de amor y
de entrega unos a otros. Debemos acudir de vez en cuando a esa Sagrada familia
para descubrir cuáles son los valores que nos pueden enseñar. La familia
cristiana se tiene que presentar ante el mundo actual como "espacio
de vida", es
decir, como un hogar abierto a la vida, a la esperanza, donde es importante
cada persona y donde cada uno cuenta con sus cualidades y con sus defectos.
La Familia, nuestra familia, debe ser
un lugar de cariño, de entrega, de confianza y de diálogo; un hogar donde se
cultive al amor a todos los hombres sin distinción; donde el trabajo sea
fundamental, pues así nos realizamos como personas.
La Sagrada Familia de Nazaret nos ayuda a entender que son los padres los
primeros que deben enseñar a sus hijos quién es Dios; acompañándolos en un
camino de conocimiento profundo e intenso de Jesús. Nazaret
es para nosotros una escuela de entrega a todos, y en primer lugar a los que
más amamos, a nuestros padres y hermanos.
Cuando entendamos que la familia es
Iglesia doméstica, es decir, comunidad de amor y entrega, estaremos creando el
Reino de Dios entre nosotros. La familia cristiana es la base de la Iglesia;
son los padres que educan a sus hijos y los hijos que respetan y quieren a sus
padres, los que van impregnando nuestra sociedad con el valor de la generosidad
y el amor fiel.
Sigamos el ejemplo de la Familia de Nazaret, su sencillez y humildad, su entrega y servicio, su
amor y confianza deben ser para nuestras familias un modelo al que seguir.
Puestos los ojos en la Sagrada Familia, intentemos que nuestra Iglesia
doméstica, que nuestros hogares sean el primer lugar de encuentro con el Dios
Amor.
SANTA MARÍA:
(Lc 2,16-21) El primer día del año civil, y todavía en la
gran fiesta de la Navidad, la Iglesia celebra la Maternidad de María la Virgen
y el día de oración por la paz. Un día de proyectos y de ilusiones, un día para
renovar de nuevo nuestra confianza en Dios.
Las
celebraciones navideñas han sido la ocasión para contemplar la cercanía y la
ternura de Dios que comparte nuestra condición humana y nuestro camino en el
tiempo. En medio de este misterio, María es como el modelo de la humanidad que
se abre al don de Dios, el modelo del discípulo que escucha la palabra de Dios
y la pone en práctica.
María está
colocada en el mismo centro del proyecto salvador de Dios. En ella, el Mesías,
el Hijo de Dios, llega a ser verdadero "hermano" nuestro,
compartiendo nuestra propia carne y sangre. María es madre de Dios. Y
“conservaba todas estas cosas en su corazón”
Creer en su
maternidad divina, por tanto, significa proclamar con certeza el infinito amor
de Dios a los hombres, manifestado en la encarnación. Además, si ser cristianos
significa acoger en la propia vida la Palabra eterna de Dios que se ha hecho
carne, María ocupa un lugar verdaderamente singular en la vida de la comunidad
cristiana: ella llevó en su seno a Jesús Mesías y Señor, lo cuidó, lo educó, lo
siguió con fe hasta la cruz y llegó a ser así la primera creyente del nuevo
Israel: la Iglesia.
María, la
madre de Jesús, es maestra de vida interior, de oración y de escucha de la
Palabra. Ella ha acogido la palabra de Dios en su vida, la ha dejado resonar
dentro de sí, desde la primera palabra del ángel hasta las últimas palabras de
Jesús en la cruz. María ha sabido encontrar momentos de silencio para adorar y
meditar.
Ella nos
enseña a ver la vida con el corazón, contemplando con fe las cosas que Dios va
realizando en nosotros y alrededor de nosotros. María representa el punto de
llegada de la experiencia religiosa de los pobres de Yahvé, que esperaban con
fe y humildad la venida del Salvador
Acudamos a
María, Madre de Cristo y Madre nuestra, pidamos de su amor maternal la
protección para todos los hombres, pero especialmente para aquellos que sufren
los horrores de la guerra; y procuremos este año ser de verdad testigos
ardientes del amor de Dios a los hombres.
SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD:
(Jn.1,1-18) La Iglesia en
este domingo en el que seguimos reviviendo el tiempo de la encarnación de Dios,
nos ofrece la oportunidad de profundizar en el misterio del Niño nacido en
Belén: “Hay mucho que ahondar en Cristo, --escribió san Juan de la Cruz--
porque es como una abundante mina con muchos tesoros, que, por más que ahonden,
nunca les hallan fin ni término”.
Por eso hoy oramos con el
autor de la carta a los Efesios, que Dios nos “conceda un espíritu de sabiduría
y una revelación que nos permita conocerlo plenamente”. El texto evangélico de
hoy es un canto al misterio de la Palabra que está en el seno del Padre
dirigiéndose a él desde toda la eternidad. Esta Palabra ha puesto su tienda en
medio de nosotros, llevando a cumplimiento aquella misericordia de Dios, que
existe ya en el Antiguo Testamento en las intervenciones de Dios en favor de su
pueblo y en el don de su Palabra.
La Palabra se ha hecho
carne; ha querido hacerse uno de nosotros; y a veces este hecho lo tomamos como
algo tan natural que no llega a sorprendernos; ¡claro que es sorprendente que
Dios haya querido hacerse uno de nosotros, que haya querido morar entre
nosotros y vivir entre los hombres! Debe sobrecoger nuestro corazón el conocer
que el Dios en el que creemos, el Creador de todo…quiso enviar a su Hijo, a su
único Hijo para que pusiera su morada entre nosotros.
Ha acampado para siempre
entre nosotros Jesucristo. Creyentes y no creyentes podemos redescubrir en Él
valores perdidos, despertar sentimientos positivos, recuperar la alegría de
vivir.
Dios está entre nosotros:
Se ha hecho hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. Hagamos
nuestras las palabras del profeta Isaías: Regocíjate, Jerusalem,
rompe a cantar a coro, que el Señor consuela a su pueblo y viene a visitarnos.
Cómo no amar y seguir a
Dios hecho hombre…si creemos lo que no vemos…cuánto más amar y decidir nuestra
vida por el que ha vivido entre nosotros; la Palabra se ha hecho carne; el
Verbo eterno de Dios, el que vivía antes de la creación del mundo…se ha bajado
y se ha hecho uno de nosotros…para hacer de nosotros hijos de Dios.
Hemos de sorprendernos
cada día con este hecho tan admirable…con la encarnación verdadera de Dios; por
eso celebramos durante estos 8 días el mismo acontecimiento: Que Dios se ha
hecho uno de nosotros, que Dios nos mira con ojos de niño, con la mirada tierna
y dulce de un bebé recogido en los brazos de una Madre que nos lo ofrece con
todo su amor.
Recibamos a la Palabra con
mayúscula, vivamos de verdad su evangelio, su buena noticia y dejémonos amar
por El.
EPIFANÍA DEL SEÑOR:
(Mt 2,1-12) Reunidos hoy, hermanos, en un día en que la
ilusión y el cariño a nuestros familiares se manifiesta en forma de regalos,
los cristianos celebramos que Dios ha querido hacerse uno de nosotros, que se
ha hecho el encontradizo una vez más en nuestras vidas. Epifanía es la
manifestación de Dios al hombre. El gran evangelio, la mejor noticia que
tenemos los hombres es que Dios se ha dejado ver en Jesucristo; Cristo, luz del
mundo, brilla con nuevo resplandor a los ojos de todos los hombres que quieren
mirarle cara a cara.
Hoy es el día en que la
estrella de Belén nos guía hasta el bebé que María recogía entre sus brazos.
Día de estrellas que nos hablan en su lejanía de las maravillas de un Dios
creador de todas ellas, nacido niño en Belén. Día de la luz que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo. Día de la luz tenue y amiga de las
estrellas que podemos mirar cara a cara, que nos conducen a un Dios escondido
en el regazo de María.
El acontecimiento que hoy
recordamos y estamos celebrando es una intervención de Dios en la vida de
nosotros, de toda la humanidad. El mismo Dios, uno y trino, creador del cielo y
de la tierra; Él de quien hemos recibido todo lo que somos y tenemos, cuyo
proyecto de salvarnos nadie hubiera sido capaz de imaginar; Él a quien
nadie ha visto jamás porque su grandeza divina no cabe en nuestros ojos de
carne, ni sirven nuestras palabras humanas para contarlo.
No es posible conocer este
regalo de Dios y permanecer en la indiferencia. Porque el Niño, a quien los
Magos adoraron, es Dios que se ha hecho hombre, el Emmanuel (el
Dios-con-nosotros) que trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.
En verdad Jesucristo es el
único salvador del mundo ayer, hoy y por todos los siglos, porque sólo Él nos
ha explicado con palabras humanas, con nuestro mismo lenguaje, que Dios es
Padre que nos ama y sólo busca que tengamos la grandeza y el orgullo de ser
hijos suyos. Jesucristo ha vencido con su Amor nuestros pecados, ha
vencido a nuestro orgullo, a nuestra desconfianza. Con qué alegría y con cuánta
razón pone estos días la Iglesia en nuestros labios: Alégrese el cielo y goce
la tierra porque los confines de la tierra han contemplado la victoria de
nuestro Dios.
Esta es la maravilla
divina y humana, que hoy celebramos con tanta alegría: la Epifanía de Dios,
Dios se ha manifestado a nosotros. Dios, el invisible, se ha hecho hombre para
que lo podamos ver; el todopoderoso se ha hecho Niño para que no tengamos miedo
de acercamos a Él.
Sucedió hace dos mil años;
pero su fuerza salvadora llega ahora hasta nosotros "aquí y
"ahora". De nosotros se espera que nos fiemos de Dios. Tener fe, y
actuar en todo a la luz de la fe; ése es el camino cierto para vencer; una
victoria que nos traerá la paz y la alegría.
Aprendamos de los Magos de
Oriente que siguieron la luz que les guió hasta Belén, donde dejaron con
humildad sus hermosos regalos; aprendamos de ellos el camino que nos acerca a
Jesucristo, Rey del Universo y de todos los hombres.
BAUTISMO DEL SEÑOR:
(Mt 3,13-17) Concluimos hoy,
hermanos, el tiempo gozoso de la Navidad; tiempo en el que hemos visto a Dios
cara a cara, en el que ha querido hacerse uno de nosotros la Palabra eterna del
Padre; un tiempo en el que Dios ha compartido nuestra humanidad para que
nosotros alcanzásemos el ser hijos de Dios.
Lo que celebra la fiesta de hoy no es una simple
anécdota más o menos interesante de la vida de Jesús, su Bautismo; es una
narración de un acontecimiento que, con símbolos y palabras nos indica su
propia misión. Y por tanto modelo y prototipo del bautismo de aquellos que
entran a formar parte de la Iglesia. Todo bautizado, ungido como Cristo,
debe poder seguir fielmente el camino abierto por Jesús, para llegar a ser
realmente un «hijo amado de Dios», en «quien el Padre se complazca».
En la descripción del modo de actuar de este Mesías
resulta evidente que Él debe proclamar el derecho y la justicia pero de un modo
nuevo, con la misericordia que viene de Dios. Por eso, «no gritará» ni quebrará
«la caña caída».
Se abre el cielo, y gracias a ello, la presencia del
Espíritu proclama la verdad más profunda sobre Jesús y su misión. Podríamos
decir que el evangelio que acabamos de escuchar es como un nuevo nacimiento de
Jesús: si en Navidad celebrábamos el nacimiento carnal, ahora, en su Bautismo,
Dios le unge con la fuerza del Espíritu Santo, le da una nueva vida, le
confiere una misión: anunciar la Buena Noticia de la salvación.
Por eso el Bautismo para los cristianos es un nuevo
nacimiento; es entrar a formar parte de una nueva familia que es la Iglesia: es
la puerta que nos abre el camino hacia Dios. Ser bautizados significa, pues, no
solamente haber recibido un sacramento cuando se era niños, sino que supone el
vivir la calidad de ungidos con Cristo para llevar su mensaje de salvación a
todos y realizar dicha salvación en cuanto profetas, sacerdotes y reyes.
Hoy es un día para recordar nuestro propio Bautismo;
renovar nuestros compromisos bautismales, que hicieron padres y padrinos por
nosotros cuando éramos niños; todos hemos sido bautizados, hemos renacido a la
vida del Espíritu; vivamos conforme a ella; a Cristo le envió a anunciar el
evangelio, una nueva noticia; a nosotros, ese mismo Espíritu nos llama a la
conversión a continuar anunciando esa salvación realizada en Cristo.
Seamos fieles a nuestra vocación bautismal, vivamos
en plenitud nuestros compromisos bautismales y que el Espíritu que animó a
Jesús a proclamar el evangelio arda en nuestros corazones para que sintamos en
nuestra vida la misma necesidad de amar a nuestros hermanos.
- TIEMPO ORDINARIO –
2º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:
(Jn. 1,29-34) Tras
la Navidad, todo el mundo vuelve a su lugar de trabajo y comienzan las tareas
ordinarias y la vida “cotidiana”; también nosotros empezamos el tiempo
ordinario que nos irá guiando en la profundización del encuentro con Jesús de Nazaret.
En el centro de la escena del
evangelio de hoy, vemos a Juan el Bautista, el Precursor, aquél que señaló
entre los hombres al Cordero de Dios; es el Profeta que da testimonio de Jesús,
que testifica y anuncia que el que se acerca a él es el Mesías prometido, el
Esperado desde antiguo.
Jesús comienza a manifestarse
en su tierra y lo hace a través del rito de la inmersión, común entre los
judíos; pero hoy lo importante es el testimonio que de Él da Juan.
La escena evangélica está
ambientada en Betania, a orillas del Jordán.
Podríamos decir que se trata de un avance en la misión del Mesías, una misión
que comienza con su Bautismo y concluirá con su muerte y resurrección años más
tarde.
Debió ser un gran orgullo para
Juan Bautista, el profeta que predicaba en el Jordán un bautismo de conversión,
señalar a Jesús como el Cordero; un orgullo pero también una labor de la cual
no se sentía digno.
Podríamos decir que en las
palabras de Juan se resume parte de la misión de Cristo: "Este es el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Juan lo señala como el
Siervo que dará la vida por su pueblo, recordando las palabras del profeta
Isaías; un Siervo que reconciliará a toda la humanidad con Dios.
Jesús viene a hacer realidad la
gran esperanza del pueblo de Israel y la de todos los hombres de cualquier
época y lugar; por eso era necesario que lo conocieran, por eso debía ser
“presentado” ante el pueblo con signos (el Espíritu en forma de paloma) y
palabras (“este es mi Hijo amado”). Vino a sembrar la semilla del Reino: Un
reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la
santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.
Juan lo
vio y dio testimonio; nosotros lo hemos conocido con palabras, gestos,
celebraciones y en nuestra propia vida; y aunque tampoco nos sintamos dignos de
desatarle los cordones de las sandalias, debemos dar testimonio de que Él es el
Hijo de Dios, el que nos ha dado la vida.
3º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:
El tiempo ordinario nos ayuda
a caminar con Jesús durante su vida terrena y a escuchar sus palabras y su
mensaje: El evangelio de este domingo es una invitación a la conversión,
“porque está cerca el Reino de los Cielos”.
Tras haber recibido el
Bautismo y haber sido “presentado” públicamente al pueblo de Israel por manos
del bautista, Jesús exige la conversión, el cambio de vida.
Pasan los días, los años
de nuestra vida y ¿cuántas veces volvemos la vista atrás para ver en qué hemos
cambiado o qué debemos mejorar en todos los aspectos? ¿Cuándo dedicamos un
tiempo a pensar en nosotros mismos y en las consecuencias positivas o negativas
que tiene nuestro modo de vida? Hoy se nos invita a esa conversión, porque
seguro que si miramos en el fondo de nuestro corazón –o no tan en el fondo-
podremos ver pequeños y grandes defectos que deberíamos cambiar.
¿Sabéis qué es lo mejor de
todo? ¡Jesús no se fija en nuestros defectos para llamarnos! Al contrario, ha
venido a llamar a los pecadores, en el fondo somos afortunados. Afortunados
como Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo; o Simón y
Andrés… ¡Y tantos otros! Ellos fueron llamados por Jesús; e “inmediatamente” lo
dejaron todo y lo siguieron. Es llamativo leer dos veces la misma palabra
(inmediatamente); no se lo pensaron dos veces, lo dejaron todo por seguirlo.
Por seguirlo y por acompañarle en su misión de predicar el Reino de Dios y la
conversión por los pueblos y las sinagogas.
Sólo nos pide que
cambiemos… que nos dejemos de mirar tanto nuestro ombligo y que seamos capaces
de levantar la vista y ver toda la gente que hay a nuestro alrededor y que
necesita que se vaya haciendo realidad ese Reino de Dios, que se instaure la
justicia, que se viva en paz, que se extienda el amor…
Conviértete porque está
cerca el Reino de Dios, esa pequeña semilla que Jesús sembró y que necesita que
tú la riegues y la cuides.
4º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:
(Mt 5,1-12a) La Palabra de Dios
rebosa alegría, gozo, dicha, bienaventuranza. ¡Y sobre todo este domingo! Pero
una felicidad distinta a la que podemos ver en nuestra sociedad.
Sentado
en la montaña, en ese lugar sagrado por excelencia, sus palabras iban dirigidas
a los que de verdad buscan la felicidad; comienza a enseñarles un camino
especial a los que querían escucharle; un camino marcado por el perdón, la
misericordia y la dicha.
Hay
mucha gente a nuestro alrededor que se considera feliz; tiene un hogar, una
familia, un trabajo, un coche… Pero a veces vemos en sus rostros una profunda
mirada triste, porque en el fondo no hemos encontrado la verdadera felicidad.
Incluso, si nos miramos en nuestro interior, podemos preguntarnos:
¿Acaso
deseamos tanto la justicia que nos duele en el corazón los continuos ultrajes
que se hacen a miles de personas? ¿Llora nuestro corazón ante el dolor y
sufrimiento de nuestros hermanos? ¿O damos nuestra vida por la paz en nuestros
hogares, nuestras familias, nuestros pueblos? ¿Somos felices?
Busca
la felicidad y corre tras ella; hallar la felicidad en el camino que nos
propone Cristo, un camino radical y exigente, pero un camino con recompensa.
Sí, recompensa de insultos, calumnias y persecuciones por seguir totalmente a
Jesús. Porque este tipo de felicidad choca muchas veces con las esperanzas y
las “alegrías” del resto del mundo.
Seremos
dichosos y alegres cuando de verdad optemos por Cristo, cuando nuestra vida
cambie, cuando –al levantarnos por la mañana- seamos personas nuevas,
regeneradas en Cristo y orgullosos de ser cristianos y procurar un mundo más
humanizado para los demás.
Mientras tanto, vamos caminando, porque las bienaventuranzas son nuestra meta:
la dicha, la felicidad plena; pero un meta hacia la cual nos vamos dirigiendo
paso a paso, construyendo nuestra felicidad, y la de los que tenemos alrededor.
En definitiva,
el evangelio de hoy es la historia de los que aparentemente sin tener nada, lo
tienen todo y de los que creyendo poseer todo, no tienen nada.
5º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:
(Mt
5,13-16) El sermón de la montaña continúa este domingo;
Jesús sigue enseñando a sus apóstoles; después de haberles indicado el camino
de la felicidad, les muestra ahora la importancia de su testimonio en el mundo.
Y lo hace con dos ejemplos muy significativos: la sal y la luz.
Durante
mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para
conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estamos llamados a conservar
la fe que hemos recibido y a transmitirla intacta a los demás. Sal que da
un “sabor” especial a nuestro mundo y a nuestra sociedad
Para
todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros,
el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y de felicidad. El encuentro
personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen
camino y nos compromete a ser sus testigos.
Pero
esa luz no puede quedarse dentro de nosotros; ¿qué sentido tiene haber conocido
la felicidad y no decirlo a los demás? ¡Noticias menos importantes
transmitimos! El que conoce la felicidad, el que ha visto a Cristo luz del
mundo, tiene un brillo especial, una mirada distinta y un modo de actuar
nuevos.
Hemos
escuchado el mensaje de Jesús a través de su Palabra y esa semilla, que es el
Reino de Dios, ha sido sembrada en nuestros corazones; a nosotros nos toca
ahora dar sabor poco a poco a nuestro mundo.
No se
trata de ir pregonando a los cuatro vientos que somos cristianos o llevar una
pegatina en nuestro pecho; no hay que deslumbrar ni cegar a nadie; lo
importante aquí y ahora es impregnar con un perfume distinto lo que nos rodea,
retomar valores como el amor incondicional, la sinceridad, el trabajo bien
hecho, el preocuparnos por los más necesitados… y hacerlo al modo cristiano, es
decir, como lo hizo el mismo Cristo, con sencillez, pero con entrega total.
Y mucho
menos buscamos nuestra propia gloria; sino la de nuestro Padre que está en el
cielo. Nadie busca los granitos de sal en la comida o las bombillas de la casa,
sino que saborea los alimentos y contempla los paisajes. Pues eso debemos ser
nosotros, insignificantes luces que viven alumbrando a los demás, o especias
que dan un sabor peculiar a nuestro mundo. Así todos verán nuestras buenas
obras y darán gloria a Dios.
- TIEMPO DE CUARESMA -
1º DOMINGO DE CUARESMA
(Mt
4,1-11.) Conseguir el poder y la gloria de todos los pueblos,
hacer que las piedras se conviertan en pan o ser dueño y señor de toda la
tierra son las tentaciones que inauguran el tiempo de cuaresma en este
evangelio y en la Iglesia.
Durante
cuarenta días Jesús vive en el desierto, ese lugar especial en el que Dios se
ha manifestado a Israel; cuarenta días de preparación para su misión; un tiempo
en el que Cristo se aleja del mundo para encontrarse con Dios y volver a su
tierra y cumplir su misión.
Jesús opone
al pan, la Palabra de Dios. Al poder y la gloria, la adoración a Dios. A la
soberanía del mundo, la obediencia humilde a la voluntad del Padre.
Cristo
renuncia a todo triunfalismo, a un mesianismo espectacular, donde los enemigos
caigan derrotados a lanzas y espadas… No, ese no es nuestro Cristo, nuestro
Mesías. Jesús escucha y media las escrituras, vive del pan de su Padre y sabe
que sólo a Dios puede tributársele culto.
El diablo
quiere inducirle a que escoja un mesianismo falso, triunfalista y humano; tal
vez Cristo hubiera sido mejor aceptado entre sus paisanos, hubiera sido
recibido entre grandes honores y se le hubieran rendido a sus pies todos los
ejércitos… pero… ¿para qué? No era ese el tipo de Mesías que deseaba ser; su
misión no iba a tener los deseos humanos de poder y de gloria. Su misión pasa
por ser el “siervo humilde y el cordero enmudecido que no abría la boca”.
Seguramente
nosotros no seamos “tentados” tan espectacularmente como Cristo; tal vez porque
a nosotros se nos convence con otras tentaciones más simples; pero hoy
comenzamos un tiempo en el que debemos retirarnos al desierto para encontrarnos
con Dios; y en ese desierto veremos el modo de reinar de Cristo, muy distinto al
nuestro, con unos esquemas y un estilo radicalmente distinto. Adora al Señor tu
Dios y sírvele sólo a Él.
2º DOMINGO DE CUARESMA
(Mt
17,1-9.) Avanzamos en el tiempo de Cuaresma, esta nueva
oportunidad que tenemos para cambiar nuestras vidas y convertirnos plenamente
al Señor. En el evangelio de hoy tenemos la versión de Mateo del suceso
teológico que conocemos como “la Transfiguración”.
Al igual que
antes del estreno de cualquier película aparecen pequeños fragmentos que nos
anuncian y nos van mostrando el argumento, podríamos decir que la
Transfiguración es un prestreno de la Gloria de Dios.
La gloria del hijo del hombre es vista por los tres apóstoles que estaban
considerados como las tres columnas esenciales de la Iglesia primitiva.
Podría
parecer que Jesús quiere hacer un truco mágico y espectacular para demostrar
quién es; pero si no lo había hecho en las tentaciones en el desierto…. ¿para
qué lo iba a realizar ahora? La intención de la Transfiguración es que los
apóstoles puedan ver y comprender quién es el Dios encarnado en Jesús.
No quería
Jesús impresionar a esos tres apóstoles: sobre todo porque su trono será
más tarde la cruz, y no sería fácilmente comprensible que hoy se
manifestara con todo poder, y tiempo después muriera en la cruz sin poder hacer
nada para salvarse.
Solamente
después de la resurrección vuelve a hacérseles claro que todo lo que Dios es,
toda la gloria de Dios, se había hecho visible en el hombre Jesús de Nazaret. Por eso no debían decir nada de esa manifestación
hasta que no resucitara… porque ¿quién los iba a creer y cómo iban a
comprenderlo? Sólo desde la resurrección de Cristo podía la primitiva comunidad
“situar” la escena del evangelio de hoy.
Junto a
Jesús, dos hombres importantes: la aparición de Moisés y Elías en ese cuadro catequético se debe a que representan la Ley y los
profetas, es decir la Sagrada Escritura entera.
No tengáis
miedo, les dijo a los apóstoles y nos vuelve a repetir hoy a nosotros. Pero ya
sí que podemos anunciar lo que hemos visto y oído, puesto que Cristo ha
resucitado; su transfiguración nos muestra la Gloria de Dios. Somos testigos de
ello y nada ni nadie puede alejarnos de esta
experiencia.
3º DOMINGO
DE CUARESMA
(Jn 4,5-42. ) El tema esencial del evangelio
de hoy es: Jesús es el agua de la vida; en un lugar desértico, el agua es la
vida misma. Cristo es para nosotros esa agua que nos lava, refresca, regenera y
da la nueva vida.
Si nos fijamos en la conversación con la
samaritana, podremos observar el proceso de conversión de una persona: en los
primeros momentos se extraña del encuentro con Jesús y de que él le pidiera
agua; poco a poco, ese diálogo se convierte en conocimiento más interior.
La samaritana va pasando de menos a más en el
conocimiento y confesión acerca de Jesús, y termina convirtiéndose en
testigo-apóstol ante sus conciudadanos. La samaritana conoce a Jesús, ve en Él
algo especial que necesita comunicar a los demás.
Jesús también se salta todas las normas rabínicas,
hablando con una mujer ene un lugar público; para
mayor problema, esa mujer era samaritana; Él únicamente ve en esa mujer su
condición de persona y su categoría de hija de Dios, y nada más. No mira el
lugar donde da culto a Dios, ni su pasado; mira el fondo de su corazón.
Un verdadero proceso catequético
del cual tenemos mucho que aprender; un proceso basado en el encuentro con
Jesús, nada de normas, libros o conocimientos científicos; una conversión
radical del corazón tras ese encuentro con Jesús.
Un verdadero bautismo que purifica la vida y que
te confiere la fuerza necesaria para ser testigo y anunciarlo a los demás. Y lo
mejor de todo es que Jesús no escogió para esta conversión a ningún fariseo o
saduceo, sino a una mujer, y además samaritana. Aprendamos
4º DOMINGO
DE CUARESMA
(Jn. 9,1-41.) Son muchos los detalles en los que nos
podríamos fijar en este evangelio, pero llama la atención que en esta ocasión
sea Jesús quien busque al ciego y no al contrario; es Él quien toma la
iniciativa, quien se acerca al ciego para curarlo; el hombre solo tuvo que
obedecer las palabras del Maestro.
Y resulta curioso porque
la mayor parte de las veces son los enfermos quienes se acercan a Jesús para
ser curados, o intermediarios para pedirle el favor a Jesús. Sin embargo esta
vez, como en otros sábados, Jesús quiere curar por propia iniciativa al
ciego.
Y desde ese momento,
acosarán al hombre curado como a una presa de caza. Interrogatorios que
buscaban culpar al ciego, a su familia y al que había curado en sábado, porque
no era correctamente religioso curar en el día dedicado a Dios.
Ese profeta que curó al
ciego, que por segunda vez se le acerca y le muestra que es el Hijo de Dios, se
salta cualquier tipo de norma creada por los hombres. Prefiere salvar y dar la
luz a quien le hace falta, y lo hace precisamente en sábado, porque es Señor
del sábado.
¿Qué le importaba al ciego
si era sábado o no? ¿Sería un pecador ese que le había curado? No podía ser;
para el ciego, Jesús fue la luz, quien devolvió color a su vida y rostro a las
personas que le rodeaban, fue luz en la que pudo descubrir el rostro compasivo
de Dios y la ternura divina.
La fe de ese hombre va
creciendo conforme se encuentra con Jesús; de llamarlo "ese hombre",
pasando por "profeta" a confesarlo como "Hijo de Dios". Mientras
tanto, la ira de los fariseos y la obstinación por las normas y el cumplimiento
riguroso de la Ley, olvidando la compasión y la misericordia, iría creciendo
poco a poco hasta rebosar.
También nosotros podemos
ser curados en sábado, o en domingo, o cuando sea; también a nosotros se
puede acercar Jesús y decirnos que vayamos a lavarnos de todo lo que nos impide
ver la Luz. Sólo hemos de ir a la piscina y quitar nuestro barro para ver el
mundo tal y como fue creado.
5º DOMINGO
DE CUARESMA:
(Jn
11,1-45) Yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo; una
frase que puede resumir el evangelio de Juan que hoy leemos; el agua, la
luz y hoy la muerte son símbolos que aparecen en estos evangelios de Cuaresma
para mostrarnos quién es Cristo y cómo su presencia cambia por completo la vida
del hombre, en todos los aspectos, incluso en la misma muerte.
Betania es entonces una comunidad
judía muy próxima a Jerusalén. Jesús tiene una amistad especial con los tres
hermanos: Marta, María y Lázaro. Jesús recibe el aviso de parte de las dos
hermanas de que su amigo está enfermo. Jesús decide retrasar su visita sin
razón aparente; pero como todo tiene su tiempo… este acontecimiento
serviría para manifestar la Gloria de Dios.
Ya hemos oído hablar de
esa amistad y de la unión íntima existente entre ellos; hoy Jesús llorará por
su amigo Lázaro, porque le quería, porque su corazón de carne tenía los mismos
sentimientos que pueden tener los nuestros, por eso llora.
Cuando llega a Betania comienza un diálogo con las hermanas; Marta, la
impetuosa, sale a su encuentro e incluso parece recriminarle que haya llegado
un poco tarde; pero no importa, cree en la Resurrección; después de haber
conocido a su amigo Jesús, cree en Él, cree que es el Mesías; también María, la
que se sentaba a escuchar sus palabras, parece mirar a Jesús tristemente
diciéndole que llega tarde; pero Jesús continúa caminando hacia su amigo
Lázaro.
Llora, sus lágrimas
demuestran el cariño que le tenía a Lázaro y, por tercera vez, (como la
negación de Pedro), la gente comenta que ya podría haber curado a su amigo, y
no haber dejado que muriera. Recriminaciones que llegan a los oídos de Jesús,
pero que se convertirían en la manifestación de esa gloria de Dios.
Ora a su Padre, al que
tantas veces había dirigido sus plegarias y en el que había apoyado su misión;
y con voz firme: “Lázaro, sal fuera”. Los que antes habían criticado la actitud
tardía de Jesús, ahora creen por sus milagros. Y lo que había anticipado Jesús
días antes, cuando tardó en dirigirse a Betania, se
cumple: “esta enfermedad serviría para dar gloria a Dios y al Hijo”.
La vida es Cristo y sólo
en Dios puede hallarse; Tú eres la resurrección y la vida, y sólo en ti puede
el hombre encontrar la vida en Dios.
- SEMANA SANTA -
DOMINGO DE RAMOS
COMENTARIO:
Cualquier texto de la Pasión que leamos nos
llena de estremecimiento y emoción; los últimos momentos del Mesías en la
tierra narrados hoy por Mateo; narrado con singular colorido y multitud de detalles,
resulta ser el momento más importante del evangelio; ya lo dicen algunos que el
evangelio es el relato de la Pasión con una amplia introducción.
Comienza la
Pasión de hoy con una traición, la de Judas; y casi concluye con una confesión
crucial: Realmente este hombre era hijo de Dios, por parte del centurión y sus
hombres. Y en el medio, las últimas palabras, a modo de testamento, y los
últimos momentos de Jesús con los que quería.
A Jesús lo
recibieron entre cantos, entre alegría; su entrada en Jerusalén, la ciudad
santa, es signo de que todos quieren verle como el gran Mesías el prometido
desde todos los tiempos. Pero Jerusalén será el lugar de suplicio y gloria de
ese mismo Mesías.
A lo largo de todo su
evangelio Jesús había quedado muy claro su idea de reinado: sabéis que los
jefes de las naciones los gobiernan como señores absolutos y los tiranizan; no
sea así entre vosotros: el que quiera ser el primero que sea puesto servidor.
Si de verdad queréis ser los primeros poneos al servicio de vuestros hermanos.
Hoy, quedará clara esa entrega de la que habló a lo largo de su vida, una
entrega hasta la muerte.
La Pasión fue la
conclusión de la vida de Jesús y el hecho más importante para las historia de
la humanidad; todo un Dios hecho hombre que nos fue enseñando cómo debíamos
vivir… Una vida marcada por el servicio a los demás, pero una vida que fue
sacrificada en favor de todos. Era necesario que el Mesías padeciera,
recordarán más tarde sus discípulos, y ahora sí podemos entender sus palabras y
no callarnos, como si hubiéramos asistido a la Transfiguración.
Leer la Pasión y no
sentir la emoción de sentirnos salvados en ese texto es no entender la misión
de Cristo; entre líneas podemos sentir la mirada tierna del Mesías que se
dirige al suplicio de la cruz para devolvernos la vida. Dando un fuerte grito,
expiró, y en ese aliento se nos devolvía a nosotros la posibilidad de
confesarle como el verdadero Hijo de Dios.
JUEVES SANTO
COMENTARIO:
Uno de los días más grandes de nuestra vida como cristianos: El día del amor
fraterno; Hoy, especialmente, la mesa de Jesús tiene una gran fuerza emotiva:
Esta fue la última tarde de Jesús, la última comida que compartió con sus
discípulos, la cena en la que nos quedó a todos su testamento, sus últimas
palabras.
Así nos lo narra el evangelio de Juan: “sabiendo que había llegado la hora de
pasar de este mundo al Padre quiso cenar con sus discípulos”. Los últimos
momentos que vive con todos sus discípulos; y estos momentos debían ser
especiales, tenía que dejarles su legado más preciado, su Testamento.
“Habiendo amado a los suyos…los amó hasta el extremo”. Cuando nadie a su
alrededor sabía a ciencia cierta qué pasaría, el Maestro quiere que, por encima
de todo, de dudas, de miedo, los discípulos sintieran que Él les amaba.
Y se lo demuestra con un gesto: se quita el manto, se despoja de su rango de
“maestro” y se pone a lavar los pies a los discípulos; un gesto de esclavos, de
siervos; pero Él, el maestro, el Señor, el Cristo…se pone a los pies de los
discípulos y se los lava. ¡Qué hermoso gesto, qué ejemplo de humildad y de
servicio el que Jesús quiere quedar en la memoria de sus Apóstoles!; un gesto
que ha de quedar hasta la eternidad: el servicio y el amor.
Amar a los demás como Él nos ha amado; simplemente nos pide eso; simplemente
nos pide que sigamos sus pasos y tengamos sus mismos sentimientos con los que
nos rodean; amar generosamente, olvidando nuestras preocupaciones y nuestros
problemas para atender a los demás.
Podemos intentarlo; podríamos probar una vez más en nuestras vidas experimentar
cómo el amor de Cristo se transmite a través de nuestras obras, a través de
nuestros gestos y palabras hacia los demás; porque cuando amamos así, con
generosidad, sin límites, no somos nosotros mismos…es Cristo quien habita en
nosotros y nos hace amar así.
Es
posible un mundo nuevo; es posible que seamos capaces de cambiar todo lo que
nos divide: guerras, divisiones, enfrentamientos, muerte destrucción…Todo es
posible con Aquél que nos ha amado hasta el extremo. Despojarnos de nuestro
manto y ponernos a lavar los pies a los demás; lo hizo el Maestro, y nos ha
quedado su ejemplo.
VIERNES SANTO
-TIEMPO DE PASCUA DE
RESURRECCIÓN –
Vigilia Pascual
EVANGELIO (Mt 28,1-10.)
"Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea."
Lectura del santo Evangelio según San Mateo.
En la madrugada del sábado, al
alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María
a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del
Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su
aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas
temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:
-Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado.
No está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía
e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado
de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis».
Mirad, os lo he anunciado.
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro: impresionadas y llenas de alegría
corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al
encuentro y les dijo: -Alegraos.
Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les
dijo: -No tengáis miedo: id a comunicar a mis
hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
Palabra del Señor
La
luz brilla en la tiniebla y la vida brota del
sepulcro. Aquél que mataron clavándolo en un madero ha sido resucitado por el
Padre; y en su resurrección hemos sido salvados. En la madrugada de ese sábado,
la historia de la humanidad cambia por completo. Pasamos de la
tiniebla a la luz, de la muerte a la vida.
Del sepulcro nace una nueva vida para todos los hombres y no hemos de tener
miedo; las mujeres buscan al crucificado, quieren seguir llorando su pérdida y
lavar s cuerpo y prepararlo según la costumbre judía. Pero al llegar… No está
allí: Ha resucitado.
Vivimos la noche santa de nuestra salvación, la pascua, el paso de Dios por
nuestras vidas y las de todos los hombres; el sueño se ha hecho realidad; lo
que habíamos escuchado a lo largo de toda la vida de Jesús, que era necesario
que padeciera, que fuera contado entre los bandidos y muerto en la cruz para
resucitar al tercer día... se ha hecho realidad.
Se anuncia esa gran noticia a las mujeres, por medio de un ángel; pero cuando
van corriendo a contárselo a los apóstoles, Jesús les salió al encuentro; es
como si estuviera ardiendo en deseos de ver a los que amaba, tenía que
volverlos a ver, quería ver en sus rostros la alegría de la vida.
“Alegraos”; alegraos todos los cristianos porque está vivo en medio de
nosotros, en medio de su Iglesia, en medio del mundo. No tengáis miedo; no os
acobarde los comentarios que hagan diciendo que han robado el cuerpo del
sepulcro; soy yo en persona, y estoy vivo.
Comunicad a mis hermanos que quiero verlos; decid a todo el mundo que quiero
verlos; anunciad a todos los hombres que quiero vivir con vosotros y sentarme a
vuestra mesa. Soy yo en persona.
Todo ha cambiado, la noche se ha vuelto clara como el día, la oscuridad ha
cambiado su negro manto por una luz tan clara que irradia todo el mundo. Es una
noche de alegría.
La noche santa en la que Dios pasa por nuestras vidas, de la misma manera que
Cristo se cruzó en el camino de las buenas mujeres y les mostró que había
resucitado. Va por delante a Galilea, nos abre el camino de esa nueva vida,
vuelve adonde nos explicaba las escrituras y nos hablaba de su Padre. Allí le
veremos.
Domingo
1º de Pascua
EVANGELIO
(El había de resucitar de entre los muertos.)
Lectura
del santo Evangelio según San Juan. (Jn
20,1-9.)
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando
aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue
donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y les dijo:
-Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos,
pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al
sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó
también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el
suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con
las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos.
Palabra del Señor.
Domingo
2º de Pascua
EVANGELIO
"A los ocho días llegó Jesús."
Lectura del santo Evangelio según San Juan. (Jn
20,19-31.)
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en
una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró
Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se
llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el
Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu
Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis, les quedan retenidas.
Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no es taba con ellos cuando vino
Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no
meto el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo
creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó
Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela
en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente
Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin
haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista
de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías,
el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
Palabra del Señor.
(Jn 20,19-31.) Los discípulos, aún sin creer de verdad lo que Jesús había
dicho durante su vida terrena, que debía morir y resucitar de entre los muertos,
se reúnen el primer día de la semana con las puertas cerradas por miedo a los
judíos.
Tres son los datos más
significativos que podemos entresacar del evangelio que acabamos de escuchar: En
primer lugar, los discípulos se reunieron el primer día de la semana, que para
nosotros es el domingo. Aún no son conscientes de la importancia que tiene ese
día como memoria de la resurrección de Jesucristo; pero desde aquel momento
seguirán reuniéndose ese día para celebrar lo más importante de su fe, aunque
al principio tengan las puertas cerradas por miedo a los judíos.
En segundo lugar, los
discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor, la presencia transforma sus
vidas; es una de alegría que ya nadie les pueda arrebatar, porque Cristo está
con ellos, y ellos están en Cristo. Una alegría que cambió la actitud
temerosa de los primeros cristianos, de los discípulos, y les impulsó a abrir
sus puertas y anunciar lo que era necedad para los gentiles y escándalo para
los judíos. Una alegría que sólo Cristo puede darnos en su resurrección.
Y la tercera nota que hemos
de tener en cuenta en este evangelio es el envío del Espíritu Santo; Jesús dijo
“paz vosotros y dicho esto exaltó su Espíritu sobre ellos”; en esa reunión,
Cristo les da su paz, su amor, su alegría, pero también es invita a que salgan
fuera a anunciar su buena noticia a todos los hombres.
El Espíritu Santo que
recibimos en el Bautismo, y luego en plenitud, en el sacramento de la
Confirmación, nos compromete a ser testigos de Cristo allá donde estemos; pero
a veces se nos olvida este compromiso; hemos de reflexionar sobre nuestro ser
cristiano, sobre cómo estamos siendo mensajeros de esa buena noticia de paz que
Cristo nos ha dejado.
Tomás dudó de la
resurrección de Cristo antes de verlo con sus propios ojos; dichosos nosotros
que creemos sin haber visto tan grandioso acontecimiento; la alegría, la
presencia del Espíritu y la importancia del día del Señor sean ante el mundo el
signo visible que presentamos los cristianos como prueba transparente de la
resurrección de Cristo.
Domingo
3º de Pascua
EVANGELIO
"Le reconocieron al partir el pan."
Lectura
del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 24,13-35)
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana,
a una aldea llamada Emaus distante unas dos leguas de
Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y
discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus
ojos no eran capaces de reconocerlo El les dijo: -¿Qué conversación es esa que
traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos que se llamaba Cleofás, le
replicó: -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha
pasado allí estos días?
El les preguntó: -¿Qué?
Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en
obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos
sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que él fuese el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace
dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos
han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron su
cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles,
que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al
sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le
vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que
anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para
entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les
explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos
le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de
caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan,
pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos
y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro
corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos
a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado
el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado
por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
(Lc
24,13-35)
El evangelio que leemos este domingo es el prototipo de toda catequesis, de
cualquier proceso de renovación, del encuentro con Dios que nos lleva a la
alegría y al anuncio en la comunidad.
Jesús se hace
el encontradizo con esos discípulos, en los cuales nos podemos ver
representados todos y cada uno de nosotros; en el camino, en la vida, Jesús se
acerca y les pregunta sobre qué hablan, sobre sus intereses... Esta primera
etapa del camino que lleva a la fe es un diálogo entre Dios y el hombre, en el
que cada uno expone sus razones: el hombre sus intereses, y Dios su respuesta
de felicidad.